Canciones que hablan de ti Seguir historia

-alunada Pauli B.

Miles es el líder de The Peter Pan's Shadow, la banda de pop rock adolescente que está arrasando con sus éxitos en todo el mundo. Y a pesar de que las multitudes lo adoran, él se esfuerza por demostrar que no es quien el público cree. Delilah no tiene tiempo para boybands. Debe hacerse cargo de Kai, su hermano pequeño, al tiempo en que se esfuerza a fin de que su madre acepte las responsabilidades que le corresponden. Pero sabe que difícilmente lo logre. Está cansada y se siente infinitamente sola. Al encontrarse por primera vez, Miles ve en Kai al niño que solía ser y se propone ayudar a Delilah. Ella lo acepta porque necesita alguien en quien confiar, y así comienzan a forjar juntos una amistad que podría convertirse en un vínculo mucho más fuerte de lo que ambos son capaces de imaginar. Pero pronto, los misterios del pasado de Miles regresan para demostrarle que no es quien demuestra ser, pero tampoco quien cree que es. Y antes de que puedan notarlo, todo aquello que conforma el mundo que comparten estará en juego.


Ficción adolescente Todo público.

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Capítulo 1

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UNO


Octubre de 2014.


El bar disfrutaba de una noche de apogeo aquel sábado en que el verano había ya dejado paso al otoño. El local resultaba un ambiente cálido donde refugiarse frente al desapacible clima de las calles del centro londinense, por lo que cada una de las mesas estaba atestada de concurrentes, muchos de los cuales eran ya clientes habituales. La música sonaba lo suficientemente alta como para que resultara necesario alzar la voz, y, como solía ocurrir cada velada, la luz se había atenuado ni bien el reloj marcó las once de la noche.

Florence se acodó sobre la barra, y, al tiempo en que se veía encargada de la caja, pensó en cuánto había crecido aquel negocio desde que ella había comenzado a trabajar allí, casi quince años antes.

La Cueva había sido, en sus comienzos, un pequeño tugurio con algunas mesas desperdigadas, paredes pintadas en tonos oscuros y un horrible suelo de baldosas con motivos colmados de arabescos antiguos. Debido tal vez a su desvencijada fachada y a su siniestro interior, que daba la impresión de ser aquel un rincón donde uno puede inmiscuirse y dejar fuera la malaria que lo persigue, pronto se convirtió en uno de los destinos favoritos para beber un trago de la juventud que habitaba la ciudad. Con el correr del tiempo habían extendido ampliamente el número de bebidas que ofrecían en la carta e incluso, en las horas tempranas de la noche, el chef preparaba algunos platos exóticos de los que Florence no había oído hablar en ninguna otra parte, pero que muchos de los cuales y de acuerdo a Ismael, el encargado de la cocina, procedían de Oriente. Florence no había soñado siquiera con aquellas tierras y desconocía gran parte de su cultura, pero no podía negar que aquella comida era una delicia de primer nivel.

El éxito que veía frente así era correspondiente a Alain, un amigo suyo que había conocido en el colegio y que, tras ser dejado por una hermosa mujer, decidió no sucumbir a la tristeza y en su lugar avocarse a aquel sueño que tenía postergado: un pequeño refugio para almas solitarias. A pesar de que aquel objetivo se hubiese tergiversado con el pasar de los años, Alain estaba feliz con su logro, y también con ella, su más antigua empleada y compañera, quien podría tener miles de defectos, pero verdaderamente brindaba lo mejor de sí entre aquellas cuatro paredes.

Al salir de sus cavilaciones sobre tiempos pasados y mucho más calmos que noches semejantes, Florence observó cómo Hailee, la más joven y bella de las mozas, reía a carcajadas de lo que el chef le contaba. Si bien no alcanzaba a oírlos, se sentía complacida con tan solo verlos, recordándose en el lugar de aquella jovencita carente de las arrugas que, hacía ya varios años, ella enarbolaba a los costados de los ojos. Reflejaba Hailee la satisfacción de sentirse completamente plena con el trabajo que desempeñaba con la misma profundidad con la que Florence lo sentía a diario, por ello la joven le recordaba tanto a sí misma, volviendo agridulce la nostalgia de sentirse algo mayor. La moza alzó los brazos por encima de su cabeza y meneó la cintura al ritmo de la música antes de que tanto ella como su confidente se echaran a reír.

