Cuento corto
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EL OMBLIGO DEL MUNDO

«Los hombres de ciencia sospechan algo sobre ese mundo, pero lo ignoran casi todo. Los sabios interpretan los sueños, y los dioses se ríen».

-H.P. Lovecraft

La asfixiante noche había llegado con sus tinieblas a envolver, una vez más, las habitaciones de aquel lugar que parecía ser mi hogar. Como un cuchillo la débil luz de la luna atravesaba los orificios de la ventana tapizada de retazos de madera rebelde, que por más que intenté no lograron encajar como un rompecabezas. Un vano intento de mantenerme aislada del mundo exterior.

En mi cama, sentada bajo las sabanas, observaba mi reflejo en el espejo de la pared de enfrente: Mi cabello despeinado y mirada punzante, atenta a cualquier extraño sonido que pudiera irrumpir en cualquier momento. En la habitación contigua, en el baño, el rítmico gotear del grifo de agua comenzaba a desesperarme. Treinta. Treinta y uno. Treinta y dos. Pero ir a cerrarlo no era una opción, no mientras el ligero zumbar mecánico que se escuchaba afuera siguiera ahí.

Todas las noches, desde que mis padres decidieron que era los bastante mayor y problemática para vivir con ellos, dejándome en la que era la casa de mi tía Tita (recientemente muerta) y que se encontraba en medio del desierto justo a 20 minutos de la última estación de tren, ellos aparecían. Siempre, a la misma hora, sin faltar un solo día.

Esa primera noche de Marzo me encontraba bebiendo una taza de té en la mecedora del pórtico, escuchando el ulular del viento y contemplando las sombras que dibujaba la noche entre el paisaje desértico y desolado. Una cancioncilla de melodía fácil sonaba por la radio que mantenía junto a mí, mientras pensaba en lo que sería mi vida a partir de ahora. Mis padres habían decidido abandonarme después de que mi psiquiatra los asustara sin fundamento; la situación no era tan grave, solo había tenido unos cuantos sueños recurrentes de naturaleza inexplicable. Pero, eso les bastó para dejarme en el medio de la nada, como si nunca hubiese existido. Justo cuando iba a levantarme para llenar mi taza una vez más lo escuché. Un espectral sonido que provenía de arriba, de algún lugar en el vasto espacio. Como si se hubiese gestado en alguna lejana estrella y proviniera de una criatura sin forma ni concepto, como las de mis sueños. Me había quedado paralizada sin poder dar un paso, susurrando palabras entrecortadas que no eran mías. Asustada, mi intenso respirar me provocaba un ligero mareo. Podía sentir un millón de susurros entrar de golpe en mi cabeza, y cuando no pude sostenerme más dejé que aquello que se encontraba atorado en mi garganta saliera en forma de un único grito que se perdió en el horizonte. Entré sin mirar atrás cerrando tras de mi la puerta de madera, apagué las luces, subí por las escaleras que se hacían más largas a medida que subía y me metí bajo las sabanas de mi cama. Extrañas visiones apoteósicas impregnaron mi memoria de lugares que existieron eones atrás, donde cuevas de proporciones gigantescas daban hasta el submundo donde él se escondía. Ese ser que había provocado el sonido que orquestaba mis lucidos sueños.

No entendí si en algún punto de aquel caótico episodio me desmayé o si simplemente caí dormida, pero la mañana que traía consigo el nuevo día me hizo creer que lo que había sucedido la noche pasada no era más que una narcosis como tantas había tenido. Pero sucedió otra vez, a la misma hora y de la misma forma. Fue ahí cuando decidí hacer manos a la obra y clavé un montón de pedazos de madera que encontré en el sótano a todas y cada una de las ventanas y ventanales de esa casa maldita, no dejaría que esa cosa me hiciera daño.

Así que ahí estaba de nuevo, como todas las noches, observando mi reflejo en el espejo y esperando a que se alejara. Bajé de la cama con una valentía que no era propia. Mis pies descalzos hacían la madera crujir a cada paso que daba. El goteo seguía ahí, gota a gota haciéndose cada vez más prolongado. Sin atreverme a mirar por los espacios de la ventana al vasto cielo salpicado de estrellas me dirigí hasta esta. Toqué con la yema de los dedos la superficie rugosa del marco de la ventana, siguiendo las líneas hasta llegar a la mitad, donde un pequeño agujero me dejaba mirar el paisaje a la distancia. No había nada. Aliviada y con la risa en los labios decidí dar otro vistazo, después de todo el sonido había desaparecido más temprano de lo usual. Pero, esta vez sí que había algo.

¿Qué era lo que veía? ¿De dónde había salido? La extraña criatura pálida y delgada me observaba desde abajo. Sus facciones y postura inhumana se mostraban inmóviles y serenas. Un ente que no tenía una razón de ser. Mi corazón no dejaba de latir con fuerza, mientras lagrimas que no eran de tristeza se asomaban por mis ojos.

- ¿QUÉ HACES AQUÍ?- Le grité. La masa coagulada permanecía inmutable.

