Histeria femenina Seguir historia

azale Sara García

En 1899 Elizabeth Grace es diagnosticada de histeria femenina y enviada al Asilo Mental de Luz con el pertinente permiso paterno. Una vez allí es consciente de todas las atrocidades que realizan a los pacientes. Busca una salida pero no la encuentra, dicen que una vez entras nunca más vuelves a salir.


Drama No para niños menores de 13.

#LaPalabraProhibida #TheForbiddenWord #theauthorscup
6
480 VISITAS
Completado
tiempo de lectura
AA Compartir

Asilo Mental de Luz

1899, Estados Unidos


En el Asilo Mental de Luz convivían más de ochocientas personas en unas condiciones deplorables, el espacio se había construido con la intención de acoger a trescientos pacientes, pero pronto las cifras se dispararon. El edificio presentaba una estructura de aspecto gótico y constaba de tres plantas amplias donde se dividía a los pacientes según su diagnóstico, contaba con un invernadero destinado a cultivar vegetales, un centro de geriatría para lidiar con las enfermedades mentales de los ancianos, una cafetería, un pabellón de alta seguridad para aquellos que habían cometido delitos graves y un centro médico que incluía una morgue y un cuarto de autopsias. También destinaron una de las zonas para tratar a aquellos con tuberculosis, que exigía un aislamiento total para los perjudicados. Vivían hacinados en celdas llenas de humedades, con una escasa luz debido a que cada habitación contaba únicamente con una pequeña ventana con rejas: temían que se escaparan o intentaran suicidarse. Aunque intentaran clasificar a los pacientes según la característica de su diagnóstico, se trataba de una situación inhóspita: se deshacían de aquellas personas que no se ajustaban a las reglas o a lo normativo, no velaban por su recuperación o mejoría, sino que los aislaban de la sociedad para evitar problemas. Los diagnósticos eran cuestionables, en aquel entonces el conocimiento sobre psiquiatría era escaso, por lo que muchas familias se aprovechaban de la ignorancia cultural e ingresaban a sus propias hijas, hermanos o madres. Era fácil en aquella época llevarlo a cabo, ya que lo que en aquel entonces consideraban enfermedades hoy en día no lo son. Las mujeres se llevaban la peor parte al nacer en una sociedad misógina, unos profesionales poco cualificados realizaban entrevistas para concluir los diagnósticos: histeria, mal de whisky, masturbación, pereza, infidelidad, vida inmoral, supresión de la masturbación, malas compañías, problemas domésticos, lectura, celos y religiosidad, ninfomanía, malos hábitos, epilepsia. La lista era larga, abarcaba términos tan abstractos que cualquiera podría ajustarse a las características y ser directamente encerrado en aquel grande edificio de piedra: por esta razón el número de pacientes se había disparado en los primeros años tras su apertura.

Elizabeth fue diagnosticada de histeria femenina, se trataba de un diagnóstico habitual en la época caracterizado por un amplio abanico de síntomas, entre ellos: insomnio, retención de fluidos, pesadez abdominal, irritabilidad, pérdida del apetito y «tendencia a causar problemas». Esta enfermedad fue descrita por el filósofo Platón y por el médico Hipócrates, remontándose a la antigüedad: decían que el útero deambulaba por el cuerpo de la mujer, causando enfermedades a la víctima cuando este llegaba al pecho. Galeno determinó que la histeria era una enfermedad causada por la privación sexual en mujeres pasionales, por lo que era diagnosticada frecuentemente en vírgenes, monjas, viudas y ocasionalmente en mujeres casadas. Cualquier dolencia leve podría servir de escusa para diagnosticar a una mujer de histeria, un médico había llegado a escribir setenta y cinco páginas de supuestos síntomas.


Elizabeth era una joven rebelde desde la perspectiva de la época, sus ideologías y pensamientos la condujeron a numerosas confrontaciones con su madre y su padre. Hartos de la situación, decidieron internarla en el Asilo Mental de Luz como última opción, y los médicos del centro no tardaron en diagnosticarla. Aquella «tendencia a causar problemas» correspondía a la perfección con la histeria, y al ser virgen, consideraron que otros de los problemas era su deseo sexual reprimido, en aquel entonces, una enfermedad. Elizabeth era reticente a la hora de creerse aquellos diagnósticos, trató de escaparse de su hogar en varias ocasiones al conocer las intenciones de sus padres, pero no lo consiguió. Con tan solo veintidós años de vida ingresó en el asilo, y un día se vio obligada a cruzar aquella puerta de madera. Sólo hizo falta que su padre firmara un documento para que le fuera imposible salir de allí por el resto de su vida.


