Star Wars: La caída del Templo Jedi Seguir historia

wbeltran William Beltrán

Este FanFic de Star Wars está basado en lo poco que fue contado sobre la caída del templo Jedi (en la novela, las películas, los comics y los videojuegos).


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#películas #video-juegos #comic #star-wars
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La caída del Templo Jedi

Aquella noche podía sentirse un silencio inquietante, una carencia de sonidos que envolvía de confusión cualquier pensamiento, una pesada sensación que se movía con la brisa y saturaba el ambiente. El cielo se contraía en medio del momento que iniciaba. Las nubes colmadas de agua huían de sus semejantes, rechazando la idea de desparecer entre las formas de una lluvia torrencial, en tanto que la capital se bañaba de luces ignorando lo que realmente sucedía, adornándose con el resplandor de sus rascacielos, desconociendo la desgracia que estaba a punto de suceder.

Finalmente el lado oscuro había sido liberado y los Sith se levantaban ante toda la galaxia para dominarle. Mace Windu había caído y con el caía la razón y la lógica para todos los miembros de su orden. Los Sith no habían desaparecido, nunca lo habían hecho y ahora se revelaban con vehemencia demoníaca, para destruir a los Jedi con un solo movimiento, para raerles de la existencia con un solo golpe, un golpe certero, tan infalible que no les permitiría reaccionar.

La fuerza llevaba a los maestros que se encontraban en el templo, una borrosa repetición de lo que había sucedido, pero la preocupación y la misma presencia del lado oscuro les impedía entender. La voz de la fuerza no era tan clara como antes y un miedo desconocido se asomaba en sus mentes, queriendo resquebrajar su voluntad, buscando herir la fortaleza de sus almas.

Afuera las gotas empezaban a caer de forma paulatina y entre la brisa que se respiraba, se alcanzaba a percibir un delirante olor a muerte, olor que venía desde las oficinas del supremo canciller y que se levantaba y se propagaba con la marcha de los miles de soldados, los cuales en unánime trote se dirigían a las puertas del templo, siguiendo la imponente figura del recién nombrado señor Sith, Darth Vader.

Entre una imperturbable calma y un místico silencio, la maestra Shaak Ti meditaba rodeada por las paredes de su habitación, inquiriendo una respuesta para todos los sentimientos negativos que desde afuera intentaban atormentarla. Buscaba la vida del maestro Windu en medio de las calles y los edificios de la capital. Buscaba asimismo algún vestigio de luz en el corazón del joven Skywalker. Sin embargo su búsqueda resultaba inútil, simplemente porque aquello que buscaba ya había dejado de existir.

Sobre uno de los pasillos exteriores del templo, arriba casi en lo más alto de la forma del zigurat, el maestro Cin Drallig contemplaba el resplandeciente espectáculo en que se convertía la noche de Coruscant, pero a pesar de estar frente a tanta belleza lumínica, los ojos del Jedi se veían tristes, se veían decaídos, algo en su interior abrumaba su espíritu. Un mal presentimiento que le torturaba como herida profunda y aunque la lluvia se tornaba rápida y violenta, nada parecía inmutar el dolor que hipnotizaba al experimentado maestro, nada parecía poder interrumpir el conflicto que en su mente se manifestaba. La oscuridad de la muerte se abalanzaba sobre su luz, queriendo destruir toda esperanza de entre su corazón.

―No te detengas, no retrocedas ―decía la maestra Jocasta Nu a su aprendiz Jin-Lo Rayce.

Llevando en sus manos un mapa holográfico, el joven aprendiz salía de la biblioteca del templo siendo seguido por la mirada de su maestra, dirigiéndose a los caminos subterráneos de la estructura, convirtiéndose en un seguro para el futuro de la orden, siendo salvado por decisión de su maestra, quien le encomendaba con absoluta confianza el legado de los Jedi.

Con un brusco sonido las enormes puertas empezaron a moverse y la entrada principal del templo fue cerrándose a espaldas del maestro Jurokk, quien había tomado el puesto de vigía junto a cuatro aprendices. El escudo de plasma se activó y la entrada quedó sellada, en tanto que los cinco Jedi veían como las gotas del torrencial aguacero se estrellaban contra la enorme fila de escaleras, esparciéndose trágicas y escandalosas, creando extrañamente un longánimo cántico, una voz que llegaba a los oídos de los Jedi queriendo apartarles de la inclemente realidad.

