Letargo Seguir historia

jess_yk82 Jessica

El mundo de Tayra se detiene con la muerte de su novio Alex en un fatídico accidente de coche. Todo lo que quedó por decir y por hacer cobra especial sentido con la aparición de tres extrañas personas que afirman ser ángeles y que buscan el alma de uno de los suyos, reencarnado en un humano, al que han de hallar antes de que un caído lo haga. La caótica existencia de Tayra se ve acentuada más si cabe, aunque también, gracias a ellos, es por fin capaz de encontrar una explicación a las misteriosas presencias que la llevan acechando desde hace varios meses y a las que estaba empezando a acostumbrarse. Asalian, Diorah y Deos la ponen al corriente acerca de un desorden entre mundos que provoca la posibilidad de pasar de una dimensión a otra, vidas paralelas, donde los desconocidos pueden ser amigos; los amigos, desconocidos y los muertos pueden estar vivos. Vidas diferentes, caminos distintos y otras decisiones que generan una existencia desconocida para ella. Tayra se ve obligada a poner su vida en manos de los tres. La atracción incontenible que Deos ejerce sobre ella topará de frente con su amor incondicional por Alex, arrastrándola de lleno a la Guerra Ancestral entre el bien y el mal, una batalla tan antigua como sus propios sentimientos.


Paranormal Todo público.

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"Algo que solo yo veo"

Las luces de la ciudad se distinguen en la lejanía, prendiendo el oscuro horizonte de pequeñas chispas anaranjadas. El cielo nublado no deja esta noche lugar para las estrellas ni tampoco para la luna, que ha de estar a punto de alcanzar su fase plena. Es como si todos los astros se hubiesen descolgado del firmamento, conglomerándose en la costa. El viento brama en mis oídos, arrastrando todo lo demás, llevándose lejos el sonido de las olas rompiendo en las rocas y los gritos de los jóvenes que se reúnen en este lugar para llevar a cabo cualquier locura que se les pueda pasar por la cabeza. El viejo faro se sitúa en un pequeño islote que emerge desde las profundidades del propio mar, y dejó de ejercer como tal hace ya muchísimos años, más de lo que nosotros mismos hemos vivido. Ahora está abandonado y semiderruido, pero se ha convertido en un lugar de diversión para muchos jóvenes. No queda excesivamente lejos de la costa aunque llegar nadando, al margen de ser una temeridad, se ha convertido en una moda. En verano es muy habitual ver a los muchachos de la ciudad y alrededores llegar hasta aquí para pasar el día o la noche, pero de un tiempo a esta parte, cruzar a nado la distancia que lo separa de la playa ya no es suficiente. No son pocos los que continúan viniendo a este lugar a pesar de las recomendaciones y prohibiciones para dejar de hacerlo; la Cala de Salve lo llaman. Dicen que cuando el faro funcionaba, la torre era la salvación para los navíos errantes que se perdían en las noches de tormenta. Supongo que de ahí viene su nombre. No lo sé y tampoco sé si yo esté aquí buscando algún tipo de salvación o quizás todo lo contrario. Llegué con Vika y los demás al caer la tarde, nadando, como manda el ritual. Durante algún tiempo formé parte del equipo de natación del instituto, por lo que no se me da mal cruzar la distancia que separa la costa de este lugar y tampoco se me hace excesivamente cansado. Lo que sí me está costando es decidirme a dar el salto. Llevo ya un buen rato sujeta en la barandilla, en el lado exterior del balcón y soy incapaz de soltarme. Lo han hecho ya varios antes que yo, pero algo me detiene y no creo que sea complicado saber que, simple y llanamente, es miedo. Cierro los ojos e inspiro profundamente, percibiendo en la cara la calidez de las dos antorchas que alguien ha colocado aquí arriba, impidiendo que la oscuridad lo engulla todo. También las hay abajo, el resplandor justo para distinguir las rocas y el agua rompiendo en la base del faro.

En los últimos meses me he lanzado a hacer un sinfín de locuras de las que jamás me hubiera creído capaz: tomar parte en carreras de coches, saltar entre edificios, colarme en casas ajenas, robar. No son las acciones que más orgullosa me hacen sentir en mi vida, pero son el único tipo de cosas que logran mantener mi mente cien por cien centrada en algo que impide la reproducción sistemática de mis más redundantes pensamientos.

Desde hace un año escucho, día tras día, las mismas frases en mi cabeza; visualizo las mismas caras, las mismas imágenes, desarrollo las mismas teorías, las mismas posibilidades de lo que podría haber hecho y no hice. Y es un tormento del que no encontraba forma de escapar hasta que empecé a frecuentar la pandilla de Vika. En el instituto se la considera un bicho raro, a ella, a su novio Antón y a sus amigos, que estudian en otro lugar —los que siguen haciéndolo—. Los guía una búsqueda constante del peligro, de poner a tope su adrenalina, de vivir al límite. «Vita et mors videtur specimen terminos». «La vida y la muerte me parecen límites ideales». Es su lema, el que todos se tatúan en alguna parte de su cuerpo cuando entran en su particular club, un honor que yo todavía no merezco, aunque ni siquiera sé qué deba hacer para ello.

Abro los ojos de nuevo, enfoco la base del faro y mientras un lado de mí batalla por desterrar lo que se viene a mi mente, la otra parte desea darle cabida con todas sus fuerzas. El punto de inflexión, el día en que cambió todo, la razón por la que hoy soy como soy. Se llamaba Alexander y tenía diecisiete años. Hubiéramos cumplido uno juntos tres días después de que todo ocurriese, aunque probablemente no hubiera sido el mejor aniversario. Habíamos discutido por algo que en aquel momento me pareció un mundo y hoy no es más que una solemne estupidez. Alex se pasó tres días persiguiéndome, llamándome, enviándome notas que me citaban en la vieja cancha de baloncesto. Pero lo ignoré todo. Después supe que su hermano mayor y él habían sufrido un accidente con el coche. Gabriel pudo contarlo; Alex, no. Desde entonces mi mundo se ha parado y yo me he quedado bloqueada en esa semana nefasta, en mis últimas palabras mandándolo al diablo, en su insistencia por que pudiéramos solucionar las cosas y en la estúpida forma en la que lo envié todo al traste. Ahora no puedo evitar pensar que si lo hubiera escuchado, si hubiera accedido a hablar con él, si no hubiese sido tan testaruda, tal vez él estaría vivo. A veces creo que es un pensamiento estúpido, pero no puedo evitar crear mil alternativas que no le hubieran llevado hasta allí. Sin embargo, lo cierto es que no puedo cambiar la realidad y por tanto, necesito adaptarla a una forma en la que todo sea más soportable. Quiero que la chica sensata, madura y responsable que siempre fui desaparezca en favor de la chalada que soy ahora, la irresponsable, aquella a la que nada le importa ni le preocupa; quiero que la cautela deje paso a la locura; que la precaución ceda en favor del peligro y que la Tayra que pensaba mil veces las cosas antes de atreverse a dar un paso, se lance de cabeza a lo que venga sin plantearse lo más mínimo las consecuencias. Esa es la razón por la que en los últimos meses dejé de lado mis amistades, mis costumbres, mi mundo y todo aquello que me recuerde lo más mínimo a mi anterior vida, a mi vida con Alex.

