La ciudad sin nombre Seguir historia

Javo Valderrama Javier Valderrama

Tras varios suicidios sin razón aparente en un antiguo hotel, un joven curioso decide visitar el lugar y exponer la verdad.


Horror Historias de fantasmas No para niños menores de 13.

#terror #muerte #miedo #fantasmas #infierno #·terrorgotico #Terrorcosmico
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La ciudad sin nombre

Al comienzo pensé que todo era mentira, esas ideas aceptadas públicamente, poco cuestionadas y simplemente absorbidas por las masas incultas. ¿Por qué la gente hace eso? Mentir solo para quedar bien. Da igual, de todas formas vine a este hotel a pasar la noche y comprobar con morbo lo que yo pensaba que eran idioteces. Y sí, soy morboso, lo reconozco, no como las demás personas que juzgan a los honestos, pero aún así se quedan a mirar los cadáveres apilados en la calle tras un accidente.

Llegué después de un largo viaje, cientos de kilómetros y otros tantos asientos incómodos. Tenía la idea de desacreditar todo a través de una nota en un periódico, hacer aseveraciones tajantes respaldadas por la lógica y la ciencia. Vine a desenmascarar bobadas, convencido con el poder analítico que mi mente poseía, pero no lo eran…

El lobby del hotel era bastante antiguo, oscuro y sobrecargado con objetos que hablaban de su historia, y todas las personas ilustres que allí se habían alojado durante sus años de servicio. Sus terminaciones finas de madera oscura debieron de ser el orgullo de sus dueños durante sus años mozos.

Construido en una zona lejana a la capital para el recreo de sus pasajeros de origen acomodado, este antiguo resort cercano a la cima de una montaña se erigió luego de la aparición de una ciudad antigua. Su descubrimiento fue azaroso y posible solo tras el derrumbe de una ladera de montaña tras un terremoto. Los arqueólogos no tardaron en llegar, al mismo tiempo, un avaricioso empresario decidió aprovecharse de la oportunidad turística, y así se construyó el apodado “palacio perdido”.

Cientos de visitantes de todo el mundo comenzaron a alojarse en sus cómodas y lujosas habitaciones, a disfrutar de las variadas actividades de recreo y relajo, pero sobretodo, a visitar las ruinas ciclópeas de la ciudad sin nombre. Fue en ese lugar, durante una de las incontables visitas guiadas cuando ocurrió el primer suceso extraño. Durante una de aquellas visitas, uno de los arqueólogos encargados de examinar las maravillas que la ciudad escondía, tomó las riendas del tour. Era un hombre amable, de edad avanzada, y dedicado a su trabajo, su renombre lo precedía. Todos en el público conocían su nombre, es debido a eso que ignoraron el aspecto agitado y desarreglado que presentaba ese día. Nadie vio venir aquel acontecimiento, ese arrebato de locura que lo llevó a quitarse la vida, disparándose en la cabeza frente a todos sus oyentes, sin previo aviso. El cuerpo fue recolectado, lo examinaron unos médicos para luego ser enviado a la capital sin mucho más detalle. Los suicidios que subsiguieron fueron similares, la mayoría de ellos en las habitaciones del hotel, por esa razón se extendió el rumor, que más tarde se transformaría en creencia popular de que el gran “Palacio perdido” estaba maldito.

Cuando llegué noté que todo el personal de servicio evitaba el contacto con los ojos, incluso si te hablaban. Sentía que ocultaban algo, una verdad incómoda. En ese entonces, estaba seguro de que sentían temor a que los desenmascarara. No era el único huésped, pero era claro que el número era excesivamente escaso para el tamaño de lugar. Cuando me acerqué a la recepción, les extrañó que me quedase por más de una noche, me explicaron que la gente solía quedarse un día. Era una advertencia, una que no supe escuchar. Lamento mucho mi arrogancia, quizás debido a una fiebre juvenil y gallarda que invadió mis venas.

Los primeros dos días los pasé en el hotel, buscando excusas para investigar cada estancia posible. Durante el día no encontré nada extraño, pero tras la caída de la noche, los espíritus comenzaban a rondar los pasillos. A veces con pequeños ruidos similares a uñas rascando el papel tapiz, otras veces con alaridos o incluso estruendos. Instantáneamente pensé que eran los trabajadores, intentando asustarme. Salí al pasillo para develar la farsa, pero me creerías loco si te dijera que incluso vi algunos, pálidos y translúcidos, a la luz de la luna. Me miraban con sus ojos vacíos para luego repetir una y otra vez sus suicidios, y desaparecer.

Salí al encuentro de más almas en pena, fue allí donde me encontré con uno de los botones. Con tranquilidad me contó sobre la naturaleza de los fantasmas, de cómo están atrapados en un bucle sin fin, de dolor eterno. Incapacitados de llegar al siguiente plano. Yo seguía incrédulo. El amable joven me guió por los pasillos para ver otros espectros, fue en ese extraño tour donde vi a los demás huéspedes sacar sus cosas con velocidad y correr despavoridos. Dejé la incredulidad de lado, pero mi investigación no se acababa allí.

