La Llave de la Valquiria Seguir historia

jess_yk82 Jessica

Astryd es una joven vikinga que ve a los drakkars partir con el anhelo de hacerlo también ella algún día a bordo de uno de aquellos imponentes barcos, tal y como ya lo hiciera su hermano, del que no ha vuelto a saber nada más. Un día, su buen amigo Balmung le entrega un hacha que Bolthor mandó forjar antes de irse. Pero ¿para qué sirve un hacha que no corta?


Fantasía Todo público.
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Un curioso encargo

Desmontar el mascarón de proa no estaba resultando una tarea liviana para aquellos hombres. La cabeza de aquel imponente dragón debía de pesar lo suyo, pero aquel era un ritual necesario cuando los drakkars fondeaban en el muelle, si no se deseaba molestar a los espíritus de la tierra, algo a lo que jamás se arriesgaría ningún hombre cuerdo. Las tallas de madera que gobernaban los navíos nórdicos resultaban desafiantes y soberbias, una buena imagen ante los enemigos en el mar, pero nada deseable para las divinidades en tierra.

Astryd llevaba un buen rato sentada sobre las viejas cajas apiladas de algún mercader, observando las complejas maniobras de los marinos e imaginando, especialmente, cómo resultaría embarcar en una de aquellas moles de resistente madera de encina. Había deseado hacerlo cada día de su vida y la respuesta siempre había sido la misma: «Solo eres una cría».

Apretó el puño, tratando de contener la rabia y evocó las palabras de su hermano. Bolthor había tenido algo más de fe en ella y en su capacidad para leer el viento y las aguas, el cielo y el rumbo de las aves migratorias. Aquello resultaría suficiente para compensar de algún modo su escuálida figura y la cojera que le lastraba su pierna izquierda desde el accidente que sufriera cuando era pequeña al caer de un caballo.

Suspiró al recordar la figura de su hermano y la serena sonrisa con la que se había despedido de ella en aquel mismo puerto hacía un año para no regresar.

El impacto metálico del acero cayendo a su lado la sobresaltó y fue incapaz de ahogar un grito que atrajo la atención de los hombres que trabajaban en el puerto.

—¡Por Odín, Balmung! ¿Qué haces? —espetó ella molesta ante las risitas de los marinos.

El enano carraspeó mientras observaba, embelesado, el enorme hacha que había descargado sobre una de las cajas, astillándola.

—¿Has visto esta maravilla? —preguntó, orgulloso—. Se la he sacado a Munin, el herrero, por apenas unas pocas monedas. Un tipo se le encargó y no regresó nunca a por ella. Ha tratado de venderla, pero esta preciosidad no corta, así que es muy difícil darle salida. Me ha costado convencerlo, pero...

—No corta... —lo interrumpió ella de mala gana—. Munin fabrica un hacha que no corta y tú pagas por ella. ¿Pretendías competir en estupidez con él?

Se puso en pie y empezó a caminar, alejándose de allí.

—En circunstancias normales resultarías muy graciosa —exclamó el enano, siguiéndola—. Pero esta vez tu ironía está justificada.

—No me digas...

—Tengo razones para creer que el hacha es una llave.

—¿Una llave?

Astryd negó con la cabeza justo en el momento en el que abandonaba el muelle y se zambullía en la concurrida plaza. En plena celebración por el Haustblót, el lugar se atestaba de mercaderes exhibiendo los mejores frutos de sus cosechas, bendecidos previamente por Freya y Frey.

—El hombre que la encargó le pidió a Munin que engastase esta piedra preciosa llamada solarsteinn —continuó hablando Balmung, al tiempo que zigzagueaba con dificultad entre los cuerpos que se deslizaban de un lado a otro—, un mineral que solo se... encuentra en un sitio.

Astryd se detuvo en uno de los puestos y evaluó con interés una gruesa capa de pieles curtidas.

—¿Dónde? —preguntó sin mirar a Balmung.

—En el Valhalla —susurró él.

—El Valhalla... —murmuró ella, arqueando las cejas—. Es decir que tu hacha, que no corta, ¿es una llave para llegar hasta el Valhalla?