Pero el canto de las gotas suicidas se detuvo de forma abrupta, enmudeciendo ante la llegada del enorme escuadrón de clones, alterándose ante la cruel mirada del Lord Sith. Jurokk se adelantó dando unos cortos pasos, saliendo del mediano techo que adornaba la entrada, exponiendo su cuerpo a la brisa y a la lluvia que gobernaba la ya naciente madrugada. El maestro Jedi se confundía entre tantos pensamientos, mientras que veía al joven Skywalker avanzar por las escaleras, en tanto que apreciaba la inmensa formación de soldados que le seguían como si de sus guardaespaldas se tratara.

Algo malo había sucedido en los despachos del supremo canciller, eso todos los maestros lo sabían, no obstante las cosas seguían siendo confusas. La fuerza parecía haberles abandonado y en su lugar un miedo asfixiante parecía acompañarles. El maestro guardián de la entrada no lo comprendía, no entendía la razón de que Anakin volviera al templo junto a aquellos soldados, de que pareciera no conocerle aunque le reconociera. No entendía ese vacío en su mirada que hacía ahogar de frío su corazón.

―Anakin ¿Dónde están los maestros? ¿Qué ha sucedido? ―preguntó Jurokk preocupado, deteniendo al Sith a unas cinco escaleras de distancia.

―¿Dónde está Shaak Ti? ―la brisa movió la capucha que ocultaba el rostro de Darth Vader y Jurokk pudo mirar en sus labios la articulación de la pregunta.

―Está meditando… Ha pedido no ser molestada ―contestó el guardián del templo, pero el Sith fingió no escucharle, llevando sus ojos sobre la enorme puerta sellada.

―Anakin ¿Qué ha sucedido? ―le inquirió una vez más Jurokk, queriendo disolver el océano de dudas que le embargaba.

―No es tu problema…

La hoja azul emergió en un fugaz segundo, luego Darth Vader caía en medio de los cuatro aprendices y la cabeza de Jurokk se desplomaba sobre las escaleras, rodando impaciente antes que su cuerpo le siguiera.

Para los cuatro Padawan la escena fue más que aterradora, el cuerpo decapitado del maestro Jurokk estaba tendido bajo la lluvia y su asesino, el maestro Skywalker, estaba frente a ellos, apenas terminando el movimiento de su acto homicida.

El sonido que precedía a las cuatro hojas retumbó instigado por un deseo de venganza, los aprendices alzaron sus armas contra el Sith y los clones fueron testigo del inicio de la masacre. Los cuatro sables de luz oscilaron con violencia en dirección del cuerpo de Vader, pero la mano del Sith fue más rápida, más hábil, al igual que todo su ser y detuvo los ataques sin mayor dificultad, acabándoles al instante, matando a tres desgarrándoles el pecho, deteniendo al último atravesándole el abdomen, dejando caer su cuerpo con desdén.

La enorme puerta doble del templo volvió a moverse, pero esta vez se dividía hacia el interior del templo, permitiéndole la entrada a la fría brisa de la madrugada, la cual llevaba entre sus manos el olor que le arrebataba a las heridas calcinadas, dejando ante su marco a aquel que había decidido traicionar la orden, quien con irritante prepotencia se adentró en el edificio, manteniendo su sable encendido, seguido de inmediato por los imperturbables soldados que pasaron por en medio de los cadáveres de forma insensible e indiferente, dejando atrás a la lluvia que rugía indignada ante las muertes que había presenciado.

Parecía que el templo Jedi hubiese sido evacuado, parecía que durante muchos años hubiese estado desierto. Un silencio aterrador corría entre las paredes y los pasillos, no se escuchaban voces, no habían sonidos en toda la zona que rodeaba la entrada principal, lo único que trastornaba el lúgubre ambiente era la marcha de Vader y sus clones, quienes avanzaban sin distraerse, llegando sin demora a la mítica biblioteca, siendo recibidos por el bello azul que bañaba las estanterías holográficas, color que daba paz y sabiduría al gigantesco lugar.

―El templo está cerrado, maestro Skywalker ―dijo con voz firme Jocasta Nu, guía de la biblioteca, quien al igual que los demás experimentados maestros percibía la oscuridad que dominaba el juicio de Vader.

