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Mauro Eberti


¿Qué pasaría si aquello en lo que nos convertimos a partir de las elecciones que hacemos, se convirtiera en la realidad que vivimos?


Cuento Todo público.

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Los últimos días

Aquel verano la naturaleza se manifestó con su rostro más bello. Un aire tibio, suave, y maternal acariciaba el vasto valle día y noche, transportando un tenue aroma a pastura fresca y frutas maduras que impregnaba a toda la comarca. Las aldeas de aquella región, acostumbradas a los rigores estivales, disfrutaban de este raro avatar, sin advertir que este amoroso abrazo era el último.

Así transcurrían los días y las noches en aquel lugar.


* * *


Ariel era un muchacho singular. La apacible sonrisa que adornaba su rostro, casi imperceptible en su boca pero clara como el agua pura en su persistente expresión, irradiaba una pureza de espíritu propia de los hombres justos. La mansedumbre de aquel semblante resonaba en todo su ser; era amable con todos, de carácter calmo, y mirada comprensiva. Tenía una vocecita que parecía un susurro, pero misteriosamente era escuchada por todos. No acostumbraba a hablar demasiado, aunque siempre decía las palabras justas, en el momento preciso, y a quién necesitaba escucharlas.

Así era Ariel.


* * *


Patricio era un joven de la misma edad que Ariel pero notablemente diferente. Su rostro exhibía una belleza signada por una extraordinaria simetría. Enmarcados en él se destacaban pequeños ojos azul hielo con una mirada penetrante - casi intimidatoria, una nariz de perfectas proporciones, y una boca con finos labios rosados. Su indiscutible belleza era coronada por una abundante cabellera dorada que al contemplarla provocaba un hipnótico y seductor efecto. Su semblante también exhibía una sonrisa, pero no era jovial y mansa como la de Ariel, sino astuta, casi burlona.

Así era Patricio.


* * *

Ariel acostumbraba a llevar consigo una cantimplora de cuero llena de agua, y un pequeño bolso colgado de su hombro derecho, en el cual sólo había algo de carne seca, algunas raíces, un pequeño cuchillo, y apenas algunas cosas más. Así iba de pueblo en pueblo, deteniéndose en las plazas a contar sus historias. Un aura extraña y singular rodeaba a su persona, y de algún modo provocaba que quienes anduvieran por los alrededores sintieran un ansia incontrolable de acercarse a escucharlo.

Sin embargo sus cuentos tenían un efecto muy peculiar sobre sus oyentes. Después de escucharlos, algunos quedaban sumidos en una inesperada angustia, como si se hubiesen enterado sin saberlo de un hecho extraordinario, inevitable, abrumador. Pero realmente estos eran los menos. La gran mayoría de su público se alejaba irritado, presa de un enojo súbito, sin motivos aparentes. Algunos, mientras dejaban el lugar, iban pronunciando entre dientes insultos y palabras de desprecio. Ariel, imperturbable, con una mirada serena, observaba atentamente aquella escena, y esperaba.

Al retirarse el último de aquellos oyentes enfurecidos, transcurrían algunos minutos en silencio. Ecos de una eternidad sin tiempo se filtraban al mundo tangible y transformaban aquellos minutos en horas. Una atmósfera apacible reinaba entonces. La suave brisa estival que acompañaba al crepúsculo era lo único que se escuchaba. La escasa audiencia que había sobrevivido al enigmático y cataclísmico efecto de los breves relatos del joven pregonero, parecía recuperarse del trance. Ahora, junto con la brisa, casi que se alcanzaba a escuchar la respiración profunda de aquellos supervivientes.

Justo cuando aquella espontánea tertulia parecía llegar a su fin, súbita e inesperadamente Ariel hablaba. Decía cosas que sólo aquellos que habían sido conmovidos por sus historias y habían permanecido inmóviles en sus improvisadas butacas, podían entender.

Así pasaba sus días Ariel.


* * *


Patricio viajaba en un enorme carruaje completamente lleno de todo tipo de chucherías. Extravagantes ropas, relojes, anillos, cadenas, perfumes, juguetes, pociones con efectos supuestamente mágicos para todos y cada uno de los males conocidos, ... cualquier cosa que fuera absolutamente innecesaria, Patricio la tenía.

