Silencio Profundo Seguir historia

sadpigeon01 E. N.

Daniel tiene 17 años, un padre que lo odia y un hermano que lo cree culpable de la muerte accidental de su madre. Cuando Wilson Walters, su padre, decide que se mudarán a Salem, Oregón; las cosas cambiarán demasiado. Con un par de hermanos de apellido Enfer y una ciudad que no conoce a Dios, Daniel Walters se las va a tener que arreglar para poder salir de ahí vivo y con su alma intacta.


LGBT+ Sólo para mayores de 18.

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La mañana era lluviosa y oscura, para nada como uno se imaginaría una mañana de verano. El Benz '07 andaba camino a la nueva escuela de los hermanos Walters, iba a ser un aburrido colegio católico a lo poco que el mayor había escuchado

"—De verdad... qué asco, padre-"

En la ventanilla pegaban las gotas de lluvia, manteniendo despierto a Daniel, el hermano mayor, mientras Emeth se entretenía jugando en su game boy. Apenas llevaban en Oregón una semana y ya sentía en su piel extrañar el calor de Phoenix. Se habían tenido que mudar por el trabajo de su padre, y desde que su madre había muerto, ninguno de los dos hermanos tenía voz ni voto en las decisiones. Era un sí de su padre y punto.
El chófer miraba hacia el frente, sin hablar con los niños, mientras ellos solamente trataban de distraerse por los nervios de estar en una escuela nueva, en nuevo año escolar y en una ciudad nueva. Aunque sus conclusiones no daban para mucho. Todo apestaba.
—Aquí es, niños- El coche se había detenido y ambos pudieron observar un enorme edificio, que los hacía pensar en las películas de terror con fantasmas y sacerdotes asesinos —Gracias, Lance. Nos vemos- Daniel se despidió, viendo como su hermano se bajaba del auto de mala gana, sin despegar la mirada del jodido aparato en el que se la había pasado desde que llegaron a esa estúpida ciudad en la que siempre estaba lloviendo. Entraron a la escuela y Emeth habló por primera vez en una vida —Éste lugar es demasiado tétrico- Dijo, más para él que para el otro, sintiendo como su hermano de cabello negro asentía. Caminaron entre los pasillos, percibiendo como todas las miradas estaban sobre ellos, cortándolos como navajas hirientes, analizándolos y susurrando cosas imperceptibles a sus oídos. A Daniel le molestaba ese lugar, le molestaba esa sensación de siempre estar siendo juzgado. Pero lo único que podía hacer era apretar sus libros al pecho e intentar ignorarlos -Mi clase está de ese lado... nos vemos en la salida- Escuchó la voz de Emeth a unos cuantos metros de él, sin prestarle mucha atención a su hermano —Está bien...- Dijo él, con desaire mientas veía a su hermano irse en el largo pasillo, en dirección contraria a la que él iba. Siguió andando al frente, con la mirada a los pies, observando sus zapatos negros que se conjugaban con los pantalones grises y el saco azul marino. Odiaba usar uniforme. Extrañaba sus camisetas de bandas y sus pantalones holgados y tenis. Odiaba tener que verse decente. Odiaba estar en un lugar que no le recordaba a su madre.
Los ojos lo veían andar por el pasillo sin misericordia, destrozándolo con críticas y cuchicheos que las lenguas criminales decían al conspirar contra el inadaptado. Trataba que el camino no le fuera pesado, pero había veces que los chicos hablaban muy fuerte "Parece niña", "Si Derek lo ve, no durará una semana aquí" Pasó saliva, al parecer, Derek sería su nuevo verdugo. Sus pensamientos lo mantenían absorto del resto del mundo, teniéndolo preso en un umbral de ansiedad y nervios, cuando un par de pesados ojos irrumpieron su tormento mental. Alzó la mirada, encontrándose con un chico recargado en una columna del pasillo, mirándolo fijamente, sin pronunciar una palabra, sólo viéndolo pasar. Sus ojos avellana le perforaban el alma, siendo observado con mirada gélida y un rostro inexpresivo. Por su cuerpo le recorrió un escalofrío, intentando seguir su camino antes de llegar a la clase. Todo en ese lugar le daba miedo y le parecía tétrico.
Llegó al salón, estaba completamente vacío y el maestro estaba escribiendo la lección del día. Era la primera clase del semestre y él realmente no esperaba que alguien llegara temprano. Se veía que el chico era nuevo, porque a esa hora todos estaban en la capilla en misa de bienvenida. No era un colegio católico sólo de palabra —Buenos días-Murmuró el chico pelinegro con un hilo de voz, dejando su libreta en el último asiento de la última fila — Buenos días- El maestro le extendió una enorme sonrisa, ajustándose los lentes —Eres el nuevo ¿No es así? - La voz del maestro era gruesa y profunda, demasiado madura para un hombre de aparentemente mediana edad. Pero era extraño, le parecía dar confianza a Daniel —Sí, el nuevo- Hizo énfasis en la última frase, que sabía que ese iba a ser su apodo durante los próximos meses. Esperando que ese fuera el único. El hombre soltó una risita, mirando como el chico sonreía levemente. El timbre sonó, anunciando la clase y dejando que un bonche de adolescentes entrara al salón, rompiendo la quietud. Entre ellos, uno en especial captó la atención de Daniel. Era un chico alto, de facciones alargadas y de tremendos ojos azules que tenía cara de pocos amigos. La mirada del tipo lo atravesó -Buenos días, clase. Permítanme presentarme, yo soy el maestro Robert Quill y les impartiré la clase de historia- Dijo el hombre, mientras con un plumón escribía su nombre en la pizarra -Y bueno, creo que es hora de tomar la asistencia- Se dirigió a su escritorio, sosteniendo una hoja de control de asistencia. Daniel lo revisó de pies a cabeza. Su traje negro con corbata que hacía juego, sus zapatos discretos y su cabello desaliñado, junto a ese par de ojos cafés que parecían poder desnudar su espíritu en una mirada -Allan-

