La Infancia define Seguir historia

solxrey Ximena Reyes

Intenta frenar la curiosidad de un niño, es imposible e inevitable, esta en su naturaleza descubrir y con ello forjar sus cualidades y habilidades, las cuales lo definirán como hombre o mujer del mañana.


Historias de vida Todo público.

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La Infancia define

Si le pides a un niño (a) que pinte sin sobrepasar las líneas límite de un dibujo cualquiera, sería una maldad, así me veía a mí misma, mis amigos y nuestros padres, nuestros padres definitivamente no eran malvados, es simplemente mi exageración hablando, pero si, nos establecían ciertas reglas y prohibiciones que hasta nos costaba memorizarlas. Debo reconocer que no fui la más obediente en mi niñez, y se lo atribuyo completamente a mi curiosidad latente hasta el día de hoy. Desde muy pequeña mi padre fue sobre protector, pero no al punto de prohibirme nada y se lo agradezco, siempre dijo “…a porrazos aprenderás…”, y pff que razón tenía.

Mis primeros recuerdos son vagos, recuerdo detalles y momentos específicos de pequeña, como la llegada de mi hermano menor a casa, lo más probable es que tenía unos dos o tres días de nacido, recuerdo que venía envuelto en un saquito de color azul marino y blanco con un oso bordado al costado, lo pusieron sobre la cama baja de un camarote para que pudiéramos observarlo mi hermano y yo.

Otro de mis recuerdos son los días en que asistía de oyente a la escuela rural del sector, recuerdo las imágenes y las palabras del bendito silabario que solo traía a color la portada, como poder olvidar las historias “Carta de una niñita a una amiga”, “El gigante” y “El Lobo Pastor, a mis 5 años y finalizando el año de oyente ya sabía leer, escribir, sumar y restar, era la menor de todos los niños, yo era a la que todos miraban con ternura y tenían la precaución de no ser grosero o brutos al jugar en los recreos. Mi primer año escolar no fue del todo cómodo, si, creo que esa es la palabra, las carencias de mi hogar y la de otros niños, económicamente hablando, se hacían notar, mientras yo llevaba un cuaderno dentro de un morral hecho a mano por mi mamá, la cual reutilizo una cortina color caoba para dicho fin, otros niños llevaban sus libros y cuadernos en una bolsa, bolsas de tiendas, y otro con mejor suerte en mochilas, pero mi profesor siempre nos inculco que el aprendizaje era la riqueza que nadie podría quitarnos jamás y que lo demás no afectaba en nada nuestro desempeño como estudiantes.


Este señor, mi profesor, el único por lo demás, un hombre calvo de unos 40 años en ese entonces, ya llevaba años en el oficio, lo digo por la cantidad de historias sobre otras escuelas que nos contaba y sus canas, aunque escasas por lo de calvo. Durante la semana se hospedaba en una casa que era parte de la escuela, a unos veinte pasos de ella se encontraba el salón de clases, este era uno de gran magnitud, para ese entonces, porque la última vez que lo visite lo de la magnitud no pude atribuírselo. En esos años, si abrías la gran puerta blanca con manilla dorada brillante y observabas desde ese ángulo, lograbas distinguir los distintos cursos en mesas agrupadas, sí cursos, desde 2 a 6 personas como máximo, es para no creerlo, pero es la pura y santa verdad, como suele decir mi Abu, solo tuve una compañera desde primero a sexto básico, pero no fue para nada triste, al contrario, fue la mejor experiencia que pude haber tenido en la infancia, compartir con niños de todas las edades en un mismo salón fue importante en mi crecimiento, hoy puedo notarlo.


Se preguntarán como es que se lograba realizar clases con un solo profesor en un solo salón, pues bien, era extraño pero funcional, el día partía a las 9am cuando nos reuníamos afuera de la sala, en verano esperábamos la señal para ingresar al salón, pero en invierno había que realizar ciertas actividades antes de entrar, como por ejemplo limpiar súper bien nuestros zapatos, que lógicamente se encontraban repletos de barro, llenar un cajón con mucha leña para el día, el fuego de la salamandra la hacían los más grandes, luego de todo eso venia la parte que más nos gustaba a todos: ponernos nuestras pantuflas, las cuales cubrían nuestros zapatos, podían ser tejidas o hechas de género, su uso era fundamental, para los adultos ayudaba a cuidar la limpieza del piso, para nosotros era pura diversión, cuando por alguna razón el profesor salía del salón todos nos levantábamos a hacer carrera y nos deslizábamos por el piso brillante y resbaladizo, pura adrenalina cuando escuchábamos la puerta y debíamos correr a nuestros puesto e intentar parecer que nada ocurrió. Una vez en clases, la dinámica era básicamente llamar a viva voz al curso, por ejemplo “los de sexto vengan acá”, y así nos acercábamos al mesón del profesor y este indicaba las actividades del día, todo ello de acuerdo a los libros escolares de cada asignatura, cabe destacar que las asignaturas que mantuve de primero a sexto básico fueron: Matemáticas, Lenguaje y Comunicación e Historia, realizábamos otras actividades dentro del año como talleres de manualidades, hora de computación y actividades de aseo y orden al aire libre. Por mucho tiempo me ocurría que llamaba mucho mi atención las materias y temas de aquellos cursos más grandes, cuando les explicaban en la pizarra intentaba comprender todo ello y muchas veces anotaba sin tener la menor idea de lo que era, como yo eran muchos y creo que se debía a esta dinámica se realizar clases en conjunto. Sigamos, a las 10am se servía el desayuno, siempre consistía en leche por supuesto, vainilla o frutilla eran los únicos sabores y saber el día en que correspondía el uno o el otro era como preguntar que va a ocurrir mañana en términos generales, esta estaba acompañada de un pan, las opciones eran mermelada, huevo, paté o mantequilla. Luego de ello no realizábamos pausa hasta el almuerzo a las 1pm, la regla general era simple, comías toda tu comida y salías al patio a jugar, simple, pero costaba tanto llegar a eso, las comidas nunca fueron las mejores al paladar, y muchos terminábamos almorzando frío.