Vuelvo a abrir los ojos y la vertiginosa caída sigue llamándome para que, simplemente, abra los dedos, que se aferran a la barandilla con toda la fuerza que me ha faltado en este tiempo. O son los chicos los que claman por que me deje de titubeos y salte. Es lo que hacen ellos y lo que esperan de mí, la razón por la que me aceptaron, pese a los recelos iniciales de muchos de los amigos de Vika. Ni siquiera tengo claro por qué ella trató de convencerlos para que me dieran una oportunidad y lo único que se me ocurre es que, de alguna manera, la propia Vika tenía un feeling especial con Alex. Los vi hablar muy pocas veces, pero solía coincidir con aquellas ocasiones en las que en el sombrío semblante de ella se prendía una sonrisa; tiempo atrás llegué a pensar que Alex le gustaba; Alex le gustaba a todas las chicas del instituto y de hecho, durante todo el tiempo que duró lo nuestro fui incapaz de dejar de preguntarme por qué yo; por qué me escogió a mí. La idea era un tormento que derivaba en exponer mi interminable cantidad de defectos frente a las exultantes virtudes de las demás chicas, así que poco a poco fui dejando de preguntarme la razón por la que estaba a mi lado, fui dedicándome a disfrutarlo y a restarle importancia a lo que fuese que unía a Alex y Vika.

—¡Salta ya!

Las voces llegan amortiguadas desde ahí abajo y el bramido del viento lo dificulta más aún, pero sé que me apremian a que lo haga de una vez. Yo sigo sintiendo el corazón en la garganta y estoy a punto de echarlo por la boca cuando escucho más risotadas y gritos justo por detrás de mí. Me aparto azorada, aferrándome con más fuerza a la barandilla del balcón, mientras más muchachos llegan hasta aquí, alborotados, gritando y riendo. No los conozco, por lo que sé que no han venido con nosotros, pero están tan decididos como mi nueva pandilla a «volar». El primero en cruzar al otro lado de la barandilla es un chico moreno de aspecto delgaducho y cuerpo huesudo; se santigua y salta sin pensárselo. Los vítores no tardan en estallar a mi lado y a continuación, sin mayor dilación, lo sigue una chica; tiene el pelo largo y ondulado, de un rubio ceniza que parece más oscuro aún al llevarlo mojado. Se vuelve por un momento, le da un beso en la boca a un chico y se deja caer entre más aplausos. No sé si admiro su determinación o compadezco su locura. Supongo que hago lo segundo aunque pugno por acabar haciendo lo primero. Ahora es el turno del chico al que la anterior saltadora besó y mientras se lleva a cabo el ritual de vítores, aplausos y demás payasadas, mis ojos se encuentran con la mirada de Daniel Walcott, el hermano pequeño de Alex. Tiene dieciséis años y aunque siempre nos habíamos llevado genial, desde la muerte de su hermano, todo cambió radicalmente. No habíamos vuelto a hablar, pero en cada mirada suya detecté el más nítido odio. La razón es tan sencilla como comprensible: en el absurdo y necesario intento de desterrar el recuerdo de Alex para que no acabase consumiéndome, empezó a importarme poco enredarme con chicos a los que ni siquiera conocía. Da igual que no espere nada de ellos, que no tengan nada que ofrecerme. Lo único que busco es parecerme lo menos posible a quien era antes, crear la realidad de que Tayra se fue con Alex y de que aquí solo queda una estúpida que no tiene nada que ver ni con él ni con ella. Pero su hermano lo ve así: para él solo soy una fresca que no le ha guardado la más mínima consideración a Alex, la que no ha necesitado tiempo para buscar algo parecido a un sustituto o varios y aunque la verdad sea lo más alejado posible a eso, puedo entender que es lo que él haya percibido porque es lo que yo he querido proyectar. Lo cierto es que en la espiral de locura y autodestrucción en la que me estoy colando, hay días en los que soy capaz de verlo todo con claridad y sentirme la mayor basura del mundo.

Dani lleva unos vaqueros y una camiseta blanca, y su pelo, más oscuro que el de Alex, está mojado. Verlo me resulta enormemente doloroso, no ya por la opinión que él pueda tener de mí, sino por el parecido que guarda con su difunto hermano. Sus mismos ojos rasgados aunque de un azul más oscuro; su misma nariz pequeña, sus misma boca. Se acerca y apoya sus manos en la barandilla mientras observa el vacío que apenas se distingue con la poca luz que hay.

—¡Vaya sorpresa! —exclama—. No esperaba encontrarte aquí, aunque tampoco puedo decir que me disguste.

Le miro sin saber qué decir; no esperaba que viniera a hablar conmigo y siento que el nudo que tenía en el estómago hace un momento ante la tesitura de tener que saltar desde una altura temeraria, se acentúa ante el hecho de aguantarle la mirada. Es mucho peor.

—La posibilidad de que acabes estampada contra las rocas me pone, pero claro, para eso tendrás que tener las agallas de saltar, ¿no?

—¿Qué estás haciendo tú aquí? —Es lo único que consigo preguntar.

—Asistir a tu final. Espero.

—Dani, corta el rollo.

Me mira y aunque sé que soy yo la que se ha labrado la imagen que todo el mundo tiene de mí, algo en mi interior tiene la necesidad de explicarle que las cosas no son lo que parecen, que mis estúpidos líos con chicos cuyos nombres ni siquiera recuerdo, son una forma ridícula de intentar que el recuerdo de su hermano no me ancle al fondo de una vida de la que sea incapaz de salir. Pero tengo claro que jamás he querido a nadie como a él, que es el único chico del que he estado enamorada y dudo mucho que vaya a volver a estarlo; ni siquiera lo intento. No quiero.