La anciana Jedi se ubicó entre el Sith y la entrada a la biblioteca, en tanto que decenas de aprendices se agolparon en los palcos del segundo nivel y tras de varios estantes del primer piso. Era cierto, por orden del consejo Jedi el templo había sido cerrado y aunque la noche llevaba varias horas de haber iniciado, muchos de los aprendices adolescentes no podían tan siquiera pensar en dormir. Aquel miedo asfixiante también les había tocado y aunque no tenían la menor idea de lo que estaba sucediendo, sabían que de todas las noches vividas, esta era la peor.

―He venido por orden del supremo canciller ―contestó tajante Darth Vader.

―El supremo canciller, no tiene autoridad en el templo… Solo el consejo Jedi puede mandar aquí ―respondió con ímpetu la maestra, tomando su sable para activarlo con seguridad.

Aquella respuesta que le desautorizaba fue más humillante y dolorosa que cualquier herida. Ahora él era Darth Vader, un señor de los Sith, nadie, ni Jedi ni político, nadie tenía la capacidad de desautorizarle.

Envuelto en un odio enfermizo, el Sith se asió de todo el nuevo poder que el lado oscuro le había entregado y alzó el cuerpo de la Jedi tan solo moviendo su mano izquierda, cerrando luego su puño al atraerla a la punta de su sable, traspasándole como si de un muñeco de trapo se tratara.

El cuerpo de Jocasta Nu cayó sin vida sobre el brillante suelo de la biblioteca, en tanto que la empuñadura de su sable rebotaba, tornando en eco un trágico sonido. Este desgraciado instante de tiempo fue eterno para todos los aprendices. Cada uno de los jóvenes que se encontraban en el lugar vio con desespero el cuerpo tendido de la maestra Jedi. Cada uno de ellos vio con incredulidad al maestro Skywalker asesinar a otro miembro de la orden.

Algunos de los Padawans fueron presa del pánico y huyeron, otros quedaron inmóviles sin poder de comprender la escena que habían presenciado, pero otros reaccionaron incitados por una iracunda sensación, encendiendo sus sables en un unísono movimiento, saliendo al encuentro del asesino Sith, algunos mostrándose al salir de los anaqueles, el resto tirándose del segundo nivel, cayendo en derredor de Vader y de las primeras filas de clones.

―Dispérsense… Que ningún Jedi quede con vida ―ordenó el Lord Sith a todos los clones que desde las oficinas del senado le habían acompañado.

La magnánima biblioteca del templo se convirtió en un crudo y despiadado campo de batalla. Los clones rompieron filas y dispararon a todos los aprendices que allí se encontraban, muchos de los Padawan rechazaron los primeros disparos, pero la estrategia de los soldados era ganar por número no por habilidad y aunque los jóvenes hacían gran uso de la esgrima y la fuerza les ayudaba, era imposible para ellos poder hacer frente a todos los disparos que sobre ellos se agolpaban.

Vader no se contuvo ni se desentendió de la batalla, con un furor que rayaba la demencia se abrió camino entre los estantes, rebanando a todo Jedi que se acercaba a la hoja azul de su sable, rasgando las mesas, el piso y las estatuas, creando destrucción con cada empujón de la fuerza que realizaba y aunque los aprendices no le temían y se agrupaban incluso de a cinco para enfrentarle, ninguno tenía oportunidad, ninguno era capaz de encarar el salvaje poderío que el lado oscuro le proporcionaba, oscuridad que se convertía en odio y maldad, odio que se transformaba en un incontenible deseo de causar mortandad.

Por doquier se escuchaban disparos y explosiones, la muerte se cernía sobre el templo y ninguno de los Jedi presentes podía pretender detenerle. Los maestros y los aprendices corrían por los pasillos, muchos entraban y salían en una y otra recámara, por todo el edificio se sentía el caos y la desesperación, y por más que lo intentaban ninguno era capaz de encontrar una respuesta, ninguno creía poder dar una explicación a todo lo que estaba ocurriendo.

La mirada del maestro Cin Drallig pasaba con benevolencia sobre los rostros asustadizos de los Padawan, en tanto que caminaba con desconcertante seguridad junto a cinco de los aprendices de mayor edad, atravesando uno de los pasillos más congestionados, dirigiéndose a la habitación de la maestra Shaak Ti.

