Cruzando caminos Seguir historia

robertberl Robert Berl

Esta historia cuenta una posible descripción de una enfermedad mental conocida como esquizofrenia. Realmente es difícil dar con las palabras pero se puede imaginar el solitario camino con el resultado de un fin complejo de explicar. Dejemos a un lado la mente y luchemos para controlar nuestro camino…


Cuento Todo público.

#relato #narración #enfermedad-mental
Cuento corto
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Explicarlo resulta difícil


Nunca pensé que después de unos días perdido por la ciudad de Sevilla, acabaría interno en el Hospital Psiquiátrico de Samu Wellnes. Mi nombre es Felipe Miller y nací en la ciudad de Frankfurt, pero a los tres años mi padre, de origen Alemán, murió en un accidente de trabajo y, más tarde con mi madre, volvimos a su ciudad natal, Sevilla. Aquí tenía cerca a toda la familia andaluza, casi todos vivían en la capital, pero el hermano mayor de mi madre era de Málaga.


Sentado en una silla, cerca de la entrada al patio, iba recordando lo que me pasó hacía unos días. Lo cierto es que cuando me encerraron aquí, tuve la sensación que me habían salvado la vida, o eso parecía. Era lunes y hacía bastante calor por ser el mes de mayo. Miré el reloj de la pared y deduje que solo faltaban tres horas para que mi madre viniese a visitarme. Me levanté y me dirigí hasta mi habitación, sin hacer caso a los otros internos que estaban en medio del pasillo. Me encerré dentro, cogí un papel y un bolígrafo e intenté recordar que fue lo que me paso ese sábado por la noche.



Ese día era el cumpleaños de mi amiga Marga, cumplía treinta y seis años y lo celebramos a lo grande. No hacía mucho frio y me acuerdo que llevaba un jersey de lana que me habían regalado hacía muy poco. Fuimos a un restaurante cerca del Palacio de las Dueñas que por cierto era muy caro; Marga pagó la cuenta. Más tarde nos fuimos por el centro y es cuando en mi mente empecé a oír voces. Al principio no les hacía caso pero, cada vez era peor, no había manera de esquivarlas, me hablaban de algo que no entendía, pero lo iba relacionando con lo que estaba viviendo en ese momento. Sintiéndome un poco mal y extraño, decidí irme a casa. A Marga no le gustó mucho mi decisión, pero viendo mi cara un poco pálida lo comprendió y, en ese instante cuando salí del club de copas, que me cambió toda mi realidad, que cualquier persona con dos dedos de frente no podría entender.


Caminando en dirección a mi piso, empecé a notar un alejamiento de mi realidad y tuve que esconderme en un lugar apartado, sentándome en un banco, pensando que era lo que me estaba sucediendo. Observando a la gente notaba como si estuviera vigilado, y como mis movimientos me iban encajando en un parecido juego de lógica que concordaba con mis pensamientos, dándome motivos de que lo que estaba comprendiendo, pensativamente, tenía una razón de ser. Esperando que esa sensación marchara, volvieron las voces a mi mente. Parecían tonos de voz melancólicos de una agudeza triste y sufridora. La verdad que era bastante horrible. Con las manos en la cabeza y apoyándome los codos en las piernas. Una de esas voces se me presentó sin que quisiera atenderla.




—Hola, cómo no nos conocemos, me presentaré. Mi nombre es Tora.


—¿Y qué es lo que quieres?


—Intentar ser tu amigo y de esa forma hablando conmigo, no pensarás con las voces tan turbadoras que a cualquier persona le podría dar un infarto.



Levantándome del banco, sin hacer caso a esa voz, le dije:



—Déjame en paz, no quiero saber nada de ti.


—Si no comienzas a hablar conmigo, no podrás sustituir esas voces. Tienes que hablarme, de esa forma, las voces las olvidaras.


—O sea que hablando contigo podré reemplazar esas voces, gracias a que…


—Tu cerebro empiece a hacer un lugar para entender el pensamiento parecido a la telepatía.


—Es decir, qué tengo un vacío en mi cerebro y lo tengo que llenar con tu voz, sino en este vació, ¿se me aposentaran estas voces?


—Correcto—me dijo.


—¿Y no hay otra manera de poder tapar este vacío?


—Sí, con medicinas.


—Tu voz parece oriental.


—Sí, soy japonés.


—¿Y cómo es qué me has hablado sin que me conocieras?


—Porque hablo con varias personas mentalmente y, una de ellas que es un budista, me ha contado que tu energía se desplacería de tal manera que tu mente necesitaría un punto de apoyo para equilibrar tu razón.


—Qué me estás diciendo ¿Qué estás sensaciones son porque se me ha despertado una enfermedad mental?


—Bueno, se podría decir que sí. Pero no te preocupes si controlas tu mente y por lo que veo eres consciente de lo que te está pasando no tienes qué preocuparte. Lo malo sería que no pudieras entender lo que te pasa.


—No sé, me voy a ir a mi piso. Allí podré dormir y descansar.