—¿Qué? —pregunta él—. ¿No vas a añadir nada más?

De pronto noto que me tiemblan las piernas y las palmas de mis manos empiezan a sudar. Me sujeta del brazo con fuerza.

—¿Por qué no saltas?

Trato de apartarme y sujetarme de nuevo, pero noto en su agarre el ansia por verme, tal y como él mismo dijo, estrellada en las rocas que forman la base del faro. Es evidente que daría cualquier cosa por que yo ocupase el lugar de su hermano y aunque ahora mismo nos aleje un abismo, es un pensamiento común entre él y yo. Pero ahora es el miedo el que me domina y mientras él sigue guiado por esa necesidad, yo solo quiero cruzar al otro lado de la barandilla y largarme de aquí.

—Suéltame —murmuro.

—¿No te atreves? ¿Qué estás haciendo, entonces? Ellos tienen las ideas claras y no les tiembla el pulso. —Señala con la cabeza hacia abajo, a los muchachos que han saltado ya dese lo alto del faro. De hecho, solo queda un chico que nos mira con el ceño fruncido y se encoge de hombros antes de seguir a los demás—. Tú eres una maldita cobarde que ni siquiera sabe lo que quiere. Si no te atreves a saltar de aquí, baja, échate al agua y vuelve a la ciudad; con un poco de suerte te atrape una corriente y tu muerte sea algo mucho peor que un impacto seco y rápido.

Mientras me escupe todas aquellas palabras, sigue sujetándome y yo noto la sangre contenida en mi brazo, incapaz de seguir circulando ante la fuerza con la que me agarra. Doy un traspié y acabo situada frente a él, tratando de cruzar al otro lado, aferrándome a Dani, pero es evidente que no está por la labor de ser mi agarre. Es un año menor que yo, pero más alto. Detengo aquella especie de forcejeo cuando reparo en la figura de alguien más; creí que ya habían saltado todos, pero aún queda una chica. Me quedo helada cuando da un paso al frente y logro distinguirla al resplandor del fuego que chisporrotea aquí arriba. Tiene sangre en la cara, una herida que mana de su sien, la ropa destripada y los brazos llenos de arañazos.

—¿Qué te ha pasado? —pregunto, asustada.

Dani se vuelve desviando su mirada hacia el lugar exacto desde el que ha aparecido aquella joven. Luego me observa de nuevo y creo detectar un cambio en la expresión de su semblante. Ha dejado de hacer fuerza y yo logro pasar una pierna hacia el lado seguro del balcón. Él se aparta un poco.

—¿Estás bien? —Camino hacia la muchacha y coloco una mano sobre su hombro; está helada—. ¿Te has hecho daño saltando? —Saco el móvil del bolsillo—. Pediré ayuda, no te preocupes. ¿Cómo te llamas?

Dani sigue mirándome, inmóvil y totalmente en silencio. Ni siquiera he tenido tiempo de marcar cuando la chica avanza hacia mí, arrastrándome y me empuja al vacío. Pierdo el teléfono móvil de la mano y solo puedo percibir la angustiosa sensación de mi estómago encogiéndose y saliéndoseme por la boca mientras el viento frío me golpea en la espalda y mi grito muere sin llegar a salir. Luego, un impacto fuerte que me sumerge en la gelidez del agua; lo veo todo oscuro a mi alrededor y siento la falta de aire en mis pulmones. Trato de patalear, de buscar en vano una salida con las manos, pero solo encuentro frío, vacío, nada. Hasta que alguien tira de mí hacia arriba y me encuentro en la superficie. El novio de Vika me arrastra sujetándome de la camisa hasta que soy capaz de agarrarme por mí misma a una roca. Mientras él trepa por ella y se sienta detrás de su novia, yo toso durante unos segundos, en los que trato de recuperar la respiración.

—¡Bien! —exclama Vika—. Tu salto va a costarme una cena, pero ha merecido la pena. Di por sentado que no te atreverías, pero estoy empezando a alegrarme de haber confiado en ti.

Me tiende la mano y aunque vacilo al principio, la acepto y salgo del agua helada, tiritando y con la ropa pegada al cuerpo. Alguien me pasa una toalla y me envuelvo en ella, incapaz, si quiera, de alzar la mirada y de quitarme de la cabeza la imagen de aquella chica ensangrentada.

*****

El sol empieza a asomar en el horizonte, tiñendo el cielo de un tono malva que batalla en victorioso duelo con la oscuridad de la noche. Si las estrellas sucumbieron a la prisión de nubes en que las encerró el firmamento, el sol lanza una advertencia de imbatibilidad. El cielo está prácticamente despejado, aunque el frío ha arreciado, propiciando que, aunque haya logrado secarme, no haya podido dejar de tiritar. Miro a mi alrededor y me sorprende ver a algunos chicos durmiendo entre las rocas que conforman la base del faro. La mayoría lo hacen en el interior de la torre, al abrigo de sus frías paredes, pero yo no he conseguido pegar ojo, ni dentro ni fuera. A las pesadillas que me atormentan de un tiempo a esta parte, se ha sumado lo vivido la noche anterior: el encuentro con Dani, sus palabras, el forcejeo, la chica herida, la caída. De no haber sido por lo tarde que era, habría regresado a casa, pues al mar de tormentosas sensaciones que ya me embarga normalmente, se sumaron anoche algunas más: me siento confundida por todo, dolida con Dani y culpable porque no he dicho nada a nadie de lo vivido allí arriba; porque si hay una chica herida en este lugar no he abierto la boca para que alguien llame y pida auxilio. Ni siquiera sé dónde puede estar, pero nadie parece echarla en falta. No vino con nosotros, de eso estoy segura, pero tampoco los otros muchachos, aquellos con los que Dani debió de llegar, han mencionado nada al respecto. ¿Y si vino sola? Resoplo, saturada por las mil ideas que surcan mi mente, a cuál más nefasta. Vuelvo la cabeza al escuchar unos pasos y reparo en la figura del hermano de Alex. No había vuelto a verlo desde anoche y de hecho él hace como si no me viera; lleva los mismos vaqueros y una sudadera negra cuya capucha cubre su cabeza castaña. Mantiene las manos en los bolsillos y la mirada, perdida en el horizonte. Está descalzo. Me incorporo y me debato entre la necesidad de ir a hablar con él y la de huir de él. Pero ante la disyuntiva me encuentro caminando hacia el lugar en el que se encuentra. ¿Cómo voy a ignorar el asunto?

Estoy a su lado, ha de ser consciente de mi presencia, pero no me dice nada.

