UNA MUERTE SIN PENA Seguir historia

israelvisso Israel Visso.J

Bienvenido al nacimiento del negativismo, dónde los sueños mueren a plena luz del día y el alma se te escapa incluso antes de morir.


No-ficción Todo público.

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Una muerte sin pena

Estamos hechos para encuentros, no para despedidas. Somos funambulistas del juego cósmico, del polvo de estrella que yace dentro nuestro; sin embargo, por momentos disfrutamos de la muerte y sus alas, de Dios y su frívolo rostro, aunque muy a menudo éstos intercambien protagonismo. Al final sólo somos polvo de huesos, encerrando el último suspiro en una caja decorativa, y harán una fiesta y follarán en dónde solías dormir, y te revolcarás entre los gusanos de una ciudad llena de rutinas. Bienvenido al nacimiento del negativismo, dónde los sueños mueren a plena luz del día y el alma se te escapa incluso antes de morir.

La avenida era de un sólo sentido, sin tranvía, sin andén, cada paso temeroso que atinaba reflejaba un proverbio que debía oír, pero nada atraía. El amor ni siquiera tocó a mi puerta; sin embargo, a lo largo de mis veintiocho años he sido preso de la desventaja de un afecto que creía merecer, manteniendo apariencias, asegurando un día mi lugar en el cielo, pero ¿Cómo es que un hombre que no encuentra más que dolor en sí mismo puede tener la eterna paz?

El invierno transcurre deprisa, es medianoche tras mi ventana y los árboles no paran su vaivén, como intentando zafar de sus raíces, adornando con sus hojas el frío asfalto. Sentado al borde de mi cama, ojeo la cuerda sobre mi mesa, de arriba a abajo, sin perder el hilo, el miedo intenta invadirme, mientras el último atisbo de esperanza busca cesar lo que me aflige. Respiro profundo y la chimenea desvía mi atención; la fuerza la mantiene y la envidio, en cuestión de segundos la brasa domina mi mente, y una flama sombría resalta entre las demás; obligando a mis codos a apoyarse sobre mis rodillas para observar la anomalía con mayor claridad.

“Ya perdiste la cabeza, Emmanuel”. Pensé.

Fue desconcertante continuar apreciando la situación, mis manos se sujetaron de la cama por instinto o temor, para seguir, consternado, la transformación de las flamas amorfas a lo que parecían ser curvas, no podía hacer más que quedarme estático. Ni una sola fibra de mi cuerpo reaccionaba a mis órdenes, pronto cabría en cuenta del rostro de esta dama, por cierto, muy bella, que a pesar del calor que la rodeaba sujetaba entre facciones un aire a desdicha, la luminosidad de su túnica me dio pase a apreciar su figura que, a pesar de estar cubierta, me entumece por completo.

Con el corazón y los pulmones en la garganta hundo mi cabeza entre los hombros para agarrar valor y ver su perfil, percibiendo su ceño fruncido, estando a punto de mearme encima, recibo a cambio una media sonrisa, buscando una lógica al desconcierto veo su silueta acercarse para posar su mano en mi rostro.

—Hace un segundo sujetabas la cuerda —bufó—. Y ahora, ¿te asustas de mí? Cariño, yo no despacho a los débiles —agregó—, ese es trabajo de adiestrados.

— ¿Quién eres tú? —dije con la voz cortada.

Ella no respondió. Me llenó de turbación y de estupor su presencia, y corrí asustado a un rincón de mi habitación, arrinconado como un chucho, con los ojos cerrados, repitiendo “Dios existe” “Dios existe”, y entre charcos de mi propio llanto, y quejidos sin agudeza, una mano me extendió un pañuelo, lo tomé.

—Gracias —dije, por temor a represalias.

Entonces la oí.

—Eso es un disparate —exclamó, acercando sus manos al fuego—. Dios ni siquiera sabe de ti, incluso, yo sé poco de él. Solo tengo este regalo aflautado que me concede morar entre pecadores —añadió, retornando su rostro a mí—, soy la bazofia que recoge vasijas desiertas; por consecuencia del berrinche del gran omnipotente. Y aquí permanezco, hablando con un desertor, o al menos, con un intento de él.