—Papá, no me dejes aquí —suplicó agarrándolo de la chaqueta de traje—. No podéis hacerme esto —sollozó desconsolada.


—Cuando estés recuperada podrás volver a vivir con nosotros, hasta entonces estarás en este asilo recibiendo el tratamiento necesario —le dedicó una mirada llena de indiferencia y agarró su mano para que soltara el agarre, Elizabeth se dejó caer de rodillas sobre el suelo—. Sabes que lo hacemos por tu bien.


Salió por la puerta de aquel despacho, quedándose a solas con el director del centro. Este último hizo sonar un timbre y pronto acudieron dos trabajadores para levantarla del suelo y conducirla de forma violenta hacia una de las celdas. Elizabeth gritó desesperada, no quería estar en aquel asilo, sabía que no presentaba ninguna enfermedad mental. Sin embargo, el simple hecho de forcejear y suplicar a voces que la soltaran confirmaba que sin duda alguna tenía un trastorno. La tiraron en un cuarto pequeño con dos pacientes más, era oscuro y sucio: constaba de dos literas de metal, una ventana con barrotes negros y un váter en una de las esquinas manchado de heces. Contuvo las arcadas por el olor nauseabundo y se arrimó a una de las paredes, abrazó sus rodillas y siguió llorando.


—Bonito vestido —la saludó una de sus compañeras con una sonrisa maliciosa—, pronto te traerán el uniforme —señaló su camiseta de manga larga y color blanca, al igual que el pantalón.


Elizabeth alzó la mirada con desconfianza, aquella paciente estaba sentada en la litera superior, era joven, como ella. Tenía el cabello desordenado, de un color marrón oscuro, sus ojeras destacaban en su rostro, parecía que allí era difícil dormir.


—¿Histeria también? —le preguntó con pesadez, y Elizabeth asintió asustada, no quería tener problemas con sus compañeras, pero tampoco sabía cuál era la actitud más adecuada para que aquello no pasara—. Alucinarás con el tratamiento.


Elizabeth prefirió no hacer preguntas, parecía que aquella paciente estaba acostumbrada a las atrocidades que podrían ocurrir en aquel asilo. Deslizó la mirada hacia la otra mujer, se encontraba de espaldas a ella, miraba absorta hacia el exterior, agarrando los barrotes de la ventana. No se había inmutado ante su presencia.


—No te preocupes por ella —comentó la morena al apreciar el nerviosismo de Elizabeth—. Se llama Adelaide, desde que le hicieron la lobotomía no habla, se pasa la mayor parte del tiempo ausente.


—¿Lobotomía? —preguntó Elizabeth con preocupación, no sonaba nada bien.


—Cogen un punzón metálico y te lo clavan en el ojo —hizo un gesto con las manos, simulando que golpeaba un objeto con un mazo—. Todavía están en pruebas, mueren muchos pacientes.


—¿Cómo que están en pruebas? —Elizabeth no entendía que se llevara a cabo una práctica que no fuera eficaz, y que además, pudiera conducir a la muerte.


—Es mejor que te vayas mentalizando, a estos sádicos no les importamos una mierda, te lo puedo asegurar —resopló con cansancio y señaló a su compañera con el dedo pulgar—. Intentó suicidarse, querían que se calmara un poco y lo consiguieron, parece que está en otro mundo.


—¿Hacen experimentos con los pacientes? —preguntó atónita, llena de miedo y tristeza.


—Intenta tener un comportamiento ejemplar y no te pasará nada grave —le aconsejó mientras se impulsaba para saltar de la litera hacia el suelo—. Me llamo Charlotte.


Se acercó a ella y le tendió la mano. Elizabeth todavía se encontraba abrumada por la situación, pero pronto aceptó aquel gesto. Charlotte la ayudó a levantarse y le dedicó una sonrisa.


—Elizabeth —se presentó con timidez—. Mis padres querían deshacerse de mí —Charlotte soltó una ruidosa carcajada que la alteró.


