Canciones de Taberna Seguir historia

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Siempre ha llegado ese momento que para muchos llega a ser la representación más certera del purgatorio en la tierra: uno simplemente no decide el momento para hablar con el cantinero, sólo se llega y se acaba enterrado en el desierto de las copas… Y ahí se halla la salvación: en medio del primer trago, suena la única advertencia que logra profundizar en nuestros oídos ebrios; las canciones que relatan las fantasiosas historias de los desgraciados con los que compartimos celda, mostrándonos así que tanto asco tendrá el diablo de nosotros, o, si todavía se tenía salvación alguna, que tanto tiempo lograremos pasar antes de dar ese gran salto al castigo merecido. Desde el nacimiento del hombre de fedora que empieza desde el estallido de la sonrisa más confiable (esa cicatriz que nunca deja de arder); el tormento que se esconde detrás del tesoro más anhelado por el hombre, martillándose la cruz en la mejilla, aun sabiéndose la verdadera mentira del placer; la perdición del carnicero de la ciudad que es el mismísimo heraldo del diablo, todo a manos de esas cálidas caricias y ese encanto escénico (se disfruta en la cama con el mismo lívido y ritmo instrumental), pues el pobre desgraciado todavía no olvidaba el corazón que el mismo había hundido en el frío y desolado mar del olvido; y, como cereza del pastel, especial para los vigilantes, la prueba de que la corrupción y el remordimiento no es característica única de los bien vestidos, pues la placa y la gorra también acarrean una promesa de justicia


Crimen Sólo para mayores de 18. © 1801175412815

#258 #suspenso #376 #mafia #detectives #novelanegra
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One for My Baby

Nota: En realidad, el libro contendrá un conjunto de relatos (sólo existe como alternativa la categoría de micro relatos), siendo algunos parte de una historia fragmentada cuyo hilo principal será el crimen, novela negra. Espero arreglar y pido disculpas por cualquier malentendido que se pueda dar.

Sin más preámbulos, espero lo disfruten.


One for My Baby


Sin más preámbulos, espero lo disfruten.

Eleanor se había levantado a la medianoche por culpa de la lluvia, la cual, con ayuda de la ventana, reproducía una melodía que producía pavor y escozor, como si fuera andar de tarántula.

Tic tic tic tic tic tic… luego venía el trueno a cortar con brusquedad la picazón, pero sólo por segundos… tic tic tic…

Deseaba con muchas ganas reconciliar el sueño, pero la resequedad de su boca­―aunque el miedo que provocaba la rapsodia que tocaba la ventana también intervenía―la privaba de sueño.

Eleanor recordó, aunque deseó no haberlo hecho, que en esta clase de situación alguien solía venir a su lado, para despejarle la mente y así alumbrar cada rincón oscurecido por el temor con el brillo del cariño que brinda un abrazo o una caricia. Sin embargo, también recordó (lo que no deseaba) que había algo peculiar en dicho cariño… agrío, dulce, pero con un fondo agrío…nervioso… ¿miedo? (¿Por qué se habían mudado después de su muerte? ¿Por qué con tanta prisa? ¿Por qué él andaba siempre con evasivas? Eleanor siempre notaba la rareza… no, más profundo, más inquietante, más desgarrador... ¿por qué?). Como siempre, el recuerdo de una madre entristece y aflige, pero luego uno mismo se pone a la par; uno siempre se ilumina y se despeja la mente con los recuerdos correctos y las palabras correctas. Y, para una niña, eso conllevaba un extra: sentimiento de superación, de maduración, sensación que acaba en valentía, la cual le era muy necesaria en estos momentos.

Al final la sed la venció y la obligó a ir a la cocina.

El ambiente pacífico y nocturno de la cocina y el sonido de la lluvia, que en esa parte de la casa pasaba a ser el sonido reconfortante del repiqueteo metálico del techo del cobertizo y el del auto, tranquilizaron y adormecieron a Eleanor.

Pobre de ella, se olvidó de la tormenta. Dios no quiera que… Pues ella moriría del susto dada su ciega confianza.

Pero el miedo, criatura creativa y deslumbrante, no vino en forma de trueno, ni de ramas que se transforman en bestias infernales a mitad de la noche, ni de malditos gatos que se la pasan rascando la ventana (ojalá les caiga un rayo a esos desgraciados), sino que adoptó el peor de los senderos, el más traumatizante y perturbador que una niña pueda presenciar. Muchas personas quedarían libres, incluso si hubieran cometido actos atroces, si se descubriese que fueron sobrevivientes de tan indescriptible experiencia, porque el miedo no deja articular, congela el cuerpo, los huesos; petrifica el alma, al igual que sólo lo hace la muerte.