Ella siguió riendo, tenía una voz chillona, pareciese que quería que todo el mundo la oyese. Siguió por un largo rato, bufando y recorriendo la habitación, de manera que, llegando al aparador, parecía haber hallado su pena.

—¿Cuánto ha pasado desde el sepelio de tu madre? —dijo, segura y calma, quitando el cuadro de la cómoda.

Yo estaba a punto de desvanecerme, conseguí sostener mi cuerpo bebiendo un vaso de Whisky, y pausando para tomar un respiro, respondí:

—Cinco años. Sin embargo, su alma había desertado tiempo atrás, forzada por las palizas desgarradoras de mi padre, un padre criado entre batallones —confesé, pero mis ojos no excusan los recuerdos, y un arenal de lágrimas empezó a fluir.

—No llores, no llores —agregó—como si lo lacerante fuera reservado.

No sé en qué momento se fue, mi gimoteo había desampararon mi vista. Yo permanecí lloriqueando en mi lecho por los recuerdos afilados de mi infancia, y acercando mi cuerpo a la ventana, el deseo de arrojarme me invadió, aquel temor latente bastó para atornillar mi visión en el detonante; la rígida cuerda sobre la mesa. La contestadora sonó, no oí el mensaje, pero me despertó del letargo. Mis ojos cansados de dolor, orientaron mi parpadeo agotado a su cierre, respirar fastidiaba menos, y se concibió el silencio finalmente, sumergiéndome en un sueño profundo.

La figura de mi madre permanecía a un lado de mi cama, sonrojé al verla, la suavidad de su piel resplandecía, me miró con sus párpados entornados, la miré, sus mejillas enrojecieron, llanto mutuo cedió dejando ver el encanto de sus gestos, ella asintió con la cabeza y me dedicó una de sus miradas cristalinas, sus brazos envolvieron mi cuerpo maltrecho, pese a todo, se sentía la angustia. Algo sabía agridulce. Entre la riña de mi desorientación, me aproxime a la puerta, pretendiendo huir del desvarío giré la manilla, pero solo divise oscuridad opresiva, que solo enfundó nostalgia en mis pensamientos, de modo que me absorbió, así que rodé, giré, inclusive me regocije en lo sombrío. Luego me expulsó, y desperté.

Escuche una voz. Sentí la energía sombría reaparecer detrás de mí.

—¿Qué ocurre? ¿Por qué no la posees? Yo esconderé tu vergonzoso secreto —murmuró—. Solo yo puedo oponerme al amor, nunca juzgo una unión —reveló.

Y al expresar estas palabras en un extraño tono de voz, ella dirigió su mirada hacia la ventana. Guardé silencio. Trataba de no oír, de no hacer caso, pensaba en mi madre, en la sensación extraña de su fervor rodeando mi cuerpo, en la atracción de dos siluetas negadas a la felicidad, y al deseoso caminar sin penumbra. Luego, me miró, con aquellos ojos que eficazmente grabaron en mi ser las dulces palabras de emoción, y aceptación para salir a su encuentro.

—Lo haré, seré el hombre que ella nunca tuvo por desdicha de la suerte —expresé, seguro de mi correcta utopía. Y evitando la nostalgia serví doble onza de whisky en un vaso, lo bebí de un sorbo, observé el fondo, no había navegante, no poseía arrepentimiento por el intento de exhumar las penas en un encuentro íntimo.

Me acosté en la cama, con la cabeza mirando al techo, como esperando ver su silueta, y descender velozmente al sueño. «Es hora, duérmete, esperan por ti» Me dije, y como hechizado por el galope de mi llanto, dando vueltas en la cama, caí rendido en mi fantaseo. Me esperaba ella en su espléndido vestido de seda, tendida sobre mi lecho, las miradas se clavaron al encuentro, me acerqué por impulso, acaricié sus mejillas ovaladas, y ella mis temores, recorrí la silueta de su cuerpo con la palma de la mano, como si quisiera grabar en mi memoria las curvas de su cuerpo, la suavidad de su piel. La besé ardientemente, vivamente, con un cariño y con una devoción como jamás usé con mujer alguna, y tan prolongado, tan largo, que cuando aparté la boca el cariño más creyente había aparecido en mí. Y yo estaba allí, listo para recibir su sonrisa.