—¿Dónde está? —pregunto sin apenas voz.

Ahora sí se vuelve y me observa. Supongo que acaba de despertarse y ni siquiera ha tenido tiempo de recopilar en la mirada todo el odio que me dirigía la noche anterior.

—Lárgate.

—Esa chica estaba herida.

—Lár-ga-te —repite.

—Dani, esto no es algo entre tú yo. Me odias y lo asumo; probablemente lo merezca, pero te estoy hablando de una chica que...

—¿De qué maldita chica me estás hablando? —exclama, alterado.

Lo miro en silencio, confundida. ¿Me toma el pelo?

—La chica que había anoche allí arriba, estaba herida. Tenía sangre en la cara y en los brazos, la viste igual que yo. ¿Quién es?

Sonríe y niega con la cabeza.

—¿Además de zorra, majareta? No tengo ni la más remota idea de quién estás hablando. Allí arriba solo estábamos tú y yo, aunque empezases a parlotear sola.

—¿Qué estás diciendo? Tuviste que verla igual que yo. Me empujó, Dani.

—Fui yo quien te empujó, maldita loca —grita y algunos chicos se despiertan.

Soy incapaz de responder. No puede ser cierto, no la imaginé. La toqué, estaba helada y él ni siquiera se había movido cuando ella se abalanzó sobre mí. Fue ella quien me hizo caer y no él.

Niego con la cabeza, pero Dani se me acerca tanto que me cohíbe y guardo silencio.

—Estás rematadamente loca —me susurra. Después camina despacio hasta perderse en el interior de la torre.

—¡Dani! —Ni siquiera se detiene. Dice que él me empujó, pero, aunque sea tal vez producto de un pensamiento traidor, quiero pensar que me ayudaba para no caer. Sin embargo, por estúpido que parezca, instaura en mi cabeza la duda. ¿Me lo imaginé? ¿Fue realmente él quien me hizo caer? Alzo la mirada hacia lo alto del faro, pero ahora solo veo la barandilla a la que estuve aferrada durante minutos, incapaz de dar un salto al que finalmente mi vi abocada, no por mi propia voluntad y juraría que tampoco por la de Dani por muchas ganas que él tuviera de hacerlo.

*****

El sol se alza ya mucho más alto y percibo el calor que irradia, aunque ni siquiera sus rayos son capaces de desprenderme de la sensación de frío que me cala hasta los huesos. He logrado dar con mi teléfono móvil o lo que queda de él; lo perdí al caer desde el faro y no puedo evitar estremecerme pensando que si yo fui a parar al agua, este viejo trasto cayó sobre la roca. Podía haber sido yo. Y hubiera sido el final de muchas cosas, pero también el principio de otras: el calvario de mi padres, de mi abuela, de mi hermano. Vivo con estos dos últimos, pues mis padres pensaron que un cambio de aires podría irme bien, ya que la desgracia por el accidente de Alex venía a sumarse a la de su divorcio y mi casa se convertía, por momentos, en una olla a presión de la que a mi hermano y a mí nos permitieron escapar. Mi madre vive en la misma ciudad, pero en la otra punta; mi padre, en otra urbe, y si todas las modificaciones en mi actitud tenían por objeto desterrar todo lo que era mi vida anterior, el cambio de domicilio también ayuda. Lo único que mantengo intacto es el instituto. Las cosas ya eran suficientemente complicadas como para arrancar de cero también en eso, y Richard y Madeleine, mis padres, concluyeron que haber de adaptarme a un nuevo centro y ponerme al día en mitad del curso escolar me haría un flaco favor, de modo que sigo estudiando en el mismo lugar en el que lo hacía cuando Alex vivía y así será, al menos, hasta que termine el curso. Esa es la razón por la que detesto estar allí, por la que me salto clases continuamente, aunque menos de las que quisiera, pues mi abuela ha extremado el control sobre mí en los últimos meses. A veces me sorprende la extrema madurez con la que mi hermano, de tan solo quince años, sobrelleva toda esta situación, sin duda alguna de mejor forma que yo. Él se lleva muy bien con mi abuela, así que tampoco es que vaya a recordar esta temporada como la más terrible de su vida por el hecho de vivir en su casa. Yo también me había llevado bien con ella hasta ahora, pero su férreo control y mi desmotivación por todo, han crispado ligeramente nuestro trato. Cuando llegue a casa estará furiosa. He vuelto a pasar la noche fuera y no la he avisado; para más inri he venido hasta este lugar que ella me tiene terminantemente prohibido, aunque ese es un detalle que no conocerá.

Si anoche fui testigo de todos los chicos que se lanzaron desde el faro mientras a mí me entraban las dudas, ahora lo soy de su marcha hacia la costa, que se visualiza en la lejanía. En esta ocasión no me para el miedo, pero suele costarme arrancar a hacer cualquier cosa. Noto una mano sobre mi hombro y reparo en que se trata de Vika.

—¿Lista para volver a casa? —Asiento—. Oye, no has dicho una palabra en toda la noche, ¿estás bien?

Inspiro profundamente y observo a Vika; es una chica extraña o quizás la extraña sea yo y todo el mundo me parezca fuera de lugar. Lleva un aro en la nariz y su pelo, de un rojo chillón, no llega a tocarle en el hombro. Suele vestir siempre de negro, algo que contrasta con su piel pálida, y tiene unos enormes tatuajes en los brazos, al igual que su novio, que es aún más llamativo que ella. Sus tatuajes se extienden hasta su cuello y sus ojos, de un negro penetrante, se ocultan bajo los largos mechones de su pelo, también negro. Daría miedo si no fuera la pareja de una chica a la que conozco desde los cinco años, a pesar del poco trato que hemos mantenido siempre.

Observo a un grupo de chicos desconocidos, que se lanzan al agua también y empiezan a nadar.

—¿Quiénes son? —pregunto.

—Ni idea —responde ella—. Hay algunos chicos del instituto, pero no conozco a la mayoría. ¡En fin! Por desgracia el faro no es propiedad privada para nosotros y tampoco ha estado mal la noche. Admito que tenía dudas contigo, Tayra, pero empiezo a alegrarme de haber permitido que te convirtieras en una de las nuestras.

Asiento y es entonces cuando veo a Dani dirigirse hacia el agua.
Vika se aparta para volver con los demás y yo camino hacia él.

—Dani —lo llamo. Él se despoja de su sudadera y se la ata a la cintura ante las risitas y codazos de sus amigos al verme llegar. —. Quiero hablar contigo.