—No vas a poder llegar.


—¿Por qué?


—De aquí a pocos minutos te cambiará la realidad. Solo te puedo decir, que si te acuerdas de mi, podrás hablar conmigo.


—Lo siento mucho, pero no te haré mucho caso. No creo nada de lo que me estás explicando. Déjame solo.


—De acuerdo, pero recuerda que puedes hablar conmigo. Solo tienes que pensar mi nombre y podrás encontrarme.



Sin hacer caso a esa voz, un poco después, noté como mi cabeza me daba vueltas y perdí el equilibrio. Me agaché para no caer desplomado y, sentándome en medio de la acera, me desmayé.


La verdad es que no sé cuanto tiempo estuve en ese lugar estirado, pero lo que me despertó fue el aire frio. Levantándome un poco, me puse la mano en la cabeza y noté que esa acera en la cual había caído desmayado, era un camino de arena y piedras que no recordaba haber visto. Con todas mis fuerzas me acabé de levantar y observé a mi alrededor con gran extrañeza, pues no sabía donde estaba.


A mi alrededor había unas casas hechas de piedra y estaba en medio de un camino bastante estrecho, miré atrás y entendí que, en realidad estaba al principio de un pueblo que ciertamente no conocía. Anduve un rato y siendo de noche no encontré a ningún habitante en ese lugar tan inhóspito. En ese instante, recordé que tenía el teléfono y, lo busqué para poder llamar a alguien de mis conocidos para que viniesen a buscarme, pero mirando todos los bolsillos no lo encontré. El olor de ese lugar era parecido a esos pueblos donde tienen el estiércol al lado del camino. Pero andando un poco más oí que se acercaban galopeando y lo único que pensé fue en esconderme. Vi una puerta abierta y entrando observé, que era ese, el lugar donde estaba el estiércol. Miré por una ventana y en pocos segundos pasaron unos jinetes, que iban vestidos de una forma que parecía que fuesen de la edad media. Detrás de ellos corrían unos hombres vestidos de soldado intentando seguir a los caballos. Y cuando paso un rato antes de salir pensé en Tora, y comenzó de alguna forma a pertenecer a esa ilusión mucho más real, como en un principio pensaba.




—Tora, ¿me oyes?


—Claro, ¿dónde te escondes?


—En una especie de establo. ¿Me puedes decir dónde estoy?


—Estás en la ciudad de Sevilla, en el año 1483.


—¿Cómo?


—Digo que estás en Sevilla…


—Ya lo he entendido—dije interrumpiéndole y continué—.Pero estamos en el siglo XV.


—Sí, para ser exactos un poco más de la mitad.


—¿Y qué hago aquí?


—Estás en este lugar porqué tienes que ayudar a una persona, que creo que van a quemar en la hoguera de aquí poco rato.


—A ver si lo entiendo—dije—Me estas contando, ¿qué estoy en mi ciudad hace más de 500 años y que tengo de salvar a una persona que van a quemar en pocos minutos?


—Sí, y los que han decidido quemarlos son los de la santa inquisición.


—Y, ¿cómo quieres que yo solo pueda ayudar a esa persona con todos los soldados que habrá en ese lugar?


—Creo, que hace poco han pasado un grupo de soldados con unos jinetes, ¿no?—preguntó Tora.


—Sí.


—Pues eran los que se encargaban de quemar vivos a esos herejes.


—O sea, ¿qué a mi izquierda el camino va hasta donde están las hogueras?


—Sí. Y creo que queda poco tiempo.




En ese momento, salí del establo y como decía Tora seguí el camino hasta llegar en una explanada donde había seis hogueras y tres de ellas estaban quemando vivos a tres personas mientras la gente que había lo iban mirando como si fuera un espectáculo de circo.



—La mujer que hay en la sexta hoguera es la que tienes que salvar.


—De acuerdo.



No se porque razón, pero introduciéndome a golpes entre esa gente llegué hasta donde estaba la hoguera y subiendo encima de los trozos de árbol desaté a la mujer y corriendo nos escapamos por el bosque cogidos de la mano. Sin parar de correr, agotado me paré pero ella, valiéndome a coger, me hizo correr durante un buen rato, hasta llegar a un rio que a mi parecer era el Guadiamar. Se subió a una roca y sin hablar miró a su alrededor y dijo unas palabras que no entendí. Pero me cogió otra vez y seguimos el rio caminando durante horas donde llegamos a una casa un poco deteriorada y entramos los dos. Agotado me senté en una especie de piedra con ropa. Ella sin ninguna vergüenza se quitó los estropajos que llevaba para poder quemar más fácilmente y cogiendo otra vestimenta me desmayé otra vez cayendo encima una cama de paja…



—¿Me oyes? ¿Estás bien?



Abrir los ojos y vi una muchacha que me hablaba y viendo donde estaba me levanté observando que estaba en Sevilla donde recordaba que me había desmayado la primera vez.



—Tranquila, estoy bien, solo me he desmayado.