Se abrió la puerta de la celda y un señor tiró sobre el suelo el uniforme de Elizabeth junto a unas chanclas antes de volver a dejarlas solas. El trato a los pacientes era mínimo, parecía que los prejuzgaban, considerándolos seres despreciables.


—Acostúmbrate a la amabilidad de los trabajadores —sonrió Charlotte—. A mí también me encerraron para no tener que aguantarme en casa, tenemos algo en común.


—¿Cuánto tiempo tenemos que estar aquí? —Elizabeth se agachó para recoger la ropa y volvió a incorporarse.


—Cuando consideren que estás recuperada, y no es por desanimarte, cariño, pero normalmente quienes entran nunca salen —Charlotte apoyó la mano en el hombro de Elizabeth en un frío gesto de consuelo—. Lo bueno es que nos permiten salir en la hora del desayuno, comida y cena, nos reunimos en la cafetería del centro.


—No quiero estar aquí —insistió Elizabeth en un murmullo.


—Nadie quiere estar aquí —contestó Charlotte con firmeza—. Cámbiate la ropa, pronto será la hora de cenar.


Elizabeth obedeció, se desnudó frente a sus compañeras con incomodidad y trató de agilizar el proceso con torpeza. Minutos después abrieron la puerta de su celda, ellas salieron y Adelaide se quedó dentro de aquel cuarto: seguía contemplando el paisaje. Recorrieron juntas los amplios pasillos mientras Charlotte le explicaba que aquella planta era la tercera, destinada única y exclusivamente a las mujeres internas. Bajaron por unas escaleras de metal que parecían interminables, se dirigían a la primera planta. A medida que se acercaban a la cafetería el bullicio era más evidente: excepto las personas que habían cometido delitos graves tales como el asesinato, los afectados por la tuberculosis y los ancianos, todos se encontraban reunidos en aquel espacio.

Se plantaron en la fila esperando a que llegara su turno para que les sirvieran la comida, Charlotte adelantaba que al principio le parecería asquerosa, pero que pronto se acostumbraría. Elizabeth todavía se sentía desconcertada, acostumbrada a la tranquilidad de su hogar, a pesar de las reprimendas de su padre allí tenía más libertad que en aquel asilo. Analizaba a todas las personas que la rodeaban, muchas de ellas con un aspecto descuidado y sucio. Varios guardias vigilaban, tratando de mantener el orden si era necesario, sin embargo, conocedores de las consecuencias, pocos se atrevían a desobedecer las normas.


Cuando llegó su turno le sirvieron en una bandeja lo que parecía ser puré de patata y una pieza de fruta junto a un vaso de agua y dos pastillas. Elizabeth alzó una de sus cejas pero no protestó, y junto a Charlotte se sentaron frente a una de las numerosas mesas.


—¿Para qué son las pastillas? —preguntó mientras se acomodaba—. No las necesito, no estoy enferma.


—Te dije que les importaba una mierda lo que pensaras —insistió Charlotte antes de llevarse una cucharada de puré a la boca—. Creo que son calmantes, ya sabes, tú tómalas y punto.


—¿Me estás diciendo que recetan pastillas sin importar la enfermedad que cada uno tenga?, ¿eso no debería de ser ilegal? —formuló Elizabeth con desconcierto, le parecía terrible todo lo que estaba presenciado, y todavía no había pasado allí mucho tiempo.


—Solo quieren que pensemos lo menos posible, y si sigues así serás la primera a la que fuercen a tomarlas —susurró, temiendo que los guardas la escucharan—. Hazme caso, con esa actitud no llegarás lejos.


Elizabeth enmudeció y se centró en la comida: tenía hambre. Devoró el puré y la manzana, y cuando llegó el momento, fingió que se tragaba las pastillas porque uno de los guardias la vigilaba. Las escondió bajo su lengua y en un momento de despiste las introdujo con cautela debajo de su ropa interior, cuando llegase al cuarto las tiraría por el váter. No estaba dispuesta a tomar algo que seguramente pertenecería más bien a un diagnóstico por depresión, insomnio o ansiedad. Ella no estaba enferma y sólo quería salir de allí, pero no sabía cómo.


—Oye, Charlotte, ¿me das tu manzana? —una voz masculina interrumpió los pensamientos de Elizabeth.


