Los Cimientos de un País Destruido Seguir historia

litzy_martinez2001 Litzy Martinez

«En un país de ensueño y de poesía donde saben a mieles los cantares, y el alma alborozada se extasía ante la inmensidad de los pinares.»


Drama No para niños menores de 13.

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Las campanas de mi curiosidad

El fragante aroma de los pinos me remontó a ese tiempo en el que yo aun era una niña y no pensaba siquiera en abandonar mi país.


Una gran alegría me embargaba al ser recibida por mi familia. Es hermoso el mundo pero por nada cambio el trocito tierra que me vio nacer.

Hubo fiesta y saludé e intercambié palabras y abrazos con muchos familiares que me pedían que contara sobre mi vida en el extranjero. Entre tamales, ticucos y baleadas rellenitas de recuerdos (y la promesa de aumentar diez libras antes de terminar la visita), la tarde se hizo noche y yo era la primera en despedirme para dormir, la diferencia horaria estaba haciendo mella en mi, los demás se quedaron un rato mas hasta que el sueño los venció de la misma manera y la fiesta de bienvenida terminó por acabarse. Por la mañana haríamos el típico recorrido de la nostalgia para ponerme al día de los numerosos cambios que mi pueblo había sufrido desde que lo había abandonado.


Me habían dado la habitación que yo quería: la mía. Quizá el único cuarto con las paredes tapizadas de manchones y dibujos infantiles de mi hermana que mis padres nunca se molestaron en quitar. Quizá porque mi pequeña hermana y yo habíamos crecido demasiado rápido dejando tras de nosotras simples huellas de la infancia.

A cualquier lado que viera, se encontraba una obra de arte que me evocaba un recuerdo diferente que, por mas cansada que estuviera, no me permitía dormir. Cosas bonitas, cosas desagradables y pequeños detalles que me atormentaron con cariño durante unos momentos. Y no era para menos, que en ese cuarto viví casi toda mi vida. Hasta que, claro, se llegó el momento en que mi educación requirió el obligatorio viaje al extranjero.

Si soy honesta, yo no estaba para nada contrariada por irme. Mi pequeño país se había vuelto un infierno en todo sentido. Y prefiero no hondonar en el penoso tema, ya que bastaba con echar un vistazo a nuestras noticias para perder toda esperanza en nuestro pueblo. Ahora que lo recuerdo, mi profesor repetía en ocasiones que:


En este pueblo salado, solo se puede estar de tres manera. Loco, Borracho o Enamorado


Yo siempre pensé que eso lo había tomado de alguna de sus canciones de Bob Marley que tanto amaba. La música de la marihuana, le llamaba él. Vaya que le profesaba cariño a ese profesor. Él insistía en estar enamorado de su esposa y sostenía que esa era su razón para quedarse.

Yo, como se adivina, no cumplía ninguna de las tres condiciones que él mencionaba. Por lo que nada, ni siquiera el ámbito económico, me impidieron tomar las maletas y lanzarme a la aventura de Europa. Pero claro, como les ocurre a los que dejamos nuestra tierra madre atrás, comencé a extrañar enardecidamente el café, los frijoles parados, las baleadas, esos ticucos o el atol shuco, el atol de elote... en fin, lo típico de mi país. Empecé a extrañar desesperadamente el aroma a pino y el ambiente de la gente loca de mi país.


En resumidas cuentas, más tarde de lo que todos esperaban, me fue imposible no regresar a mi amada tierra natal. Desde que conseguí los boletos de avión, hasta que estuve de nuevo entre los brazos de mi familia, repetí mentalmente el poema de un poeta de mi misma nacionalidad.


«En un país de ensueño y de poesía

donde saben a mieles los cantares,

y el alma alborozada se extasía

ante la inmensidad de los pinares


Como a eso de la una, sucedió.

Una fracción de mí, una pequeña y remota que aún conservaba un ápice de la niña que una vez fui, lo había estado deseando fervientemente. Pero, gran parte de mi ser confiaba en que por lo menos ése detalle hubiese cambiado en mi amado pueblo.

Me explicaré. Para no hacerles largo el cuento, por alguna condenada razón, que nadie se dignaba en averiguar para mi gran pesar (en ciertas temporadas y cada tantos años), por la noche en mi pueblo se oían campanas distantes. Y no, no era sólo yo la que, en mi inocente fantasía infantil, las oía. Ya que había extraído vagos comentarios de mi familia, murmullos sobre ese tema a la hora del almuerzo o trazos balbuceados sacados a relucir de pronto tras un sorbo de café por el desayuno. Era un verdadero misterio y una gran curiosidad para nosotros los que eramos niños por ése entonces.


