Amorphosis Seguir historia

s_h_e_e_l_a_g Shee Lag

La mente nos muestra sus zonas más oscuras y desconocidas y a qué punto puede sabotearnos...


Suspenso/Misterio Sólo para mayores de 18.

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Capítulo I - La depravación de las almas

¿Qué se siente cuando nuestra mente hace una pausa en el tiempo porque necesita pensar?

¿Qué ocurre cuando ella toma el control de la nave sin siquiera avisar?

Siempre creí que el cerebro es el único comandante del cuerpo, por lo tanto, controla todo, incluso el entorno, pues de él depende nuestra percepción.

No hay libre albedrío.

Esta mente, cáncer que no aniquila, que me ha sido otorgada, hoy me conduce una vez más por senderos de niebla.

No recuerdo en qué momento exacto lo encontré durmiendo entre la hierba de esa solitaria pradera...

Por un momento tuve un pequeño presentimiento de que conocía bien aquel sitio. Pero solo fue un titubeo, producto de algún tipo de Déjà vu a los cuales considero engaños de nuestro petulante cerebro hacia nuestro pobre dejo de lucidez.

La primavera teñía todo con su encanto.

Yo era una especie de cavidad amorfa. Lo sé, cuesta creerlo, pero de la nada, pasé a no tener miembros. Era como un gran rollo de follaje, de esos que uno ve solitarios en el campo.

Volviendo al niño, en ese momento en que yacía perdido en la fresca naturaleza, había comenzado a rodar por el camino. Pensé que no iba a poder trasladarme, pero esa resultó la manera.

Rodar. Rodar sin piernas, sin brazos, sin manos. Solo rodar.

Tomé esa pendiente incierta debido a los impulsos que me causaban las convulsiones que lograron robar mi forma humana.

¡Sí! Llegué a ese sitio por mera casualidad. No es que pretenda consolarme, pero estoy convencida de que el destino y esa parte desconocida de mi mente fueron los arquitectos.

Me perseguía una tormenta de esas que llegan una vez cada tanto.

¿Te has sentido alguna vez como una leprosa? Así me sentía yo. Cayéndome a pedazos mientras avanzaba. No había momento de preguntarme las razones, solo podía vivir lo que surgía, así como la respiración que es una acción casi que inerte, pero sumamente esencial. No podía entrar en negación. El momento del colapso había llegado. Era natural, un suceso único que sin duda me llevaría a un fin.

A medida que rodaba, las piedras del camino iban destrozando y pudriendo la cavidad en la que me había convertido.

Lo recuerdo con tanta claridad que me asombra pensar que en algún momento de mi existencia fui humana.

El viento que traía consigo la tormenta me empujaba cada vez más aprisa mientras mi voz emanaba gutural y macabra por un agujero mohoso que se me había formado en alguna parte.

Cuando por fin noté que era lo suficientemente pesada como para detenerme por mi cuenta, dejando de rodar por el camino, sin ser arrasada por el vendaval, fue cuando visualicé su diminuta presencia con minuciosidad.

Su cabello era dorado, hermosamente fino... el viento lo despeinaba y volvía a peinarlo. Hechizaba al paisaje como a cualquier caminante que tropezara con su hermosura.

No sabría especificar de qué estaría compuesta su piel pues era tan tersa y perfecta, del color pálido azulado que da la luna a los cuerpos cuando está llena.

El niño dormía sin mostrar señal alguna de que percibiera el desastre que ocurría a su alrededor.

Descansaba libre sin saber que la vida es incierta, abierta y vacía, lejana y demasiado luminosa.

¡Sus endemoniados párpados ni siquiera se movían mostrando que soñaba!

Un árbol enorme estaba muy cerca de la diminuta silueta dotada de una belleza exuberante. Tuve el presentimiento que el muy maldito estaba observándole con la misma precisión que yo.

Tuve miedo que le dañara... Era tan frágil.