Alain se jactaba con frecuencia de su propia inteligencia a elegir los empleados que ocupaban puestos en el bar, debido a que no sólo le inspiraban confianza, sino que transmitían una energía que era la base misma del éxito que poseía su negocio. Consideraba que era aquel su secreto, y se negaba a compartirlo con nadie que no sintiera el bar como si fuera un segundo hogar. Para Florence, era más bien el primero, lo que enfurecía sobremanera a su hija, Delilah.

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Eran ya las doce y media de la noche cuando Delilah entró al bar. Contempló de mala manera a un grupo de hombres que, parados junto a la puerta de entrada, le preguntaron si no era demasiado joven para presentarse allí a esa hora, y se mordió la lengua para no soltar una respuesta soez que pudiera traerle incluso más problemas de los que ya veía venir. Muchos de los cuales era consciente que generaría por propia elección.

Se hallaba enardecida por una furia que se entremezclaba con aquel temor que su madre le hacía sentir cada vez que no lograban ponerse de acuerdo en lo que respectaba a su hermano pequeño, Kai.

Continuamente se había repetido, desde que llegó a su departamento y durante todo el trayecto en taxi que la dejó frente a La Cueva, que Florence nunca dejaría que algo le sucediera a Kai siendo consciente de ello. Aunque sabía que no era una sentencia del todo cierta, la proclamaba en su mente una y otra vez a fin de convencerse, pero una ira desbordada había nacido a la altura de su estómago para luego embargarla entera, llevándola a olvidar que efectivamente podría ser peligroso que una adolescente se inmiscuyera sola en el epicentro de la noche londinense. Por entonces sólo podía pensar en el bienestar de su hermano y maldecir a su estrella por haber nacido hija de semejante mujer.

Se dirigió a la barra con ímpetu en su caminar y apoyó un pie en una banqueta libre antes de saltar hacia el otro lado del mostrador, allí donde los clientes tenían prohibida la entrada. En el trayecto, enganchó la media de nylon que llevaba puesta y le causó un tajo, pero continuó su camino sin darle mayor importancia. Jason, el barman, la observó llevándose una gran sorpresa, y su primera reacción fue retroceder algunos pasos.

—¿Dónde está mi madre? —Delilah gritó por encima de la música al tiempo en que la sangre comenzaba a subírsele al rostro. Jason, que la había visto allí en ocasiones anteriores, durante noches menos concurridas que aquella, había sido capaz de apreciar la belleza de Delilah, a pesar de que su mirada, altanera y siempre indiferente, le decían que aquella chica estaba fuera de su alcance. No hubiera imaginado jamás que la vería tan enojada y fuera de sí y, pensó más tarde, que le gustaba que fuera decidida, pero en ese momento tan sólo se limitó a llamar a Florence.

Florence acudió con calma y aspecto risueño a la llamada de su compañero, pero al encontrarse con su hija, la expresión de su rostro se transformó. Atinó a preguntarle qué estaba haciendo allí, pero Delilah comenzó a gritarle:

—¡¿Dónde está Kai?! ¿Dónde? —Se aproximó con el propósito de golpearla, y sólo alcanzó a darle un puñetazo en el hombro antes de que Florence retrocediera, dando un vistazo en derredor a fin de encontrar a alguno de los guardias de seguridad que velaban por la calma del bar—. ¡Me dijiste que lo cuidarías! ¡Que no vendrías a trabajar, y te quedarías con él! ¡Llegué a casa y no lo encontré, y tú tampoco estabas! ¿Tienes idea de cómo me haces sentir?

—Delilah, cálmate. —Jason se interpuso entre las dos mujeres porque temía el modo en que la adolescente pudiera reaccionar, pero cuando quiso sostener su brazo para detenerla, ella lo apartó, empujándolo.

