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En progreso - Nuevo capítulo Todos los jueves
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Soneto 1

Debí haber empezado por nunca verla, por no haberme atravesado en su camino. El inmenso dolor que agobia, el que es imposible advertir, el que nos toca vivir. Mi dolor. Es lo único que puedo decir, que es mío al fin y al cabo.


Ya no parecía perpleja por las palabras que yo, en un tono poco convincente, acababa de decir. Ya su mano había dejado de tapar su boca y sus ojos dejaron de estar tan abiertos. Ya yacía dentro de ella la tranquilidad que da lo inevitable. Su cuerpo un poco rígido, como si se sintiera incomoda dentro de él, sus brazos dispuestos de una manera poco natural, La boca entreabierta. Había estado así desde que la interrumpí cuando trataba de decir algo. Ya la intención se había ido pero quedaba ahogada aquella primera silaba. ¿Qué habrá querido decir?


2.

Aprendí a no decir verdades, ahora me cuesta dejar de mirar a la cara diciendo una gran mentira, es una forma de no ser sorprendido mintiendo.

No lo había podido decir de forma tan escueta pero allí estaban ellos oyéndome. No tenían por qué creerme, no era ni siquiera creíble mi historia, por lo menos no para mí. Había estado unos veinte minutos hablando de un supuesto viaje a Cuba. Hablé de detalles increíbles, nombres y apellidos inventados en menos de un segundo. Nombres de mis posibles posaderos; amigos que había hecho en otro viaje y que ahora vivían en la Habana, nombres y ubicación de playas que conocería en este hermoso pero, según dije, costoso viaje. El señor de la cabecera, el que supuse era el padre de Jimena, nunca me había dejado de mirar sin desconfianza. Sus ojos se entrecerraban, ponía su mano en la boca mientras masticaba la jugosa carne que la señora con mucha pestañita, la madre de Jimena supongo, nos sirvió, estos eran los ademanes que tenía cuando mi relato iba perdiendo fuerza. Sus ojos pequeños, el ceño fruncido, las cejas pobladas y cuatro pelos largos que se agitaban al compás de un abanico de techo que colgaba justo sobre su calva me invitaban a soltar una carcajada, escupiendo sobre la mesa los restos de la comida a medio masticar que tenía en la boca. Me contuve con éxito.

Este señor calvo esperaba que yo cayera. Esperaba el momento justo para hacer la pregunta indicada cuando yo diera un dato erróneo o vacilara, nunca pasó. Sus ojos a veces me escudriñaban la ropa y mis rasgos, alguna veces quitaba la mirada de mí con cierta rabia y miraba a Jimena como preguntándole ¿qué hace este tipo aquí? Mientras él lo hacía, yo seguía hablando absorto y observándolo y pensando en cómo guiar la mente de este hombre maduro, más bien viejo, para que me creyera. Miraba como me miraba sin mirarlo. Sólo me bastaban pequeñas y rápidas ojeadas a su rostro para saber cómo iba mi mentira, en qué grado de credibilidad se encontraba lo que se traducía en que tanto riesgo se encontraba mi entrada a la casa de Jimena.

Mientras hablaba en un tono cortés, amable, discreto y muy seguro cortaba los pedazos de carne en cuadros, tomaba las papas al vapor con el tenedor y las maceraba, cortaba en pedazos absurdamente pequeños las rodajas de la cebolla que componían la ensalada, entre otros ingredientes. Mi discurso era seguro y el movimiento firme de mis manos al tratar con estos alimentos le daba la credibilidad que le faltaba a mis palabras.

Había llegado la jarra de jugo, guayaba supuse por su color. La señora de busto prominente y rímel en exceso en sus pestañas la había traído y puesto en el centro de la mesa con un ademán exagerado de coquetería: mientras se hincaba para dejar la jarra de jugo caliente se tocó con la mano no ocupada el pecho, el espacio entre cada teta, tetas que apuntaban directo a mis ojos. Lo toco con la yema de los dedos y con un gesto de ahogo se sentó, mirándome, también directo a los ojos y confesó estar extenuada, acto seguido bajó los ojos pretendiendo mirar el plato y cuando los demás: Jimena, el viejo calvo y el niño de cuatro años retiraron la mirada de la sórdida escena, me volvió a mirar a sabiendas que yo la seguía mirando. La seguí mirando. El Calvo, quien no había retrocedido un ápice en su intención de descubrirme, volvió enseguida a mirarme y vió el contacto vulgar de miradas que hice con la que supongo es su mujer. Para mi sorpresa su reacción fue de calma, brotó una pequeña sonrisa de sus labios, le había dado la respuesta que buscaba, ¿Cómo no va a ser un hombre despreciable, mentiroso y de poco fiar el que coquetea con la madre de su novia el mismo día que la conoce? , creo que eso fue lo que pensó. Y en cuanto al actuar de su mujer creo que sabe de sobra quién es la puta con la que vive.

Llegamos tarde al almuerzo, corriendo, en silencio. Ya todo estaba servido. Por eso no hubo tiempo de conocerse. No hubo preámbulos en la sala ni tiempo para un café previo. Llegamos al almuerzo y me senté a comer, a hablar tal vez, a mentir finalmente. Jimena sabía que yo no iba para ningún lado, ni a Cuba ni a ningún otro lugar. Sabía que nunca había estado en Estados unidos ni en Belice, mucho menos en Japón o en Indonesia, Sabía que sólo conocía Venezuela y Panamá y que había ido a estos países con plata prestada que nunca pagué y ni pienso pagar para traer mercancía de contrabando y venderla en la ciudad. Jimena lo sabe porque de estos viajes le queda un “CD player” Hitachi con el que, según ella, la enamoré.

Comencé a hablar de mi viaje sin que nadie me preguntara para cortar un silencio absurdo en la mesa y para evitar alguna pregunta indiscreta de los presentes. Preguntas acerca de mi trabajo, mi familia, mi lugar de procedencia serian todas indiscretas considerando la reacción a estas preguntas por parte de ellos en el caso, remoto, de que yo las contestara con sinceridad. No hubo finalmente ninguna pregunta, fui lo suficientemente ambiguo en mi relato como para hacerles creer que sabían cosas acerca de mí, con ninguna certeza pero con la vaga idea de saber. Para ese momento yo era una pintura a medio terminar todavía fresca y olorosa, con ningún rasgo definido pero con una idea clara de hacia dónde iba. Me había pintado asombrosamente colorido con palabras vagas y frases poco claras pero colorido. Confiaba en que el color los segara y no vieran las líneas, las burdas líneas.

13 de Junio de 2019 a las 11:42 0 Reporte Insertar 0
Continuará… Nuevo capítulo Todos los jueves.

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