Una noche de verano Seguir historia

lucadomina Luca Domina

Una simple anécdota resulta ser algo mucho más perturbador


Horror Horror adolescente No para niños menores de 13.

#miedo #escalofríos #susto #murciélagos
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Noche de verano

Tengo algo que contar. ­­—dijo, y apoyó la lata de cerveza en la mesa ratona. —No es nada, solo una cosa que soñé una vez, una pesadilla…

Pesadilla; esa fue la palabra que hizo que sus amigas dejaran de mirar historias de Instagram, mandar mensajes a sus novios y criticar a otras personas. Y todas la vieran con cierto aire curioso.

—Nunca lo conté, pero fue algo que soñé al principio del verano. —abrió el cierre de su cartera negra; la típica cartera de mujer, la que parece el auto de los payasos de circo; que siempre te sorprende cuantas cosas pueden caber dentro. Y rebuscó, y rebuscó, hasta que encontró un paquete de cigarrillos (un paquete negro y azul).

Una de sus amigas arqueó una ceja como diciendo; vaya que te tomas tu tiempo…

Pero no se apuró. Sujetó el blanco cigarrillo entre sus largas uñas rojizas (se sentía orgullosa de esas uñas; eran semipermanentes y ella misma se las había pintado), y lo apretó en el círculo azul; los mentolados eran sus favoritos. Se lo llevó a la boca y a sus finos labios (que iban a juego con sus uñas), lo encendió y le dio una larga pitada. Sopló, y el humo abandonó la boca como si fuera el tubo de escape de un auto viejo y pertrecho.

—¿Se acuerdan que una vez tuve que irme por una semana de mi departamento?

Todas asintieron con la cabeza al unísono como si fueran bailarinas en el agua; ya conocían la historia, la había repetido mil veces. Para algunas, la idea de volver la vista al celular ya era demasiado tentadora, pero no lo hicieron.

—Había visto una rata, y ese fue el peor susto de mi vida ¡Por Dios, que fea! —todas arrugaron las caras asqueadas. —No volví hasta que papá la mató. Pero el sueño fue mucho peor…

Me acuerdo tal cual. Era de noche, una noche hermosa. Estaba re contenta; ese mismo día terminaron las clases y ya no tenía que volver a la biblioteca por tres meses. Y lo mejor de todo, era que al otro día iba a comenzar la temporada en la pileta. Ya tenía el bolso preparado; mate, termo, protector solar, bronceador. Saben que me encanta tomar sol.

Nadie emitió palabra, pero pensaron lo mismo; le envidiaban el bronceado. Hace dos semanas que se había terminado el verano y a ella todavía le brillaba la piel en ese tono moreno/caribeño espectacular.

A eso de las once de la noche, después de cenarme una ensalada, me cepillé los dientes y me fui a acostar. Cuando llegué a la habitación me encontré con un visitante en la cama; Michi (ya saben que es mi gata) estaba hecha un bollo entre las sabanas. La levanté sin cuidado y mientras me ronroneaba entre las manos le dije —Dormís afuera Michi, porque te portas mal.

Decidí hacerla dormir en el balcón desde el momento en que no pude enseñarle a hacer sus necesidades en la caja de arena, y me encontré con sorpresitas desagradables y olorosas por cada rincón del departamento. Michi me miró y me regaló un maullido comprador, pero no le hice caso. Me di la vuelta para llevarla afuera.

—¡Ay! ¡estúpida, me lastimaste! —grité (me salió una voz chillona). La gata me había clavado las garras en el brazo.

La solté y cayó como todo gato; con una maestría sin igual. Se detuvo por un momento, miró en dirección a la ventana de la habitación, que daba a la calle, y lanzó un bufido. Los pelos de la espalda se le encresparon y echó a correr hacia la ventana.

A mitad de camino, la sujeté con fuerza y me la llevé directo a la cocina. Cuando abrí la puerta para dejarla en el balcón, maulló en un último intento de piedad, pero no le sirvió de nada; cerré con llave y fui buscar el botiquín de primeros auxilios. Los arañazos eran pequeños y apenas me corría un hilo de sangre, pero me desinfecté y recé para que no me quedara la marca (quien me conoce sabe que es verdad; que me cuido mucho la piel).

Regresé a la habitación y abrí el armario, lo pensé por unos segundos, y al final lo cerré; el calor del verano ya había llegado, y esa noche iba a dormir en ropa interior. Caminé a la ventana para cerrar los postigos. Cuando me asomé afuera, escuché un ruido en el alero del techo, pero una brisa relajante me pegó en la cara. En ese momento me di cuenta que tenía algo de sudor en el rostro; y odio el sudor (y todo lo que me haga una pizca menos bella). Siempre duermo con los postigos cerrados por miedo a que se meta algún bicho, pero esa noche los dejé abiertos; no quería que el calor me hiciera despertar sudada. Me quité la ropa y la tiré al suelo (cayó junto a otro montón de ropa acumulada) y yo misma me tiré a la cama y me desparramé; literal, el cuerpo cruzado y cada brazo y pierna apuntando para un lado diferente. Y apagué la luz. Un momento después me debo haber dormido, porque comenzó la pesadilla…

En ese instante, las latas de cerveza fueron bebidas rápidamente y varios cigarrillos fueron encendidos al mismo tiempo; preparándose para la parte interesante de la historia (¡ya era hora!).