Pensé que debía anticiparme a ese tronco blasfemo.

Desollé al niño con todas las filosas piedras que se habían adherido a mí durante el camino, mientras rodaba.

El árbol poco astuto retrocedió con miedo, o quizá, después de todo, no quería destrozar al pequeño...

Las fosas nasales de la criatura se abrieron al primer tirón de piel que fue justo, exactamente uno de sus malditos párpados tan tranquilos.

Aquellos gritos demostraban que ahora sí sabía la clase de cosas que contiene la vida.

Cosas como yo.

Lo hice por partes, pedacito tras pedacito de piel.

La sangre más gruesa de la capa más interna servía como un adhesivo, por lo tanto, fui pegando toda su piel a mi extraña forma... Quizá podría contagiarme de este modo de su belleza y esa pureza que tenía al dormir.

Una vez que el niño era tan solo un cuerpo rojo sin piel, no soporté sus gritos y lo aplasté con algo que parecían ser mis manos.

Se volvió tan amorfo como una plasta de excremento animal.

Tuve que destrozarlo porque no era parte de este mundo.

Si no hubiese sido yo, habría sido aquel tronco con hojas asqueroso que se hacía pasar por árbol... o la tormenta... o en un futuro, el dinero y la frivolidad de las personas.

¡Lo deshice! ¡Sí, todos sabemos que fue lo mejor!

Luego, un manojo de convulsiones volvieron a surgir. Sentí el sudor frío recorrerme.

Desperté en la pradera junto a una canasta de pícnic y juguetes. Vi mis piernas, mi cabello, mis manos... y tendido a mi lado un rollo de capas y capas de exquisita piel tersa.

La cosí tal cual indumentaria de gala y la uní a mi piel.

Decidí que ese sería el mejor modo de inmortalizarlo.

¡No me equivoqué! Existe y seguirá existiendo después del final de todas las cosas.

Al cabo de unos días, aquel color pálido comenzó a verse rojo. O era la culpa devorándome.

Cometí un error... no limpié bien la piel y su sangre parecía estar aún viva.

Me iba tiñendo de carmesí, pero estaba vivo en mí, como antes, siempre conmigo, vivo y para mí.

¡El color de su sangre era la última de mis preocupaciones!

Lo importante es que lo tenía a él.

Su piel en la mía comenzó a descomponerme, y estoy a poco de morir.

Sin duda creé la mejor obra de arte, pues estoy a nada de ser un cadáver, sin embargo la piel que me envuelve, hermosa y tersa como la de ese retoño único que existió bajo este firmamento y que jamás volvería a ser igual, iba cobrando más vida...

Cada vez más...

En mis últimas horas... dueña ya de mi mente reflexiono... Nadie me dijo que era tan dura la depresión posparto.


20 de Junio de 2019 a las 03:54 2 Reporte Insertar 7
Fin

Conoce al autor

Shee Lag Como lo proponía Hemingway: Escribo duro y claro sobre lo que duele, pero sin perder la ternura. Mi lema es drenarse las emociones a través de las letras. Me gusta escribir, incluso podría decir que es una necesidad, ya que no encuentro otro modo de dejar en el mundo todo lo que siento, observo, creo y soy, excepto mediante este lenguaje extraordinario que fluye a través de los dedos.

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ED Edwin Diaz
Muy bueno. En cierto modo te genera dos sentimientos sobre el personaje: lástima y terror.
1 de Septiembre de 2019 a las 10:07

  • Shee Lag Shee Lag
    Gracias. Es la readaptación de un relato que tenía guardado en el baúl de mis escritos. De esos que se hacían a mano aunque se tuviera computadora. Era un cuento gore, y lo mejoré. Y sí, el personaje genera esas dos cosas. En realidad el verdadero horror nos lo genera nuestra mente. Lo poco que la conocemos, lo fácil que se pierde. 2 de Septiembre de 2019 a las 15:56
~