A su paso por los pueblos, el joven mercader detenía su carruaje en algún lugar muy frecuentado por los aldeanos y desplegaba su arsenal de baratijas y novedades. Con un megáfono de latón pintado de dorado y adornado con bellos y llamativos dibujos, anunciaba a los transeúntes su mercadería, garantizando felicidad, diversión y placer para todo aquel que llevara alguna de sus bagatelas. La gente fascinada se congregaba a su alrededor, y presas de un extraño encantamiento se comportaban como leones disputándose el último trozo de carne. Así, amontonados, empujándose unos a otros, intercambiando insultos y algunos golpes, combatían cuerpo a cuerpo con el único fin de quedarse con tal o cual fruslería. Patricio disfrutaba estas auténticas batallas campales, y por supuesto, nunca dejaba pasar la oportunidad de hacerse con grandes sumas de dinero.

Así pasaba sus días Patricio.


* * *

La vida de aquellos que habían escuchado a Ariel sin escapar iracundos, cambiaba. El mundo comenzaba a verse diferente. Ahora había oscuridad, donde antes parecía haber luz; los rostros hermosos devenían horrendos, los amigos de pronto eran apenas conocidos - o quizá ni siquiera eso. Las risotadas eran reemplazadas por una equilibrada sonrisa, y los llantos desgarradores por una pena amigable. Ya el mundo no era lo que antes. El profundo dolor, las inexplicables angustias, los deseos ardientes, todo aquello había sido reemplazado por una sosegada disposición y una comedida actitud hacia todas las cosas. Una profunda sensación de sentido y propósito colmaba sus vidas.

Así devenía la vida de los hombres que se enfrentaban a sí mismos.


* * *

Para aquellos que habían abandonado llenos de cólera el espontáneo anfiteatro que se configuraba en torno al virtual púlpito desde donde hablaba Ariel, la vida permanecía exactamente igual: frívola, volátil, ilusoria,... personal. Eran una célula más perdida en el grandioso organismo universal. Extraviados en esta multitud, su propósito se diluía en el caldo cósmico de la existencia masiva.

No era una simple coincidencia que estos mismos hombres resultaban ser los que protagonizaban las grotescas cruzadas gestadas en torno al carruaje de Patricio para conseguir al precio que fuere alguna de sus mundanas ofertas. Aquellos sujetos vivían sus vidas sometidos a emociones violentas, consumidos por sus pasiones, pasando sin control de la furia intensa a la grosera carcajada, del desprecio al prójimo a las muestras de afecto más eufóricas. Como cometas furiosamente arrastradas por una indiferente y violenta tormenta, iban camino a la destrucción sin siquiera sospecharlo.

Así transcurría la vida de los hombres que preferían una bella mentira a la estremecedora verdad.

* * *

El verano llegó a su fin, y el brazo fuerte de la naturaleza hizo su aparición con inclemencia. Sin piedad, los cuatro elementos del mundo antiguo, azotaron aquella comarca sumiéndola en una oscuridad sin tiempo ni espacio. Terremotos, huracanes, torrenciales lluvias, y emergentes llamaradas provenientes de las mismas entrañas de la tierra, devastaron aquel lugar.

Los hombres célula, aquellos que no quisieron penetrar el enigma de la existencia, perecieron en su mayoría. Sólo unos pocos resistieron en cavernas y refugios improvisados, las ansias purgatorias de la naturaleza. Para ellos, empezaba un nuevo otoño. Ya despojados del peso de su existencia previa, iniciaban un renovado ciclo en el tirabuzón cósmico.

Los hombres que aspiraban a ser justos, sin embargo, apenas percibieron aquel holocausto, pues en el mundo que ahora habitaban, transcurría un persistente y apacible verano que duraría mil años.

3 de Mayo de 2019 a las 21:24 0 Reporte Insertar 0
Fin

Conoce al autor

Mauro Eberti Nacido en Argentina, Mauro Eberti es un Analista de Sistemas Informáticos especializado en consultoría en las áreas de Tecnologías de la Información y Comunicaciones. Entre sus aficiones se encuentra la escritura literaria y periodística. Es editor senior del sitio SOTT.net en español donde se hallan publicados muchos de sus artículos.

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