cperezalexa Alexa C. Pérez

«Olvidar no es lo esencial para sanar, sino enfrentar lo que tanto te hace daño». Viviana vive sumida en un estado depresivo desde la ruptura dolorosa que partió su corazón en pedacitos, llevándose una parte de ella. Desde ese momento, las cosas no tienen color, las comidas con insulsas y nada tiene sentido. Es por eso que Alex, su mejor amigo, harto de verla en piloto automático, la arrastra a un viaje sorpresa que pone en juego todo lo que ella había construido. Los secretos, las mentiras y la dolorosa realidad, aparecen en la forma de la mujer que más daño ha causado: Clara... la pieza faltante que no puede olvidar. © Alexa C. Pérez 2020. Todos los derechos reservados. Certificado de registro: RC-01-LIZ0000002656-8


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UNO

«No se encontraron resultados para su búsqueda».

Dejé de teclear los distintos alias que conocía, ninguno le había servido a mi tortura personal. Era como si hubiese borrado su rastro de las redes, en esa rareza suya de intentar alejarse todo, sin darle cabida a las novedades del día a día. No tenía afán de sumergirse en el último chisme de la cultura popular o entender un nuevo meme, no había importancia en algo tan mundano como eso y me desesperaba que tomara esa actitud tan clara de que le importaba una mierda el mundo. En su defensa, entendía que el trasfondo de aquello yacía en no tener que lidiar con una ex que no era capaz de superar las cosas y que se disponía en una infructuosa búsqueda en San Google para saber de su vida.

Sí, esa ex incapaz de seguir adelante era yo, por eso me hallaba con un chocolate a medio comer, lamentándome no haber comprado cerveza para ahogarme, con cinco grados de alcohol etílico, en la pena de la autoflagelación. Habían pasado meses desde nuestra ruptura, un compendio de doscientos cuarenta y cinco días de no saber nada de su existencia, como si decir aquellas horribles palabras la hubiesen sepultado por completo. Cogí la foto que había mandado a enmarcar, en la que salíamos con sonrisas gigantes después de finalizar una maratón a la que ella nos había apuntado. Era un recuerdo entrañable de que la vida te concedía días felices seguidos por unos completamente llenos de desdicha. Me limpié las lágrimas, dándole otro mordisco al chocolate, haciendo tres aspiraciones hondas con tal de contener el jodido llanto, y cerré la laptop para no amargarme con el humor tan de perros que me acompañaba desde el día del fin ―como nombré nuestra ruptura―. Tenía cosas más importantes que hacer que lamerme las heridas, como preparar mi trasero para ir al trabajo y darle una vuelta a mi queridísima mamá.

La sola idea de lidiar con mi progenitora, hizo que me levantara con desgana. No era lo más bonito que podía hacer ese día, pero era lo que tocaba y con ese pensamiento en mente, saqué el uniforme de trabajo, lo dejé estirado sobre mi cama y pedí que la flojera que me embargaba saliera de mi cuerpo. Necesitaba una limpia, unos ramazos de esos que exorcizaban la pena, que mis energías volvieran a su estado habitual para poder pasar la maldita página que era incapaz de dejar ir. Me había dolido más que los Leones de Caracas perdieran todos los juegos en el universitario contra los Navegantes del Magallanes, que Alexandra Daddario no viniera en frascos pequeños y que las hamburguesas vegetarianas de mi sitio favorito de comida rápida no se vendieran a toda hora. Vivía por vivir, sin ganas, con las luces apagadas y una sensación perpetua de inseguridad. Necesitaba hacer más que pensar en ella, que llorar por ella cuando había sido yo quien la había cagado, así que, con una premisa que se me olvidaría en cuanto viera el primer envase de helado en el supermercado, me metí a bañar para lidiar con el hecho de tener que enfrentar a un grupo de adolescentes malcriados que me sacarían canas verdes.

***

―Profe, ¿puede hacerle una pregunta? ―Ximena, una de mis estudiantes favoritas, se detuvo frente a mi escritorio en el momento en que sus compañeros salían en estampida al receso―. Tengo una duda personal, algo que no he sabido hablar con nadie y bueno, sé que usted tuvo un problema similar.

Me mantuve callada durante unos segundos, curiosa por la dificultad que una adolescente de dieciséis años podría tener en común conmigo.

―Dime en qué puedo ayudarte ―dije muy servicial.

―Verá, hace unos días tuve un percance con una de mis compañeras, yo… Me agarré de las greñas con Laurita porque me tiene harta. ―Alcé las cejas impresionada por no tener idea de un chisme tan importante en la dinámica de mis estudiantes―. Ella se enteró de algo mío y comenzó a burlarse de mí con las demás, a decirles que no se juntaran conmigo por ser… por ser como usted pues. Y yo no sé qué hacer, me da miedo que mi papá se entere y que a la gente de aquí se le vaya la lengua.

Si la pelea entre esas dos me había sorprendido, aquello me dejó viendo para los lados. No me lo podía creer, no era algo que se me hubiese pasado por la cabeza, así que hice lo único que mi prudencia me permitió: la invité a sentarse frente a mi escritorio y recogiendo mis papeles con calma, le di espacio para que ordenara la ideas. La miré con seriedad, pero la preocupación se reflejaba tanto en su rostro que tuve que aflojar la expresión tensa del mío.

