Jornada Laboral Seguir historia

Javo Valderrama Javier Valderrama

Mario Ortiz trabaja en una oficina de seguros dedicada a proteger propiedades contra los ataques de los monstruos gigantes, para él, el caos y la destrucción son pan de cada día.


Ciencia ficción Todo público.

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Jornada Laboral

Eran las ocho y él tenía que trabajar. A nadie más se le ocurriría trabajar un día como ese, pero las obligaciones son yugos y él no iba a dejar su moral laboral de lado, sin importar qué tan complicado estuviese el panorama. Cruzó lo que quedaba de la calle justo después de que un carro de bomberos pasara a toda velocidad haciendo sonar sus bocinas y sirenas.

Con el maletín en la mano, gabardina para el frío y una gruesa bufanda de lana de alpaca, Mario Ortiz observó en silencio a los paramédicos que daban asistencia a los heridos en las carpas de auxilio. Tras ellos solo persistía la destrucción. Cientos de edificios derrumbados, otros miles de autos volteados, quemados, aplastados. Sirenas de emergencia aún resonaban a lo lejos. La noche había sido dura. La cotidianidad se había roto para la mayoría, pero no para él.

Miró su reloj. Ocho y siete minutos. Tendría que apurar el ritmo. Sorteó unos escombros que bloqueaban el paso y una patrulla policial que intentaba llamar al orden a una multitud embravecida. Ya estaba a unas cuadras de la oficina. Iba a llegar a tiempo.

Los teléfonos sonaban como locos. No fue el primero en llegar a la oficina de seguros que hervía en vida; Clemente estaba agitado con un teléfono en cada oreja, Mariana revisaba un informe mientras imprimía pólizas, incluso Rodó, el abogado regordete al que siempre molestaban a sus espaldas estaba allí, discutiendo con Benjamín, uno de los gerentes.

Mario se sentó en su escritorio, y sin sacarse el abrigo, cogió el teléfono inalámbrico y comenzó a trabajar. Cada vez que uno de esos monstruos gigantes aparecía por una ciudad se formaba un alboroto que duraba semanas. La reconstrucción tomaba tiempo y dinero, y ese fondo tenía que salir de un lugar, los seguros. A eso se dedicaba Mario y sus otros colegas, a reconstruir a través del papeleo. No eran héroes como los médicos, enfermeras, bomberos, rescatistas o policías, no, eran la mano que mecía la cuna. La estructura sólida y firme que sostenía el renacer de una ciudad, o eso decía él.

Mario colgó el teléfono. Prendió su computador portátil y enseguida comenzó a ingresar datos de un edificio asegurado. A medio concentrar, comenzó a recordar la aparición del primer monstruo. Lo bautizaron como Leviatán. Arrasó con media Miami, dejando miles de muertos, cientos de personas desaparecidas y miles de millones de gastos en reconstrucción. Una vez abatido comenzaron los estudios sobre su anatomía y su origen, se creó un museo e incluso una película que revivió los hechos ganó un Oscar. Los ojos se posaron en la nueva amenaza. Así nació esta compañía, y varias multinacionales más crearon aseguradoras para monstruos gigantes. Para cuando apareció el segundo monstruo ya estaban preparados, para el tercero ya tenían planes y tablas de respuesta, con el cuarto llegó la normalización. Ya habían pasado quince años desde que Mario era un chiquillo comenzando con el negocio. Quince años y veintisiete monstruos en diversas ciudades. La destrucción le había dado ganancia, trabajo estable y un matrimonio sólido.

Se dio el tiempo para tomarse un café.

El agua potable había sido restablecida temprano, la electricidad también. En cosa de semanas ya estarían las calles limpias y comenzaría la reconstrucción. Todo era rutinario.

­- Oye Mario -Clemente se asomó como un niño chismoso y prendió la televisión-. ¿Supongo que viste las noticias en la mañana?

Mario posó sus ojos en la pantalla y vio imágenes de la criatura arrasando la ciudad.

- No pudieron matar a la cosa esa. Más trabajo para nosotros.- Su felicidad era palpable. Si se mirase desde afuera, imaginando esta conversación hace quince años atrás sin el contexto actual, Clemente parecería un maniático feliz por la muerte de cientos, pero la realidad era otra. El negocio se basaba en asegurar bienes de los ataques de los monstruos, sin monstruos no había seguros. Esto comenzó a gestar a un grupo de locos que creían que los monstruos eran creados por agencias secretas de los gobiernos, en busca de mantener un sistema económico moribundo con vida.

