Lobos y Cachorros Seguir historia

A
AURELIO MORA QUINTANILLA


Relato descarnado y desgarrador de las experiencias de un grupo de estudiantes del internado de uno de los Institutos más emblemáticos del Perú, que desvela las rígidas reglas educativas y la disciplina casi militarizada que hoy en día provocaría las reacciones más virulentas de los padres de familia; de las autoridades educativas y de los políticos del país. Irónicamente los protagonistas de esta historia serían testigos de la gloria y el ocaso del glorioso Instituto al cual contribuirían sin imaginarlo con sus intrigas y pugnas.


Historias de vida Sólo para mayores de 18.
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El despertar del novato

— ¡Chis! ¡Chis! ¡Silencio!

Advirtió el Faite a sus compañeros del internado en voz baja subido sobre el cerco de adobes y de poca altura que dividía el Instituto de la Escuela Normal, mientras el interno menor Gazapo llegaba rezagado resoplando y con vómitos donde estaban agazapados, el reloj marcaba las 11 y media de la noche, habían corrido todos aproximadamente un km de distancia desde el punto en la prolongación de una de las calles principales de la ciudad que unía a la infraestructura del Instituto, donde apenas media hora antes habían participado de un mayúsculo incidente que temían iba a remecer los cimientos de la tranquila ciudad que festejaba las vísperas de su importante fiesta patronal “Señor de las torres”

A la mano derecha de la corta vía de acceso a las dos instituciones educativas, orgullo de la ciudad, la hermosa infraestructura de la Escuela superior con sus aulas al estilo americano en la quietud de la noche parecía emular a un romántico parque desolado. No había un alma sólo una hoja de papel o celuloide jugueteaba con la brisa de la noche impregnada en el cerco vivo de ligustros bien podados que delimitaban los pasadizos de los jardines luciendo ligeramente iluminados por el alumbrado público. Mientras a la izquierda hacia el Instituto, estaba a oscuras apenas alumbraba a lo lejos el poste de luz de la puerta de ingreso a la cuadra o dormitorio, objetivo del grupo a donde estaban obligados de llegar sorteando el cerco e ingresar por cualquier medio so pena de quedarse a pernoctar en el establo de animales del Instituto.

Apoyado a uno de los árboles de álamo que adornaban la vía ingreso, el Gazapo en cada vómito con extremo dolor sentía expulsar parte de sus entrañas. El estómago revuelto, los ojos desencajados y copiosos de llanto por el esfuerzo obligó a balbucear un sentido clamor: — ¡Oh mami, mami estoy por morirme!

— ¡Acudan y callen a ese petiso! – Dijo Faite medio enfadado. Mientras Ardilla le asistía a su pequeño amigo y compañero.

— ¡Puf, qué asco! – Dijo Picón – ¡Te dije socio que no metieras en la danza a estos changos, espero que no haya problemas después!

— ¡Calla huevas, ya todo está hecho, de nada sirve tus reproches! – espetó Faite

— ¡Bajen la voz socios! – terció Chifis en medio de la penumbra, apenas la bombilla eléctrica de un poste cercano daba una débil iluminación.

El tiempo apremiaba todos tenían el temor de estar siendo seguidos y deseaban desesperadamente sortear el cerco para ponerse a salvo. Gazapo estaba con unos hipos incesantes.

— ¡Oye Picón levántale al chango yo le agarro y tú socio Chifis salta al otro lado y le ayudas a bajar – exclamó Faite un poco calmado pero mirando a cada instante hacia la vía de acceso oscuro con la idea de que se aparecieran los supuestos persecutores. La situación era muy tensa que actuaban con desespero. Felizmente el Gazapo poco a poco fue recuperándose.

—Ya voy espera un minuto – replicó Chifis.

Entre tanto Ardilla por sus propios medios ya había sorteado el cerco y aguardaba del lado del Instituto al Gazapo que por su estatura pequeña necesitaba que le alcen en vilo. A duras penas ayudado por el Picón el pequeño interno había logrado sortear el cerco.

