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Humberto Kalinesti


“Oscura es la noche y la luna ya se intuye, ha dispuesto el dolor su noche evocar, los han lapidado en un fallo patético marchando como mártires sobre sus pasos sombríos. El tiempo se sucede irremediablemente al fin. Expira la congoja, les han inflamado el alma hasta viciarlos corriendo río abajo hasta exhalar su último aliento”.


Cuento Todo público.

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Geo-Roma

Inicialmente Fedor Moringer efectuaba un repaso minucioso con la mirada y recogía los excesos de estípulas de su ejemplar Telopea de Oceanía. Esa mañana habían decidido anticipar la retracción de la bóveda solar. Tomó su colector folio y lo llenó imperturbable con los estambres multicromáticos. Había en el lugar una ausencia llana, un mutismo perfecto que permitía ver con luminosidad la extensa lámina de rutenio enriquecido que corría a través de su ventana. Desde la empalizada se contemplaba el enorme macizo de Eming que encabezaba la larga cadena de lavas volcánicas consolidadas. El sordo sonido de las excavadoras de silicato de cerio, ponían a sobre aviso que el tiempo había comenzado. Una y otra vez, las palas mecánicas, removían el terreno llenando con minerales los contenedores inteligentes que se deslizaban por un conducto férreo, hasta verter el contenido inorgánico sobre una playa de selección. Todo se ejecutaba con una inflexible uniformidad incapaz de modificarse en el tiempo.


Se apuró a levantar el resto de los estambres cuando alcanzó a distinguir un elemento extraño. Una especie de hoja o lámina impresa yacía entre los lóbulos vegetales. Sintió temor, jamás había visto algo semejante, además, ¿cómo podía explicarse que se hallara junto a sus estípulas? La observó por un instante y con mucho cuidado intentó removerla ayudado por una vara. El eco de una excavadora se dibujó en el espacio como una sombra sonora sobre ese mundo inaudito. Tomó valor y acercándose, sintió el cosquilleo táctil que produce el papel vegetal entre los dedos. Observó que se trataba de un manuscrito y comenzó a leerla como una criatura ensimismada en un sueño profundo, una extravagancia de oro que le dio la clave del mundo. La nota decía así:


“Los restauradores”


“Nos han edificado un mundo de caos y abatimiento, un Estado omnipotente que ha dispuesto un exterminio planificado. ¿en qué nos han convertido? ¿acaso somos una suerte de inmundicias sentenciadas a la producción? ¡Oh por Dios! ¿somos el comestible de una cofradía de la maldad que nos ha sepultado en las minas de silicio? Nos han marcado como a los rebaños de la antigüedad, en nuestras manos está sellado a fuego el signo oscuro que nos recuerda nuestra fatalidad. Por las noches nos reconocemos a nosotros y a nuestros hijos y vemos a una sucesión de hombres cargando sus rostros, como máscaras noctámbulas que se mecen en un sinfín de corredores pétreos. ¿no es el nudo de la locura? ¿cuántos de nosotros no ha visto como multitudes de confinados eran masacrados por los Hurón? ¿cuántos de nosotros hemos caído ante sus azotes inmisericordiosos. Sus trajes oscuros como las bóvedas de los cementerios se agitan al fragor de sus látigos eléctricos. ¿quién no ha visto a los Hurón mandar a las moledoras de granito a millares de los nuestros? Son como fieras rabiosas apetentes de carne descompuesta, una monstruosidad difunta en una forma desviada.

Nos han contado de pequeños que unas máquinas hacían preguntas y daban el enunciado de la felicidad. Hoy, nos han cambiado tanto que solo las máquinas cuentan su felicidad y ya nadie hace preguntas. Oímos en nuestras cárceles la quebrada resignación de que alguna vez nos tomarán en cuenta. No es más que una fábula, un sueño pasajero que nos distrae de este nido de serpientes.

Crean amigos míos que nos enterrarán para siempre en las profundidades de las minas como en una cripta basáltica. Llegará el día en que ni siquiera serviremos como herramientas de carne y gozarán de nosotros en el tiempo como un hito de la superioridad. ¡Qué conozcan nuestra rebelión! ¿si no con qué nombre llamaremos al porvenir? Nos dicen que no merecemos otra suerte, que somos “impuros” y que mil años de trabajo en las profundidades nos redimirá. Abyssus abyssum invocat (El abismo llama al abismo). No crean otra cosa que lo que le dicta su íntimo anhelo que nuestras manos que escarban sus tierras preciosas encuentren los huesos de nuestros ancestros. ¡No es posible este devenir! Amigos míos nadie va a llamar a nuestras puertas para atender el socorro, les aseguro que algún Hurón nos esperará en el umbral con el cerrojo echado. Hace muchos años que una sombra se abatió sobre nosotros, una esencia con forma de muerte llamado Georoma”.