Cuando lograbas entregar tu bandeja y salías corriendo ya era libre de hacer lo que quisieras afuera, nuestro profesor se recostaba en una banca, colocaba un cojín en su nuca y hay dormía a esplendor, sus siestas duraban alrededor de 1 hora, eso era lo que duraba nuestro recreo, genial no es así, los chicos obviamente preferían jugar a la pelota, los más pequeños en los juegos didácticos instalados en el patio y nosotras las chicas a las aventuras, definitivamente femeninas no éramos, nos gustaba subir a los árboles, jugar a explorar en el bosque de aromos e incluso en muchas oportunidades realizábamos partidos chicas v/s chicos, así como también mixto.

Cuando la siesta terminaba ya era hora de volver a las clases hasta finalizar la jornada, lo que ocurría a las 4.15pm. Todos tomaban sus cosas y nos encaminábamos a nuestras casas por senderos, caminos de ripio y sembrados, todos en su estilo, ya fuera corriendo, saltando, caminando lento o de prisa. El mio lo hacía jugando con dos chicos más y para cuando iba en quinto básico se sumaron mis dos hermanos, nos íbamos despidiendo a medida los caminos nos separaban, el detalle del despido era un empujón, vaya manera bruta de despedida, como diciendo “hasta mañana Bro”.


Así pasaban los días, las semanas, los meses y los años, fui creciendo y descubriendo en esa escuela mis capacidades, aprendía y entendia rápido, desde ejercicios complejos de un nivel más avanzado al que me correspondía hasta las manualidades y coreografías que nos enseñaban para actos ceremoniales, me encantaba bailar en grupo, tuve siempre muy buenas notas, jamás me las exigieron tan solo me iba bien. Siempre me considere creativa, pero ahora veo todo con más claridad, la importancia que tiene el ambiente en el que te desarrollas, en el que logras desarrollar cualidades como la curiosidad, la confianza en uno mismo, la sensibilidad, la flexibilidad y por supuesto la originalidad.

Sin duda alguna es nuestra infancia la que nos define, en ella encontraremos la motivación que nos impulsara a hacer cosas, crear e imaginar. A lo largo de nuestro crecimiento nos vamos topando con herramientas o recursos que nos impulsan a nuevos desafíos, ya sean los juegos, la música, dibujar, bailar o hasta la misma visualización. Las etapas son tan importantes, así como experimentarlas al ritmo de cada uno también lo es, recuerdo perfecto situaciones en que nos enseñaron que no todos somos iguales, que no todos aprenden de la misma forma ni mucho menos al mismo estilo o ritmo, nos enseñaron a ser tolerantes entre nosotros a no burlarnos en temas escolares, económicos o físicos con quienes compartimos.


A mis doce años ya comprendía varias cosas en temas de moralidad, nos enseñaron muchos valores, en mi caso tanto en casa como en la escuela, pero jamás nos hablaron de los temas sentimentales, jamás te mencionaron que llegas a una edad en que sientes una atracción por alguien, descubrir eso hacía que mi capacidad de la curiosidad se manifestara en pleno, y con ello que la creatividad en mi explotara de manera escrita, que se suponía que era lo que me estaba ocurriendo, porque de pronto los empujones de despedida de un chico en particular ya no significaban lo mismo, sentía la necesidad de descubrir porque las tonterías de este chico me parecían graciosas y hasta adorables, ¡iugh! algo se sentía en la panza, como cuando mamá hacia croquetas de pescado y nos obligaba a comer. .


Comencé a escribir en mi cuaderno lo que me ocurría, me leía a mí misma y no lograba entender, los dibujos animados que mamá autorizaba a ver en la TV, nunca reflejaban algo parecido, la vergüenza sin explicación no te dejaba preguntarlo, y los compañeros de la escuela ni pensarlo, créeme no querrías que toda la escuela supiera que te gustaba alguien, no es por exagerar, pero entenderás que si me atrevo a decir la escuela completa, es porque no éramos muchos. Y así fue como comencé a descubrir un par de cosas más incomodas y no tan agradables, era un cambio de etapa importante, cosas que no aprenderías nunca si no las vivías intensamente, pero me preguntaba a diario si a los demás les pasaba lo mismo, hasta ese entonces jamás había observado a los más grandes comportarse de una manera extraña entre ellos, eso me daba miedo, como podía ser probable que solo me pasara a mí, imposible, el sentido común de una niña de doce años curiosa e inquieta no podía solo dejar pasar estos acontecimientos, había que indagar aun más en ello.


¡Descubrir!




24 de Mayo de 2019 a las 21:25 0 Reporte Insertar 1
Fin

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Ximena Reyes Fanática de la lectura viviendo una vida adulta con mucho que escribir a partir de sueños e imaginación con pizca de realidad.

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