—¡Tú no te metas! ¡En este lugar no tienen idea la clase de mujer que es mi madre, ni lo que hace con el pequeño Kai!

—¿Hay algún problema, Flo? —Travis, uno de los guardias de seguridad, que había observado la escena desde su lugar cercano a la puerta, acudió en cuanto oyó vociferar a Delilah. Muchos de los clientes habían abandonado sus propios asuntos para descubrir qué estaba sucediendo detrás de la barra y Florence, sintiéndose profundamente avergonzada de su hija, ocultaba su rostro entre ambas manos.

—Llévensela.

—¡¿Qué me lleven?! ¿Qué...? —Delilah intentó una vez más aproximarse a Florence pero inmediatamente sintió como sostenían uno de sus brazos por detrás, con una fuerza que le imposibilitaba soltarse.

—Hablaremos en casa, cuando te tranquilices. —Florence respondió con una calma impasible que no provocó sino más odio a su hija. A Delilah le resultaba increíble cómo podía convertirse en alguien absolutamente distinto al hallarse en su ámbito de trabajo y ser con ella, y sobre todo con su hermano, una terrible madre tanto como una persona fácilmente despreciable. Delilah percibió un nudo formársele en la garganta que le impidió continuar gritando. Chilló, en cambio, al sentir cómo la levantaban del suelo, y con la fuerza propia de aquellos energúmenos que parecían haber nacido dentro de un gimnasio, fue arrastrada por encima de la barra. Pataleó todo el camino hasta atravesar la puerta trasera del local, pero el hombre que la llevaba siquiera se percató. A continuación trastabilló hacia delante hasta lograr ponerse de pie, y antes de percibir el rostro de aquel que la había maltratado bajo órdenes de su madre, oyó la puerta cerrarse detrás de sí.

Durante los primeros segundos se sintió enajenada, incapaz de creer lo que acababa de acontecer. Los límites que su madre era capaz de alcanzar distaban cada vez más del punto donde Delilah creía que se hallaban, y mucho más lejanos del límite que, según la adolescente, separaba una madre razonable de alguien que no debería haber considerado jamás la posibilidad de tener hijos.

Se dejó caer sobre uno de los escalones que conducían a aquella puerta por la que había sido echada, y antes de percibir a conciencia cómo sus ojos se anegaban en lágrimas, estaba llorando con desconsuelo. Sentía la piel de gallina y había comenzado a temblar. Sabía que no se trataba de ninguna clase de tristeza sino de una furia visceral que hacía ya un largo tiempo había tomado el lugar que anteriormente ocupaba la decepción. Delilah se recriminaba permanentemente aguardar por que alguna vez su madre cumpliera con su palabra, que tomara en serio sus responsabilidades y le hiciera tragarse los amargos reproches de resentimiento que acababa soltándole en cada recurrente discusión. Pero Florence, que había atravesado toda su vida de manera errante y libertina, sin detenerse a observar siquiera durante un instante que su comportamiento pudiera lastimar a las personas que la rodeaban, no cambiaría nunca. No lo había hecho tras la muerte de su propia madre, la que había velado por sus propios nietos antes de dejar caer todo el compromiso que implicaba Kai sobre los hombros de Delilah. Y desde entonces, la adolescente no se permitía jamás sentirse vulnerable, pues no había quién le otorgara la ilusión de hallarse protegida.

Delilah añoraba la presencia de Ava, su abuela materna. Solía cuestionarle si acaso la había dejado sola para que creciera a los golpes y en determinadas ocasiones, le pedía que la ayudara a descubrir cómo proceder. A pesar de que creía que al fin y al cabo cabía la posibilidad de estar hablándole a la nada, la ilusión de que el fallecimiento de su abuela tenía un motivo, y que, de forma inefable seguía junto a ella, la sosegaba cada vez que se sentía invadida por la desolación.

―¿Por qué es tan distinta a ti? ―musitó, limpiándose las lágrimas que continuaban corriendo por su rostro cansado. Era su voz un susurro apenas audible, que se ahogaba entre sus sollozos―. La luz te embargaba, e iluminabas a todo aquel que estuviera cerca de ti. Repudiabas el sufrimiento de los demás y tratabas de repararlo con las acciones que tenías a tu alcance. ¿Por qué pareciera que mi madre se regocija en las diferencias que nos separan y es incapaz de ver más allá de sí misma? ―suspiró― Oh, si tan sólo pensara en Kai...