―Baak, Sofert… Vigilen un momento la entrada ―ordenó el maestro Drallig a dos de los aprendices que le acompañaban, al tiempo que entró al cuarto juntos a los otros tres.

―Maestro Drallig ―pronunció con serenidad Shaak Ti al sentir la presencia del Jedi cruzar la puerta de su recámara.

―Maestra Shaak Ti, escúcheme bien… Le diré esto solo una vez y no aceptaré una negación como respuesta ―la voz firme y la seria actitud del maestro Drallig desplazaron por completo a la maestra Togruta de la paz de su meditación.

―Siento en su ser una latente determinación… ¿Cree que matar a Skywalker es la solución más adecuada? ―preguntó la maestra Shaak Ti abriendo sus ojos, encarando la fría mirada de Drallig.

―Puede que lo sea, pero más que eso, mi determinación es otra… Usted debe sobrevivir a este ataque y convertirse en una esperanza para la orden.

Un momento lleno de confusión siguió a las palabras del maestro Drallig. La maestra Togruta no supo reaccionar ante la decidida propuesta de su compañero Jedi; en su mente no podía contemplar el escapar y abandonar a tantos Padawan inocentes, dejándolos ante una muerte segura.

―Eso es impensable… Para mí… No abandonaré a todos estos Padawan ―contestó Shaak Ti sin dudarlo, mirando a su compañero con seriedad pero al mismo tiempo con compasión, sabiendo que sus intensiones eran buenas, aunque le estuviese proponiendo algo totalmente descabellado.

―No ―Respondió Cin Drallig con un tono aún más decidido, dando unos cortos pasos, acercándose a la maestra Jedi que todavía se encontraba en su posición de meditación.

―Ya he enviado a otros aprendices para que reúnan a todos los pequeños que aún estén con vida, usted se encontrará luego con ellos… Pero lo primero que debe hacer es irse del templo junto a estos cinco hábiles Padawan ―el plan de Cin Drallig era simple pero muy directo y Shaak Ti no pudo negarlo, incluso titubeó, sintiendo un leve conflicto en su corazón.

El momento de decidir era al instante inmediato, no había tiempo para dudas o para reflexiones, el templo Jedi empezaba a agonizar entre explosiones y disparos. Las bajas entre los Jedi aumentaban y la muerte se esparcía como la niebla se esparce entre las montañas. Los clones corrían por doquier disparando a todo Jedi que encontrasen, no importaba la edad, el sexo o la raza, todos eran objetivos de guerra, todos eran enemigos a quienes se les había ordenado eliminar.

En medio de uno de los grandes pasillos, un escuadrón de clones se atrincheraba tras los pedazos de algunos muros y columnas derrumbadas, en tanto que atacaban y hacían retroceder a un pequeño grupo de aprendices, quienes habían buscado una ruta de escape por aquel lugar. Los jóvenes eran liderados por la aprendiz Olana Chion, que oscilando su sable con tenacidad y fortaleza les impulsaba a seguir luchando, a seguir creyendo. Las ráfagas de plasma cruzaban el pasillo, rasgando el aire con su estridente sonido. Olana defendía a los más pequeños parándose en medio del pasillo, dejándolos detrás suyo, desviando tantos disparos como podía, mientras que los Padawans de mediana edad intentaban apoyarla, asiendo sus sables con miedo pero con vigor, logrando bloquear algunos disparos, aunque muchos de ellos eran derribados debido a las intensidad de los clones al atacar.

De entre los escombros de aquellas columnas, la aprendiz Chion logró ver como uno de los soldados se levantaba y apuntaba su lanzacohetes hacía donde ellos mantenían resistencia. El misil voló con rapidez y Olana solo tuvo oportunidad de dar un pequeño salto, rodando por el suelo mientras que la explosión se convertía en una mezcla de humo y fragmentos del suelo. Una sensación de terror se apoderó de su espíritu, les había fallado a todos esos Padawan, les había dejado morir en medio de aquella explosión. Frente a los ojos de Olana el humo se disipó y los cuerpos de los pequeños aprendices quedaron al descubierto, regados en derredor del impacto, todos encontrándose ya sin vida. Chion todavía no podía reaccionar, la culpa embotaba sus sentidos, pero el sonido de una granada que rodaba acercándosele les distrajo. Otra explosión se produjo, aunque un poco más débil, luego todo se torno negro para Olana, quien con dificultad quiso recuperar su visión, para encontrar a uno de los clones apuntándole de cerca, el cual no vaciló en dispararle.

