Bajo la Luz de la Estrella Roja Seguir historia

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Planeta Tierra, año 508 de la era de Marte. La población vive amenazada por la constante amenaza de los ctónicos: unas terribles criaturas que nadie sabe de dónde han salido, pero el Capitán Laras además debe reñir contra la manipuladora esposa del Emperador, la cual odia a sus hijastros y es capaz de todo por tal de deshacerse de ellos. En un mundo con muy poca esperanza, donde el polvo rojo de Marte lo asfixia todo, Laras deberá luchar por proteger a quién más quiere: su protegido, el heredero del Imperio, un joven con misteriosos poderes psíquicos, y poder rescatar a su hermana Ethel de las garras de los ctónicos. Nada es lo que parece.


Fantasía No para niños menores de 13.

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Bajo la Luz de la Estrella Roja

Notas de Autora:


Al final he decidido publicar en está genialosa página uno de mis relatos antiguos favoritos. Lo escribí para un desafío literario sobre los signos zodiacales hace varios años ya. Me tocó escribir sobre el signo Aries que está muy relacionado con Marte y el dios de la guerra Ares, pero además le añadí toques de la mitología etrusca con muchos elementos retorcidos de mi propia cosecha. En su día tenía límite de palabras, así que no pude extenderme como me gustaría, pero a veces siento que esta pequeña historia corta daría para una novela más larga. Si os gusta y pensáis lo mismo, me encantaría que me lo hicierais saber^^. Aquí lo publicaré en capítulos cortos para que se haga más amena la lectura.


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AÑO 508 DE LA ERA DE MARTE


El Coliseo, aquella estructura ovalada donde la muerte se enfrentaba a la esperanza, estaba a rebosar aquel caluroso ocho de abril. Marte refulgía más brillante durante ese mes, como una estrella de cristal rellena de fuego líquido. También había más polvo rojo del habitual; las brillantes partículas danzaban alocadamente entretejiéndose entre sus cabezas y miembros. Bajo la pesada armadura dorada, Laras se asaba de calor, pero se mantenía solemne. El emperador Lars Tharcos II estaba hablando y su voz, ronca y débil por el dolor, hacía estremecer a la muchedumbre. El joven cuerpo de la princesa Hele reposaba sobre la pira funeraria. Su rostro se mantenía fresco y blanco como un lirio. El pelo castaño le acariciaba las mejillas y los serenos párpados. Las moléculas de polvo rojo la rehuían; incluso muerta, era demasiado sagrada.


Todo el mundo vestía los tres colores del luto: el rojo por la sangre de la vida y por Marte, el amarillo por la tierra a quien le pertenecía ahora el cuerpo vacío y el verde, por ser el color del Inframundo en contraposición al rojo. Pero mientras los demás cargaban con una máscara de aflicción, Aita, la esposa del emperador, se mantenía demasiado fresca. No suponía ningún secreto para ninguno de los catorce distritos telúricos de la Fundación el que aquella mujer odiara a sus hijastros.


El arúspice sostenía al cabrito que iban a sacrificar. La criatura tenía los ojos muy brillantes y el hocico húmedo. Desprendía vigor por todo su cuerpo, a los dioses les iba a encantar ese sacrificio. Laras se preguntaba si habría sido cosa de Aita escoger a un cabrito para sacrificarlo, a fin de cuentas él era conocido como “el Vellocino Dorado” por su increíble armadura cuyo yelmo parecía la cabeza de un carnero. Sus inquietudes debieron de llegarle al cabrito que se sacudió nervioso e hicieron falta tres arúspices más para sujetarlo.


Laras sabía lo que pasaría: el Emperador terminaría de hablar y se procedería a continuar con el ritual. Apoyarían al pobre animal sobre un altar y el Arúspice Mayor revelaría el cuchillo que le cortaría las arterias del cuello para dejarlo desangrarse. Después comenzaría el juego. Saldrían los gladiadores y los ctónicos y la gente abandonaría el mutismo de respeto para alzarse con gritos frenéticos. Ese día tenía que derramarse mucha sangre ctónica. Esos monstruos debían de pagar porque uno de ellos había sido el verdugo de la pobre princesa. Todos, especialmente Laras, odiaban a los ctónicos, y ese día incluso más. Pero Laras decidió que no se quedaría a contemplar el espectáculo. Él no debía de estar ahí, sino buscando a su hermana Ethel la cual había sido raptada por los ctónicos. No la habían matado, sino que se la habían llevado por algo y Laras había jurado encontrarla. La muerte inesperada de Hele había arruinado sus planes y eso le hacía enfurecerse más todavía con los ctónicos. Si los veía aparecer en la arena, el odio que le atravesaría resultaría tan intenso que le consumiría. Por eso, cuando el cuchillo del arúspice atrapaba un rayo rojo de Marte, él se levantó para ir en busca de la única persona que podía inculcarle paz.

Primero le buscó en sus aposentos. Al no hallarle, se dirigió preocupado hacia el interior del hipogeo real. Le encontró en el corazón, junto al sarcófago vacío en el que depositarían los restos de su hermana. Laras no pudo evitar una sonrisa, le conocía demasiado bien.