—Presente-

—Anderson-

—Presente-

—Heathens- El chico de los ojos azules alzó el rostro, mostrando poco interés a lo que pasaba a su alrededor —Presente- Dijo, con voz grave. Miró de nuevo al bicho raro que estaba sentado hasta el final. Su cabello largo hasta los hombros y negro, sus mejillas rojas, sus ojos verdes con ojeras debajo, cubiertos por un par de lentes negros y sus labios rosas y resecos. Su cuerpo regordete y sus dedos carcomidos por la ansiedad y libretas llenas de dibujos hasta la náusea. Era una hermosa imagen del retrato de su nueva víctima, en quien sembraría el miedo. La lista siguió, y Daniel evitaba mirar al frente, evitaba a toda costa hacer contacto visual y que alguien le prestara atención alguna. Prefería ser invisible a que lo notaran para joderlo -Walters - Escuchó la voz del maestro decir su apellido, alzando los ojos y mirando como él esperaba una respuesta —Presente- El señor Quill sonrió de lado —Yo creo, que cómo el joven Walters es nuevo, se presente a nosotros para que todos lo conozcan- ¿Qué mierda estaba mal con ese hombre? Parecía ser que no entendía lo que ansiedad social significaba. La frente de Daniel comenzó a llover al darse cuenta que todas las miradas estaban sobre él. Sus manos comenzaron a temblar y sintió su garganta seca, no podía levantarse de su asiento y sentía sus piernas flaquear —Yo...yo-

—Anda, levántate. La clase te quiere conocer- Incitó el hombre, a pesar que veía como el chico batallaba incluso para balbucear. Trató que sus piernas le respondieran, pero cuando intentó levantarse, su pantalón se atoró en un clavo del asiento del pupitre, haciéndolo caer sobre él nuevamente — ¡El gordo se quedó atorado en el asiento! - Derek Heathens estalló en carcajadas, seguido del resto de la clase, señalando a Daniel que estaba con los ojos rojos y las mejillas encendidas, sin poder defenderse. El esbelto chico de ojos azules comenzó a hacer ruidos de puerco mientras miraba al chico que estaba aterrorizado e inmóvil en el pupitre — ¡Heathens! ¡Suficiente, a la dirección! - Los segundos que el maestro había tardado en intervenir fueron suficientes para que Daniel deseara estar muerto y no tener que volver jamás a esa escuela. El chico alto se levantó de su asiento, fulminando al maestro y al nuevo con la mirada, tomando su mochila en un hombro —Como si quisiera estar en la misma clase que este cerdo- Se fue malhumorado a la oficina del Rector, arrastrando los pies en los que traía puestos un par de botas militares, que no cumplían con el reglamento de la escuela. El maestro Quill se aseguró que Derek saliera de la clase y cerrara la puerta, de un azotón —Al próximo que moleste a su compañero haré que lo expulsen. Les recuerdo que dentro del reglamento escolar está estrictamente prohibido ponerles apodos a sus compañeros y mucho más molestarlos- Dijo, con un tono severo y girándose de nuevo a la pizarra, escuchando como el salón se quedaba callado. Daniel no podía levantar los ojos porque la cara se le caía de vergüenza. Era horrible.