Si estuviera en sus manos elegirlo, ella y su hermano vivirían junto a su padre. Se habrían marchado de la casa donde la habían criado y vería a Florence la cantidad de veces indispensables, pero sabía que por nada en el mundo su madre habría de hacer concesión semejante a Ethan, puesto que lo repudiaba tanto como sentía adorarlo en determinadas circunstancias. Delilah no comprendería jamás la lógica que los hacía llevar años enzarzados en constantes disputas, pero que le había regalado hacía poco más de un año a su hermano, la razón que la llevaba a mantener ambos pies sobre la tierra.

Más de una vez le había expresado a su padre el deseo de que las circunstancias fueran otras, en una realidad por poco utópica en la cual Florence no poseía influencias en su vida, y al decirle que preferiría mudarse con él, Ethan le otorgaba contestaciones difusas que no le proveían la seguridad que Delilah necesitaba. Bien sabía ella que su padre había transcurrido los últimos meses pretendiendo formar una nueva familia luego de descubrir que siquiera el nacimiento de Kai había logrado despertar en Florence un amor genuino y duradero hacia él, y su hija no podía oponerse a aquel atisbo de felicidad, luego de tanto tiempo de idas y venidas con su madre, pero sentirse no más que una visita en el hogar de Ethan no hacía más que aumentar la sensación de que no tenía un lugar al que perteneciera.

Lo descubrió aquella noche, una vez más: estaba sola.

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Delilah percibió cómo la puerta se cerraba detrás de ella, pero no se volvió quién acababa de atravesarla. Algunos segundos después, oyó una voz masculina que no podía estar hablándole sino a ella en aquel callejón tan oscuro como desierto.

—Qué difícil es, a veces, entender a los padres, ¿No lo crees? —Cuando Delilah lo miró, llevaba los ojos enrojecidos, así como la piel de su rostro irritada debido al llanto y al enojo visceral que la había corroído, el cual amainaba muy poco a poco. Él descendió los escalones con soltura, mientras se llevaba un cigarrillo a los labios y movía levemente la cabeza a fin de apartar algunos mechones de cabello negro que le cubrían la frente. Se sentó junto a Delilah y le ofreció una pitada que ella rechazó antes de cruzar los brazos sobre su pecho e inclinarse levemente hacia adelante. Pretendió dilucidar por qué aquel chico le resultaba familiar y, a pesar de que lo escrutó casi con descaro, él siquiera se inmutó, permaneciendo en cambio con la vista fijada en un punto que ella fue incapaz de precisar, dado que lo único observable a la izquierda de ambos era el final de aquel callejón que de ninguna manera resultaba digno de contemplación. Frente a ellos se alzaba una escalera idéntica a aquella en la que permanecían y la puerta trasera del local aledaño al bar. Hacia la derecha, una calle tan iluminada como repleta de autos aparcados. Desde detrás, el bullicio de una multitud con ánimos de festejo resultaba inconfundible.

—Miles. —Él estiró la mano para estrechársela, y cuando Delilah respondió a aquel gesto de cortesía sin demasiado interés, sonrió con suspicacia.

—Delilah.

Miles se levantó lo suficiente para buscar algo en el bolsillo trasero de su jean, y tras volver a sentarse, le ofreció un paquete de pañuelos que Delilah aceptó, limpiándose con ellos los restos de sus arrebatos, que le ensombrecían la expresión.

—Kai está bien. —Comentó él, pareciendo enterado de la situación. Delilah se preguntó en qué recoveco de su mente se escondería el recuerdo de aquellas facciones joviales, los ojos verdes y restos de acné que aún surcaban la piel de Miles. Tenía una marca de nacimiento, rosada y ovalada, junto a la comisura derecha de sus labios que a Delilah le resultó singular. De haberlo visto antes, no lo habría olvidado—. Duerme en casa de Noëlle.

