Antiqua Seguir historia

wereyes Waldo Reyes

Un extraño planeta, escondido, en un rincón del universo, con un gran secreto que ocultar..


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Atiqua

En el distante planeta Antiqua, rocoso, con escasa vegetación y agua, perdido en el tiempo, en una de las zonas mas antiguas y remotas del universo se hallaba el artefacto por el que combatían civilizaciones enteras. En un oscuro lugar custodiado por la más formidable de las criaturas, se encontraba el arma suprema: el octaedro del destino. El que lograse descifrar su funcionamiento, tendría la llave para abrir la puerta del dominio universal.

Una inmensa llamarada blanca azul, rodeada de enormes nubes de plasma y vapor bajaba en el cenit. El monumental cohete Atlas XXX, con el logotipo del comando terrestre, había activado sus retro impulsores de descenso. El lugar de aterrizaje era una inesperada estructura, similar a un puesto de avanzada. Un extraño observador examinaba la escena. La nave se posó en la loza.

El vigía, una criatura humanoide con desgastadas vestiduras y capucha negra, se acercó al lugar.

Un hombre alto, moreno de ojos claros y un chimpancé, ambos vestidos con casco y traje espacial salieron del vehículo. El encapuchado les dio la bienvenida con un ademán.

—Saludos, explorador, veo que viene de la Tierra y además trajo consigo a su mascota. —Mientras la dorada luz del atardecer entraba por la visera del capitán, iluminando sus ojos café, levantó la mirada.

—Bruce, parece que otra vez te han confundido —dijo el chimpancé llamado Lance.

—Disculpe, no quise ser grosero.

—No se preocupe, nos pasa siempre, señor…

—Kalib, el nombre es Kalib. Soy un comerciante ínter-estelar.

—¿Tiene whisky?

—No, ¿le sirve Warm Spirit?

—De acuerdo, envíeme un par de botellas a la nave.

—Capitán, mañana debemos partir al punto del coloso.

—Lo sé Bruce.

El rover de ocho ruedas subía y bajaba por montañas de helio congelado, activando cuando era necesario sus patines, para pasar lagos de metano líquido y usaba sus retro-impulsores para saltar sobre charcos de lava. Llevaban andadas cuatrocientas millas cuando divisaron una pétrea figura humana de cien metros de altura. Los sensores indicaban que estaba inmóvil hace millones de años.

Vetustos engranes se pusieron en funcionamiento.

—¡Capitán, capitán!, ¡señor!, se aproxima una roca de treinta metros de diámetro sobre nosotros... ¡y el gigante comenzó a avanzar a toda velocidad hacia acá!

—Ya los vi. —El transporte dio un salto lateral y esquivó la roca.

—Fríelo, Bruce.

Del techo del transporte surgió un cañón de plasma con enlace al escudo experimental, de energía límbica, del cohete. Una llamarada de fuego azul, rodeada por pequeños orbes rojos, salió del arma y estalló sobre el ser que quedó convertido en una montaña de roca fundida.

Descendieron del rover y caminaron hacia la entrada.

—Capitán, ¿no le parece extraña esta mitad del planeta?

—La otra mitad también lo es: una intrincada estructura tecnológica, una mega ciudad.

Iban cruzando la puerta, para llegar al arcaico aparato, cuando el octaedro se activó y en una fracción de segundo despegó y se perdió en el espacio.

—El comando terrestre no estará feliz.

—Sí, señor, yo tampoco creo que lo esté.




23 de Abril de 2019 a las 00:50 0 Reporte Insertar 2
Fin

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