La niña curioseó: observó algo inusual, y en medio de la noche, para un niño, «inusual» se relaciona con las historias de terror, vistas en la televisión o relatadas por un vecino que las escuchó de su hermano mayor. Oh, Dios, una noche tormentosa, la realidad iba siendo engullida cada vez más por el turbio mundo de las pesadillas.

El segundo piso irradiaba una pequeña luz. Dio unos pasos para indagar más: provenía del lado derecho, lado en el que se encontraba el cuarto de «trabajo de su padre» (pues sí, había trabajo en la mesa, pero recientemente―y podía entender el por qué, aun siendo una niña―el trabajo era superado por las copas de ron, coñac, vino…).

El sueño se desvaneció, y en su lugar apareció el enérgico espíritu infantil, y con el espíritu también se vino una mentalidad de misma naturaleza.

Sin pensarlo, a Eleanor se le ocurrió la idea de subir, con arduo sigilo, claro está, y asustar a su padre saltando y bramando un Buuu o el primer ruido que su reseca boca pudiera emitir.

Subió, de puntillas, los escalones. Al llegar al segundo piso, avanzó, igual de puntillas, apegada a la pared, hacia la oficina de su padre. A cada paso sus oídos percibían una melodía que, dada su edad, le resultaba extraña, pero por desgracia los niños no le temen a eso, sino que les causa más curiosidad (ese fatídico error). Paso, unos olfateos, paso, unos ligeros golpeteos, paso, lloriqueos frágiles, paso, «Te fallé. Te fallé. Te fallé. Por mi culpa estas…Ya no encuentro…sentido», paso, un sonido muy peculiar…un sonido metálico, un crujido… El espíritu infantil se estaba desvaneciendo, pues su mente transformaba el crujido en los mordisqueos de un monstruo que engulle con el afán de salpicar por todo el salón esa mezcla que Eleanor sólo veía en los días de verano (o cuando llegaba a ser lo suficientemente torpe como para no temerle a las alturas). Pero ella continuó avanzando, ya no siendo impulsada por la comicidad de una broma, sino que era manipulada ahora por los hilos metálicos del genuino temor, ese que logra que el remordimiento de la salida espante más que el mismo fatídico y, de seguro, mortal enfrentamiento.

Se asomó a la puerta…

David Moore, vestido con su bata roja de seda, se encontraba cabizbajo, sentado en su escritorio con los codos en la mesa y las manos en el cabello. Olfateaba un par de veces, y, cuando no lo hacía, soltaba un lloriqueo. Su corta y delgada cabellera café, que era manoseada constantemente, brillaba por el sudor y presentaba, las sienes en especial, caos y desorden, e incluso, si se observaba más de cerca, se podía apreciar signos de un dolor punzante. Sus ojos habían adoptado un tono rojizo y eran rodeados por un rastro húmedo que continuaba hasta las mejillas, en donde éste se secaba, dejándole el rostro con un aspecto quebradizo. Parecía que un enfermo, de esa clase de enfermo que la gente suele llamar «loquito», se había colado en la casa, y a veces, ni siquiera parecía tratarse de un humano, pero lo era, debía serlo… sólo con ese pensamiento Eleanor lograba tranquilizarse.

El padre provocaba preocupación, desconcierto. El terror, el verdadero pavor que profundizaba en la psique de Eleanor con la bestialidad y destreza con la que ataca una bestia, lo provocaba el foco de atención de los atestados ojos de su padre: un tubo gris. Un cilindro chato, grueso y con abolladuras simétricas. Un mango de madera. Cada objeto compartía una cualidad con el hombre que los observaba: decadencia.

●●●●●

―Un revólver... ―Al Eleanor redimirse del pabellón de los recuerdos (pesadillas, más bien), las palabras le salieron tiesas y sin vida, como el suspiro que suelta un alpinista al enterarse de que lo único que le queda por hacer, es esperar al letal abrazo de la escarcha.

●●●●●

Como le pasa a todo protagonista de una historia de terror, Eleanor fue traicionada por su subconsciente, el cual era seducido por el horror (falso valor y curiosidad, sus armas principales). Ella se acercó, con la misma cautela con la que había avanzado, hacía su padre. El dominio que dejó que ejercieran esos malditos tiesos hilos sobre ella tuvo un precio: descuido. Un paso en falso. Para ser más exactos, pisó algo que crujió (nunca supo que fue lo que pisó, aunque sospecha, hasta el día de hoy, que se trataba de una Cracker; su padre las adoraba. ¿Pero…ese era su padre?).

Los ojos rojos y enfermizos se abrieron con un ímpetu atemorizante ante el sonido. David Moore comenzó a levantar, temblorosa y lentamente, la cabeza. Al mismo tiempo que se erguía, su cabeza se liberaba del yugo de sus manos.