La torre de Erkon sonó lejana, el ulular constante perturbaba los elementos, parecía que una nueva dimensión de la locura iba a dar contra ese mundo por un nuevo milenio. Moringer dudó un instante, meditó cómo debía sentirse. Cómo experimentar una emoción cuando no se la conoce. Su fortuna, meditaba, los ha condenado a la desdicha de estar presentes. El futuro los ha condenado y no hay anhelo en su porvenir. Huyen de sí hacia un destino desconocido.


Miró un instante su silueta reflejada en la explanada de rutenio que se deslizaba hermosamente limpia y vio su rostro desgranarse como la piedra prieta hasta hacerse polvo. Pensó que un añico por estrecho que sea es un peñasco también que su existencia se había alterado en innumerables figuras. Pensaba que las formas sufren una transformación, un éxodo que no hace más que ahondar en una naturaleza vana.


Le llamó la atención que las nubes de fósforo no se formasen sobre las laderas del Eming, era la hora que acostumbraba a suceder debido al desplazamiento de las excavadoras de silicato. Moringer, calculó que Georoma era igual a todas las ciudades, en todos los lugares sabían de Georoma. En un momento creyó comprender un insignificante fragmento de la realidad. Llegó a creer que lo habían engañado, y que ese mundo prometido se había esfumado en un instante. Allá en las profundidades, en lo abismal, estaba un destino inquieto, un hombre burlado. ¿qué sentido tiene sostener una vida de placer y monotonía a cambio de una indiferencia más cruel todavía? Se preguntó si la historia no lo aguardaba probando si merecía ser parte de ella.


Caminó a su dormitorio y tras un panel vítreo comenzó a vestirse. Deberíamos construir una altura desde donde observar la ponzoña, pensaba, la bestia de mil cabezas que se ha propagado por el mundo sucumbirá algún día por la presión de un puño cerrado. Lamentó su vida, su búsqueda que había naufragado hacía 32 años. El hombre se había extraviado entre el rígido rutenio embriagado por una tormenta que se venía viendo de lejos.


Fue vistiendo su cuerpo con una sucesión de oscuros vestidos. Se cubrió de géneros de diversas especies, retazos y utensilios y una larga cadena de broches metálicos. Una ligera rejilla de algún latón precioso cruzó sobre su pecho rector. Quitó el tapón de su Koptar y se tiñó el rostro con una pasta violeta. Volvió sus ojos hacia la ventana y susurrando se dijo: “Oscura es la noche y la luna ya se intuye, ha dispuesto el dolor su noche evocar, los han lapidado en un fallo patético marchando como mártires sobre sus pasos sombríos. El tiempo se sucede irremediablemente al fin. Expira la congoja, les han inflamado el alma hasta viciarlos corriendo río abajo hasta exhalar su último aliento”.


Por una vez revivió su vida sin pasado y su destino absurdo, recordó la gruta que había descubierto de joven sobre las laderas del Eming. Vio a los Hurón tirando de sus látigos y a la multitud arrancadas de su dignidad. Vio a Georoma y el pasaje de la estrella Paranot con sus hijas Onk y Primax, vio las nubes de fósforo y las excavadoras de silicato, a través de un vidrio oscuro, vio correr la mugre arrastrada por la corriente subterránea, vio su suerte errante, las ruinas y el Tótem de Georoma, vio su uniforme negro como la piedra grafito, trajo a su memoria el azul grisáceo de las formaciones basálticas y una rara variedad de Telopea de Oceanía y escuchó la sirena de Erkon decir: “226-BHU, Hurones a la estación Vhor”. Cientos de ellos salieron al unísono. Un convoy de cilindros de color ámbar se estacionó de repente. Ningún Hurón arriesgó un movimiento desacostumbrado, solo Fedor Moringer descubrió una diagonal en el paisaje para arrojar una carta manuscrita dentro de un depósito de desperdicios. La torre de Erkon se escuchó otra vez, y luego de mil años nos sigue estremeciendo.

20 de Junio de 2019 a las 06:42 0 Reporte Insertar 0
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