Enterarse que Kai permanecía en un lugar seguro, no sosegó la amargura que continuaba embargándola, como sí lo hubiera hecho que, al menos en aquella ocasión, su madre cumpliera con el papel que le correspondía y se hubiese atenido al trato que ambas habían llevado a cabo esa tarde. Pensó que estaba exigiendo demasiado, y que debería conformarse con saber que Kai estaba bien.

—¿Tú cómo lo sabes? —dijo Delilah, sintiéndose un poco recelosa.

—La oí diciéndolo luego de que te echaran. —Miles apagó el cigarrillo aplastando la colilla contra el escalón de cemento—. Ha hecho parecer que es común en ti encontrarte fuera de tus casillas.

Delilah resopló. Aquella actitud era muy propia de Florence.

—Ella cambia totalmente cuando se encuentra aquí. El bar es prácticamente su vida, y muchas veces olvida que tiene dos hijos. Kai sólo tiene un año. —Delilah habló sin mirarlo, y una vez acabó de hacerlo, se preguntó por qué estaba confiándole sus problemas a un extraño. Miles se puso de pie, metió las manos en sus bolsillos y se detuvo frente a ella.

Delilah levantó los ojos. Era alto y flaco. Calculó que no tendría más de veinte años, aunque seguramente fuera más joven. Se movía con desenvoltura, como si permaneciera ajeno a los males del mundo al estar por encima de muchas de las penurias inherentes al género humano. Se preguntó por qué le habría llamado de forma particular la disputa que ella había mantenido con su madre para abandonar al grupo de amigos con el que posiblemente hubiese acudido al bar a fin de hablar con ella, cuando no se conocían con anterioridad.

—¿Quieres que te lleve a casa? Imagino que no encuentras apacible este lugar y que preferirías no aguardar a que termine el turno de tu madre para marcharte con ella. —Una socarrona sonrisa hizo aparición por su rostro.

—Haces bien en pensar así. De todas maneras, no podría dormir hasta cerciorarme de que mi hermano se encuentra seguro. Conmigo.

—¿Sabes dónde vive la tal Noëlle? —Delilah asintió—. Puedo llevarte hasta allí.

Delilah evaluó sus posibilidades. Aceptar la propuesta de Miles, a quien si bien no conocía, no tenía el menor aspecto de ser un delincuente sino de un niño bien bastante singular, o tomar un taxi que le costaría una suma de dinero de la que carecía puesto que había gastado todo lo que llevaba encima con el afán de arribar al bar.

—De acuerdo. —Delilah se puso de pie y lo siguió, camino a la calle.

Comprendió entonces que no se había equivocado en el juicio que había hecho en cuanto vio su propio rostro reflejarse en uno de los vidrios polarizados de un flamante Audi A4 color azul que parecía apenas salido de la concesionaria. Miró los zapatos desgastados que llevaba puestos y sintió que subirse con ellos a semejante nave equivalía a profanar algo sagrado, pero Miles no pareció darle importancia.

Delilah le indicó el camino a grandes rasgos, dado que no conocía con precisión el paradero de las amistades de su madre, a quienes consideraba con desdén. Durante el trayecto, mantuvo las manos encima de su regazo. Le resultaba imposible hallarse cómoda en un auto ajeno de semejante gama. Miles se volvía a mirarla en cada semáforo frente al cual debía detenerse, haciendo que la joven se sintiera nerviosa.

—¿Puedes por favor decirme de dónde nos conocemos? —Se atrevió Delilah a preguntar—. Tu rostro me resulta muy familiar, y sinceramente no comprendo por qué te detuviste a prestar atención en lo que sucedía conmigo y con mi madre. Imagino que tendrías algo mejor que hacer.

—No nos conocemos. Al menos yo no te he visto en mi vida. —Miles tamborileó los dedos encima del volante y giró hacia la izquierda cuando Delilah le indicó que debía hacerlo. Ella aguardó a que Miles le explicara por qué había salido a hablarle, pero fue en vano. El silencio no se vio interrumpido en los siguientes minutos, antes de que ella apuntara un edificio que le resultaba vagamente familiar, donde podía vivir Noëlle.