Había un sonido, un sonido molesto; era como si algo diminuto rascara la madera. El mismo ruido que había escuchado antes. Giré en la cama y traté de ignorarle. Me ardía la cara por el calor y tuve que volver a ponerme boca arriba. Suspiré aliviada cuando una ráfaga de aire me pegó en la cara. No pensé en nada, pero abrí los ojos en menos de un segundo. Me había llagado una leve (muy leve) ráfaga de aire desde arriba de la cara. Me di cuenta de dónde provenía por el sudor (maldito sudor). En las películas siempre se mojan el dedo y lo elevan para saber de dónde sopla el viento, bueno, fue como lo mismo. Y por eso me asusté; no era el aire de la venta, me daría en las mejillas, no en la frente…

Un escalofrío me viajó por el cuerpo y quedé helada; había escuchado algo, y no había duda, era un aleteo. Di un respingo en el lugar cuando lo escuché de nuevo, pero esa vez, sentí el ruido de la madera; sea lo que sea, estaba arriba del armario.

—Es un pajarito, es un pajarito, es un pajarito… —me repetí. Pero de inmediato; un chillido. Y los pájaros no chillan. Comencé a sudar como si estuviera en el medio del desierto; solo conocía un animal que volara y chillara de noche.

Tenía miedo, mucho miedo. Y esa cosa no dejaba de revolotear sobre mi armario. Esperé y esperé, pero no se iba, no volaba por la ventana y me dejaba en paz; seguía revoloteando, y cada vez que lo escuchaba, el corazón se me salía del pecho.

Los minutos pasaron (tal vez las horas, no lo sé) y tomé coraje; no podía seguir así. Pensé algo sencillo; levantarme lentamente, caminar despacio, muy despacio, hasta la puerta y encender la luz. Si la cosa no se iba, cerraría la puerta de la habitación e iría a buscar la escoba (o mejor aún, llamaría a mi papa). Esperé a que se mantuviera quieto por un rato y emprendí el plan…

Tuve que hacer un gran esfuerzo para lograr moverme; estaba paralizada. Después de unos diez minutos (la cosa seguía sin moverse ¡capaz se había dormido!) me senté a un lado de la cama. Me paré en cámara lenta y caminé paso a paso con la paciencia de una tortuga; a cada paso me apretaba más los dientes, y el sudor me empapaba como si recién hubiera salido de ducharme. Solo me faltaban dos pasos para llegar a la tecla de la luz y a la puerta, cuando el corazón casi se me sale por la boca; escuché el agitar de las alas y como abandonaba el armario. Tarde en reaccionar por culpa del miedo y la esperanza; esperanza que desfilara hacia la ventana y me dejara en paz.

Pero no lo hizo; lo sentí aletear sobre mi cabeza. Pegué un gritó muy parecido a un chillido y comencé a correr con desesperación. Me cubrí la cabeza con las manos y me incliné hacia delante. Encendí la luz de un golpe y me dispuse a salir de la habitación. Y entonces lo vi; cuando luchaba para poder sujetar el picaporte; el murciélago, esa rata voladora. Grité de nuevo y traté de cerrar, pero no pude. El murciélago me chocó la cara. Agité las manos como una loca para sacármelo de encima, pero se me enredó en el cabello. Sin saber qué hacer, comencé a correr para cualquier parte. En ese momento me resbalé con algo (creo que era orina de Michi) y caí de espalda al suelo. Me golpeé la cabeza y me desmayé.

Me desperté agitada y empapada de sudor (fue horrible). Era de día y juro que revisé cada centímetro de la habitación, aunque sabía que había sido una pesadilla; y obviamente no encontré nada…

Todas asintieron con cara de asco y aprobaron la historia con “que feo”, “que miedo”, “yo me muero”. Y siguieron a lo suyo; Instagram, novios y críticas.

—Les digo, chicas, fue un sueño horrendo. —dijo, y se estremeció en el sillón. Terminó el segundo cigarrillo que había encendido y lo apagó contra el cenicero.

Se puso de pie, se acomodó el pantalón y giró sobre sus tacos para contemplarse (su novio siempre le decía que con tacos era una modelo). Con una sonrisa de oreja a oreja (se sabía hermosa) se echó los largos cabellos rubios hacia atrás. En ese preciso momento, escuchó un golpe; uno de los celulares había caído al suelo.

—¿Qué sucede? —le preguntó a la amiga. La miraba fijamente con los ojos como platos y se tapaba la boca con las manos.

La chica no pudo decir nada ante la mirada de las demás, solo despegó una mano de la boca y la señaló; le señaló el cuello.

Todas contemplaron lo mismo. Una lata de cerveza se derramó en la mesa, varios cigarrillos rodaron por el piso, y se escuchó uno que otro grito agudo.

Se puso nerviosa, y con voz temblorosa preguntó. —¿Chicas, que pasa? Me asustan.

Nadie pudo responder, todas estaban en shock. Con la piel bronceada se distinguía perfectamente; dos diminutos círculos, uno cerca del otro; dos pequeñas cicatrices que no habían llegado a quemarse con el sol;

Una mordida…

4 de Junio de 2019 a las 15:51 0 Reporte Insertar 0
Fin

Conoce al autor

Luca Domina Tengo 27 años. No miro televisión y en el tiempo libre prefiero leer novelas (las devoro). A pesar de que comencé a escribir hace poco más de un año, siempre estoy intentando mejorar y alcanzar el sueño de publicar. Reto para 2019: Leer 100 libros.

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