—¡Shhhhhh! —exclamó el enano, azorado.

Paseó sus negros ojos a través de los allí presentes, pero nadie parecía estar prestando especial atención a su conversación con la chica.

Astryd continuó caminando y ni siquiera se detuvo ante las protestas del enano, que no lograba avanzar entre el gentío. Consiguió hacerlo, al fin, entre amenazas y la presentación de su hacha a la concurrencia para dar alcance a la joven, que ya se alejaba con rumbo a su casa.

—¡Muchas gracias por tu ayuda! —escupió, enfadado.

Astryd suspiró hondamente y se volvió.

—Balmung, lo siento, pero estoy cansada.

—Tampoco a mí me resulta particularmente agradable perseguirte por toda la ciudad, pero le juré a tu hermano protegerte y por eso, precisamente, te he traído esto. —Volvió a mostrar el hacha que había cargado sobre su hombro.

—¿Y para qué quiero yo eso?

—¿Sabes quién fue el hombre que le hizo el encargo a Munin? Tu hermano.

Balmung extendió el arma horizontalmente sobre las palmas de sus manos, como si hiciera una ofrenda a los dioses, y Astryd la tomó, visiblemente emocionada.

—¿Para qué querría mi hermano un hacha roma?

—No lo sé. Pero ya te he dicho que no es un arma cualquiera. En todo caso, creí que al no estar Bolthor, debía ser tuya. Me habló del hacha antes de partir y cuando supe que no había regresado ni... ni lo haría, traté de hacerme con ella. Ese zoquete del herrero no me lo puso fácil, pero... Bolthor la encargó mucho antes de partir; podía haber ido a recogerla, pero no lo hizo y creo... que quería que fuera para ti.

El enano dio media vuelta y arrastró sus pasos serenos hacia el laberinto de angostas callejas que conformaban la ciudad. A la contraluz del sol que ya se ponía en el horizonte, la sombra de Balmung era alargada y se asemejaba más a la de un elfo que a la de un enano.

—Adiós —murmuró ella con un hilo de voz—. Y gracias...

***

Era un hacha magnífica, de brillante hoja con intrincados grabados en su frío metal y el contrafilo, acabado en un dorado reluciente que parecía haber sido capaz de capturar al mismo sol. La empuñadura era de recia madera, brillante como si hubiera sido impregnada en algún tipo de exótico barniz y aquella misteriosa piedra, el solarsteinn, apenas destacaba. Pero Astryd paseó su dedo a través de la hoja y confirmó lo que ya sabía: que a duras penas cortaba. ¿Para qué querría su hermano que tuviera aquel hacha? ¿Con qué objeto la habría encargado? Podría hablar con Munin e intentar averiguar todo lo relativo a aquel misterioso encargo, pero el herrero era un hombre huraño, de pocas palabras y mal carácter, con lo cual no esperaba obtener demasiado de él. De quien sí había recibido mucha y muy confusa información era de Balmung. ¿Podría dar crédito, acaso, a todo cuanto el enano le había contado? Lo conocía desde que era una niña y su hermano confiaba en él ciegamente hasta el punto de encomendarle su cuidado, y es que Balmung era una excepción entre los de su especie. Astryd no conocía a muchos, pues pocos eran los que cambiaban sus cálidas minas subterráneas por las gélidas nieves de Nóvgorod, pero había oído cosas sobre ellos y ninguna que los expusiera como seres amables, generosos y leales. Balmung era muy diferente. Había estado siempre ahí cuando ella o su hermano más lo habían necesitado y nunca les había mentido. Nunca. Así pues, ¿sería aquel hacha una llave hacia el Valhalla?

Una inquietud nueva había hecho nido en su estómago. ¿Y si su hermano, previendo un posible final, le había entregado aquel arma para que pudiera encontrarlo?

Desvió la mirada hacia la ventana y contempló, embelesada, los primeros copos de la noche, descendiendo silenciosamente sobre la tierra. Suspiró, apagando el candil y prendiendo en su cabeza una nueva idea a la que empezaría a dar forma por la mañana.

5 de Abril de 2019 a las 11:39 0 Reporte Insertar 1
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