La manecilla del reloj perforaba su pecho con su lentitud, pero las primeras dos clases se vieron terminadas finalmente —Ok, chicos. Pueden salir- Avisó el maestro Quill, guardando sus cosas y dejando que sus alumnos se fueran, pero había uno que no quería ni moverse de su asiento, retorciéndose y tratando de guardar la calma después del episodio que había tenido —Joven Walters ... ¿Está bien?- Se acercó lentamente a él, mirando cómo se estremecía y volvía en sí en un momento —Sí, muchas gracias por intervenir- Una rota sonrisa fingida salió de sus labios, siendo compartida por su maestro —Eres mi alumno, y no dejaré que alguien moleste a sus compañeros en mi clase- Las palabras del maestro lo reconfortaban un poco —Supongo que no tienes con quién pasar el descanso, ¿ Cierto?- Daniel lo dudó un segundo —No, creo que mi hermano ya ha de tener amigos-

—Entonces, vamos, te invito algo de la cafetería. Debió ser una mañana difícil para ti, amiguito- El maestro Robert lo ayudó a levantarse del pupitre, caminando junto a él y mostrándole la escuela a su paso —Esa es la biblioteca, la sala de maestros está por allá y allí es la cafetería- El muchacho miraba lo grande que era el colegio. Estaba lleno de árboles y el cielo gris hacía que pareciera un escenario perfecto de un cuento de terror —La capilla está por allá, siempre tenemos misa antes de las clases. Hoy no han pillado que te la saltaste, pero mañana no podrás faltar ¿Entendido? - Bromeó el hombre, haciendo que las mejillas de Daniel enrojecieran. Su primer día de clases ahí y ya había faltado a una regla. Pero, para ser justos, desde que su madre había muerto, su fe se había esfumado junto con sus recuerdos felices.

Si Dios no había estado para él en el momento en el que más lo necesitaba, ¿Por qué él le daría su tiempo?

El comedor era grande, muchos adolescentes y ruido. Odioso y. escandaloso ruido. Pero la presencia de su maestro hacía las cosas más amenas. Había pasado un receso agradable con la compañía del Señor Quill, era un muy buen conversador, por lo que él casi no tenía que hablar, sólo escuchar atentamente, Y eso le agradaba —Entonces, eres un jovencito de Phoenix ¿Cierto? -El hombre se había comprado un emparedado que acompañaba con café, pero Daniel no había querido abusar de su generosidad y simplemente tomó un jugo de manzana —Sí, mi padre es, lo que uno llamaría, un hombre de negocios... nos mudamos porque le habían ofrecido un mejor empleo de este lado del país-Dijo, sorbiendo su jugo. Desvió la mirada para la parte de atrás del comedor, sintiendo esa sensación familiar de estar siendo observado. Se topó de nuevo con ese chico de ojos avellana, pero ahora iba acompañado de una chica de cabello negro, que también lo estaba mirando cautelosa mente y en silencio. Daniel tragó saliva sin poder evitar sentirse nervioso. Observó cómo los aparentes amigos murmuraban cosas, para después volver a verlo. No sabía leer los labios, pero podía sentirse perforado por la mirada del muchacho. La chica no parecía estar muy interesada, pero el tipo de cabello pelirrojo lo miraba con curiosidad, como un lobo ve desde lo lejos al conejo que piensa cazar. Pensar en eso le heló la sangre a Daniel, aunque el lazo intenso de miradas sólo duró unos segundos, en lo que la de cabello negro se llevaba al otro chico al pasillo —¿Estás viendo a los hermanos Enfer? - La voz del profesor lo interrumpió, devolviéndolo a la realidad —Ah, ¿Qué pasó, disculpa? - Sus mejillas se encendieron y no pudo disimularlo. El profesor le estiró una sonrisa, bajando su vaso de café y dejándolo en la porta vasos —Ellos son muy buenos alumnos, pero un poco extraños. No te esfuerces en hablarles, porque no hablan con nadie a parte de ellos dos, siempre están juntos pero la mayoría de las veces están en silencio... no sé qué pasa con ellos —El hombre dio un vistazo lento a los hermanos que tenía descansando en la parte que daba la espalda —Es como si nadie más fuera digno de su tiempo, como si fueran o se creyeran superiores y sintieran que nadie los merece-Dijo, mirando como Daniel sorbía su jugo, sintiéndose pequeño una vez más, sin interés de saber. Al fin y al cabo ¿Quién era él para que los demás lo consideraran digno de ellos mismos?

25 de Abril de 2019 a las 08:26 0 Reporte Insertar 0
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