Cuento corto
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Capítulo 1: Nuestra entrada

No era muy tarde aún, así que decidí salir a por algo de comer. Entre una cosa y la otra, mi día libre había acabado. Ya tenía la casaca puesta cuando un recuerdo asomó sus cuernos. Me puse triste, cogí mis llaves. La luz del cuarto no llegaba a la sala, pero no era problema; los muebles, en su oscuridad, me dictaron el camino a la escalera. Los nueve pasos de siempre y ya estaba afuera. Revisé mis bolsillos, tenía dinero, mi teléfono, metí mis llaves. No faltaba nada. Me detuve un segundo para recordar mi hambre y toqué la puerta. Las tinieblas hicieron mi espera no más corta, pero sí más interesante. Toqué una vez más, se abrió.

Mucha gente en muchos lados desdibujaba una habitación sencilla, pero enorme. Al fondo, como pintado, un hombre hablaba. Aparentaba la mitad de su vida, su perfil alto y delgado desencajaba con esa escena pomposa llena de luces y flores. Dudo que muchos lo oyeran, yo no lo hacía. Una joven, aún cerca de la puerta, posó su mano en mi hombro y yo la mía sobre ella. Un beso y seguí mi camino. Crucé miradas con una pequeña a la que se le había encomendado la misión de contar cuántos éramos. Yo era un cuatro. Al verse descubierta, sus mejillas sonrojaron, pero sostuvo la mirada con cierta altivez. Un gesto infantil y, tal vez por ello, llegó a mí muy tierno. Aquel vampiro calló, la gente aplaudió, yo también aplaudí. Unas señoras fueron a recibirlo cuando bajó del podio, lo rodearon y salieron en procesión. La nena no estaba por ninguna parte.

El techo no demoró en recordarme. Los mozos iban y venían alejando la comida de mi boca. Aunque dejaban toda sobre una mesa no muy lejos de mí. Contaba mis pasos, el rechinar de mis zapatos francamente no ayudaba. Escuché mi nombre. Una pareja esperaba mi respuesta, no muy pacientes, vinieron a mí. Un saludo, un abrazo y seguí mi camino. Volví a ser nombrado, este ciclo, aunque distinto, se repitió un par de veces más. Canciones de otros tiempos sonaban detrás de mí. Llegué a la mesa. Frente a ella, nada me apetecía. Subí la mirada, unos espejos mostraban los ojos que ya sentía en mi espalda. Las bandejas que llegaban dejaban comentarios sobre mi actitud, no todos suyos, y una dejó una solicitud.

—¿Se moverá? —su tono no se disimulaba.

—No —mi monosílabo pareció desconcertarle, por lo que agregué—, solo deme un segundo.

Se alejó sin darme respuesta. No pasó mucho hasta que otra figura apareció reflejada. Era ese hombre, las mujeres ya no lo acompañaban. Lo sentí cerca. Cogí un panecillo de pollo y durazno, y dejé de darle la espalda. Hablaba, no sé si a mí. Sentí el ruido de la gente, sus pasos, sus voces, sus bocas. Los pies me dolían, no podía moverme. De cerca, se veía más hueco que de costumbre. Él vino a la mesa, me preguntó cómo estaba, maldijo un par de veces, me dijo que no me vio en la ceremonia, me habló de trabajo, de un viaje por Europa y me ofreció un cigarrillo. Respondí con pequeños ruidos a todo y acepté el cigarrillo. Tuvimos que salir para fumar, el monólogo continuaría allí.

La noche había llegado pronto hoy. Los árboles nos rodeaban invisibles y las flores disimulaban el olor a sangre. Volví a mirar al hombre tirado en el piso. Sonreí, me sonrió. Lloré un poco.

27 de Junio de 2019 a las 15:45 0 Reporte Insertar 0
Continuará…

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