Después del Caos Seguir historia

daphneivy Daphne Viassus

Una voz familiar en la radio es la única pista que tiene Kathya para averiguar quién es en realidad y por qué sus padres insistieron tanto en mantenerla oculta, pero en el camino descubrirá que todo es mucho más complicado de lo que parece y que aquello que creía saber sólo es la punta de un iceberg con el que se estrellará más temprano que tarde. Notas del autor: la siguiente novela me pertenece por completo. Su copia o distribución por fuera de esta plataforma está prohibida. La novela cuenta con registro de Derechos de Autor certificado por el Ministerio del Interior de la República de Colombia.


Post-apocalíptico No para niños menores de 13. © Todos los derechos reservados

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Las bestias que dejamos atrás

Mientras hacía fila para subir al tren, una repentina sensación en la boca del estómago me detuvo, y la mujer que tenía detrás chocó contra mi espalda. No dijo nada. Me observó con rabia y continuó su camino cruzando a mi lado. Tenía el rostro lleno de arrugas profundas y polvorientas, y la piel reseca y amarillenta evidencia de todo el sol que había recibido. Su cabello era una maraña de nudos que iban del gris al cobre, y sus ojos, de rabillos inclinados hacia abajo y pocas pestañas, estaban amarillos alrededor del iris. La ropa que llevaba estaba compuesta por partes de diferentes atuendos: un jean gastado en la bota con parches en las rodillas, un esqueleto gris con agujeros por el desgaste, camisa leñador manga larga amarrada a la cintura, y zapatillas deportivas con la suela gastada hacia el exterior. Nada era de su talla, ni siquiera los zapatos, que se veían más grandes que su cabeza. Así como su atuendo, su cuerpo también tenía proporciones extrañas: las piernas y los brazos eran delgados, pero sobre el nudo de la camisa de leñador sobresalía una barriga deforme que caía más hacia la derecha, obligándola a caminar haciendo un esfuerzo extra de ese lado; uno de sus senos era más grande que el otro y su cuello perdía forma porque tenía los ganglios inflamados como pelotas de ping pong. Dos soldados tuvieron que dejar las armas a un lado e inclinarse desde la altura del tren para sujetar a la mujer por los brazos y ayudarla a subir. Cuando los levantó, pude notar que en la axila derecha tenía una bola de bordes rojos y centro morado que parecía a punto de explotar.

Los demás pasajeros no mostraban signos tan evidentes de enfermedad, sólo el mismo desgaste en el alma. Todos, incluyéndome, nos subimos a ese tren buscando ―o, más bien, esperando―, una vida mejor. No sabíamos lo que nos esperaba al final de la vía, pero era eso o dar la vuelta.

Inconscientemente, giré la cabeza y medio cuerpo. Al otro lado de la malla, el único hombre que se arrepintió de subir era devorado por las bestias que dejábamos atrás.

12 de Abril de 2019 a las 14:17 0 Reporte Insertar 27
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