El silencio finalmente rompió por el fuego de la hoguera que yacía en la habitación, sentí la electricidad del camino subiendo por mis piernas, bajando desde el pecho hasta el vientre, deslizándose entre las sábanas. En medio del acto, recordé todo el amor errado que me había sido devuelto, cubierto en esa cólera insaciable, mi ritmo aceleró, las embestidas apresuradas trajeron consigo una distorsión, por unos instantes no era su silueta, ni su nuca, ni su cabello, el desconcierto cedió, mis embestidas perdían rapidez por la confusión, la agitación se normalizo, y nuevamente era ella, eran sus caderas, su espalda teñida de lunares, y me miró, eso aceleró el movimiento, gemidos y dolores espléndidamente mezclados, cogiendo la paseante tristeza, y haciéndola luz, atraídos por el placer de la iluminación. La agitación abordó, la sombra de mi cuerpo iba siempre adelante, mis últimas embestidas disminuían, iba a suceder, pero, su nuca causó mi eyaculación precoz, no era ella, no eran sus curvas, pero mis quejidos no tenían valor ante lo consumado, ante el desgaste de lo concedido. Apenas recobré la valentía, deserté espantado al rincón de mi habitación, congelado, la incertidumbre me carcomía, ella no dejaba de sonreír. Un frío agudo como una daga se me clavó en el corazón, finalmente reconocí su semblante, y aislado en mi inmundicia, con un temor que me seducía, dije:

— ¿Tú? ¿Por qué? Me usaste como anzuelo para tu alegoría de venganza contra tu creador —pronuncie, esta vez sin lujuria en mis palabras.

Mi honestidad parecía colocarla en desazón.

—Cuando te vuelvas más viejo, más simple, más sensato, entenderás el porqué de mis actos, y el peligro que corrías por la ardiente brasa de tu sumisión. Y bueno, veo la belleza en la más triste existencia —añadió a su melancólico epitafio. Soltó una brusca carcajada, tras de lo cual continuó: —He vivido más que tú, aún sin un cuerpo físico, entiendo de amores de sala de espera.

Después de estas palabras, emigró, marchó hacia la chimenea, recostó sus manos en el calor, volteó el rostro para fijarse en mí, esbozó una sonrisa, y volvió allí, a escurrir su silueta entre las llamas, a esfumarse entre el ardiente arrabal de su reino.

Yo desperté.

Y como guiado por un ciego, prendí un cigarrillo, tomé el cenicero, y me senté en el sillón frente a la chimenea. Esperando a la bella de túnica, tal vez, solo la muerte. El humo que brotaba de mi cigarrillo tomó forma de doce soldaditos, todos empezaron a bailar, de izquierda a derecha, de izquierda a derecha, en perfecta sincronía, siguiendo uno al otro. Tan perfectos eran, que cuando mi cigarro expiró su último soplido, desaparecieron acercando su silueta, de izquierda a derecha, de izquierda a derecha, hasta que, luego no quedó nada, solo una oscura habitación, habitada por un hombre temeroso, taciturno y compasivo.

Al lado del cenicero tengo otra cajetilla, pero no la ambiciono, ansío mis soldaditos danzantes.

«De izquierda a derecha. Si, señor.»

Quizá perdí la cordura y necesito un psiquiatra.

Me veía en la escena.

—adelante, cuénteme sobre su padre.

—¿contar? pensé que me recetaría pastillas.

—entiendo, padre difícil, ¿lo golpeaba?

—era su pasatiempo, me imagino.

—¿y su madre que decía?

—ah, ella nunca rompió su silencio.

—¿también lo golpeaba?

—a veces, solo cuando mi padre estaba presente.