Entre las once y la una de la madrugada, se escuchaban campanadas.

En alguna época de mi infancia las había oído con verdadero terror, pensando en la guerra de la que mi abuela me había hablado, en la que por falta de sirenas antiaéreas para avisar del peligro, se usaba el acompasado lamento fúnebre de las campanas de la iglesia. Sin embargo, todas y cada una de las noches no faltaban las benditas campanadas sin que hubiera ningún otro indicio de guerra o algo así. Llegué a pensar que era por alguna muerte o algo así, ya que siempre que alguien moría sonaban las campanas, pero claro, eso era de día. Nadie explicaba ni preguntaba y cuando alguien lo mencionaba los demás cambiaban de tema drásticamente como si de algo penoso o realmente aterrador se tratase.

El recuerdo de aquella fecha aún estaba fresco en mi memoria, cuando se dio un tremendo problema política de mi país, y que el fenómeno de las campanadas se repetía noche tras noche hasta que se acabó el año.

Se oían a la distancia, como bajo el agua, casi como si fueran en el país vecino, que estaba a menos de veinte minutos, pues vivíamos en los frontera entre tres países a muy poca distancia de ellos. Yo las oía con suma atención enroscada entre esas dos cobijas que use hasta los dieciocho.


Ahí estaban, haciendo acto de presencia ahora tal como había acontecido hace casi quince años, tan pausadas como antes, con su rítmico y vibrante sonido paralizante. Casi parecía un código. Me incorporé en mi cama escuchando con atención tras el sonido de los ultraviejos resortes reaccionando a mi peso. Yo no era ninguna niña, sino una mujer adulta y no tenia porque temerle a la muerte, mucho menos a campanadas fantasmagóricas.

Quizá... quizá podía echar algún vistazo a la calle. La idea bailó en mi mente unos instantes largos hasta que las campanas resonaron otra vez. Y una enérgica curiosidad se abrió paso por entre todos y cada uno de mis miedos.

Decidida, salí de entre los edredones y tomé una camándula de perlas negras que mis dedos no habían sentido desde mi confirma, y salí silenciosa a la noche por la puerta que daba al patio. ¿Porqué lo hice? Yo también me hago ésa pregunta cada vez que los recuerdos de ésa noche regresan a mi en noches parecidas.

Agudicé mi oído quedándome quieta bajo el marco de la puerta. La noche era oscura aún con la débil luz anaranjada de los postes que alumbraban desde las esquinas. Hacía un ligero frío de octubre pero el cielo estaba despejado y una noche sin luna se cernía sobre mi cabeza. Habían pocas estrellas, pero muchas más considerando el cielo completamente negro de la ciudad a la que estaba acostumbrada.

Cuando escuché la nueva campanada no tardé en seguir el eco de su sonido. Podía tener mis treinta años legalmente cumplidos, pero entonces me sentía como una niña traviesa rompiendo todas las reglas que mis padres me habían impuesto.


En mi caminar descubrí tres cosas fascinantes, primero: había siluetas, no era la única siguiendo la pista de sonido. Como pude intenté ocultarme entre las sombras para no ser vista ya que no quería ni pensar en lo que me podría ocurrir si me descubrían.

Segundo: el sonido tenía un patrón, no cabía duda ¡Era un código! Un código que los demás se detenían a escuchar de vez en cuando, como si lo entendiesen. Logré reconocer, en cuanto la luz anaranjada iluminó su rostro, a una de mis tías, una de las mas ancianas, caminando con la frente imperiosamente alta y sin rastro del reuma que la había esclavizado cuando yo la veía por lo menos.

Tercero: me estaba acercando al cementerio de mi antigua ciudad natal.


No me había equivocado, estaban todos entrando al viejo cementerio de la Antigua. Anteriormente sólo se llamaba de una manera totalmente distinta, pero tras una inundación que dejó reducido la ciudad en escombros, fue casi abandonada por completo. Mi padre me había dicho en alguna ocasión que habían tumbas de más de cien y docientos años en ese cementerio. Que habían tumbas de militares y sargentos que vivieron en el auge guerras que nadie recordaba.

