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gaby-cordero1551661470 Gaby Cordero

Las búsquedas en la vida a veces son interminables. Pero son esas mismas búsquedas las que nos hacen despertarnos todos los días.


Cuento No para niños menores de 13.

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Búsqueda


Su corazón no volvió a tener paz desde que un pálpito la arrojó de su cama como un pensamiento suicida arrojaría a cualquier desgraciado de su balcón.


Sus dedos descalzos sobre el piso se helaban uno a uno mientras un escalofrío le subía por la espina dorsal.


El mismo sentimiento horrible la había estado despertando sin cesar iban a ser ya cuarenta y cinco años. Cuatro décadas y media desde que Raquel había desaparecido y nunca más se logró saber nada de ella.


En sus recuerdos podía verla con vestiditos verde agua volados con encajes en los bordes, medias gruesas con motas peludas hasta las rodillas y dos altas colas de caballo partidas por una línea en el centro. Podía verla feliz, risueña y hasta altanera, propio de una hija única a su edad.


Aún no entendía cómo había sucedido semejante infortunio y se culpabilizaba todos los días de su miserable descuido y del desdichado destino de la pobre niña.


Repasaba en su cabeza aquellos días en que Raquel jugaba a las escondidas con sus primos, andaba en bicicleta y se chorreaba sus vestidos con helado de chocolate. Mientras la angustia de su ausencia se escurría por sus hombros y la dejaba totalmente atollada por horas en el sillón de la sala.


Habían sido miles las veces que salió a buscarla; casa por casa, vecino por vecino, bajo las lluvias de abril y también las de octubre. Ni el viento, ni el hambre, ni el calor ni el frío, lograron que su búsqueda se interrumpiera. Caminó por todos los rincones de la ciudad, indagó ella misma en todos y cada uno de los archivos policiacos. Pegó carteles, recogió fondos, salió en las noticias y hasta la buscó en su cabeza.


Las personas sentían compasión por ella y hasta la acompañaban de cuando en cuando en su búsqueda sin éxito. Pero ella no se resignaba a la pérdida y mucho menos a vetarse del goce anticipado que le proporcionaba su imaginación al pensar en el día en que por fin se reuniría con Raquel.


Los días se dedicaban a transcurrir sin piedad mientras que las canas y las ganas envejecían y debilitaban su perseverancia.


Poco a poco las búsquedas fueron menos y más cortas. Su energía se había ido desvaneciendo gracias al desasosiego y las suelas rotas de sus zapatos.


Por las noches al llegar a su casa, le servían sopa hirviendo para apaciguarle la mente y ella se la tomaba sin el más mínimo rastro de simpatía, con las facciones intactas en el quehacer de su pensamiento cada vez más y más iluso.


La arropaban con una cobija más vieja que su búsqueda, la sentaban en una mecedora y le prestaban oreja hasta que se quedara dormida. Luego, entre varios pasaban sus pesados huesos a la cama en la que nuevamente, amanecería con sobresalto. La enfermera de turno apagaba la luz y le daba las buenas noches en voz baja:


— Que descanses Raquel.

3 de Abril de 2019 a las 19:07 0 Reporte Insertar 0
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