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Un asesino en serie deja una serie de notas con acertijos y pistas que conducen a nuevos asesinatos, objetos extraños y más pistas que dejan a la policía sin sentido. Una agente comienza a desentrañar detalles de lo que parece ser el caso más importante de su corta carrera, pero el más oscuro y peligroso. Acertijos, notas sin sentido, asesinatos, persecuciones y más será lo que ella y los suyos tendrán que superar para atrapar al más sádico asesino que conozcan.


Suspenso/Misterio Todo público.

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Capítulo 1 - Dedo

La oficina se había vuelto un caos. Todos corrían de un lado a otro, policías y agentes entraban y salían del departamento dejando cajas y documentos; hablaban por teléfono o solamente llegaban a hablar con otro agente y se iban sin más. Regularmente un jueves al mediodía no era tan ajetreado, pero después de tres asesinatos en los que ni los mejores agentes de los que disponía la ciudad habían podido aún resolver alguno de ellos. Habían traído a personas que habían resuelto casos verdaderamente importantes y difíciles, pero ni ellos encontraban pista alguna o relación entre las personas que habían muerto a manos del asesino.

La primera víctima fue una mujer de 35 años, que vivía en una zona media-alta de la ciudad, junto a su esposo y sus tres hijos, dos niños de 16 y 10 años y una pequeña de 4. La relación con su esposo no podría haber estar mejor; los que conocían a la pareja decían que parecía su segunda luna de miel después de haberse mudado hacía un par de años. Andrea, ama de casa, había muerto a las afueras de la ciudad donde encontraron su cuerpo sin señales de violencia, sin rastros de veneno, sin problemas del corazón o rastros de violación, nada más que su cuerpo sentado en el asiento del copiloto de su camioneta, a exactamente 20 kilómetros de su casa. La segunda fue Sofía, la hija del director ejecutivo de la cadena 99 de Mexicali, de apenas 25 años. Fue encontrada exactamente 20 kilómetros al este de las oficinas y estudios de su padre poco antes de llegar al aeropuerto de la ciudad, al lado de su automóvil sentada en una piedra, con la cabeza mirando hacia el cielo y las manos extendidas, para lo cual el asesino usó cables y madera; el detalle más importante eran sus manos que estaban atravesadas de lado a lado como si tuviera estigmas. Ella trabajaba con su padre como aprendiz, estudiaba ciencias de la comunicación y era un modelo a seguir para sus compañeros, porque a pesar de ser alguien aparentemente con la vida resuelta, no era pedante ni creída; siempre buscaba trabajar extra para aprender más y valerse en un futuro por sí misma, según comentaban sus compañeras.

La tercera víctima era un hombre de 45 años, almacenista de un pequeño de negocio de la ciudad. Padre de dos hijos, uno de 20 y una chica de 16 años, con una esposa de 41 con los que mantenía una relación estable; eran muy unidos y al parecer solo tenían los típicos problemas familiares del día a día. En el trabajo era bromista y dedicado, sin meterse en la vida de los demás y sin caer en problemas, una persona común y corriente. Fue encontrado 20 kilómetros al este de su trabajo, zona que no era común que visitara a esas horas, pues, aunque formaba parte de su ruta de entrega, él ya se encontraba fuera de sus horas de trabajo; fue encontrado golpeado y atado, sin una gota de sangre en sus venas o arterias, sentado junto a su vehículo. Ninguna de las víctimas parecía tener problemas de dinero o drogas. Se descartó cualquier nexo con crimen organizado y hasta trata de personas, pues las rutinas de cada uno eran muy marcadas, predecibles y fácilmente comprobables, ya sea por terceros, cámaras de seguridad o movimientos en tiendas y cajeros. No parecían tener enemigos por problemas de trabajo o escuela. Sin problemas amorosos, amantes, novios o esposos celosos. Todo, todo descartado. La única conexión que existía entre ellos era el lugar de sus muertes: exactamente 20 kilómetros por la ruta más corta que se pudiera hacer en automóvil del lugar en donde pasaban más tiempo durante el día. De ahí en más no había conexión pues no se conocían entre sí, no desaparecieron días antes de morir, ninguna fue una muerte violenta ni existían signos de violación; no había rastros del asesino, ninguna fibra, cabello, todo era manipulado con guantes, también se pensaba que usaba cubrebocas pues no encontraron nada de ADN, nada. Era un caso sin salida, no tenía pies ni cabeza; no había un lugar por donde empezar ni de donde tomarse para poder seguir alguna pista.