―No quiero sonar metiche Ximena, pero es mejor que me expliques en detalle qué es lo que Laura sabe de ti que te hace igual a mí ―expresé con calma y ella arrugó la frente en señal de confusión.

―Bueno, después del problema con la mujer con la que usted formó el escándalo el año escolar pasado, nosotros pensamos que usted es lesbiana profe y bueno, a mí me gustan las mujeres ―dijo con seguridad, luego bajó la mirada con cierta pena ante mi mirada de desconcierto―. Ella se enteró porque salgo con una muchacha que vive cerca de su casa y la tomó contra mí. Mi mamá y mi hermana saben, pero me da miedo que mi papá se entere porque sé que no le va a gustar. Es capaz de mandarme fuera de la ciudad y yo no me quiero ir por el chisme de una metiche.

Conocía muy bien la sensación, la entendía a la perfección, ese miedo de que me atraparan haciendo algo que no era malo y que no le importaba a los demás más que a mí misma. Ximena había resumido muy bien parte del desastre que se había armado en mi vida cuando mi ex se fue. Repasé todas esas cosas que me dije cuando la gente habló, los miedos que me invadieron cuando mi torturador hizo acto de presencia y pensé que ella, a diferencia de mí, era muy valiente para afrontar los suyos.

―Te voy a dar dos consejos muy importantes Ximena. El primero es que, si estás segura de lo que sientes, de lo que eres y a quien quieres, debes aceptarlo por lo que es, hablarlo con toda tu familia y asistir a consejería. ―Una lágrima corrió por su mejilla al entender el significado de mis palabras―. Decir que te gustan las mujeres no es malo y mucho menos asumirlo, tú no tienes ningún problema y quiero que eso te quede bien claro. El inconveniente es que la gente aún tiene prejuicios al respecto, lastimosamente no podemos hacer más por ellos que educarlos y es muy difícil. Aquí en el colegio puedes hablar con las orientadoras, el acoso está prohibido y nadie te pueden discriminar o hacer menos por tu orientación sexual. ―Cogí sus manos con el fin de reconfortarla.

»Con respecto a tu papá, tienes que ser sincera con él, decirle lo que sientes y tener en cuenta que él siempre va a querer lo mejor para ti, a pesar de que tengan pensamientos distintos. No puedes molestarte con él porque ahora todo es confuso, crees que se te irá encima, pero el tiempo pasará, crecerás, harás tu vida y podrás decidir sobre ella. No veas que tu mundo termina y empieza porque tu papá quizás no te entienda, piensa que las cosas siempre llegan a su cauce en algún momento.

―¿Es lo que a usted le pasó? ―preguntó curiosa mientras se limpiaba las lágrimas.

―Lo que a mí me pasó fue algo llamado cobardía y a diferencia de mí, tú puedes ser tan valiente como quieras. ―Le solté las manos con una sonrisa triste―. Ya lo eres por ser clara, por no dejar que los demás te molesten y ese es un gran paso.

Sonrió de regreso, luego asintió. No sabía si mi pequeño discurso surtiría efecto en ella, pero evidencié una mirada segura y determinada en sus ojos, como si lo único que hubiese necesitado era un empujón en la dirección correcta.

―Gracias profe y disculpe que la moleste. ―Se levantó, caminó hacia la puerta y se detuvo antes de marchar hacia el pasillo―. ¿Cuál era el segundo consejo que me iba a decir?

―Nunca dejes de ser tú misma por los demás a menos que causes daño. Sé leal a ti, aférrate a eso. Complacer a los demás tiene una cuota muy alta para tu felicidad, así que detente un momento a pensar en lo que te hace bien, en lo que necesitas y te hace ser mejor persona. ―Fue mi momento de contener las lágrimas―. Muchas veces el tiempo es subjetivo, así como puede convertirse en un instante de felicidad, al siguiente el dolor sale a relucir. No sientas dolor más allá del que las circunstancias te proporcionen, porque las decisiones las tomas tú.

Decir esas palabras fue como si me las hubiese dicho a mí misma, como si hubiese diseccionado mis sentimientos en un manojo de cruda realidad. Apestaba saber que no podía aplicar el consejo a mi vida porque era muy tarde, demasiado para mi arrepentimiento y el amor que me asfixiaba cada noche. Ximena me miró con cierta lástima, me abrazó y tomando el coraje que necesitaba, me hizo la pregunta que ganó toda mi admiración.

―¿Me puede acompañar a consejería y a poner la queja en dirección?

Me levanté, caminando con ella en silencio y sonreí porque una adolescente me daba una lección que jamás olvidaría.