Cuando su rostro se encontró con el de su padre, la encrucijada de tan sombría escena se postró frente a Eleanor. Frente a frente, la niña pudo ver con claridad la vulnerabilidad y el tenue rencor de los ojos, que, debido a la fuerza frenética que había empleado para abrirlos, se hallaban desorbitados. También pudo ver la extraña postura en la que se encontraban sus manos: tiesas, casi petrificadas, o tal vez, por los dedos contraídos, los cuales denotaban añoranza por el tacto con la cabeza de su padre―o, con mayor precisión, el castigo que le daban―, muertas.

¡Escapa!¡¿Qué haces todavía parada?! ¡Huye antes de que sea tarde!, se gritaba la pequeña. Pero ya era demasiado tarde: desde que escuchó los lloriqueos, ella ya no tenía más control alguno sobre su cuerpo; había perdido toda sensación. En realidad, ella, desgraciadamente, todavía seguía sufriendo de los escalofríos, de la agitada respiración y de los continuos golpes que su corazón producía; el miedo siempre es muy juguetón, como lo es un niño antes de su primer infortunado encuentro (lo siento, Eleanor, ya te tocó).

Los brazos de David recobraban vitalidad (o quizá, él recuperaba el control sobre ellos), como si acabaran de ser liberadas del yeso. Pero los dedos mantuvieron su posición de ataque felino; aunque, bajo la luz tétrica del cuarto, parecía más de perecimiento, como la manera en la que se aferra un mezquino ante su último consuelo terrenal (siempre material; nadie más pesa su partida). Bajó las manos con languidez y, mientras exhalaba hondo y silencioso, las deslizó por la mesa, como si se trataran de culebras reptando hacía su presa. Las fauces se abrieron y atraparon a su cena: aquel aparato que Eleanor sólo había presenciado en películas del medio oeste. Hincaron sus colmillos lentamente, mas no apretaron con fuerza; parecía que sentían cierto gusto ante el tacto, deseando darle su tiempo a la experiencia. Deslizó la pistola, sin provocar ruido de fricción o toqueteo alguno, y apuntó el cañón al rostro de la pobre y casi desfallecida Eleanor.

Mirada penetrante, decidida y enfermiza, David Moore; fría y negra, el arma.

En su mente, Eleanor escuchó, por alguna rara razón con la voz del Oficial Matutes, un: «Arriba las manos». Sin embargo, no conseguía hacer eso, más bien, temía hacerlo; el instinto, que para esa edad era percibida como una extraña clase de poder, o una clase de espíritu guía compasivo, o a veces como un insecto, le advertía que el mínimo movimiento podría causar un ¡Boom! Y lo que más le revolvía el estómago y la mente, era que su padre sería quien lo ejecutase.

Luego de unos segundos, el dedo que se aferraba al gatillo comenzó a temblar… Una leve contracción.

A pesar de que el corazón le golpeaba el pecho salvaje y desenfrenadamente como el hombre que trata de encontrar la salida de una trampa mortal por medio de la fuerza, a pesar de que sus rodillas amenazaban con desfallecer en cualquier momento y que la garganta se le encontraba sofocada por la acumulación de respiración (ya empezaba a arder, el tan vital oxigeno ahora cortaba con molestia, como punzón de alfiler), temiendo ante la idea de producir aunque sea el mínimo ruido, ella logró articular(un milagro que no se haya desplomado en el proceso):

―¿Qué-qué ha-ha-haces, pa-pa-papi?

Su padre cerró la boca y trató de humedecerse los labios, que ya se habían secado y agrietado. Luego de unos intentos, aparentemente vanos, croó débilmente y, después de tratar de humedecerse la boca otra vez, por fin, habló; murmuro inentendible, como si estuviera recitando un maleficio:

―Hazooo…taned. Hazzzto....rrraedó. ―Dio un respingo y soltó otro ruido, éste más seco que los demás. El dedo del gatillo empezó a contraerse.

Eleanor empezaba perder el sentido: gradualmente dejaba de percibir el acogedor ruido de la lluvia… La visión decayó haciendo que viera todo difuminado, creándose así un nuevo mundo de pesadillas, todo bordeado por líneas que se movían enloquecidas, todo parecido al garabato sin sentido que un infante hace, como los garabatos de Eleanor.

Su padre, denotando un carácter explosivo y frenético, parpadeó con fuerza tres veces, sacudió la cabeza, con la misma brusquedad con la que se secan los perros, y su mirada enfermiza-vulnerable-decisiva desapareció. Formó una media sonrisa, que parecía más un tic nervioso, se refregó la boca y dijo:

―Jugaremos a «indios y vaqueros».