—Toma, una Coca-Cola. Creo que te falta un poco de azúcar.


—Gracias.




Cogí la lata y abriéndola les agradecí el refresco, porque la verdad lo necesitaba. Más tarde se despidieron y volví a coger el camino para irme a casa.


Pensando lo que me había pasado o más bien, había soñado, decidí olvidarlo. Pero en ese instante me habló otra vez Tora.




—Hola, ¿cómo estás?


—Otra vez tú.


—La mujer me dijo que te diera las gracias.


—Pero si no sabía hablar.


—Puede que no sepa hablar, pero pensativamente si que habla.


—Me voy a ir a casa, estoy cansado y tengo que descansar.


—Aun no puedes irte, tienes de esperar un poco.


—Lo siento mucho pero…



Sin avisar los árboles comenzaron a darme vueltas dentro del parque que cruzaba como atajo para llegar a mi casa. Me senté y a poca distancia del suelo volví a caerme apareciendo en esa cabaña con esa mujer desnuda encima de una cama de paja. Cuando me levanté vi a la mujer como estaba cocinando algo que realmente hacía buen olor. Me puse un trozo de ropa en mis partes y ella se dio cuenta que me había despertado. Cogió un plato de madera y me lo dio para que comiera un poco. Cogí una especie de cubierto y comí algo que escupí al mal gusto que tenía. Ella me lo quitó y haciéndome señas entendí que tenía una ropa para ponerme. Me vestí y me dio otro plato hondo con lo que estaba cocinando y la verdad que estaba muy bueno. En ese instante mirándola fijamente vi en su rostro que realmente no era una chica muy fea. Se me acercó y comenzó a acariciarme pero al tumbarnos en la cama se oyeron unos caballos y cogiéndome de la mano salimos corriendo de la cabaña. Pero estábamos rodeados por tres jinetes y tres soldados. Y fue en ese instante, que se oyeron unas voces y gritos apareciendo una gente, que con palos y piedras golpearon a los soldados y los tres jinetes. Logrando matarlos a todos. Gritaron varias veces con rabia y se me presentó uno de ellos que sabía hablar el castellano y me dijo:




—¿Eres tú quién salvó a mi hermana?


—Ella—dije señalándola.


—Sí.


—Sí fui yo.


—Gracias—dijo abrazándome.


—¿Quienes son ustedes?


—Somos hechiceros y gente honrada que solo quiere vivir tranquilamente.




En ese momento vi un chaval que se acercaba a la chica que salve y ella lo apartó, y supuse que era su prometido. Pero sin hacerle caso el chaval, cogió una madera y con toda su rabia y celoso por la situación, me pegó en la cabeza cayendo desplomado al suelo…



…Miré el reloj y observé que solo faltaba una hora para que llegara mi madre. La verdad es que no recordaba mucho más, en lo que había soñado o mejor dicho solo recordaba esas dos historias. Pero lo que me hizo llegar hasta el hospital era que cuando me desperté noté ese dolor de cabeza.


Viendo que estaba en el parque miré el reloj y vi que eran las nueve de la mañana del domingo y solo entendí que me había quedado dormido inconsciente en ese lugar. Pero lo que me cruzó los cables fue que saliendo del parque vi a esa mujer vestida de domingo con el mismo chaval que me pegó en la cabeza en el sueño o ilusión. Mirándoles se acercaron y la chica me dijo:



—¿No nos conocemos?



Pensando con lo que había soñado no supe responder y el chaval la apartó y se fueron de delante de mi. Yo les miré de lejos y en ese instante me habló Tora y me dijo:


—¿Cómo tenemos la cabeza?


—Bien…¿Era ella, no?


—Sí, pero es de tu época, sino la hubieras salvado la vida, supongo que no hubiera nacido.


—Pero, ¿por qué?


—Porque la gente que quemaron y asesinaron la inquisición, no quieren volver a vivir en este mundo. Por esta razón los que se salvaron no tienen ese mal sabor de boca.


—¿Pero tu Tora eres Dios?


—No, pero entiendo diferente.


—Me voy a ir a casa.


…Y se preguntaran que fue lo que me llevó a estar encerrado en este hospital. Pues, que de la misma forma que no pude hablar a esa chica me paso lo mismo con mi madre y entendí, que mi razón y pensamiento, se había quedado como en un mundo apartado, hablando con Tora sin darme cuenta. Dentro de un lugar imaginario que empezó de una manera y acabó con un ingreso en el hospital debido a un brote psicótico sin darme cuenta. Consiguiendo en pocas horas, gracias a la medicina reencontrarme en la realidad que tanto buscaba.


Si de alguna forma me hablara otra vez Tora, le preguntaría porque razón tuve que conocerlo, ni yo ni nadie sabría responderme, solo entiendo que fue un camino cruzado.

24 de Mayo de 2019 a las 04:21 0 Reporte Insertar 0
Fin

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Robert Berl Las palabras conducen al paseo, por el laberinto, donde se juntan con otras para formar la base que cura el rasguño y rompe el silencio.

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