Cierra los ojos mientras espira una amplia bocanada de aire.

—Déjame en paz, ¿de acuerdo? No quiero que vuelvas a dirigirme la palabra en tu jodida vida.

—Eres un maldito terco.

Sus amigos hacen más audibles las risas. Él se vuelve y se acerca a mí.

—Y tú, una zorra.

Tal vez algo en mi interior me empuje a defenderme de manera instintiva, pero ni siquiera soy consciente de mis actos al responderle sonriendo de manera desafiante.

—Eso ya lo has dicho, eres muy poco original.

—Es lo único que me sale cuando te veo.

—Antes no te sucedía.

—Antes fingías muy bien.

—Nunca fingí querer a tu hermano.

—Lávate la boca para hablar de él y no lo hagas cuando la has paseado por la de tantos otros.

Le doy un sonoro bofetón y al instante me arrepiento. Solo yo conozco mis sentimientos y mis intenciones, los más sinceros y verdaderos, mi amargura interior, la lástima que en ocasiones despierto hacia mí misma, pero lo que él ve es lo que está describiendo, lo que yo quiero proyectar. No puedo culparlo por pensar lo que piensa o por decir lo que dice.

El motor de una lancha acercándose interrumpe la tensión generada y posiblemente sea la única razón por la que no me devuelve el guantazo, aunque si ya mantenía el corazón encogido tras lo sucedido con Dani, la llegada de Gabriel no facilita las cosas; es el hermano mayor de Dani y Alex. Son tres. Eran tres. Cuando detiene allí la lancha, salta hacia las rocas y sujeta a su hermano por el brazo.

—Sube ahí ahora mismo —le ordena. Los ojos de Dani siguen ardiendo en ira, pero se zafa con un gesto brusco y obedece sin rechistar. Sus cuatro amigos lo siguen, ya sin reír, y se unen a él y al chico que ha llegado con Gabriel, amigo suyo, supongo. Si topar con Dani en este lugar me impactó sobremanera, hacerlo con Gabriel ve multiplicada la sensación; porque es su hermano mayor, porque si un niño como Dani se ha dado cuenta de las cosas, él ha de ser más consciente todavía y porque no creo que lo que ambos piensan haya de diferir demasiado.

Gabriel me mira mientras se aparta el pelo de la cara; el viento sopla aún con fuerza aunque en menor medida de lo que lo hacía la noche anterior y no tan frío. Él se parece más a Alex que Dani y verlo me resulta especialmente doloroso, aunque en este caso la razón es otra: son pensamientos irracionales, ilógicos y que me hacen sentir vergüenza de mí misma, pero en Gabriel veo a la última persona que lo vio con vida, al que respiró su mismo aire, al que lo llevó en el coche en el que murió. Gabriel es mayor —tiene diecinueve años— y ya no estudia en el instituto, pero solía verlo todos los viernes por la tarde cuando los muchachos jugaban a fútbol en el campo que hay tras la biblioteca. Alex solía decir que prefería enfrentarse a él a tenerlo en su mismo equipo; el fútbol no es lo suyo.

—¿Qué estás haciendo tú aquí? —me pregunta.

Trago saliva y soy incapaz de responder.

—Yo... —balbuceo como una idiota.

—¿Qué os pasa a todos con este maldito sitio?¿También necesitas tirarte de ahí para demostrar algo?

—No es eso.

—¿Entonces qué es? ¿Desde cuándo haces estas estupideces, Tayra? No tienes nada que ver con esta gente, arriesgan sus vidas por nada, por pura diversión. Y yo estoy hablando con la misma persona que advertía a mi hermano cuando abría una lata para que no se cortase.

Me tenso como una cuerda; escuchar la mención de Alex en boca de Gabriel ha logrado ese efecto aunque no estoy segura del porqué.

—Sube a la lancha, te llevo a casa.

—No. —Había dado media vuelta, pero Gabriel se detiene y me mira—. No creo que sea una buena idea. Prefiero volver con Vika y los demás.

Me dedica una larga mirada y si por un lado me gustaría saber qué esta pensando, por otro agradezco no tener la más remota idea.

—Supongo que el hecho de volver nadando es lo menos grave en todo esto. Ten cuidado.

Regresa a la lancha y no tarda en perderse rumbo a la ciudad. No ha sido tan claro o directo como Dani, pero sí ha estado seco, tirante. Me odia tanto como su hermano, a pesar de que también con él la relación fue siempre de lo más cordial y cómplice. Pero también eso ha de ser normal.

*****

Abro el grifo de la ducha y me quito la camiseta, el pantalón; apoyo mis manos sobre el lavabo mientras espero a que el agua caliente llegue. Me miro al espejo y prácticamente no me reconozco. Mi larga melena castaña lleva una semana prisionera en una trenza que ni siquiera lo parece; he perdido el color en las mejillas y unas oscuras ojeras surcan la parte inferior de unos ojos, cuyo color y expresión muchos habían elogiado. Son verdes o lo eran. Están apagados, tristes y cansados de llorar. Cuando veo el vaho saliendo de la ducha, me quito la ropa interior y entro, dando un respingo al percibir que el agua está demasiado caliente; la regulo y apoyo mis manos en la pared. Cierro los ojos y dejo que el chorro resbale sobre mi cabeza, sobre mi piel. Siento como si me cubriese una capa de algo que me ahoga y fuera incapaz de desprenderme de ella.

*****

Cuando llego a la cocina, encuentro a mi hermano sumido en sus propios pensamientos, nervioso porque llega tarde al colegio y debe esperar a que yo lo lleve. No deja de sorprenderme el sentido de la responsabilidad en un chico de apenas quince años, pero la autoexigencia de Sean consigo mismo es, a veces, exasperante. La falta de puntualidad le hace adquirir esa actitud nerviosa de la que hace gala ahora; coloca las cosas sobre la mesa casi con una obsesión milimétrica: los cubiertos, los lápices durante el estudio, el ángulo del portátil al abrirlo. Pero si su flema ha sido siempre algo contrapuesto a mí, ahora esto se acentúa más.

Me siento con despreocupación y me sirvo un vaso de leche con cereales. Aún tengo el pelo mojado y he sustituido mi atuendo por una camisa de cuadros y unos vaqueros, que también están rotos. Sean me perfora con la mirada y no puedo evitar sentirme inquieta.

—¿Qué demonios estás mirando? —le pregunto.

—¿Vas a darte un poco de prisa? Debo presentar el proyecto a primera hora y ya llego tarde.