Todas las muertes que se produjeron en aquel pequeño fragmento de tiempo, llegaron al corazón de Shaak Ti, clavándose en sus ser como si de puñales se trataran. Poco a poco la maestra empezaba a experimentar la agonía que todos los Padawan y que incluso el propio templo experimentaba. Era un dolor que le hería el alma, era un terror inexplicable que destruía toda esperanza, todo vestigio de paz.

―¿Ahora lo entiende, maestra? ―preguntó Cin Drallig sacando de sus pensamientos a la maestra Togruta―. Usted debe escapar, usted debe convertirse en el futuro de nuestra orden ―insistió el maestro de esgrima, obligando a que Shaak Ti le mirara sin argumento para debatir.

―Y ¿Qué hará usted, maestro Drallig? ―Shaak Ti se resignó, pero tampoco quiso desentenderse por completo de la situación que el templo mantendría.

―Debo intentar detenerle, si le detengo puede que esta pesadilla llegue a su fin… Pero si no le detengo, al menos la orden Jedi seguirá con vida ―las palabras del Jedi fueron frías pero sinceras, no le importaba morir si lograban que la orden mantuviera una esperanza.

―No podemos perder más tiempo… ―volvió a decir Drallig ahora un poco preocupado, los clones se acercaban por un extremo del templo y Darth Vader avanzaba desde el otro; que llegaran a su posición era cuestión de minutos.

―Baak, Sofert, Esienn, Neeme, Serra. Ustedes irán con la maestra Shaak Ti… Partan de inmediato ―terminó diciendo el maestro de esgrima, observando a los aprendices que le habían acompañado hasta la habitación.

Escuchando las ordenes de su maestro, Esienn y Neeme quienes también habían entrado en la recámara, se acercaron a la pared que se fusionaba con el muro externo del templo y usando el poder de la fuerza crearon un enorme agujero, dejando a la vista los enormes edificios de la capital.

―Cuento con usted, maestra Ti ―la maestra Togruta escuchó una vez más la voz de Drallig y se puso en pies, aún teniendo dudas pero sabiendo que no tenían más opción.

Shaak Ti corrió hacia el agujero recibiendo de frente la brisa de la madrugada y saltó perdiéndose en la oscuridad. Los cuatro jóvenes le siguieron al instante, pero Serra Keto se mantuvo inmóvil, mirando con tristeza las luces que a lo lejos jugueteaban.

―Sígueme entonces… ―Dijo el maestro Drallig sabiendo que su aprendiz había decidido no escapar.

El templo Jedi se había convertido en un cuadro de vivo horror. No había un lugar donde no hubiese cadáveres y aun así la lucha continuaba. Los clones corrían de lado a lado buscando cualquier sobreviviente, en tanto que de forma progresiva decenas de Jedi aparecían en pequeños grupos, intentando enfrentar a los soldados, buscando una forma de escapar a la masacre.

Un grupo de aquellos Padawan se escabullía con cautela pero con rapidez hacia la ya destrozada biblioteca. De entre los escombros y los estantes destruidos un escuadrón de clones vio al pequeño grupo de Jedi que intentaba escapar. El mayor de los aprendices les percibió, sin embargo pensó que podrían dejarles atrás, no obstante uno de los clones les disparó con una ametralladora rotatoria obligándoles a detenerse y a ocultarse entre los muros y las columnas que aún quedaban en pie. Los pequeños tenían miedo de ser atrapados, de morir como sus compañeros y amigos, en tanto que el joven líder se preocupaba por lograr que sobrevivieran.

No había tiempo de pensar, ni de dudar, el escuadrón de clones que les detenía apenas estaba conformado por cinco soldados, si se apresuraban podrían derrotarles antes que más clones llegaran. Con seguridad el aprendiz corrió desde la columna donde se ocultaba y dejó a sus compañeros un instante, acercándose a los clones para eliminarles. Pero, al tiempo en que el Jedi corría y saltaba sobre los soldados, esquivando con velocidad sus disparos, desde el segundo nivel de la biblioteca cayeron dos misiles sobre el lugar donde estaban los demás Padawan. El chico no supo reaccionar, solo blandió su sable con desesperación abatiendo a los clones, quedando inmóvil luego, observando cómo los pedazos de muro caían y el polvo se revolcaba en el lugar exacto donde habían dejado a los aprendices tan solo por un instante.