***

Una vida no puede cambiarse por otra, las emociones que se desean cambiar, terminan siendo un mar nuevo de problemas, dolor y felicidad. Comprendía muy bien el concepto, solo que, en ese momento, me hubiese gustado ser alguien más y no una mujer dolida por ser una cobarde, sentada en el comedor de su casa familiar junto a los retazos indignados de una mujer masoquista. Mi madre me había dado la ley del hielo desde el evento posterior ―como llamaba al día de mi «libertad»―, se limitaba servirme comida, a dejarme notas con lo que necesitaba, enmudeciendo en mi presencia. No había querido ir a terapia, estaba más delgada que de costumbre y, para más inri, mantenía esa mirada de culpa sobre mí.

―¿Hiciste todas las compras de la semana? ―pregunté sin saber qué más decir.

Ella se limitó a asentir mientras engullía un poco de caldo. Suspiré. La me escocía sin tregua alguna. Era una rutina silenciosa la que se había formado entre nosotras; una en la que yo asumía sus cuidados a un pie de distancia y ella trataba de sobrellevar el día en un perpetuo duelo. Saber que había sido su hija quien le dio el toque final a su primer detractor, le causaba odio, tristeza, desesperanza. Un cúmulo de emociones que no me favorecían ante sus ojos. Aún no entendía por qué ella no era capaz de ver lo que estaba mal en lo que hacía, en seguir apañando lo que no tenía justificación. Si yo debía cambiar muchas cosas en mi vida, la primera de ellas era solucionar la relación que tenía con mi madre. Estaba fracturada, demasiado para considerar una simple plática vacía.

―Mamá ―dije en tono firme y ella miró directo a mis ojos―, no podemos seguir así. Si no quieres cambiar, no puedo hacer nada en contra de tu voluntad. ―Sonrió sin ganas, en una mueca burlona que solo me dedicaba cuando quería darme a entender lo contrario―. Estoy cansada de esto, cansada de tu silencio, cansada de tu odio, cansada de sentarme a ver que te desmejoras por decisión propia. No soy de hierro, te amo muchísimo, pero si lo mejor para ti es que me vaya de tu vida, solo dilo y no vendré más. Te mandaré lo que necesitas, estaré atenta al teléfono, pagaré las cuentas que deba. ―Me levanté con firmeza―. Tu indiferencia te está matando y no soy tan masoquista para verlo, ya no puedo hacerlo.

Pestañeó sin alterarse en lo absoluto, eso me hizo cerrar los ojos con dolor y evitar su mirada. Mi respuesta automática fue coger mis cosas y salir de allí como si el alma se me hubiese fracturado. A pesar de lo que me hacía ver a cada tanto, en el fondo comprendía que yo no tenía la culpa de nada de lo que había pasado. No era quien tomaba las decisiones de otros, ellos lo hicieron por mí. Con rabia me dirigí a mi apartamento con la idea clara de que el dolor nunca se iría, era yo quien tenía que aprender a vivir con él. Por eso, cuando llegué a la comodidad de mi sofá, marqué el número del psicólogo que me había recomendado la fiscal del caso. Era hora de tomar en cuenta mis propios consejos. Cuando me dispuse a marcar, una notificación de WhatsApp apareció en la pantalla.

Alex: «Vida mía, ¿estás viva? Te tengo una propuesta emocionante para sacar tu culo depresivo de ese feo mueble marrón».

Sonreí ante el mensaje de mi mejor amigo Alexander y lo acertado de la oración. Era la persona más loca, divertida, irreverente y extraña que conocía. Te decía tu mierda en la cara y si no te gustaba, te lo aguantabas. Así era él, blanco o negro, con un humor un tanto retorcido y por muy loco que pareciera, me quería después de patear su culo en una relación sentimental que no terminó bien. Terminamos siendo de esos que se aman como amigos y se odian como novios. Con él entendí que no podía seguir ocultando lo que sentía de mí, lo que callaba por temor a mi verdugo.

Deslicé la notificación, para no distraerme de la meta y seguí con la llamada que no debía retardar más. Cuando ajusté una cita para las siguientes semanas, cierto alivio se filtró por sistema. Me recosté con la sensación extracorpórea de que mi vida seguiría como yo quería que lo hiciera. Así que ignoré el mensaje, ignoré mis problemas, a mi madre, a ella, al mundo entero. Me zambullí en un sueño que me dejó noqueada hasta el otro día sin saber que Alexander me había reventado el teléfono con llamadas, enviado varios audios y un mensaje al que no le di importancia hasta que me arrastró a un fin de semana catártico.

Alex: «Arregla una maleta para irte conmigo a los Altos de Santa Fe. La abuela está de cumpleaños, armaremos el bochinche a lo grande. Te pasaré buscando tempranito y prepárate, porque vas a sacudirte por completo».


**********


Cositas extras:


Los Leones del Caracas y los Navegantes del Magallanes son equipos de la liga venezolana de béisbol profesional. Son conocidos por su rivalidad y gran fanaticada.


Los Altos de Santa Fe es un pueblo del estado Sucre ubicado en la vía Cumaná - Puerto La Cruz a 8 km de la alcabala de Pertigaletes, situado a 700 msm, por lo que tiene una vista privilegiada del parque nacional Mochima y un clima fresco. Desde Cumaná se puede tardar hora y media en llegar.

28 de Septiembre de 2020 a las 14:57 0 Reporte Insertar Seguir historia
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