Un joven de cabello rubio apoyaba su pie sobre el banco de madera en una actitud chulesca. Charlotte puso los ojos en blanco y trató de ignorarlo, pero entonces la mirada de aquel joven se dirigió hacia los ojos azules de Elizabeth.


—¿Qué tenemos aquí? —sonrió con malicia—. ¿Eres nueva? —Elizabeth asintió con timidez.


—Yo ya me comí mi manzana —advirtió la joven, cabizbaja.


—Lárgate ya, Richard —le exigió Charlotte, comenzando a enfadarse—. No creo que quieras que mi puño golpee tu cara.


—No seas egoísta, Charlotte, la nueva tiene que conocer gente en este matadero, sino estará perdida —aseguró—. Me llamo Richard —se presentó antes de guiñarle un ojo a Elizabeth—. Estoy aquí por ser una mala influencia —informó con orgullo.


—Por esa misma razón prefiero que te mantengas lejos de mí —protestó Charlotte agarrando la manzana roja.


—¿Es que a caso nadie tiene un diagnóstico fiable? —comentó Elizabeth sin filtros, y pronto Charlotte le propinó un fuerte codazo—. ¡Ay!


—¿Qué te dije antes? —la reprendió—. No cuestiones nada, Elizabeth.


—Me gusta tu actitud —el rubio caminó tres pasos y se sentó al lado de la joven, apoyó su brazo sobre sus hombros y le lanzó una mirada llena de interés—. Cuando llegamos todos tenemos tu fuerza, pero la acabarás perdiendo.


—Preferiría estar muerta antes que dejar de luchar por una vida justa y digna —susurró Elizabeth, incómoda ante la cercanía de Richard—. Muchos de los que estamos aquí no nos lo merecemos, los diagnósticos son erróneos, no hicieron los estudios pertinentes para considerar que tenemos una enfermedad mental.


—No les importa —repitió el joven las mismas palabras que Charlotte le había dicho—. Somos despojos sociales para ellos, no buscan nuestra reintegración en la sociedad, sólo quieren que nos pudramos aquí.


—¿Cuándo se pueden realizar llamadas? —preguntó con inquietud y desconocimiento, provocando que Richard soltara una carcajada.


—Pobre —murmuró.


—No nos permiten tener contacto con el exterior, piensan que puede afectarnos —le explicó Charlotte con paciencia—. Dependiendo de tu comportamiento puedes recibir visitas, si es que tus familiares o amigos están dispuestos a ello, pero es muy extraño que eso suceda, ellos creen que nunca mejoramos.


—¿Los familiares de Adelaide saben que le hicieron una lobotomía? —formuló asustada, creyendo conocer la respuesta.


—No, no lo saben —murmuró Charlotte apenada—. Todo lo que pasa aquí se queda aquí, por eso no es fácil recibir visitas.


Elizabeth contuvo las lágrimas al ver cada vez más lejos la posibilidad de salir de aquel infierno. Sus padres nunca irían a visitarla, y si aquello era tal y como Charlotte lo contaba, seguramente los profesionales y trabajadores nunca llegarían a creer que existía una mejoría en su supuesta enfermedad.


—Es un laberinto sin salida, acostúmbrate a ello —dijo Richard en un susurro, levantándose del asiento—. Espero que mañana me reservéis una galleta en el desayuno —dijo a modo de despedida—. ¡Encantado de conocerte, Elizabeth!


Una vez se alejó de ellas Elizabeth trató de contener el llanto, sólo quería dormir y pensar que una vez despertara de aquella pesadilla podría recuperar la normalidad en su vida: lo mejor era creer que todo lo que le estaba pasando se trataba de un mal sueño.


—No te desanimes, ya verás como con el paso de los días te sientes mejor —intentó animarla Charlotte, pero para Elizabeth aquello no era un consuelo.


Cuando terminaron de cenar todas las personas regresaron a sus celdas. Elizabeth se sentó sobre la taza del váter cuando llegó y dejó caer las pastillas en el agua antes de tirar de la cisterna. Sabía que si descubrían que no tomaba la medicación las consecuencias podrían llegar a ser terribles, pero era difícil poder vigilar a tantas personas en un espacio tan amplio. Tenía que pensar todavía, idear algún plan para salir de allí, escapar de alguna manera.