— ¡Miércoles!, este enano ha pisado mierda me ha manchado la chaqueta ¡Puf! láncenlo a la piscina no me importa que se ahogue ¡Puf carajo¡ mi chaqueta está oliendo a mierda – Exclamó Picón cogiendo hojas de álamo para limpiar su chaqueta después de haber ayudado a subir a Gazapo

— ¡Sube huevón. Apúrate! – Dijo Faite

— No discutan socios – Intervino nuevamente Chifis que ya estaba al otro lado ayudando a bajar por el talud al Gazapo

La ira de súbito se había apoderado de Picón que denostaba a doquier con imprecaciones inenarrables. Y de un salto se encontraba ya en el lado del Instituto, en efecto olía la chaqueta a mil diablos mientras. Gazapo había bajado rápidamente como un chivo por el talud a frotar la planta de sus zapatos en el césped.

— ¡Oye petiso dónde carajo pisaste! – nuevamente Picón quería continuar regañándole, realmente estaba alterado no era para menos.

— ¡Deja de regañar, necesitamos al chango si se empincha todos nos vamos a quedar a dormir en el establo! – Intervino Chifis

— Yo les dije que no metan a estos hijos de la gran …… en la danza, ya verán que vamos a tener problemas – volvió a amenazar el Picón

— Y ¿Qué esperabas? ¿Qué se avienten al río?, hemos visto que se dirigían hacia el río de modo que estábamos obligados a hacerlos regresar y obligar a venir con nosotros – retrucó Faite de inmediato y continuó – El otro asunto se dio, así de simple ¡No hemos planificado nada!

— ¡No discutan socios! – Chifis seguía apaciguando los ánimos caldeados de sus patas.

Faite se había aproximado al Gazapo apretando su nariz por el olor fétido.

— Mira socito Gazapo – le había abrazado con zalamerías.

— ¡Yo no soy socio ni socito de nadie!!Hip! – replicó Gazapo muy molesto, con hipos y aún mareado por los elixires espirituosos que había bebido junto a Ardilla obligado por los lobos.

— Je, je, je …. ¡No te molestes changuito! ¿Sabes? Tu eres por petiso el único que puede entrar a la cuadra por la abertura de la ventana que queda hacia mi camarote y que a propósito dejé sin seguro.

— ¿Así? ¡Hip! y ¿luego qué? ¡Hip!

— Primero tienes que quitarte los zapatos sino vas ha manchar mi cama.

— ¡Me gustaría que tu cama apeste como mi chaqueta! – Interrumpió muy molesto Picón

— ¿Sabes chango? te deslizas suavemente por mi cama – Continuó Faite sin darle importancia a la estupidez de su socio – luego te diriges sin hacer ruido a la puerta cuya chapa siempre está sin asegurar solo jalas el pivote y listo, yo te llevo tus calzados ¡Qué dices chango!

— De acuerdo ¡Hip! – dijo Gazapo displicentemente.

La esquina superior de la cuadra estaba a solo 35 metros del borde de la piscina donde se encontraban, precisamente se habían dirigido en fila india, luego Faite había recordado algo importante por lo que solicitó una pausa antes de emprender la caminata por la vereda hasta la ventana señalada.

— ¡Escúchenme bien hoy dos de Mayo, ninguno de nosotros nos hemos visto y olviden lo sucedido! – Tomó una pausa y continuó – Nadie de nosotros a planeado algo al respecto, todo fue circunstancial ¿Entendido? ¡Ardilla y Gazapo escúchenme si abren vuestra bocota carajo aténganse a las consecuencias! ¡No les dejaremos estudiar tranquilos en el internado hasta que abandonen incluso el instituto, así es que guerra avisada no mata moros! ¿Entendieron?

Ardilla y Gazapo sorprendidos se miraron las caras en la penumbra, no había alternativa para salir de aquella situación sin pérdida de tiempo. El grupo de internos tardones de espaldas a la pared de la cuadra se pusieron a avanzar sigilosamente por la vereda hasta llegar a la altura de la ventana del camarote de Faite.

— Gazapo quítate ahora tus zapatos, yo te levanto y empujas despacio la abertura y luego te metes – Susurró al oído Faite.