Me echo hacia atrás en la silla.

—Si tenías tanta prisa podías haberte levantado antes y tomar el autobús.

—No me gusta ir en el autobús. Los chicos van todo el trayecto haciendo estupideces.

—Tienes quince años, Sean. Hacer estupideces es lo normal.

—¿Y me va a durar tanto como a ti? Tienes diecisiete y no dejas de hacerlas.

Eso ha sido un golpe bajo y lo sabe, pero supongo que busca la forma de que reaccione. Sean se cruza de brazos y desvía la mirada. Yo sigo observándolo y sé perfectamente lo que está pensando: «Si papá y mamá estuvieran aquí, las cosas no serían así, tú no serías así». Lo ha dicho mil veces y aunque mi abuela suele reñirle cuando lo hace, en parte, sé que tiene razón. Mis padres llevan poco más de un año y medio separados y él se marchó a vivir a Glosburg, donde le ofrecían un gran trabajo, un gran sueldo, un gran puesto. Supongo que ni lo dudó.

—Sé que anoche estuviste en la Cala —dice Sean.

Dejo de masticar y lo miro.

—¿Quién te lo ha dicho? —pregunto.

—Conocemos a demasiadas personas en común; entiendo que se lo ocultes a la abuela, pero no me digas que pretendías que yo no me enterase.

—Me resulta indiferente que tú te enteres, no te debo ninguna explicación.

—No, pero si yo me fuera de la lengua tú invertirías mucho tiempo en estar aquí encerrada. Puede que incluso la abuela te enviase de nuevo con mamá. Tal vez es lo que debiera hacer.

Me pongo en pie, pues prefiero no darle más pie a esta conversación. Hace tiempo que la situación de mis padres dejó de ser un problema o al menos, uno prioritario. Lo último que necesito es que vuelva a serlo. Por otro lado, conozco demasiado bien a mi hermano. No dirá nada.

—Vayámonos —digo al fin.

Lanzo la mochila al asiento trasero de mi coche negro e introduzco la llave en el contacto. Cuando Sean sube en el asiento del copiloto, iniciamos el trayecto hacia el instituto, para el que haré escala en la escuela donde él estudia. El recorrido no nos llevará más de un cuarto de hora, especialmente teniendo en cuenta la velocidad a la que circulo, hecho que —lo admito— me ha ocasionado ya más de un problema con la justicia. Viajamos escuchando lo que Sean califica siempre de «música estridente», que suena a través de los altavoces del coche. Cree que la tengo a un volumen demasiado alto, aunque él lo combate escuchando su propia música a través del mp3 que siempre suele llevar consigo.

Hemos cubierto poco menos de la mitad del recorrido cuando de pronto doy un fuerte volantazo y el coche, que ya ha sobrepasado el semáforo que regulaba el cruce, queda a poca distancia de otro vehículo blanco, cuyo conductor me profiere una serie de improperios al tiempo que gesticula airadamente. Pero no lo escucho. Bajo rápidamente y busco con desesperación el cuerpo del hombre que acaba de aparecer repentinamente frente a mí. No hay nadie. Estoy segura de que lo he visto y aunque no noté el impacto de su cuerpo contra la chapa del vehículo, no puede haber evitado el atropello. Me aparto el pelo hacia atrás con las dos manos y tras asegurarme de nuevo de que no hay nadie tendido en el suelo, vuelvo a introducirme en el coche. Miro a mi hermano y lo veo totalmente blanco, con el rostro desencajado y la mirada llorosa.

—¡Eh! ¿Estás bien? No ha sido nada…¿vale? —digo únicamente. Él asiente con poca convicción.

Cierro los ojos, angustiada y echo mi cabeza hacia atrás. Detesto detenerme en este semáforo, el tercero de la calle Whiteford, que colinda en perpendicular con el viejo parque de Southdoor. En este nefasto cruce ocurrió todo hace escasamente un año. Detenerme aquí y aguardar los interminables minutos que la luz roja tarda en dejar paso a la verde, me hunde en esa maraña de pensamientos e ideas que trato de evitar cada día; pero aquí es imposible. Sin embargo hoy no ha sido nada de eso lo que ha provocado esta situación; iba a atropellar a un hombre y estoy completamente segura de eso.

El claxon de los coches que llegan tras mí, junto al leve zarandeo de un todavía asustado Sean, me sacan de mis pensamientos. Retomo la marcha y en pocos minutos hemos llegado al colegio, ya vacío de niños que esperan para entrar. Mi hermano sale del coche y camina volviéndose un par de veces hasta la cristalera, a través de la cual su espigada figura se pierde. Suspiro. No siempre he sido así de distante e incluso indiferente con él. Antes le había dedicado gran cantidad de tiempo para mil cosas diferentes: patinar juntos, montar en bicicleta o simplemente estar con él mientras nuestros padres viajaban, trabajaban o disfrutaban de una merecida noche de cena romántica en algún restaurante de la ciudad. Pero la muerte de Alex me ha transformado y ya no tengo a nadie aquí para advertirme sobre lo estúpida que estoy siendo conmigo misma ni lo egoísta que estoy siendo con mi familia. Soy consciente de que mi personalidad ha dado un cambio radical y siento que nada me importa en absoluto. El propio Alex me había dicho, en mis momentos más bajos, que la vida funcionaba así, que ofrecía momentos buenos y momentos malos y que cuando uno ya había tocado fondo, solo quedaba ir hacia arriba, pero yo sé que ningún buen momento será capaz de compensar este vacío, que empieza a ser ya demasiado grande.

*****

Las clases se me han hecho hoy especialmente insoportables. Trato de centrarme en los estudios, pues son una forma menos estúpida y temeraria de mantener mi mente ocupada, pero soy incapaz de fijar mi atención en las palabras de los profesores. Mi mente se dispersa rápidamente y en mi cabeza se zarandean mil pensamientos que acaban siempre derivando en los mismos. Hoy, sin embargo, no puedo dejar de darle vueltas a lo sucedido con ese hombre; era tan real que estuve a punto de causar un accidente con mi hermano y la situación es tan alarmantemente parecida a lo que debió sucederles a Gabriel y Alex que no puedo evitar preocuparme. ¿Es posible que mi mente esté recreando la misma situación y que de algún modo yo esté tratando de seguirlo? En los peores momentos, la posibilidad de ir tras Alexander ha redundando por mi mente con insistencia, pero el hecho de que algo en mi subconsciente esté causando todo esto para convertirlo en una realidad, me asusta porque no siempre voy sola en el coche y lo que tengo claro es que cada vez que pienso que quiero morirme, es sola; no arrastrando a Sean, a mi abuela o a cualquier otro.

