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wbeltran William Beltrán

¿Alguna vez, en medio de la noche, has tenido la sensación de ser observado? En la oscuridad, el silencio se hace fuerte, profundo e insondable, se extiende subyugando toda la existencia.


Cuento Todo público.

#relato #terror #pesadilla #347 #245
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A través de la ventana

¿Alguna vez, en medio de la noche, has tenido la sensación de ser observado? En la oscuridad, el silencio se hace fuerte, profundo e insondable, se extiende subyugando toda la existencia, causando que todo esté en quietud, en una especie de tranquilidad forzada; en la oscuridad, cualquier simple movimiento, por insignificante que sea, produce un estruendo y desata el nerviosismo. Sin embargo, una mirada no genera distorsión alguna en el ambiente, no se rebela en contra del equilibrio impuesto y aun así, tiene la capacidad de atravesar el espesor del silencio y de la propia penumbra, y observar, aunque se esté a la distancia.

Es necesario aclarar esto, porque de repente, en una noche cualquiera, empecé a concebir la incómoda idea de que alguien me observaba desde afuera de mi casa.

Al principio pensé en no darle importancia, especialmente porque dormía en un segundo piso y porque luego de algunos minutos de intranquilidad, el sueño terminaba venciendo mi conciencia.

No obstante, cada noche, gradualmente, me poseía con mayor intensidad la sensación de tener sobre mi silueta dos ojos enormes escudriñando mi alma. Era insoportable, ponía mi mente en alerta y arrancaba de mi cualquier indicio de sueño. Era una maldita sensación que aparecía de repente en la madrugada, despertándome; me helaba la sangre y aceleraba mi corazón, aunque no entendía por qué, pues estaba en la seguridad de mi habitación y el silencio seguía dominándolo todo.

Una, dos, tres noches idénticas y la desesperación pasó a ser asfixiante. Quería gritar, quería levantarme y mirar a través de la ventana, quería pero de repente me inundaba un miedo desconocido, un temor más profundo que la intranquilidad y el fastidio que me producían esa idea de ser observado; un miedo que acorralaba mi espíritu, como un llamado de alerta, como si en mi interior creyera que al mirar por la ventana encontraría un terror aun mayor que destruiría por completo la lógica, que desdibujaría mi realidad, y entonces me acobardaba, me acurrucaba y con necedad trataba de rechazar cualquier pensamiento.

¿Cuánto tiempo podría resistir así? Durante el día pasaba varios minutos mirando hacia la calle, tratando de imaginar cual era la razón de ese insano sentimiento que me atormentaba en la oscuridad. Debía ser aquella pequeña plaza con escasos columpios que se atravesaba en el centro de la manzana. Creía que ese era el miedo que me impedía levantarme al sentirme observado; me imaginaba con espanto viendo alguna figura lúgubre en medio del pequeño parque mirando siniestramente hacia mi habitación. Temblaba al suponer una sombra o peor aún, alguna figura infantil en medio de la madrugada, inmóvil y con aspecto fúnebre cruzando sus ojos malignos, a la distancia, con mi aterrorizada mirada.

¿Cuántas noches podría seguir cobardemente acurrucado en mi cama? Me preguntaba frustrado una y otra vez luego de ser derrotado por el miedo a encontrarme con un terror sobrenatural mirándome desde aquella plaza. No hubo necesidad de responder esta u otra pregunta. Como mencioné antes, el silencio siempre lo dominó todo. Mientras que envuelto en mis sabanas temblaba suprimido por la delirante sensación de ser vigilado, el silencio siempre reinó en derredor, hasta esa noche.

No sé si fue casualidad, no sé si era mi destino enfrentar la oscuridad esa noche. Tal vez fue la brisa que ignorante a mi situación se paseó por aquel lugar y con su roce generó algún movimiento. Pero como dije al principio: en la noche, en medio de la calma y el denso silencio, cualquier movimiento, por insignificante que fuera, producía el más fuerte de los sonidos.

A mis oídos llegó un fuerte chirrido. Algo se movía allá afuera, en el parque. Uno de los columpios. Algo o alguien estaba meciéndose en los columpios y el sonido del roce del metal se expandía y atravesaba los metros de la distancia y explotaba con fuerza en mis tímpanos. Desgraciado sonido que se repetía con cruel fastidió en mi cabeza. Era un chirrido estridente, desesperante.

¿Qué sucedía? Aquel ser que me observaba desde afuera, todas las noches ¿Se había cansado de esperar a que yo superara mis miedos y le mirara para poseer mi alma? ¿Se había cansado y ahora hacía mover uno de los columpios para desatar en mí una demencia aun mayor?

¡Basta! Gritaba por dentro. No me atrevía a producir algún sonido.

Me senté en la cama, sudando, y me miré en el espejo que colgaba en la pared. ¿Tan loco ya estaba? ¿Cómo podía darle importancia a algo como esto? Era la brisa, tenía que ser la brisa. Las circunstancias del momento se mezclaron y todo agudizó mi paranoia, pero no era otra cosa, no era posible.

Sin embargo, el chirrido continuaba. Me molestó tanto aquella situación. Estaba aterrado y en mi mente sentía la sonrisa de aquello que todas esas noches atrás estuvo observándome. Imaginaba su satisfacción, imaginaba su tétrica sonrisa al ver mi desesperación, al percibir mi agonía.

Tenía que enfrentarme a ello, no podía seguir más con ese temor; ya los días se me hacían tediosos, pasaba todo el tiempo cansado, débil, perturbado por el sufrimiento de cada noche. Me levanté y estuve un segundo inmóvil. Caminé y puse mi mano sobre la cortina al tiempo que escuchaba de nuevo aquel chirrido.

Miré asustado, casi sin mover la tela. La luz amarilla del poste. Las hojas de los varios árboles. Las casas en afonía. La plaza y los columpios inertes. ¿No iba a suceder nada? Corrí un poco la cortina, aliviado pero a la vez algo decepcionado. ¿De verdad me había imaginado todo? No podía ser, el miedo era demasiado real.

De repente, sentí un escalofrío en mi espalda y giré rápido. Sentí, por un segundo, que no estaba solo en mi habitación. Había percibido de nuevo esos ojos sobre mí. Pero no había nada en mi cuarto; todo estaba en silencio, todo estaba en quietud.

Corrí la cortina de forma mecánica, sin notarlo. Fue mi subconsciente tratando de protegerme. Lo fue, porque al instante, algo golpeó contra la ventana. Fue demasiado espantoso, tanto que retrocedí. Golpeó una segunda vez y quedé sentado en mi cama. Golpeó de nuevo y quebró el vidrio y un espeso frío entró en mi dormitorio, envolviendo mi cuerpo y mi espíritu…

No veía explicación para lo que había sucedido. Esperé unos minutos, atónito, sentado, mirando los pedazos de vidrio en el suelo.

Todo estaba en silencio. Todo estaba bajo el dominio de aquel frío fortuito.

Pensé en pararme y mirar de nuevo hacia la calle, pero sentía que no vería nada. Lo que había estado observándome ya había logrado entrar en mi habitación… De repente, de reojo vi algo en el espejo: una enorme figura siniestra estaba parada junto a la cabecera. Llegaba hasta el techo. Estaba sonriendo.

La ignoré, pretendí ignorarla pero sin notarlo giré mi rostro hacia la cabecera. No veía nada, pero sentía la figura reflejada en el espejo.

Me acurruqué entonces bajo las sabanas y con necedad traté de rechazar cualquier pensamiento.

23 de Junio de 2019 a las 15:40 0 Reporte Insertar 0
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