Durante la última semana en las que los tres asesinatos habían ocurrido no había persona en la oficina que no tratara de aportar algo para intentar esclarecer el caso y comenzar a resolverlo; desde los mejores agentes de las metrópolis del país, hasta estudiantes y aficionados que ya antes habían ayudado, teniendo un punto de vista más relajado y sin presión de la prensa o las familias de las víctimas. Y si hablamos de presión, la cadena de televisión había dejado en ridículo a toda la policía y a los agentes de investigación e inteligencia relacionados con el caso, pues decían que no habían avanzado nada porque no les interesaba y creían que solo se trataba de casos aislados; la prensa hacía creer a la gente que la policía no estaba considerando la posibilidad de un asesino en serie. Nada más alejado de la realidad, pero ahora la televisión y la comunidad en general estaban en contra. No había apoyo para investigaciones ni cooperación para seguir los rastros que se pudieran tener en el futuro.

La agente Salas se encontraba revisando las cuentas bancarias de Sofía, intentando descubrir entre sus últimos movimientos de tarjeta si el asesino había extorsionado y sacado provecho monetariamente. Era una experta en encontrar patrones, en encontrar pequeñas discrepancias o situaciones irregulares, por eso le habían asignado las cuentas de banco, listas de llamadas, cuentas de correo y redes sociales para tratar de averiguar alguna situación anormal para el perfil que habían elaborado de las víctimas. Beatriz Salas, mujer de 27 años, graduada con honores de la carrera de criminología siempre había podido encontrar algo, un detalle que todos habían pasado por alto; era meticulosa, perfeccionista y observadora, y por esas mismas razones se encontraba trabajando en su caso más difícil hasta el momento. Ya había revisado bancos, redes sociales y correos sin encontrar algo. Había llamado a cada número de las listas estableciendo posibles conexiones y descartando personas. Había regresado a las cuentas bancarias esperando que el asesino fuera un avaro y su talón de Aquiles fuera el dinero. Iba ya por el último mes cuando un oficial entró a su oficina con cara de preocupación.

—Agente Salas, dejaron este paquete para usted en la comanda central, de haber sido para otra persona lo hubiéramos revisado, pero preferimos entregárselo directamente.
—Gracias oficial —sin dejar de ver el pequeño paquete que superaba apenas la palma de su mano, tomó las llaves de su auto y cortó la cinta adhesiva que unía las solapas de la caja, extrajo unos guantes de su cajón, algo a lo que había sufrido para acostumbrarse y por lo que había pasado bastantes regaños. Abrió la caja y un olor metálico inundó sus fosas nasales y rápidamente identificó que ese aroma era de sangre seca. Dentro de la caja había un trozo de papel de cuaderno rayado y un doble fondo de cartón. El papel estaba doblado en cuatro partes, y tenía escrito símbolos que reconoció como orientales, pero no sabía lo que significaban. Tomó la nota y la desdobló para leer su contenido. Era una letra descuidada, tal vez intencionalmente, escritura media en un pedazo no mayor a un cuadrado de 15 centímetros. Se sorprendió de la simplicidad de la nota, pero supo inmediatamente de quién se trataba. "Un regalo simple y delicado: una huella en un guardián es difícil ocultar, pero junto a sus iguales él debe descansar". Esto, seguido de otro símbolo, diferente al anterior, pero ella creía que era del mismo idioma.

No pudo evitar reír. ¿Cómo era posible que un asesino en serie fuera capaz de enviar frases sin sentido a la policía? ¿Sería acaso una pista o simplemente se trataba de una burla? Dejó la hoja aún lado y notó que el doble fondo de cartón tenía un espacio para poner el dedo y sacarlo sin dificultad.

—Pensó en todo —se dijo para sí. Retiró el fondo y un pequeño grito se le escapó, se tapó su boca para poder ahogarlo, pero el daño estaba hecho: todos habían volteado a su oficina que tenía los cristales transparentes; varios agentes ya corrían para tratar de ver el contenido de la caja. Daniela no podía creer lo que estaba mirando dentro, estaba en una especie de shock. Un dedo mutilado dentro de una pequeña bolsa de plástico sellada.

3 de Abril de 2019 a las 18:52 0 Reporte Insertar 2
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