Cuando todo ocurrió mi madre quiso llevarme a ver a una psicóloga amiga suya, pensó que me ayudaría a sobrellevar esto, pero me negué en redondo. Si supiera todo lo que me está pasando en los últimos días, tal vez optase por un psiquiatra. Despierto de mis pensamientos cuando percibo que todos en clase me miran, incluido el profesor.

—¿Tayra? —insiste.

—Lo siento, no estaba escuchando.

Me dedica una larga mirada y no me dice nada; después retoma su explicación y todo esto es mucho peor porque sé que ahora guardará silencio, que no me castigará, pero hablará directamente con el psicólogo del instituto y tarde o temprano esto llegará a mi madre. A ella suelo verla una vez a la semana, siempre que su trabajo se lo permite.

El timbre que indica el final de la mañana viene a mi rescate; solo me quedan un par de horas tras el almuerzo y aún no tengo claro si las llevaré a cabo o no, pero ahora necesito aire fresco. Sorteo a la gente en los pasillos, abarrotados entre clase y clase, y llego hasta la puerta, donde me sale al paso Samuel, mi último y flamante lío.

—¿Vas a alguna parte? —me pregunta—. Aún queda lengua. Podemos practicar en algún sitio. Ya sabes, acabar lo que empezamos el otro día.

—No, gracias.

No le doy tiempo a responder ni presto atención a lo que dice porque mientras yo me alejo él profiere algunas palabras que prefiero no distinguir. No quiero estar sola en este momento, pero tampoco con él, pues si lo miro a la cara sé que veré a Dani y Gabriel todo el tiempo, acusándome de no estar respetando a Alex y si empiezo a pensar ya en este último, me sentiré la mayor basura del planeta, así que de forma inconsciente me acerco a Vika, que permanece sentada sobre el regazo de su novio, mientras los dos amigos de este fuman un cigarrillo.

Como es costumbre, se han sentado en el rincón más recóndito del amplio patio del instituto. Y yo voy con ellos, aunque tardan en percatarse de mi presencia. En esos largos ratos que transcurren antes de que me dirijan la palabra, mostrando así lo insignificante que soy para ellos, me da por pensar por qué me empecino en encajar entre esta gente; hasta que empiezo a mirar al resto y me doy cuenta de que tampoco tengo ya nada que ver con ellos, así que... ¿qué importa Vika o cualquier otro? Además, de alguna extraña manera ellos se las ingenian para mantener su agenda ocupada durante todo el día, así que... más formas de no pensar. Me fumo un cigarrillo mientras sonrío ante los comentarios de mis «amigos». No estoy prestando atención a lo que dicen, pero tampoco es algo que realmente me importe.

—¡Eh! —De pronto, Vika se incorpora y camina unos pocos pasos. Todos desviamos nuestra mirada hacia aquella a la que ha llamado—. ¡Ángela, ven aquí!

Ángela Swan llega hasta aquí. De aspecto delgaducho y cabello repeinado, la mira con cierto temor. Lleva una gruesa camisa de color salmón, demasiado recia para el clima de hoy y una larga falda marrón. Sobre su nariz aguileña descansan unas finas gafas sin montura.

—¡Vamos, ven aquí, quiero decirte algo! —insiste Vika.

Las risitas de los dos amigos de Antón, cuyos nombres olvido continuamente, evidencian que se están preparando para atormentar a aquella muchacha. Angie se acerca con una sonrisa nerviosa y jugueteando con los dedos, que aferran con fuerza un llavero cargado con una ingente cantidad de llaves. Debe de llevar incluso las del cielo y el infierno. Cuando al fin llega hasta aquí, Vika le echa el brazo por encima.

—¿Qué tal va eso, Angie? —le dice.

—Bien… estoy bien, Vika, gracias. Chicos…

—¿Qué tal? —interviene Antón.

Lanzo mi cigarrillo al suelo y lo piso mientras me echo hacia atrás en mi asiento, apoyando los codos en la mesa de piedra sobre la que los demás están sentados. Entonces miro con lástima a la pobre Ángela. No me gusta la acentuada necesidad de los chicos por martirizar continuamente a unos y otros, pero tampoco es algo que me importe en exceso. Suficiente tengo ya con mi propia desgracia como para pararme a compadecerme por las de los demás.

—¿No tienes calor con esta camisa? —pregunta Vika, mientras se la desabrocha y le hace un nudo por encima del ombligo—. Así está mucho mejor, aún no hace tanto frío.

Los amigos de Antón ríen escandalosamente.

Vika extrae una pequeña navaja de su bolsillo y se la muestra a una asustada Angie.

—Vika… —murmuro, en un tono apenas audible.

Su novio me mira de una forma en la que consigue ponerme nerviosa. No me gusta.

—No te preocupes —me dice.

—¿Tienes miedo, Angie? —pregunta Vika, en tono jocoso.

Angie parece retener un evidente temblor. Empieza a sudar de forma visible y el manojo de llaves se le cae al suelo.

—No… no… no tengo…

—No debes tenerlo, solo trato de ayudarte.

Vika le corta la larga falda a la altura de la rodilla mientras los secuaces de Antón se ríen cada vez más. En fin, una falda rota y un poco de vergüenza. Yo cambiaría todas mis desdichas por eso. Pero entonces aparece la figura de Gabriel, que le quita la navaja a Vika sin que a esta le dé tiempo a reaccionar.

—¿Qué se supone que estáis haciendo? ¿A parte de imbéciles y superficiales ahora sois matones?

Antón se incorpora y se planta frente a Gabriel.

—Solo queríamos reírnos un poco —responde.

—Me dais asco —exclama Gabriel. Y yo no puedo evitar que se me caiga la cara al suelo de vergüenza—, pero no descubro nada nuevo. O eso creía. —Clava su mirada en mí. Yo no puedo más, me levanto y me marcho en dirección al aparcamiento, pero no tardo en percibir sus pasos detrás de mí, me sujeta del brazo y me obliga a detenerme.

—¿Qué demonios te está pasando?

—Yo no tengo nada que ver con eso.

—Estabas ahí y estabas permitiéndolo.

—No estaban haciéndole nada, solo le han roto la falda, Gabriel. Se comprará otra y...

—¿Te estás escuchando? La falda es lo de menos, estabais asustándola, humillándola. Tú no eres así.

—¿Desde cuándo te preocupa tanto Ángela Swan?