Al tercer día, luego de ocupar mi mañana hablando con los pocos trabajadores que disponía el antes vistoso resort, sobre los extraños fenómenos que visitaban el lugar de noche, todos coincidían en su asombro al saber que seguiría hospedándome con ellos, e intentaban detenerme cuando pedía un guía para visitar la extraña y misteriosa ciudad. Al no conseguir quien guiase mi visita, decidí subir solo. Me imploraron, incluso una mujer anciana se puso de rodillas ante mí, para evitar que subiese. Ahora desearía haberles escuchado, pero ya es muy tarde. Ahora estoy en mi habitación, tengo en mis manos un revolver cargado, pero antes de terminar con el macabro terror que se me fue develado, dejaré esta nota para que nadie más vaya allí, para que la curiosidad no sea el factor catalítico de la cruda verdad universal.

A la mañana del cuarto día subí hacia la montaña que alojaba a la ciudad sin nombre. La niebla matutina tiñó mis pasos de misterio, como si intentase auxiliarme, haciéndome perder mi camino para evitar llegar a las condenadas ruinas. Tras unas horas de trayecto logré dar con ellas. Magníficas, cada estructura parecía tallada en un solo bloque de piedra. De tamaños inimaginables en comparación al humano, un misterio de la arquitectura e ingeniería al ser imposibles, hoy por hoy, imitar una construcción tan fantástica, y en tan pronunciado terreno. Muchas de sus estructuras no tenían puertas, por esa razón, los arqueólogos y estudiosos que la visitaron, y escribieron algo sobre ella antes de quitarse la vida, concluían que debían tratarse de un templo para adorar a alguna antigua y desconocida deidad. Quizás las estructuras eran meramente ornamentales, quizás simbolizaban algo más, pero lo más extraño es que nadie había escrito o informado sobre una imagen de carácter idólatra, algo a lo que le pudiesen rendir culto. Una voz en mi interior me inspiraba a detenerme, a dar vuelta y regresar lo antes posible. Comencé a escuchar una voz, no se callaba por más que lo intentase. Pensé que me estaba volviendo loco, era como si mi conciencia tuviese una voluntad distinta a la mía, pero luego se identificó, un alma en pena que decidió susurrarme al oído las advertencias que él no obtuvo. Intenté dialogar con él, pero hizo caso omiso a mis palabras. Le dejé hablar, quizás así lograría sacar algo de él, yo quería debelar el secreto, quería ver y sobrevivir a aquello que los demás no pudieron.

Mi fantasmagórico guía me mostró el camino a la fuerza, a través de la laberíntica urbe sus palabras, débiles como una suave brisa, me llevaron hacia una estancia enorme, la única con un gran arco de entrada. Allí, al ingresar y recorriendo a oscuras un extenso corredor, logré dar con la verdad. Un ídolo de piedra tallado, una especie de vorágine de tentáculos, bocas y ojos, formas sin sentido, que al verlo a la luz de una antorcha parecía cobrar vida en una macabra danza apocalíptica.

La extraña escultura estaba sobre un altar a unos metros de distancia. Mis ojos no se podían despegar de ella, me llamaba, deseaba mostrarme sus secretos. Di un paso y fue ahí cuando se me apareció, el alma en pena de un arqueólogo, aquel que me susurró al oído. Su translúcida presencia no ocultaba su deterioro, su alma estaba podrida, seca, como si estuviese enferma. Su vista de ojos vidriosos se fijaron en mi, y con voz temblorosa, aun así, fuerte, me advirtió “Lo que quieres ver, es algo de lo que te arrepentirás por siempre. Escúchame de una vez, extraño visitante. La verdad del cosmos, y de nuestro origen está allí, guardado en ella como las letras e imágenes de un libro sagrado que espera ser leído. Pero créeme cuando te digo que nadie está listo para ver y saberlo. La ignorancia es a veces una bendición. Desearía permanecer ignorante, pero me aferro a esta tierra para evitar que alguien más ponga sus manos en ese condenado ídolo. Cada fantasma que has visto, solo busca advertirte, pero con cada aparición estamos destinados a repetir nuestro fin. Cada mensaje que damos, nos quita algo. De los condenados, yo soy el más afortunado ya que solo tú me has visto. Puedo hablarte, pero a pesar de mis esfuerzos, la decisión es tuya.”

Me arrepiento tanto. Las imágenes que vi al tocar la estatua cambiaron mi vida, la locura, el caos, el vacío se va apoderando de mí minuto a minuto, hasta que ya no puedes más. Tú que lees esta carta, te diré lo que vi, para que así no tengas que verlo con tus propios ojos. El universo, el cosmos, todo es agreste, la humanidad no es más que un parásito que intenta alimentarse de su anatomía estelar. Los diversos seres, ángeles, o dioses (como quieras llamarlos) solo buscan eliminarnos. Ellos son la fiebre, son las defensas que buscan liberar al cuerpo de su creador, son las defensas en nuestra contra. Las eh visto, y puedo decir que son peor que la muerte. Somos indeseados, somos un error. Pensé que dios era misericordioso, pero ahora lo entiendo, siento su odio, su cólera. No puedo más con esto, ya estoy por terminar mi desesperado intento por concluir esta carta, y así evitar volverme un fantasma como ellos. Solo te deseo a ti, que durante tu tiempo de vida, no se alcen las defensas orgánicas universales, que aquel horror, ese infierno inevitable ocurra en un tiempo lejano. Por último, solo déjame advertirte, no te acerques a la ciudad sin nombre.

Hasta nunca.

25 de Mayo de 2019 a las 20:42 0 Reporte Insertar 0
Fin

Conoce al autor

Javier Valderrama Estudie cine en chile, me desempeñé como guionista donde reafirmé mi pasión por escribir.

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