Se tumbó sobre el colchón y supo entonces que tardaría en conciliar el sueño, era como dormir en el suelo. Tenía frío porque sólo podía cubrirse con una fina sábana, y en las celdas no había calefacción. Cuando apagaron todas las luces se quedó contemplando a Adelaide, allí seguía, frente a la ventana, con la mirada perdida. Aunque después de la lobotomía no pudiera razonar como una persona cualquiera, su subconsciente sabía que aquello era lo que más añoraba: la necesidad de salir al exterior, respirar aire fresco, sentirse libre. Elizabeth lloró en silencio durante mucho tiempo, le daba pena su situación pero también la del resto de personas que se encontraban encerradas en aquel asilo.


—Adelaide, hora de dormir —escuchó decir a Charlotte en la litera de arriba.


Adelaide se giró y Elizabeth pudo ver sus ojos hinchados y denegridos, la intervención había sido más reciente de lo que creía. Apenas podía mantenerlos abiertos, pero para ella no suponía un problema. Caminó con pesadez y dificultades hacia la cama paralela a la de Elizabeth y se tumbó sobre el colchón, mirando hacia ella. La joven sintió un escalofrío, era aterrador.


—El paisaje es precioso —consiguió pronunciar con dificultades, y Elizabeth asintió nerviosa, con una sonrisa forzada—. Hay un lago, los pájaros vuelan.


—Tiene que se bonito, sí —respondió Elizabeth, no quería parecer apática, pero le estaban empezando a temblar las piernas.


—Nadar en el lago —murmuró mientras acomodaba la almohada—. Volar.


Elizabeth secó las lágrimas que se deslizaban por las mejillas y asintió, todavía con una sonrisa llena de tristeza. Se fijó en una de las muñecas de Adelaide y pudo contemplar un corte profundo y reciente, vertical. Parecía que la única salida a aquel asilo era el suicidio, y Elizabeth empezaba a planteárselo como una posibilidad.


—Libertad —susurró Adelaide, cerrando finalmente los ojos—. Pájaros —dijo antes de quedarse dormida.


Elizabeth se percató de que Charlotte asomaba su cabeza desde arriba, extrañada de que Adelaide hablara, le dedicó una mirada llena de intriga y negó con la cabeza.


—No tengas miedo e intenta dormir —le dijo con pesadez—, las primeras noches son difíciles siempre.


—Lo que le hicieron es terrible —comentó Elizabeth—. Habría sido mejor que muriera cuando se cortó las venas, es mejor que estar así.


—Tienes razón, pero no lo consiguió, y ahora no volverá a intentarlo —respondió con un tono de voz apenado—. Adelaide ya está muerta.


—Desde que entramos todos lo estamos —puntualizó la joven—. Buenas noches, no quiero entretenerte.


—Buenas noches, Elizabeth, espero que consigas descansar —se despidió.


Elizabeth estuvo horas boca arriba contemplando la litera, pero en algún momento de la noche consiguió quedarse dormida, aunque no recuerda cuándo ni cómo. Era curioso porque en sus sueños los escenarios todavía pertenecían al exterior: calles, casas de piedra, bosques, caminos de tierra interminables. Sabía que pronto se olvidaría del olor de la naturaleza, del humo de las fábricas de la ciudad. Terminaría protagonizando sueños en aquella celda y en la cafetería, soñaría con los internos y sus problemas, con todas las atrocidades que allí se cometían. Richard tenía razón: aquello era un matadero. Pero ya era tarde, una vez entrabas no podías salir.

21 de Junio de 2019 a las 12:55 2 Reporte Insertar 7
Leer el siguiente capítulo Paroxismo histérico

Comenta algo

Publica!
Helio Díaz Martín Helio Díaz Martín
Me encantó tu historia, al menos hasta el capítulo que he leído. Seguiré con ello. Interesante tu estilo. ¡Suerte, Sara!
Shee Lag Shee Lag
Espeluznante y muy atrapante la Historia.
~

¿Estás disfrutando la lectura?

¡Hey! Todavía hay 2 otros capítulos en esta historia.
Para seguir leyendo, por favor regístrate o inicia sesión. ¡Gratis!

Ingresa con Facebook Ingresa con Twitter

o usa la forma tradicional de iniciar sesión