La perversión de Valentina Seguir historia

benponce Ben Ponce

Valentina regresó al instituto para concluir la secundaria, luego de una pausa de dos años, viéndose obligada a convivir con estudiantes un poco más jóvenes que ella, a los que considera niños. Debido a sus deficiencias académicas le es asignado un tutor, Manuel Martínez, el estudiante más sobresaliente del instituto, también compañero suyo. Sin embargo, los intereses de Valentina distan del ámbito educativo, se considera a sí misma una mujer en cuya piel han aflorado deseos y fantasías perversas que está decidida a cumplir sin importarle a quiénes involucre en las mismas.


Erótico Sólo para mayores de 18.

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Capítulo 1: La presentación (Manuel)

Entré al salón de clases siendo casi el último, sin embargo, nadie usurpó mi asiento, ese justo al lado de la puerta, en la primera fila; el lugar en que podía pasar desapercibido, mantenerme aislado de los demás estudiantes y del docente. No era que odiara al mundo, sino más bien que éste me odiaba a mí, un grupo de mediocres que descargaban sus frustraciones y envidia en mi contra, como si yo fuera el culpable de la facilidad que poseo para aprender, o del agrado que los profesores tenían al ver mis resultados. En fin, tampoco es que me importaran, yo solo iba para adquirir conocimientos al mismo tiempo que obtenía un grado académico. Ese era el primer día del último año de la secundaria, mi esperanza se avivaba al pensar que en la universidad me toparía con menos idiotas, al menos la mitad de ellos, seguramente, se quedarían relegados a empleos que no requirieran mayor preparación académica, ya fuera por falta de interés, capacidad o por haber formado una familia de manera imprevista.

Pasados algunos minutos entró la maestra, curiosamente era la nueva, aquella que el director Navas acababa de presentar en el acto de apertura, en el cual dio un discurso bastante motivador, aunque poco original, cargado de frases cliché que circulan por las redes sociales.

—¡Buenos días, jóvenes! —Inició ella—. Es un gusto estar con ustedes en esta clase, mi nombre es Aster Leiva. —Escribió su nombre en sincronía con sus palabras—. Estaré encargada de compartir con ustedes el interesante mundo de las matemáticas, además seré orientadora de esta sección, por lo que compartiremos el doble, ya que estaré pendiente de ustedes; diría que como una segunda madre, pero creo que no aplica —bromeó, aludiendo a su edad—, mejor dicho, véanme como una hermana mayor…

Continuó hablándonos del plan de estudio de la materia, de los horarios que tendríamos durante todo el año y otros asuntos similares. Debo decir que me sorprendía ver a alguien tan joven, no pasaría de los veinticinco años. Me estresaba que nos hiciera presentarnos uno a uno, como suelen hacer algunos docentes, tanto por lo nervioso que me pone hablar ante el grupo como por lo abrumado que me tenía su presencia. Noté que mucho de lo que hablaba, lo hacía dirigiendo su mirada hacia mí, como si solamente fuéramos ella y yo en todo el salón; de cierta manera, eso me hizo examinarla con más detenimiento. Cabello negro, piel blanca, ojos marrones, delgada aunque con rostro redondo. Afortunadamente, no le sobró tiempo para obligarnos a presentarnos, quizá por los minutos que demoró al iniciar.

—Bueno, jóvenes, eso es todo por este día. Ya llevan su horario, espero que sea un buen año para todos y que nos llevemos súper bien. —Se despidió, se acercó con disimulo a mí y me dijo—: Necesito que te quedes un momento. —Tragué grueso y asentí.

Mientras mis compañeros se retiraban, mi nerviosismo se acrecentaba. Había escuchado muchos casos de maestras que sostenían relaciones con sus alumnos, y no es que yo creyera que ese fuera el caso, pero fue lo primero que llegó a mi mente.

—¿Manuel Martínez? —preguntó, cuando no quedaba nadie más.

—Sí, soy yo —respondí, con la boca seca.

—Solo quería estar segura. Tu fama te precede. —Sonrió—. Según he sabido eres el estudiante con mejor promedio de este instituto.

—De la clase —murmuré.

—No, de todo el instituto —afirmó—. También sé que quieres convertirte en profesor, ¿es cierto?

—Pues, sí, es lo que quiero estudiar. —Me di cuenta de que ella no era una ninfómana y yo seguiría virgen, así que comencé a respirar con normalidad­­—. Tengo problemas para hablar en público, pero creo que puedo superarlo.

—De acuerdo, bueno, necesito que me ayudes con una alumna. —Su sonrisa se matizó de vergüenza y su mirada de ruego—. Verás, una de tus compañeras está un poco atrasada en sus estudios, dos años para ser exactos, así que se propuso asignarle un tutor y creo que no hay mejor opción que tú.

—¿Yo? —cuestioné sorprendido—. Nunca he sido tutor de nadie y…

—Míralo como una oportunidad para saber si tienes madera de docente. —Colocó su mano en mi hombro.

—Bueno, si lo vemos así. —La idea me emocionaba, a pesar de mi inseguridad.

—¡Excelente! Regresa al final de la última clase de hoy, te presentaré a Valentina. Lo hubiera hecho ahora, pero necesitaba hablar contigo antes. Ahora, vete o llegarás tarde a tu próxima clase.

—Cierto, regreso a la salida, entonces. —Me despedí, con la cabeza llena de dudas.

17 de Febrero de 2019 a las 00:23 2 Reporte Insertar 12
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Marcela Valderrama Marcela Valderrama
¿Será lo primero que a un estudiante le viene a la mente? Jajaja, aunque superficial para dar una opinión por ahora, debo decir que como siempre está muy bien escrito. Seguiré leyendo.
21 de Febrero de 2019 a las 12:46

  • Ben Ponce Ben Ponce
    Depende de la mentalidad del estudiante y el atractivo de la maestra, creo yo. Gracias, estaba esperando tus comentarios. 21 de Febrero de 2019 a las 13:10
~

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