Y quizás era así. No importaba. El dinero rige al mundo, y Mario estaba en el centro de la mina de oro. Si alguien perdía algo, los seguros lo reponían. El sentimiento de pérdida era secundario, algo con lo que el alma debía luchar. Él lo sabía, ya había perdido a varios seres queridos con los ataques de las criaturas.

- Espero que no se le ocurra aparecer por aquí otra vez, quizás en otra ciudad más abajo. Agregó con seriedad Mario mientras sorbía un poco de café.

- Behemot -Mariana se sumó a la conversación mientras se preparaba un té-. Así lo bautizaron. Están discutiendo si es hombre o mujer.

- ¿Esas cosas tendrán sexo entre sí? –Agregó Clemente, bajándole el volumen al televisor-. No creo, son todos distintos.

- ¿De dónde crees que salen, entonces? –Refutó Mariana.

- Del mar. Es lo único objetivo que sabemos. No me digas que eres de esas que cree en las teorías de conspiración.

- ¿Cómo se te ocurre? Trabajo en esto ¿o crees que me busqué una dependencia al cigarro por estrés?

Mario los dejó discutir y salió en silencio de la sala de recreo. Aún tenía mucho trabajo que atender en su jornada laboral. Se sentó en su escritorio y se rió para sus adentros al pensar en el nombre “Behemot” Era parafernálico, a los estudiosos les gustaba sonar rimbombantes. No podía negar su creatividad, con este eran veintisiete criaturas y todas tenían un nombre que resonaba en grandilocuencia.

Se despabiló y regresó a su computador.

Los demás trabajadores ya habían llegado a la oficina. No se les regañaba por el retraso, era parte del caos exterior. Muchas veces se optaba por trabajar en la casa si las condiciones eran adversas, pero no todos preferían esa opción. La casa ofrecía distracciones y días como estos eran intensos. El resto de las semanas palidecían al lado del movimiento que se vivía ahora, muchas veces no había razón alguna para presentarse, pero siempre existía una reunión con un cliente que buscaba asegurar un terreno o propiedad. Con frecuencia tenía que coordinar tasaciones, consultar con abogados o estudiar casos, pero nada se comparaba con la demanda que explotaba el día después de la aparición de un monstruo gigante.

Alejandro tocó su puerta, desconcentrando a Mario que terminaba de completar un informe. Le hizo un gesto a su secretario para que entrase. Con una sonrisa amplia, el joven encargado de decepcionar a los clientes asegurados siempre mantenía una buena actitud. Le agradaba su presencia. Tenía esa energía que hacía que todos fuesen más amables, sin importar el grado de estrés al que eran sometidos.

- Señor Ortiz, su mujer lo llamó para saber si llegará a cenar. Dice que tiene el celular apagado.

Mario sacó su teléfono móvil de su abrigo y lo conectó. Su mente solía divagar cuando trabajaba y con todo el movimiento de anoche se le olvidó cargar su teléfono. Por suerte la criatura había aparecido lejos de su hogar, pero tenía que estar preparado por si cambiaba de dirección. Mario levantó la vista, Alejandro seguía allí.

- ¿Si?

- Señor Ortiz -Alejandro parecía avergonzado-. Hay una pregunta que he tenido dese hace unas semanas, y no me he atrevido, pero usted es alguien respetuoso.

- Alejandro, no hay preguntas tontas.- La verdad era que sí las había, o eso creía Mario, pero su secretario era un hombre bueno, e iba intentar responder con la mayor seriedad posible.

- Bueno…es que, si los monstruos salen del mar ¿Por qué seguimos viviendo cerca de las costas? ¿Por qué no nos mudamos todos a ciudades montañosas?

- Es una pregunta muy frecuente y no tiene nada de tonta. Básicamente por dos razones. La primera es netamente económica, dependemos del mar por sus diversos recursos, nos entrega comida, energía, minerales, etc. La segunda es por costos. ¿Te imaginas cuánto dinero gastaríamos si nos movilizáramos todos? A pesar de la cantidad de bajas que sufrimos con cada invasión, nuestro número sigue creciendo. Somos una sociedad resiliente. -Mario puso atención en la cara de preocupación que tenía Alejandro-. ¿Por qué la pregunta? ¿Está todo bien?

- Behemot está vivo, y estaba pensando en el otro. El otro que se escapó vivo hace unos años atrás. El con tentáculos, el pulpo araña que se tragaba todo ¿Cómo se llamaba?

- ¿Te refieres a Gargantúa?