—Sabes que tienes prohibido salir de tus aposentos —le reconvino sin apenas rudeza.


El joven de cabellos blanquecinos se volvió, dando un respingo al sentirse descubierto. Lars Frixo tenía las mejillas brillantes por las lágrimas que había derramado en honor a su hermana Hele. Una venda le cubría los ojos, pero igualmente las lágrimas se las habían arreglado para zigzaguear hasta sus labios sonrosados. Laras no soportaba verle llorar, así que se acercó al joven heredero y le obligó a levantar el mentón y a mirarle firmemente.


«¿Qué es lo que ves a través de esa venda, Frixo?»


—¿La extrañas? —le preguntó con más delicadeza de la que utilizaba con el resto de las personas, a fin de cuentas se trataba del heredero de la Fundación, de su protegido. Normalmente tenía que reprimir las ganas de tocarle para no mancharle de polvo rojo, por lo que aquel mínimo contacto significaba mucho para ambos.


—Sólo ha pasado una noche, pero es la consciencia de saber que no podré verla nunca más la que me aflige, supongo...


Laras contempló por el rabillo del ojo los hermosos grabados del sarcófago.


—La vengaré. Te lo prometo por Marte, por mi nombre y por mi honor.

—Odio cuando te pones así, Capitán.

—¿Así cómo? —cuestionó Laras, confundido.


Frixo suspiró, se sacudió un tirabuzón y procedió a imitarle:


—”Soy Laras Ultor, exterminador de ctónicos. Los aniquilaré y me haré cinturones con sus tripas bla, bla.” Así. —Sonrió.

—Muy gracioso, mi pequeño emperador. Esos seres...

—Matan personas. Secuestraron a tu hermana —agregó Frixo con cierta tristeza que Laras no comprendía.

—Mataron a la tuya —insistió el capitán Laras.


Frixo decidió rendirse. Le profesaba un inmenso cariño a aquel hombre, pero sus ansias de venganza eran enfermizas. Buscó desesperadamente la forma de cambiar de tema.


—¿Crees que el alma de Hele encontrará su camino? —preguntó fingiendo más inocencia de la que ya tenía y buscando en el cielo a Marte.


Laras odiaba que le hiciera ese tipo de preguntas. ¿Que si creía en esos cuentos que pregonaban los arúspices tras inhalar demasiado polvo rojo? Pero tampoco quería quitarle la esperanza.


—Sinceramente, mi pequeño emperador, dudo mucho que haya un tal Caronte aguardándola, pero las almas no pueden desaparecer sin más, a algún lado deben ir, y Marte está hoy más brillante de lo habitual. Quizás sí que está ansioso por recibirla.


Frixo negó con la cabeza y ese simple gesto le rompió algo a Laras. Demasiada aflicción...


—Aita ha convencido a nuestro padre de entregarle el alma de Hele como sacrificio a los dioses.

Laras recordó al vigoroso cabrito.


—Esa maldita arpía —masculló, apretando los puños. No creía mucho en todos esos ritos funerarios, pero ¿quién se creía que era esa mujer para condenar el alma de la princesa de esa forma? ¿Y si al final resultaban ciertos?


—Es la mujer del emperador —dijo Frixo, averiguando sus pensamientos—. Mi padre está ciego de amor por ella.


Ni siquiera era tan hermosa, Laras no podía comprenderlo.


—Precisamente por eso se encaprichó de ella —agregó, volviendo a adivinar sus pensamientos.


Nefeles, la primera esposa y madre de Frixo y Hele, sí que había sido hermosa con su larga y rizada melena oscura y su piel nívea. Aita era vulgar, más delgada y menuda, y siempre tenía el ceño fruncido. El emperador había sido un hombre de apetitos voraces y de inquietudes complicadas. Indomable y fuerte, pero débil ante las pasiones terrenales. Sin embargo, un día vio a Aita lavando la colada en la fuente de la Plaza del León y su vida cambió. Dejó los excesos y abandonó a Nefeles para dedicarse a cuidar de su nueva esposa. Todos sabían que la que llevaba las riendas del imperio ahora era Aita y a nadie parecía preocuparle porque ciertamente, bajo las órdenes de Aita, la Fundación había prosperado. Eso le irritaba demasiado a Laras. La detestaba, pero era una buena gobernante.


—El Emperador debería abrir más los ojos —declaró sacándose el pesado yelmo. Se estaba asfixiando, por lo que recibió de buen grado el aire fresco sobre la cara. Una cascada de mechones negros alternados con púrpura cayeron por sus fornidos hombros.


—¿Para que pueda apreciar su falta de belleza?

—Hablaba metafóricamente —rezongó el exótico guerrero.

—¿Tan fea es? —preguntó Frixo con curiosidad. La venda en los ojos le impedía ver nada. Frixo tenía habilidades psíquicas especiales. Sabía exactamente dónde se hallaba anclado Marte, pero jamás había visto su fulgor. Laras suponía que con las personas le pasaba lo mismo.

—No es tan horrible, pero...

—Pero en comparación con esas prostitutas que frecuentas... ¿Verdad?