No había tiempo que perder levantado por Faite y Chifis, el pequeño Gazapo logró ingresar a duras penas por la abertura de la ventana encogiendo lo más que pueda su pequeño cuerpo, sin embargo el esfuerzo desplegado le había revuelto nuevamente el estómago que no pudo evitar el vómito que le venció sobre la almohada de Faite quien junto con los otros ya estaban desplazándose de espaldas a la pared hacia la puerta sin hacer el mínimo ruido con la seguridad del trabajo encargado al Gazapo de tirar del pivote de la chapa interior sin caer en cuenta que el pequeño interno estaba sufriendo otra vez los estragos de la borrachera. Conteniendo los vómitos el pequeño logró bajar al piso, reponiéndose a duras penas y obligado a limpiarse la boca con cualquier cosa que quedaba a su alcance en medio de la sinfonía de ronquidos graves y agudos de los pocos internos que estaban durmiendo y empezó a desplazarse en la tenue claridad del interior de la inmensa cuadra. Con la respiración pausada y un poco aliviado logró llegar hasta su cama y recoger la toalla. Sabía que el segundo nivel de su camarote que ocupaba el Cocodrilo Salas, otro interno manganzón estaba desocupado porque éste y otros más habían viajado a la ciudad de Cusco aprovechando el largo fin de semana incluido el lunes de corrida de toros en el marco de los festejos patronales de la ciudad.

Seguro de ello lo primero que se propuso fue dirigirse hacia la puerta que quedaba a unos 20 metros de su cama, no sin antes de pensar en hacer una mala jugada a los lobos, estaba en sus manos vengarse pero lamentablemente para sus intenciones Ardilla su pata estaba afuera con ellos. Se había dicho para sus adentros ¡Será para otra ocasión!

Como de costumbre la batería de baños de la cuadra estaba iluminada y la habitación del Inspector situada delante en L estaba con la luz apagada, señal de que estaba durmiendo o ausente. Gazapo se encontraba a media trayectoria dirigiéndose hacia la puerta instante en que queda paralizado, se le para los cabellos, no es para menos la sorpresiva aparición de la silueta de un fantasma. En estado de shock, con el corazón en la garganta, temblando de miedo solo atinó a ponerse de espaldas a la pared dando paso al aparecido. Solo pudo reponerse del tremendo susto cuando vio los brazos estirados hacia adelante del sujeto, entonces convenciéndose de que se trataba de un interno sonámbulo sintió su alma volver a su pequeño cuerpo ¡Qué susto! No sabía quién era y rápidamente alcanzó la puerta logrando jalar el pivote y ver sus compañeros meterse cuidadosamente y desplazarse en puntillas como si fueran zuricatas con dirección a sus camas.

Tendido dentro de la cama luego de lavarse el rostro aún afectado por la impactante experiencia Gazapo se puso a llorar en silencio y clamaba mentalmente olvidar todo lo que había experimentado y presenciado sobre todo el incidente que de hecho marcaría huella profunda en su alma. Rogaba mentalmente quedarse dormido y no tener que estar recordando a cada instante. Realmente afectado por la experiencia y los efectos nocivos de la embriaguez y luego de lidiar con el insomnio pero sin antes de notar ingresar al Inspector acompañado por un interno, que sin lugar a dudas era el interno más antiguo del Instituto apellidado Barriga, había logrado por fin conciliar el sueño quedándose profundamente dormido hasta las ocho de la mañana.

Gazapo empezó a lamentar según él la maldita hora de haber aceptado la invitación de su compañero e íntimo amigo Ardilla de beber unos sendos ponches en una de las cafeterías de la ciudad más concurridas por los internos cada vez que salían en grupos del internado los fines de semana. Una insoportable jaqueca jamás experimentada agobiaba esta vez al pobre muchacho. No hallaba dónde meter la cabeza ni qué medicamento tomar para aliviar semejante sufrimiento. Por ser días de fiesta el temido Inspector del internado no había tocado su silbatazo acostumbrado a las 6 en punto de la mañana como era costumbre sentenciando a los tres últimos dormilones. No podía recurrir a nadie para calmar semejante jaqueca sino a su amigo Ardilla que seguía a merced del dios Morfeo al igual que los lobos, causantes de semejante experiencia, que dormían plácidamente.

— ¡Oye! ¡Oye! Ardilla despierta – Sacudiendo de los hombros tuvo que despertar – Por favor ayúdame, la jaqueca me va a matar ¿Tienes algún remedio para tomar?

— Pucha Gazapo eres un pobre acobardado. Coge el sobrecito de Sal de Andrews del bolsillo de mi chaqueta y tómala en un vaso de agua y deja dormir ñoño.

— ¡Gracias amiguito mío!

Luego de beber la sal, tomando el aseo y mojando la cabeza el pequeño interno se dispuso a salir con dirección a uno de los potreros del inmenso fundo del Instituto. Quería estar a solas porque estaba completamente afectado por las cosas insólitas que había presenciado obligado junto a su íntimo amigo Ardilla por los denominados lobos del internado.