- ¡Sí! Ese mismo

- Todos dicen que se murió desangrado bajo el mar. Incluso encontraron un tentáculo a medio devorar por los tiburones una semana después. Mira, no te preocupes. No va a pasar nada…

Una sirena de emergencia comenzó a sonar a lo lejos, seguida de una más cerca, y otra aún más. Seguido de otra, y otra. Behemot había regresado.

Alejandro clavó la vista en Mario. Tenía miedo. Mariana apareció en el marco de la puerta y con apremio en la voz les indicó que debían evacuar. Todos en la oficina bajaron por las escaleras. La calle estaba atestada de personas huyendo. Aquellos que habían regresado a sus hogares en búsqueda de sus pertenencias corrían cargando lo que podían. Los policías guiaban a la multitud hacia las zonas seguras, mientras que los médicos, enfermeras y rescatistas reagrupaban su equipamiento y se preparaban para salir.

Todos comenzaron a unirse al flujo de personas. Alejandro estaba paralizado en las escaleras de ingreso al edificio.

- ¡Alejandro! –Mario se acercó a él y comenzó a tironearlo de la mano- ¡Alejandro!- Sus ojos se clavaron en él-. ¡Vamos!

Alejandro apretó la mano de Mario y juntos comenzaron a correr con el mar de evacuados. La cotidianidad y normalización de las emergencias jamás podría con algo como el miedo. Esta no era la primera evacuación de Mario, pero no podía acallar del todo ese instinto de supervivencia que lo hacía huir como conejo perseguido por cazadores.

- Tengo que ir a ver a mi esposo -Murmuraba Alejandro mientras corría, con la vista desenfocada y guiado solamente por la mano firme de su jefe.

Mario no contestó. Era claro que esta era su primera evacuación, Alejandro no era de la zona. Venía de lejos en búsqueda de oportunidades laborales. Los trabajos eran escasos y la única área capaz de generar estabilidad era la de los seguros. Alejandro comenzó a correr con más fuerza, era más joven y atlético que él.

- ¡Oye! ¡Calma! -La mano de Alejandro luchaba por soltarse, pero Mario sabía que si lo hacía, el miedo iba a tomar control de su subordinado-. ¡Alejandro!

La tierra comenzó a temblar. Behemot estaba cerca y la adrenalina golpeó con fuerza el pecho de Mario. Luchó por controlarse. Llegaron a una aglomeración de personas que buscaba abrirse paso por un puente. Lo angosto de la estructura no les permitía cruzar a todos al mismo tiempo.

- ¿Dónde está tu esposo? -Alejandro miraba enajenado intentando abrirse paso-. ¡Alejandro!

- Al otro lado de la ciudad.- Respondió secamente el frenético subordinado.

-No está en peligro. –Alejando lo miró extrañado-. El monstruo. Behemot, está aquí. Concéntrate. Escucha lo que te digo. Cálmate y mírame. Nosotros tenemos que huir de aquí. Él está bien.

Alejandro asintió y se mostró visiblemente más calmado.

- ¿Tienes seguro?

Alejandro negó con la cabeza.

En el puente comenzaron a hablar entre gritos, algo que no se podía entender. El agua se agitó y con fuerza se elevó por los cielos. Otro monstruo surgió del mar, era Gargantúa. Sus enormes patas de araña elevaron su extraño cuerpo, similar al de un pulpo, por sobre los diminutos humanos. El puente se hizo añicos y un trozo de concreto cayó sobre Alejandro, dejándolo como papilla contra el concreto.

Mario miró hacia arriba. La criatura era enorme y brillaba con el reflejo que causaba el agua en su piel en relación al sol. La tierra bajo sus pies tembló aun más fuerte, miró hacia el otro lado y pudo ver al colosal Behemot con su corona de cuernos y pelos. Estaba en medio de una pelea de la que no iba a salir vivo, y antes de cerrar sus ojos esperando lo inevitable, pensó en el pobre de Alejandro y lo tonto que fue en no haber contratado un seguro; no como él, que moriría, pero asegurado.

31 de Marzo de 2019 a las 23:52 3 Reporte Insertar 3
Fin

Conoce al autor

Javier Valderrama Estudie cine en chile, me desempeñé como guionista donde reafirmé mi pasión por escribir.

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Flavia M. Flavia M.
¡Gran historia! Es inquietante y me gusta la idea de la aseguradora como el gran negocio del momento, en medio de una ciudad que sufre destrozos todos los días. ¡Sigue así!
13 de Abril de 2019 a las 16:17

  • Javier Valderrama Javier Valderrama
    Gracias por leerlo y darte el tiempo de comentar. Espero que leas los otros cuentos y me des tu opinión. 18 de Abril de 2019 a las 14:49
~