Un sonido hidráulico acompañó al movimiento de la puerta al abrirse y el señor de los Sith Darth Vader apareció ante la cámara del alto consejo. No habría un lugar en el templo donde algún Jedi pudiera esconderse, ninguno podía ocultarse del asalto de los clones y menos de la aguda mirada del Lord Sith. Aquellos niños, los más pequeños de todo el templo, habían sido escondidos en la sala del consejo por decisión del maestro Drallig y a su búsqueda ya se apresuraban otros dos aprendices. Sin embargo ya era muy tarde para rescatarles, habían sido encontrados por el traidor que había sembrado la ruina para toda la orden.

Uno de los niños le reconoció, el pequeño en su ingenuidad le siguió viendo como el maestro Skywalker, aquel sobre quien había escuchado tantas veces y le habló, creyendo que había venido a rescatarles. Pero Vader no escuchó su voz, el lado oscuro le dominaba, controlaba sus sentidos, sus pensamientos, lo único que tenía claro en su mente era la destrucción total de los Jedi, no importaba su edad, no importaba nada. De esta forma e ignorando lo que el pequeño había dicho, encendió su sable de luz y les asesinó, haciendo que ya no hubiera oportunidad para su redención, no después de haber arrebatado todas esas inocentes vidas.

Desde todos los lugares cercanos de la capital, se veía con claridad como el templo ardía y como se consumía entre el vasto humo y las repentinas explosiones. Ninguno lo comprendía, ni aún los políticos, para todos era una sorpresa, una catástrofe y la noticia que se difundía hacía que todo fuera más confuso. ¿Los Jedi habían intentado derrocar la república? Pero nadie buscaba más allá de lo que se presenciaba y eran muy pocos los que no olvidaban, aún ante el desconcierto que se vivía, todo lo que los Jedi habían hecho por la galaxia.

En medio de las naves estacionadas y los cargamentos que se usaban para la guerra, en el inmenso hangar del templo, un joven Jedi se movía en silencio, escondido tras la carcasa de una de las naves de asedio, mirando con cautela como los clones tenían bloqueadas y aseguradas todas las salidas de las plataformas.

El Padawan todavía era de joven edad y justo como le había pasado a todos los aprendices, sentía miedo, además, todas las muertes que había alcanzado a presenciar le mantenían trastornado, pero se había separado de todos y ya había avanzado demasiado para retroceder, solo podía pensar en escapar, ya fuese en alguna de las naves o hasta lanzándose desde alguna de las entradas. Lo único que no quería era ser asesinado como muchos ya habían sido.

En aquel momento, cuando decidía cual opción tomar, vio como una pequeña nave se acercaba y como un grupo de los soldados se apresuraba a cerrarle el paso. El pequeño Jedi no podía esperar alguna otra oportunidad, debía correr y llegar a aquella nave, pasando por encima de los clones y de quien la estuviera piloteando, no importaba quien fuera, en ese instante solo le importaba escapar, sobrevivir.

Un hombre bajó de la nave y los clones le detuvieron, y al segundo contiguo el joven Padawan corrió hacia aquella parte de la plataforma. Muchos clones le vieron atravesar el hangar, pero iba tan rápido que no pudieron reaccionar. La fuerza estaba con él, le sentía y creía con confianza que podría escapar. Estando frente a los soldados, saltó, golpeando a uno al hacerlo, encendiendo su sable al mismo tiempo y frente a la perpleja mirada del hombre que había bajado de la nave, eliminó a los primeros clones con agilidad, dejando sus cuerpos en el suelo con las profundas heridas que les calcinaban. Pero antes que el joven pudiera notarlo, desde el interior del hangar otros clones le dispararon. El Padawan intentó detenerles, pero los disparos eran muchos y pereció entre los soldados que antes había matado.

Bene y Malreaux eran los dos aprendices que el maestro Drallig había enviado a reunir a los Padawan sobrevivientes, tal y como este le había dicho a la maestra Shaak Ti. Los dos jóvenes habían intentado reunir pequeños grupos de niños y los habían escondido en distintos lugares del templo, para que los clones no pudieran encontrarlos a todos. Sin embargo, ya había pasado mucho tiempo desde el inicio del ataque y el propio templo mostraba a grandes voces no poder resistir más.