—Esto no tiene nada que ver con ella, sino contigo. —Está empezando a alterarse y a gritar. Me vuelvo y compruebo que muchos muchachos en el instituto nos están mirando, de modo que retomo la marcha y llego hasta mi coche, pero Gabriel me detiene otra vez, cerrando la portezuela cuando ya la había abierto.

—¿Qué es lo que pasa, Tay?

En medio de todo esto, escucharlo llamarme así me concede una vía de escape, un respiro porque aunque probablemente no lo sea, lo tomo como un acto de complicidad, de cariño.

—¿Qué es lo que quieres? —le pregunto tratando de calmarme—. No creo que hayas venido hasta aquí para echarme la bronca, ¿no?

—He venido porque el tutor de Dani me ha llamado. Mi padre no está bien, así que vine yo.

—En ese caso, es mejor que vayas. Será mejor que no hagas esperar a...

Abro de nuevo la portezuela del coche y me detengo cuando vuelvo a escuchar su voz.

—Ya he hablado con él —responde—. ¿Todo esto por Alex?

Coloco las manos sobre el techo del coche y por primera vez desde que todo esto sucedió siento ganas de dejarme caer al vacío sobre el que vivo; no sería la primera vez que me precipito, pero siempre ocurre de manera involuntaria, luchando y siendo derrotada por mi propia resistencia. Hoy, algo en mí me pide una tregua y cuando me vuelvo percibo una lágrima resbalando a través de mi cara.

—Tayra... —murmura él. Se apoya también sobre el coche que hay aparcado junto al mío. No es el suyo.

—No puedo con esto, Gabriel. No puedo.

Me dedica una larga mirada y asiente débilmente.

—Claro que puedes, claro que podemos y no solo eso, se lo debemos a Alex.

—Esta mañana he estado a punto de tener un accidente con el coche en el mismo lugar. Mi hermano iba conmigo. Creí... creí haber visto a un hombre. Y anoche en la Cala... creí haber visto a una chica en lo alto del faro, pero Dani estaba conmigo y él afirma que no vio a nadie. Me estoy... me estoy volviendo loca —añado sonriendo; es una risa nerviosa y no puedo negar que estoy asustada.

Gabriel se yergue y se me acerca, sujeta mi cara entre las palmas de sus manos.

—No estás loca, Tayra. Todo esto es muy difícil, pero tienes que poner voluntad en salir adelante. Y no te estoy hablando de juntarte con suicidas, con torturadores o con... entes sin signo de vida inteligente.

No puedo evitar sonreír; esa es la forma en la que Alex calificaba a Samuel. Bajo la cabeza, avergonzada.

—Él no significa nada —balbuceo—. Ninguno significa...

—Tayra, tienes solo diecisiete años y sé que habrás de rehacer tu vida, conocer a otros chicos, pero...

Niego con la cabeza, con fuerza, con vehemencia. Abrirme a esa posibilidad implica aceptar la realidad y tal vez el problema en mí esté en que no quiero aceptarla. Quizás sí construir otra encima, desdibujar la verdadera, pero aceptarla no, enterrar a Alex y despedirme para siempre de él sería algo que no soportaría y es, en parte, lo que me está pidiendo Gabriel.

Él sonríe y me abraza con fuerza. Y hasta este momento no sabía lo mucho que necesitaba un gesto cómplice de alguien para quien Alex significase tanto como para mí porque no me está reprochando nada, como hizo Dani aunque seguramente la actitud del pequeño de los Walcott sea más comprensible que la del mayor.

—Podemos superar esto —insiste—, pero es necesario poner voluntad en ello, Tay, entender que no estamos solos, que todos necesitamos a alguien que tire de nosotros en momentos así.

Me aparto despacio, lo miro y solo ahora reparo en que parece agotado, cansado. Sé que su padre está enfermo y la muerte de su hijo le habrá hecho un flaco favor a su enfermedad. Al parecer, Gabriel ha de hacer las veces de padre con Dani a pesar de que solo tiene tres años más que él; hoy viene a hablar con su tutor al instituto y anoche fue a buscarlo a la Cala, como haría un padre preocupado al enterarse de que su hijo está en el lugar equivocado. ¿Pero quién ha tirado de él?¿Quién lo ha ayudado a salir adelante? Gabriel conducía el coche en el que todo sucedió, él sufrió el accidente al intentar evitar un atropello, tal y como yo pensé que iba a ocurrirme a mí, pero ha sido, probablemente, el que más solo ha estado. A veces me pregunto si se sentirá culpable, si al igual que me sucede a mí le reconcomerán por dentro mil opciones distintas de lo que pudo decir o hacer aquel día para que las cosas no desencadenasen en la tragedia que resultaron. Y esa posibilidad lo hace todavía peor.

Miro sus ojos claros y no sé cómo he podido obviar la tristeza y el dolor que se esconde en ellos. Y de pronto reparo en que si existe un dolor mayor que el de la pérdida con la que cargo yo, es el de esa misma pérdida, con la que también carga él, acentuada por el sentimiento de culpa, la incomprensión de los demás y la ausencia de apoyo.

—Tengo que irme. —Su voz me hace despertar aunque la escucho amortiguada, como si estuviera a mil kilómetros. Yo asiento—. Cuídate, Tayra y no hagas disparates, ¿vale?

Se aparta despacio y camina hasta su coche, aparcado unas cinco plazas más allá. Reparo entonces en la figura de un hombre que permanece inmóvil junto al vehículo. Me mira fijamente y mantiene sus manos en los bolsillos. Ha de tener alrededor de los sesenta años, espesa barba cana y ojos pequeños e inquietantes. Se aparta cuando Gabriel llega y desvía su atención hacia él. Luego me mira a mí de nuevo.

—Gabriel —lo llamo, inquieta por la pinta de ese tipo.

Él se detiene con la puerta de su coche abierta y me mira. El extraño sonríe, da media vuelta y desaparece pasando por delante de él, que no le presta la mayor atención.

—¿Qué pasa? —me pregunta.

—Nada, creí que ese tío... Bueno, no importa.

—¿Qué tío? —Mira a su alrededor y parece incapaz de ver al hombre que tuerce la equina enfundado en su gabardina.

—No me hagas caso —murmuro—. Cuídate.

Él me mira mientras yo me meto en el coche y prendo el

contacto. Me siento aturdida y mareada, pero no quiero dar más evidencias de mi lamentable estado, así que sea como sea, me largo.

28 de Marzo de 2019 a las 18:00 0 Reporte Insertar 1
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