Ya ahorré en la consulta. No estaba loco. Es solo que jamás se me permitió estar así de cerca, viéndolo divertirse, siquiera reír, o que hiciera reír a mamá. Siempre que alguno no le diera la razón, ambos recibíamos una paliza, pero mi madre aprendió a no romper el silencio, mucho antes que yo, tampoco me lo enseñó, prefirió que lo asimilará a latigazos. Nuestra familia no rendía culto al amor, no había belleza, excepto la de mi madre, fue ella la que cantó por primera vez, para mí, la poesía de la vida verdadera, al menos, hasta el día en que su rostro perdió color, y decidió marcharse, abandonando todo, sin dudar, ni cuestionar la vida de castigo injustificado que podría recibir su hijo producto de su gran huida. Nunca le pregunté a él sobre por qué lo hizo, la amaba a su manera, jamás dijo algún comentario que des idealizará su imagen, aunque, si ella hubiera tenido una oportunidad, tan minina siquiera, de poder matarlo, seguro lo habría hecho, tenía el rostro pálido, quizás por eso se marchó, para no cruzar a la locura.

Mi padre fue un coronel, de piel tostada, alto, y robusto, era un hombre de destilación, yo le tenía un gran miedo y poco respeto, siempre procuraba no tropezármelo; era áspero y brusco, de piedra, de cortar donde apuntaban sus ojos, de ver sangrar la herida, y seguir, y seguir, sin desvarío, sin siquiera retorcerse por el dolor que empapaba en el cuero de su menor hijo; un hijo maltrecho por los punzantes correazos de noche, a veces de día, aunque, esos eran los más afectivos, justo en el día que nos abandonó mi madre, el me pegaba unos buenos latigazos. “A ver si te haces hombre de una buena vez”, decía.

Nunca respondí, imaginé que eso quería, intercambiar gritos, puños, y después, recién aceptar que los fuetazos eran por consecuencia de la huida de mamá. A lo mejor quería un abrazo, para atesorar algún recuerdo feliz en su lecho de muerte, no le di ese mérito. Nunca rompí mi silencio. Hasta que, luego del sollozo revise la contestadora. “Su padre ha muerto. Llámenos pronto”, decía. Sin embargo, no lo he hecho, no pienso hacerlo. No soy malo, aunque no me faltarían motivos, hay hombres que nacieron para tirar en el camino de los cerdos. Así que volví a encender un cigarrillo, y otro, y otro, hasta que lo conseguí, volvieron, mis doce soldaditos, de izquierda a derecha, de izquierda a derecha, sonrientes al ritmo de sus pasos emotivos, hasta que, nuevamente no quedó nada.

Un poco más tarde, conseguí beberme todo el Whisky, cayendo en reflexiones afiladas, en ocurrente ilusión. «¡Quién sabe si no sería Dios que me castigaba por lo mucho que no había pecado!» «¡Quién sabe si no sería la desgracia mi único camino, por la que mis tristes días habían de discurrir!» Pensaba. Dejando quizás que la pena muriese ahogada, sin embargo, me entraron unas angustias de muerte.

Sostuve mi mirada intacta, plantada en la chimenea, derrotado, sollozando chorros a un lado de mi cama deshecha, resbalando, cayendo en oscura desesperación, por haber consumido del Ser de mi madre en el cuerpo de la muerte. Finalmente, en desconcierto por las memorias sin vida de mi infancia violenta, provocando mi propia nostalgia, me asome a la ventana, y el deseo de aventarme nuevamente me invadió, sin embargo, el revólver en la cabecera me embelesa, lo empuño, y fijó el cañón en mi sien, quitó el seguro, lágrimas empiezan a rodar, el embrollo retorna, y tiró del gatillo, nada ocurrió, volví a cargar, volví a intentarlo, nada ocurrió, volví a cargar, y nuevamente erre, hay fue cuando entendí que solo la muerte puede oponerse al amor, y que su maldición cae sobre todos aquellos que se niegan a danzar a su gusto. Todos deberíamos hacerlo. Bailen ustedes también.

23 de Junio de 2019 a las 17:47 3 Reporte Insertar 2
Fin

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Israel Visso.J Un poeta en busca de su dharma.

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Aaron Moya Aaron Moya
Piensa el título al revés. De drama a cómico absurdo...
Aaron Moya Aaron Moya
Buenos consejos, me encantaste. tus sentidos son más de cinco incluso muchos muchos más, no obstante, se me hace muy real al haber vivido situaciones similares, viéndome reflejada al noventa y nueve por ciento, necesitando como mínimo añadir un bravo, a directamente tu alma ya no dejaré el baile nunca más. Un abrazo.
Aaron Moya Aaron Moya
....había desampararon ...
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