El frío de la noche crispaba mi piel y el terror se había centrado en mi interior. Sin embargo no perdía de vista a mi tía y cuando ella entró en el cementerio, yo también lo hice. Mausoleos de piedra y cemento se alzaron a mi derecha e izquierda, entre ellos, el de mi poeta favorito.

Vi a mi tía pasar frente a él sin detenerse, por lo que tuve que imitarla. Ella no paró hasta encontrarse en lo más hondo del cementerio para fijar su atención en un mausoleo. Una pequeña edificación de cemento y piedra encerraba en su interior una familia de difuntos, nueve tumbas se vislumbraban desde mi posición a través de los barrotes de la puerta.


A mi parienta esto no la detuvo, de su abrigo extrajo una llave con la que logró sin dificultad abrir el candado que cerraba el mausoleo y entrar por su puerta volteando a ambos lados antes de cerrar de nuevo con candado.

Todas las personas que iban con nosotros, que eran muchos, entraban por distintas puertas. Varias tumbas o trampillas eran removidas para que la gente entrara y eran consientes de volverlas a cerrar por si alguien, como yo, les seguía.

¿Qué hacía tanta gente junta? Y además ¿Porque en un cementerio de un pueblo casi deshabitado? ¿Porque aquí? y más importante aún ¿Como es que esta gente pasaba desapercibida? porque algo me decía que no era la primera vez que estas personas se reunían aquí. Por lo menos, esa ultima duda fue disipada al darme cuenta de algo: sus pasos eran muy silenciosos. Eso explicaba el porque pasaban tan desapercibidos si nunca eran escuchados, ya me estaba pareciendo demasiado raro que tanta gente nunca fuera descubierta. Hice lo posible por andar lento y pausadamente para no hacer ruido, pero esto era casi imposible.


Mi parte racional me decía que ya había sido suficiente, que ya había averiguado cuanto quería y debía regresar a descansar a la seguridad de la casa de mi familia. Pero mi curiosidad, mil veces mas grande, me gritaba que buscase una entrada también. Tal como imaginé, mi tía había desaparecido en el interior del mausoleo.

Me acerqué midiendo mis pasos para no hacer mas ruido del necesario y utilice un sandino (horquilla) para forzar el candado para poder entrar. Nunca había hecho tal cosa, por lo que me tomó un tiempo hallarle el truco. Y sinceramente no sabía que era lo que quería encontrar si no había nada mas que cuatro tumbas de una familia ya fallecida.


Di vueltas por algunos segundos estudiando cada milímetro del lugar. Era muy angosto y mi claustrofobia me impedía hacer las cosas con precisión. Sentía el sudor helado bajar por mi espalda y miradas inexistentes en mi nuca.

—Estas sola, Nayeli— me dije a mi misma tras voltear inconsciente hacia atrás —no te asustes... Solo estás entre cuatro occisos... Completamente mu-muertos.


Sentía que debía apresurarme o el techo me caería encima.

Entonces, tomé mi teléfono móvil y usé la lámpara para ver más de cerca los azulejos de las paredes. Si algo me habían enseñado todas esas películas y series, era que en cualquier lugar había alguna palanca, botón o censor que accionaba alguna entrada secreta a quien sabe dónde.

Había uno de estos azulejos mas removido que los anteriores, parecía flojo y no desaproveché la oportunidad para quitarlo con poco cuidado. Estaba desesperada por salir, las paredes parecían cerrarse sobre mi.


Había un botón que, al presionarlo, una de las tumbas pareció exhalar polvo por las hendiduras de la piedra. Tal era mi pánico que no pude moverme mientras la tapa se suspendía.

Como pude controlé mis alarmados y temblorosos nervios para mirar hacia el interior de la tumba con la luz de mi móvil.

Sonreí.

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5/3/18

14 de Septiembre de 2019 a las 17:21 0 Reporte Insertar 1
Continuará… Nuevo capítulo Todos los sábados.

Conoce al autor

Litzy Martinez No me considero diferente, ni muy especial, pero s� humana. Solo una so�adora m�s que intenta plasmar su vida y sus pensamientos para compartirlos con el mundo. Creo que este es el lugar para extender mis alas de drag�n sin temor a paredes que me limiten. Escribo de todo y s�lo estoy comenzando a publicarlo, mi sue�o es poder llegar a ser una verdadera escritora. S�lo pido una oportunidad, quien sabe, quiz� te sorprenda...

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