Bene quien era de mayor edad, sabía con dolor que era inútil pretender rescatar a todos los Padawan, los que aún no habían muerto y aunque el templo era un edificio inmenso, era toda una legión de clones la que seguía las ordenes de Vader. Con un poco de impotencia, los dos acordaron rescatar entonces a los aprendices más pequeños y sin perder tiempo corrieron por los pasillos destrozados, acercándose al lugar donde les habían ocultado.

Pero antes de poder avanzar lo suficiente, tuvieron que detenerse, quedando atónitos al ver como Vader venía desde la sala del consejo. Malreaux se descontroló tan solo al contemplar la idea de que todos los niños hubiesen sido asesinados y activó su sable sintiendo ira, queriendo abalanzarse sobre aquel traidor y homicida. Bene quiso detener a su compañero, aunque sentía indignación y sufrimiento, pero si bien lo intentó Malreaux no se dejó convencer y antes que él corriera para enfrentarse al Sith, ella encendió también su arma y le siguió sin dudarlo.

Los dos aprendices lucharon contra el antes conocido maestro Jedi, pero sus rangos eran muy distantes, al igual que sus habilidades y aunque los dos se esforzaban por detener la masacre y redimir las muertes de todos los Padawan, sus ataques eran inútiles, eran demasiado débiles. Vader solo detenía sus ataques, como jugando con ellos e incluso sujetó a Bene de su mano diestra, al tiempo que con su sable detenía los movimientos de Malreaux. Pero no había tiempo para juegos en medio de la venganza de los Sith y Vader lo comprendía muy bien, por lo que soltó a la chica haciéndola retroceder y sujetado su sable con ambas manos, rasgó el pecho del joven con violencia, para luego atravesarla a ella mientras aún retrocedía.

―Los ha matado ―dijo Serra Keto abriendo sus ojos, estando sentada en el suelo de una de las recámaras de meditación junto a su maestro, en la parte más alta del templo.

―Lo sé… También lo he sentido ―respondió Cin Drallig manteniendo sus párpados cerrados.

―Debemos detenerle ―aseguró Serra levantándose con prisa.

―Aún no ―contestó tajante el maestro Drallig, siguiendo en su estado de meditación.

―¡Pero ha matado a todos en el templo!… No podemos solo esperar a que nos encuentre ―debatía Serra, pero Drallig no le contestaba.

―Maestro… Debo detenerle ―volvió a decir su aprendiz y salió de la recámara, sin que su maestro dijera palabra alguna.

La hoja azul se mantenía encendida, palpando el polvo que se escurría entre todos los escombros. Darth Vader caminaba por el templo con algo de tranquilidad. La masacre estaba terminando, casi todos los Jedi ya habían sido asesinados.

El sonido de dos sables oscilando se propagaba con eco por todo el templo, mientras que el señor Sith se acercaba poco a poco, percibiendo sobre sí un gran deseo de venganza, un deseo que le provocaba. Tres cuerpos cayeron y dos cabezas rodaron; Vader se detuvo al observar como Serra Keto eliminaba sin dificultad a tres clones.

―Serra Keto… ¿Dónde está Cin Drallig? ―preguntó Vader luego de que las cabezas dejaran de rodar.

―Skywalker… Ya no mataras a más Jedi ―contestó Serra con seriedad.

La joven Jedi corrió y atacó a Vader con sus dos sables. Ella era más hábil que todos los Padawan que antes habían muerto, incluso ya era considera una entre los caballeros Jedi, sin embargo ante lo que ocurría nada del pasado importaba, solo importaba lo que pudiese demostrar al enfrentarse al Sith, solo valía que pudiese derrotarlo.

Ambos luchaban con destreza, moviendo sus cuerpos y sus sables con habilidad, aunque Serra parecía más veloz y sobresalía ante Vader saltando y atacándole también en el aire. Pero a pesar de ello el Sith no retrocedía ni se inmutaba, al contrario, luchaba de forma más acérrima para derrotar con rapidez a su oponente.

