El diario del sordo Seguir historia

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El conocido pintor español Franciso Goya narró un pequeño resumen de su vida en un diario en los tres últimos días antes de morir. ¿Qué lo llevó a morir en Franica, alejado de su tierra natal?


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I

14 de abril de 1823

En los largos minutos durante los cuales espero la muerte he decidido empezar este diario. Mi nuera y mi nieto están en estos momentos en la cocina. Han recorrido un largo camino desde España, por lo que merecen un descanso y algo de comida.

A pesar de encontrarme en la cama sin posibilidad de moverme, ver a mi nieto pareció rejuvenecer mi desgastada cadera. Vino con la alegría propia de un niño que es capaz de conseguir que los dolores causados por una caída desaparezcan por un tiempo.

El médico que me visitó ayer no me especificó si me encuentro en un estado grave, pero un hombre de ochenta años es capaz de oler la muerte cuando se acerca por la espalda. Cuando me caí por las escaleras de esta casa hace cerca de una semana mi cadera se fracturó por varios lugares. Ya he conocido suficientes ancianos que por heridas menores han sido presa de una infección mortal. En cualquier caso, mi cadera es un mal menor. Hace tiempo encontraron uno de esos males que afecta a las vísceras. Al parecer, crece con el tiempo y es imparable, mi muerte está acechando independientemente de las tontas caídas de un viejo como yo.

No le tengo miedo a la muerte, la temí por tantos años en Madrid que aprendí a tenerla como una conocida más que como enemiga, pero quisiera poder ver al padre de mi nieto antes de irme de este mundo.

Si me encuentro escribiendo este diario es porque quiero que mi nieto Mariano tenga la oportunidad de saber lo que hizo su abuelo en vida. Tomé decisiones, la mayoría de ellas arriesgadas. Muchas fueron peligrosas, pero son pocas de las que me arrepiento. Quiero que Mariano aprenda los peligros de elegir bandos. Por ello espero tener la oportunidad de narrar mi historia antes de que mis manos dejen de ser capaces de moverse.

***

Nací el 30 de marzo de 1746 con el nombre de Francisco José de Goya y Lucientes. Por ese entonces mis padres residían en Fuendetodos. Allí vivieron por un tiempo teniendo una renta que sin ser ingente nos permitió a mí y a mis hermanos crecer sin las penurias que sufrieron, y sufren, otros españoles.

Al año siguiente de que yo llegara a este mundo, mis padres decidieron regresar a Zaragoza. Desde entonces viviríamos allí toda la familia: mis cuatro hermanos mayores y mi hermano menor, que fue dado a luz en 1750.

Durante esos primeros años de vida en Zaragoza comencé a fijarme en mi padre. Braulio José Goya y Franque fue un conocido artesano. Su labor por el trabajo con las manos fue lo que en mi infancia me inspiró a comenzar a dibujar. Padre no era un gran dibujante, era más conocido por su labor como dorador, pero fue capaz de enseñarme todo aquello que me permitió amar el dibujo.

A los diez años, en 1756, mi madre, Gracia Lucientes Salvador, decidió oportuno que me empezase a estudiar en el colegio de Santo Tomás de Aquino. Nunca me disgustó acudir a aquel lugar. Sin embargo, descubrí la felicidad real al ingresar en la academia de pintura de Zaragoza. Mi familia fue capaz de proporcionarme ese regalo en 1759. Los años anteriores a esa fecha no habían sido buenos para Padre. Su encargos habían mermado, por lo que me vi obligado a ayudarle todo lo posible en su taller. Esta fue la razón por la que me uní a la academia a la tardía edad de trece años, la mayoría de los niños con los que aprendía eran varios años más jóvenes.

En aquel lugar fui instruido por José Luzán. Nunca pude conocerlo lo suficiente personalmente, pero su habilidad en el dibujo me hizo convencerme de que si quería dedicarme a algo en el futuro, debía ser al arte.

Continué mi aprendizaje por varios años. Durante aquel tiempo participé en cierto número de concursos mientras recibía pequeños encargos. Nada de ello hizo que mi nombre fuese tan conocido como me hubiera gustado, pero al menos el dinero que recibí durante esa etapa de mi vida me brindó una gran oportunidad.

Con todo el dinero que había conseguido me embarqué hacia la península italiana en 1700. Mi estancia allí fue relativamente corta, pero pude viajar por las preciosas ciudades del lugar y aprender de los grandes. La belleza que observé en aquellos lugares conmovió mi alma. Los edificios que observé eran incomparables a lo que había visto en mi España natal. Sin embargo, todo ello no impidió que añorase mi hogar al otro lado del Mediterráneo. En cualquier caso, no fue solo eso lo que me obligó a regresar a Zaragoza a mediados de 1771; Padre cayó gravemente enfermo, por lo que no dudé en regresar.

En cuanto puse un pie en Zaragoza me dirigí a la vivienda familiar. Todos pasamos varios días rezando para que el hombre que nos había criado superara su afección. Durante ese tiempo, recibí noticias sobre el interés que existía desde la catedral para que decorase parte de su techo. Aún a día de hoy creo que la noticia fue lo que hizo que Padre pudiese superar su enfermedad, lo que permitió que viviera por varios años más.

Acepté el encargo con la misma rapidez con la que había decidido regresar a España. En los meses siguientes invertí todo mi esfuerzo en decorar el coreto del templo. Por ese entonces sabía que los honorarios que me habían sido prometidos eran realmente pequeños al compararlos con trabajos similares de otros artistas, pero en cualquier caso no era dinero lo que necesitaba en aquel entonces. Independientemente de la suma, empleé todo lo que conocí en mi último viaje para crear una pintura de la que a día de hoy estoy completamente orgulloso. Durante mi trabajo en la basílica pude conocer a Francisco Bayeu. No se trataba de un hombre que me resultase excesivamente agradable, pero tenerlo como conocido me permitió conocer a Josefa, su hermana. Desde que nos conocimos hubo gran complicidad entre nosotros. Ella admiraba mi arte, por lo que me gustaba tenerla cerca.

Cuando yo tenía veintinueve años finalmente pudimos contraer matrimonio el 25 de julio de 1773. A partir de ese entonces Pepa, como yo la llamaba, daría a luz a siete hijos. Sin embargo, Dios quiso que solo nuestro hijo Javier llegara a la edad adulta. El sufrimiento después de la muerte de nuestros hijos nunca abandonó a Pepa. Tuvo que cargar con ese peso hasta el día de su muerte.

***

Creo que Mariano volverá dentro de poco a la habitación, por lo que será mejor que posponga la escritura para otro momento en el que mi nieto duerma. No quiero perder mis últimos días con la cara pegada a una hoja de papel.

21 de Mayo de 2019 a las 16:34 0 Reporte Insertar 1
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