Laras parpadeó. No tenía ni idea de dónde había sacado aquella información, pero lo averiguaría. Los gritos procedentes del Coliseo interrumpieron el momento. Laras lo agradeció. Entonces Frixo recayó en que el capitán había abandonado su puesto para ir a verle.


—¿Qué estás haciendo aquí, Laras? Parece que te estás perdiendo algo divertido. Los leones deben de estar despedazando a esos despreciables ctónicos que tanto odias.

—Mi deber es protegerte. No sé a quién se le ocurrió llevarme al espectáculo, dejándote solo en la habitación.

—Fue a mí —reveló el joven.


Aquella revelación le dolió a Laras. Le dolió que quisiera alejarle.


—Pensé que echabas de menos los días de esplendor y gloria como gladiador —se explicó el chico.


Resultaba increíble que aquel hombre que ahora vestía con opulentas y extravagantes prendas de la mejor calidad un día fuera pobre. Ethel y él habían mendigado por las calles del Distrito Primigenio. El mayor rogaba por las tareas más humillantes con tal de ganar el dinero suficiente para darle a su hermana la vida menos miserable posible. Un día se unió a una expedición para cazar a los ctónicos que habían proliferado a las afueras de Tarquinia. Su hermana debería haberse quedado, pero se escapó y el resultado fue trágico. Al principio iban ganando los humanos con el uso de las nuevas armas tecnológicas, hasta que apareció un ctónico de tamaño descomunal. Jamás habían visto algo así. El ctónico se llevó a la pequeña Ethel y desde entonces Laras juró venganza. A pesar de su corta edad —dieciséis años— se inscribió como gladiador. Asesinar ctónicos en el circo calmaba temporalmente su sed, pero no lo suficiente. Como gladiador rápidamente fue mejorando sus habilidades para la lucha. Pronto consiguió el dinero necesario para comprarse una impresionante armadura dorada con un casco aún más impresionante. El Vellocino Dorado se convirtió en el héroe de los catorce distritos telúricos, incluso viajaban hasta Tarquinia para verle cubierto de sangre ctónica, para experimentar con sus propios ojos la vehemencia y el odio con que el Vellocino Dorado hundía su lanza en los cuerpos de esos demonios. Todo acabó cuando el propio Frixo le solicitó como guardia personal. Y así, Laras Ultor, con apenas veinte años recién cumplidos, se convirtió en el capitán más joven de la historia de la Fundación.


Sí, la gloria había sabido muy dulce, pero también se trataba de una droga muy peligrosa. Está bien experimentar el furor alguna vez (y de vez en cuando), pero demasiadas drogas consumen la mente y el cuerpo. Al perder a Ethel se quedó sin dulzura y una parte de él la añoró fervientemente hasta que conoció a Frixo y el joven heredero pudo arrojar un poco de miel sobre tanta amargura. Antes luchaba por venganza, algo que Frixo no pasaba por alto, ahora al menos podía decir que protegía a alguien, a alguien querido e importante por toda la población. Eso era lo que Frixo le había dado a aquel guerrero cegado por el odio. Porque Ethel no era más que una pobre niña desconocida, pero Frixo era nada menos que el futuro emperador. Eso la gente lo tenía en cuenta.


—Repito que mi deber consiste en protegerte y ya me estás comprometiendo demasiado haciéndome decir estas cosas. —Si Aita le escuchaba, no dejaría pasar la ocasión para atacarle.


Recién comenzaba abril, por lo que la primavera se estaba abriendo paso, aunque la única diferencia que Laras alcanzaba a percibir en La Fundación era el aumento de polvo rojo. ¡Y pensar que en una época, según lo que mostraban los mosaicos y papiros sobrevivientes al paso del tiempo, durante la primavera los árboles se llenaban de flores rosadas y la nieve se deshacía! Ni siquiera tenía muy claro lo que era la nieve, el fulgor de Marte la derretía instantáneamente. Los gritos provenientes del Coliseo se hicieron más audibles. Algún ctónico debía de estar dando pelea. Una mota de polvo rojo se filtró a través de un haz de luz. Eso le puso en sobrealerta.


—Debemos irnos de aquí, fuera de tus aposentos no estás a salvo.


Quería cogerle en brazos y sacarle de allí, pero tenía miedo de mancharle, por lo que tuvo que conformarse con que Frixo se resignara a obedecerle. Laras lanzó una última mirada al sarcófago donde depositarían las cenizas de Hele. Pensó en muchas cosas y ninguna de ellas tenía sentido.


Por los pasillos del palacio intercambiaron algún que otro comentario, siempre en voz no demasiado alta por si había algún espía de Aita siguiéndoles. Algo no iba bien, el instinto guerrero de Laras podía oler la sangre a distancia. Los gritos del Coliseo se tornaron auténticos gritos de pánico.


—Algo debe de estar yendo muy mal —comentó Laras, preocupado.

—¿Durante el funeral de mi hermana? ¡¿Cómo es posible?!

—Perdóname —le susurró antes de salir corriendo en dirección contraria a los aposentos imperiales.



27 de Mayo de 2019 a las 13:26 0 Reporte Insertar 0
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