Mientras el pequeño interno se debatía entre la jaqueca; la mea culpa y el miedo porque lo acontecido la noche anterior le hacía sentir, siendo inocente, como uno de los culpables del incidente, los Faites se habían levantado como si nada hubiese pasado y se encontraban en el comedor del internado desayunándose junto con los otros comensales entre ellos Ardilla quien a pesar de ser menor de edad ya era un pequeño borrachín y no sentía los efectos del alcohol consumido. Esa noche en la cafetería no era su primera vez ni tampoco le había afectado el incidente en el que aunque parezca mentira para su edad, había sido uno de los protagonistas acicateado por el alcohol y sus eventuales compañeros. Claro Ardilla estaba un poco preocupado de su amigo de quien todos creían que esa mañana se había desayunado mucho antes que ellos.

— ¡Ardilla tú eres el responsable de tener callado al Gazapo! Hazle recordar de las consecuencias si abre la boca. ¿Has entendido? – Dijo Faite con la aprobación de sus dos patas.

— Ya, ya ¿Cuántas veces me van a hacer recordar? ¡Estoy seguro de que no va a hablar a pesar de haber presenciado. Solo quiero decirles que ustedes son unos abusivos – Retrucó Ardilla – Recemos al “Señor de las Torres” que no haya testigos que nos acusen, pues la gente seguro que circulaba aún por la velada hasta horas de la madrugada.

— ¡Ni pensar socios! si sale a luz estamos fritos y no solo eso, comprometemos la imagen de nuestro glorioso instituto – exclamó medio preocupado Chifis.

Faite, limeño moreno crespo alto, de hablar rápido e ininteligible, pronunciaba la “LL” como “Y”; Cusco como Cuco. Muy adelantado e irreverente debido a su procedencia capitalina frente al hablar lento y estar sosegado de la mayoría de los internos procedentes del interior del país, miraba bajo los hombros al resto de internos provincianos y en ocasiones para obtener lo que deseaba simulaba una falsa amabilidad hasta conseguir sus objetivos. Picón procedente de la selva amazónica, casi brasilero de una ciudad fronteriza cercana del estado de Acre de estatura mediana de tez blanca pálida bien parecido, era el engreído del instituto por ser un eximio futbolista comparable hoy en día con un Messi o quizás superior con la diferencia de que en aquella época el deporte era sano, se practicaba por amor a la disciplina deportiva y por representar un equipo o una selección con alma y corazón. Finalmente Chifis cusqueño de tez trigueña de estatura mediana, divertido solía contar chistes. Este era el trío de internos empedernidos e irreverentes que frisaban entre los 16 y 20 años cuyas aventuras dentro y fuera del internado era comidilla de la colectividad particularmente femenina, sobre todo de las chicas colegialas quienes suspiraban cada fin de semana al verlos jugar en el campeonato escolar porque los tres eran el alma del equipo de futbol del Instituto o cuando los fines de semana pasaban por debajo de sus balcones lanzándoles simpáticos piropos o besos bolados.

Como por arte de magia el ramillete de hermosas jovencitas de la ciudad estaba concentrada al empezar la calle principal, cuya prolongación en medio de maizales daba con el Instituto y la Escuela Normal, y en su intersección con la primera Avenida transversal de hermosos árboles de Pisonay inapropiadamente denominada Alameda la misma que terminaba en el sagrado río Vilcanota (Willcamayu) de los incas. El trío de patas no eran los únicos por los que las jovencitas de la ciudad se desvivían, habían otros grupitos pero en general la preferencia de las chicas colegiadas por los internos del instituto se comentaba que era porque procedían de distintas regiones del país y por la apariencia de “hombrecitos rudos” de manos casi ásperas, medio toscos, pero respetuosos. En particular los del colegio mixto donde estudiaban más o menos los hijos e hijas de la clase pudiente de la ciudad ridiculizaban a los del Instituto con calificativos peyorativos como que olían a tierra y a estiércol, siendo ellos de manos de seda, y esa rudeza parecía que les atraía a las chicas, incluso las adolescentes del colegio mixto tenían preferencia por los del “Agro” que era así la denominación más común con lo que la colectividad conocía a los estudiantes tanto internos como externos del emblemático Instituto.



21 de Mayo de 2019 a las 19:15 0 Reporte Insertar 0
Continuará…

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