—Espérame aquí. —Delilah se apeó del auto y tocó el timbre de aquella casa. Aguardó el mínimo tiempo que le pareció prudente antes de comenzar a aporrear la puerta con ímpetu, creyendo que tal vez el timbre se hubiera estropeado, con el propósito de despertar a sus habitantes en caso de que estuvieran durmiendo.

Cinco minutos más tarde, una mujer enfundada en una bata y con el cabello recogido se halló bajo el umbral. Delilah le explicó quién era y qué hacía allí mientras Miles observaba la situación atentamente desde el asiento del conductor. Vio a la mujer subir unas escaleras y regresar luego con un niño pequeño cubierto de mantas que fue tomado en brazos por Delilah, quien luego se despidió y saludó siendo dueña de un carácter mucho más apaciguado.

—¿Puedes llevarnos a casa? —Delilah consideró que tal vez estaba aprovechándose de la buena predisposición del muchacho, pero en cuánto la vio joven responsabilizándose por aquella criatura que descansaba con la cabeza apoyada en su pecho y el pulgar dentro de su boca, le resultó imposible negarse—. Él es el pequeño Kai —murmuró. Miles manejaba con cuidado, esquivando baches a fin de no despertar al niño—. Kai, él es nuestro amigo, Miles.

Enajenada en la contemplación de su hermano, Delilah no se percató cuando Miles volvió a observarla con detenimiento, frente al primer semáforo de aquel viaje de regreso. La imaginó sola y descuidada. Y a pesar de ser consciente de todas las cosas que no sabía sobre su vida, (cosas que, evidentemente, no preguntaría esa misma noche), no le resultó difícil hacer un bosquejo dado los elementos que le habían sido proporcionados en la última hora: una madre conflictiva e irresponsable, con un niño pequeño descuidado por ella y una hermana mayor que no se habría enfurecido de la manera en que Delilah lo hubiese hecho en caso de tener un padre responsable que contrarrestara las desventajas evidentes en su progenitora. Comprendió como habría de sentirse Delilah. Lo menos que podía hacer era acompañarla a buscar a su hermano y llevarla a casa.

Al mismo tiempo, Delilah pensaba en su madre, y le resultaba inentendible que no sintiera un amor símil al que aquel bebé despertaba dentro de sí. Kai era su razón para levantarse cada mañana, y podía postergar todos los aspectos de su propia vida a fin de procurar el bienestar de su hermano. En ocasiones no sólo se sentía la madre de él, sino que creía jugar ese mismo papel en la vida de Florence, que actuaba como hija adolescente y rebelde.

—Miles. —Lo llamó. Él emitió un sonido para indicar que la había oído. Delilah hizo silencio. Pensó en volver a preguntarle por qué se había tomado la molestia de hacerle tan inmenso favor, pero tuvo la sensación de que Miles encontraría la manera de que la verdad volviera a escapársele. Finalmente dijo—: Gracias.

—No hay de qué —Le sonrió, pensando en qué dirían sus amigos si se enteraran del motivo por el cual él, Miles Trenowyth, se había ausentado a lo largo de aquella noche. Elegía no explicarle sus razones a Delilah debido a que apenas era capaz de vislumbrarlas él mismo, aunque a partir de aquello sabía con certeza que había tomado una correcta decisión al alejarse de su grupo sólo por socorrer a aquella desconocida.

Detuvo el auto frente a un edificio estrecho, de dos plantas, cuya fachada apenas si era iluminada por la luz que provenía de la calle. Si bien para ambos se trataba de una despedida incómoda, extraña, dados los eventos inesperados que habían tenido lugar, los dos se hallaban agradecidos de su encuentro.

Delilah, porque él la había acompañado a buscar a Kai al tiempo en que le otorgaba la ilusión de no hallarse tan sola como creía.

Miles, debido a que en ella se vio reflejado a sí mismo. Y por una vez en mucho tiempo, se sintió real.

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21 de Marzo de 2019 a las 16:48 0 Reporte Insertar 0
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