El duelo había iniciado en una sala de hologramas y al instante se había expandido a otro de los numerables pasillos, no había lugar que les contuviera ni que les estorbara, los dos peleaban solo para obtener la victoria, en tanto que sus sables zumbaban creando eco, rasgando todo lo que se les interpusiera.

En medio de su meditación, el maestro Drallig se vio interrumpido por un mal presentimiento. Había sentido el momento en que su aprendiz había corrido para atacar a Vader, pero ahora se sentía inseguro de que ella pudiera sobrevivir a ello y el dolor que le causaba pensar en su muerte le impedía concentrarse. El Jedi anciano se levantó sabiendo que debía haber esperado un poco más en la fuerza, pero el cariño que le tenía a su aprendiz era grande y no pudo evitar querer ayudarla.

Serra blandía sus dos sables verdes con determinación y en sus pensamientos creía con seguridad que iba a ganar, pero Vader tenía todo el lado oscuro de su lado y ella había desistido de esperar a que la fuerza le llenara, por lo que desde el punto de vista de la fuerza, el duelo ya estaba decidido.

La Jedi seguía con sus ataques y con sus rápidos movimientos, pero el Sith poco a poco empezaba a ganar terreno y de un instante a otro pudo hacerla retroceder. Llegando al final del pasillo, el cual terminaba en un espacio de adorno que le comunicaba con el nivel que estaba por debajo, Darth Vader decidió dejar de atacar a su oponente con su sable y usó el poder de la fuerza, lanzándola hacia un lado, estrellándola contra unas inmensas columnas. Serra se resintió por el golpe, pero antes de caer al suelo maniobró en el aire y saltó por el espacio que había, buscando caer en el nivel inferior.

En un segundo fugaz, mientras ella aún atravesaba el espacio que comunicaba ambos niveles, el Sith le lanzó las enormes columnas y le aplastó contra el mismo suelo donde ella pretendía caer.

―Serra… ―dijo con tristeza Cin Drallig, llegando demasiado tarde.

―Maestro Drallig… ¿Ha venido a morir junto a su aprendiz? ―le preguntó Vader, saltando a donde estaban el Jedi y el cadáver de Serra.

―Ya no podrás arrepentirte por todo lo que has hecho… Skywalker ―respondió el Jedi dejando atrás su serenidad, encendiendo al tiempo su sable.

El maestro Jedi llegó frente al Sith con increíble velocidad y le atacó con fortaleza. Vader apenas pudo detener los primeros ataques y retrocedió sorprendido, pero el maestro Drallig no pretendía darle tregua y al ver que sus ataques fallaron, usó el poder de la fuerza y lanzó al Sith contra un enorme ventanal, sacándolo fuera del templo, hacia los pasillos exteriores.

Vader cayó con brusquedad, pero tuvo que rodar hacia un lado de inmediato, librándose del sable de Drallig que se enterraba en el suelo. Desde aquella parte externa y gracias a que la lluvia ya había acabado, se podía notar sin problema como el zigurat había cedido por completo, como el humo y el fuego ya le habían doblegado. Desde allí se podía entender que la masacre había terminado y que el templo había caído, y esto alcanzaba a afectar al Jedi.

Los sables volvieron a cruzarse, una y otra vez se enfrentaron, mientras que los dos hombres se movían por todo el corredor. El fin se acercaba, Vader solo sentía ira y odio, mientras que el Jedi sentía dolor y preocupación, porque para él era más importante el futuro de la orden, que el resultado de su duelo.

De entre todos los movimientos y todos los ataques, el maestro Jedi volvió a usar el poder de la fuerza y empujó al Sith arrojándolo a lo lejos, pero Vader esperaba algo como eso y al sentir el impacto en su cuerpo, lanzó su sable de luz haciéndolo girar en el aire. La hoja azul alcanzó a rozar el abdomen del Jedi y cayó luego hacia el otro extremo del pasillo. El Jedi miró con sorpresa la herida en su cuerpo y se desplomó al instante, en tanto que Vader se levantaba victorioso, atrayendo su sable hasta su mano.

El maestro Cin Drallig había muerto, justo como casi todos los Jedi que esa noche habían estado en el templo, como casi todos los Jedi que luchaban en todos los rincones de la galaxia y la venganza de los Sith no hacía más que iniciar.

23 de Junio de 2019 a las 16:48 0 Reporte Insertar 0
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