El pánico que sufría Eleanor (mucho castigo para una niña que todavía seguía creyendo que si se portaba mal recibiría carbón―aunque, dadas las tragedias recientes, ahora sus creencias con todo lo relacionado con la alegría eran quebradizas―) apaciguó tenue cuando la mano de su padre dejó de ahorcar el arma, concentrándose esta ahora en hurguetear el cajón derecho de su escritorio. Pero volvió a avivarse cuando notó que su padre hacía esfuerzos para levantarse de la silla. Parecía un anciano víctima del reumatismo. Costó un gran esfuerzo, alguno que otro gruñido y un trago de saliva de intermedio, pero al final David logró pararse. En la mano derecha llevaba el objeto que sacó del cajón: una pluma. Se acercó a ella, quien tenía una pierna lista para el retroceso, y acomodó la pluma en la oreja de su hija.

―Jugáremos, Elea. Y te prometo que te divertirás.

«¡Lo que quieres no es jugar, maldito mentiroso!», esa expresión contundente y vehemente cursó frenética por su garganta. Sin embargó, Eleanor logró detenerla, pero, por el retardo, no se pudo salvar de las graves consecuencias: la voz se descarriló, arrollándole la lengua, y terminó embistiéndole las paredes bucales, y, además, para empeorarlo, dejó, como lo hacen los camiones de basura, una estela escabrosa y maloliente en la garganta.

El temor acarició de nuevo su espalda, y no fue por el golpe, ni por el gusto acre en su garganta, que iba renovándose cada vez que tragaba saliva, sino por las palabras. ¿De dónde había salido tanta malicia? ...Y recordó… recordó… Las palabras se escucharon con frecuencia en los últimos días de su madre. También hubo maldiciones… golpes… peleas…arrepentimiento… ¿de qué? Nunca preguntó; grave error.

―¡Sí, no-no-nos divertí-ti-tíremos, pa-pa-pá! ―Sus extremidades dejaron de temblar, sin embargo, continuaban mostrando espanto con su frigidez y sudor.

Después de que el nerviosismo se desvaneciera de su sonrisa, David dijo, con acento del viejo oeste (tal vez Jhon Wayne, tal vez Gary Cooper, tal vez un comediante de tercera):

―Ahora métete en tu escondrijo, niña india. ―Corrió en dirección hacía su escritorio, tomó de nuevo el arma, metió el dedo índice en el gatillo y, esta vez, trató de hacer piruetas con ella, de las cuales algunas terminaron en torpeza y otras en un piqueteo en el dedo. Detuvo su espectáculo y, sonriendo hasta mostrar lo podrido de sus dientes, advirtió (amenazó)―: Escóndete, porque si no...

●●●●●

―Vamos, Eleanor, no seas tímida y cuéntanos a todos el poema que escribiste para tu padre ―reprochó la profesora, empujando el hombro de la niña, puesto que para ella su aspecto de ojos congelados y observantes a la nada parecían indicar un típico caso de pánico escénico, propio de la infancia.

Pánico escénico…

La niña, quien tenía la frente bañada por el sudor y los brazos algo entumecidos, bajó la vista para concentrar su atención al único objeto con el que tenía contacto (mientras aun podía mantener activa la sensibilidad): una hoja de papel.

Papá quiere jugar

Un título que le asqueaba… pero ¿por qué lo había titulado así? Ah, sí, estaba escrito para la diversión de alguien, y ese alguien se hallaba en la misma habitación.

―Eleanor, vamos, no seas tímida y continúa con tu poema. Te ayudaré: Revolver, revolver…reeeevooolveeeer.

Tragó saliva y pasó su vista de la hoja al público que la observaba. Los niños se bufaban de ella y los adultos miraban con cierta ternura el miedo que exudaba la pequeña (si tan sólo supieran la razón, si tan solo la supieran… tal vez habría ayuda). La razón en específico por la que dirigió su vista a la gente, fue para concertar sus temores. Lamentablemente, ella tenía razón

Alguien en la pequeña multitud articulaba una sonrisa, pero de significado mezquino, demencial; una sonrisa evocada por un placer oscuro. La risa era casi imperceptible, pues si se dejaba escapar a la luz, ésta espantaría, o peor aún, traería sospechas para su portador. Pero alguien que se encuentra encerrado en el abismo de su alma podía detectarla con facilidad.

Un padre sonreía por el saber del comportamiento de su hija; sabía que era obra suya. Un maniático entre gente «normal» (¿Quién sabe? Quizás el niño detrás de él se la pasaba matando gatos―aunque yo se lo agradecería―¿Quién sabe?).

La diversión seguiría en casa, y para cuando ésta se acabase por obra de la curiosidad de algún vecino entrometido o de algún compañerito de clase muy imaginativo, el padre ya tendría listos los preparativos: dos balas y un agujero.

Una para su bebé… y una para el camino.


4 de Febrero de 2019 a las 04:18 0 Reporte Insertar 4
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