- ELLOS TE ENVIARON, ¿NO ES CIERTO? ¿NO ES VERDAD?

La cabeza del ser comenzó a describir ligeros movimientos erráticos al momento que dio un paso al frente en dirección a la casa. Comprendí que iba a entrar.

- ¡NO! ALÉJATE, NO ENTRES. FUERA DE AQUÍ. FUERA.- Fui hasta la puerta de la habitación y le coloqué el seguro.

Pude sentir como la criatura entraba y se alojaba en la sala o la cocina, se podía escuchar como buscaba entre mis cosas haciendo ruidos torpes con las ollas. Me quedé sentada en uno de los rincones con la mirada fija en la puerta, esperando por el momento en que intentara darle la vuelta a la manija. Pero no sucedió. Uno, dos, tres, cuatro, cinco minutos y el silencio sepulcral seguía ahí. Con cuidado me levanté, y con curiosidad quité el seguro y me adentré en la negrura de mi bastardo hogar.

Dando un paso a la vez, llegué hasta las escaleras. Me asomé por estas sin bajar y con los ojos bien abiertos, alerta ante cualquier movimiento. Pero el lugar se veía tan vacío como lo había dejado. ¿Habré imaginado todo? ¿Mi mente me estará gastando una broma de mal gusto? No sería tan raro, no era la primera vez que lo hacía. Con cierto consuelo bajé hasta el primer piso. Era verdad, solo me encontraba yo. De pronto, pude notar que un sartén se encontraba en una posición distinta. No era una diferencia abismal, pero estaba segura de que yo no lo había dejado así. La manera en que estaba dispuesta no era la correcta, no se sentía bien. Era una anormalidad. Algo que no debía ser.

Me sentía observada, estaba segura de que nada estaba donde debía estar: la escalera tenía un color marrón diferente, los muebles no eran los mismos, nada tenía sentido. Esa no era mi casa. Esa no era yo, algo me había cambiado. El lunar de mi mano izquierda había desaparecido, el vello de mi pierna no me pertenecía. Necesitaba escapar.

Crucé la cocina hasta llegar a la sala, y en un intento de suicidio asistido salí de esta hacia la parte de afuera. Bajé las escalinatas del pórtico y me encontré con la más absoluta de las tranquilidades. Todo permanecía en calma. La tierra del suelo, los pequeños matorrales que crecían a cada tanto, las lejanas montañas, el cielo nocturno que lo cubría todo. El cielo…

El cielo.

Ahí estaba otra vez ese sonido arcaico. Ese sonido que provenía de algún lugar del inmenso espacio exterior. Que trascendía el espacio y el tiempo. Que provenía de un lugar que nunca debió existir. De ese lugar que me atormentaba en mis sueños. De esa isla abstracta de geología abyecta, y vomitiva esencia. De lo que se encuentra en el lago bajo el mar, donde las morenas van a morir.

Él me había encontrado. Su inmensidad majestuosa y onírica que ni los astros podían opacar, de una forma sin paragón, y un nombre que ninguna lengua podía nombrar. Desde aquella isla entre las aguas del tiempo salió en mi busca, a por el ombligo del mundo. Porque yo ya lo sabía, desde que era pequeña se había presentado en mis sueños, revelándome cosas que ningún humano sabría y sabrá. Había querido escapar de ese destino, pero ya no más. Estaba lista para que me llevara. Al fin podría descansar, allá donde todo yace.

El suelo bajo mis pies comenzó a partirse en dos, y de las grietas ríos de lava intentaban salir a borbotones. Un terremoto hizo acto de presencia, y en un intento de estabilizarme y no caer directo a la lava ardiente me sujeté de una roca. El pedazo de roca se deslizó y salió desprendido hacia arriba, miré abajo y pude notar la altura en la que me encontraba. El espacio sideral ahora mostraba una gama de colores imposibles, mientras el sonido se hacía cada vez más fuerte, asemejando el rugido de un monstruo de dimensiones imposibles. Mi mente se sentía pesada y los recuerdos que no me pertenecían me azotaron cual látigo. Los planetas se podían observar imponentes y orgullosos. Una luz de un pulsar iluminó el camino que debía seguir, trazando una línea que iba desde donde yo me encontraba hasta la estrella Dhkar’kjh. Sabía lo que tenía que hacer, sabía que una vez que tocara el río lechoso desaparecería de este plano astral. Pero eso me importó poco, él me esperaba.

Así que, subiendo a la roca, me dispuse a cumplir con el destino que se había forjado para mí, que esos seres que sueñan me tienen reservado. Justo donde la serpiente arcoíris mora. Allá donde la delgada línea entre realidad y fantasía termina. Solo un paso me separa de aquel paraíso onírico donde los antiguos esperan pacientes.

Allá donde los sueños nacen.

<<En el origen de los tiempos no había nada. Nada, excepto el Gran Espíritu Creador de la Vida. Por mucho tiempo no hubo nada. Entonces, un día, el Gran Espíritu empezó a soñar…>>

Fin

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17 de Marzo de 2019 a las 20:03 0 Reporte Insertar 3
Fin

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