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laboheme1987 Lilith Cohen

Para todos aquellos que gustaron de la colección “Cuentos De Las Calles” les traigo esta nueva antología de cuentos cortos con el mismo realismo misterioso. En esta ocasión les invito a conocer las historias de un usurero codicioso al que le llega la hora de forma inesperada, la inexplicable desaparición de dos niños que acudieron al auxilio de un gato sin dueño, una pareja asesinada a sangre fría en un motel abandonado, cuatro amigos que se reúnen a contar una leyenda sobre una extraña criatura, unos niños huérfanos a los que se les prohíbe tajantemente jugar en el patio trasero del orfanato y el reencuentro de una joven con una antigua compañera de la escuela, que por un extraño motivo, no logra recordar a dos hermanas gemelas que también fueron sus amigas en clase.


Cuento No para niños menores de 13.

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El Sicario de la Muerte

En un callejón del centro de un poblado que no pasaba de los cinco mil habitantes, había una sola casa de empeño cuyo propietario era un hombre que debía rondar entre los cincuenta y los sesenta años que se llamaba Simón Cervantes; mejor conocido como Don Simón. Lo que tenía de avaro y egoísta lo tenía de astuto e inteligente para llevar a cabo esa clase de negocios con éxito y eso había que reconocérselo. 

El usurero sabía que cuando la situación económica era dura, la gente en su desesperación podía llegar al grado de empeñar o vender sus joyas u otros objetos valiosos por un precio muy por debajo de su valor verdadero, y así, él podía sacar provecho y cobrarles el favor con intereses desorbitantes. Muchas personas de las que solían acudir a su casa de empeño eran ingenuas y no se daban cuenta de que Don Simón solamente les veía la cara. 

Doña Filomena era una pobre anciana incauta que se había visto en la necesidad de acudir al usurero por un problema de salud que la aquejaba, ya que no tenía suficiente dinero para pagar la consulta médica. Empujó la puerta principal haciendo tintinear las campanillas que avisan a Don Simón cuando alguien acaba de ingresar a la tienda. 

- ¡Buenos días, Don Simón! - lo saludó amablemente la mujer.

- ¡Buen día, Doña Filomena! Dígame ¿qué la trae por aquí? - le respondió el propietario dirigiéndole una mirada codiciosa. 

- Mire... - contestó la mujer mientras sacaba de su bolsillo una cadena de oro que había pertenecido a su familia por varias generaciones. - Quisiera saber ¿cuánto me daría por esta cadenita? - 

- Hmm... veamos - contestó Don Simón esbozando una risita maliciosa al mismo tiempo que se frotaba las manos. Doña Filomena le entregó la cadena y el usurero se colocó detrás del mostrador para poder analizar detenidamente la pieza con su lupa de joyero. 

Don Simón tardó como cinco minutos examinando la prenda y la anciana comenzó a impacientarse un poco. - ¿Y bien? ¿cuánto puede darme por ella? - 

- Pues mire Doña Filomena, la verdad es que su cadenita no vale mucho que digamos, es tan sólo de baño de oro y no de oro puro ¿comprende? - 

- ¡No me diga! - exclamó la anciana totalmente consternada.

- Pues así es señora, lo siento. Lo más que podría ofrecerle por ella son 200 pesos, ni más ni menos ¿qué me dice? - 

- Está bien... pues, como dicen por ahí: "peor es nada". La verdad es que creía que esa cadena valdría por lo menos unos 800 pesos, pero en fin, usted es el experto aquí. - 

Él sonrió maquiavélicamente mientras le entregaba a Doña Filomena los miserables 200 pesos que apenas le alcanzarían para pagar su consulta con el doctor, y para comprar las medicinas tendría que buscar otra manera de obtener más dinero.

- ¡Muchas gracias Don Simón, es usted muy amable! - se despidió cortesmente la viejecita.

- Al contrario, muchas gracias a usted - respondió el estafador mientras pensaba para sus adentros: "gracias a usted y a su ingenuidad." 

Pero no todas las personas se dejaban engañar por Don Simón, muchos se daban cuenta de que en realidad no pagaba el precio justo por las cosas, pero a veces no tenían otra alternativa, pero eso sí, no se marchaban de la tienda sin decirle sus verdades.

- ¿Sabe lo que es usted? ¡Usted es un maldito abusivo que saca provecho de nuestras necesidades! - le gritó una vez una joven llamada Diana que tuvo que ir a ofrecerle todas sus joyas porque su hijo, que apenas tenía un año y tres meses de edad, se había enfermado gravemente. 

El usurero se burló de ella con cinismo. - ¡Ja ja ja ja! ¿Sabes qué no eres la primera que me dice eso, muñeca? Lo siento mucho, pero no puedo darte gran cosa por tus baratijas - y tomándola del brazo le susurró al oído mientras la miraba de forma libidinosa. - Aunque... claro, tal vez podría darte un poco más de dinero si tú te portas bien conmigo... - 

Diana le acomodó una sonora bofetada. - ¡Suélteme maldito viejo asqueroso! - y salió corriendo de la casa de empeño mientras Don Simón se desternillaba de risa. 

Sus carcajadas cesaron súbitamente cuando se percató que había alguien detrás de él, era un sujeto alto y muy delgado, llevaba puesta una larga túnica negra con una capucha que le cubría todo el rostro. Don Simón se puso pálido en cuanto lo vio, ya que aquel extraño visitante debió de haber entrado a la tienda tan cautelosamente que ni siquiera hizo sonar las campanillas al empujar la puerta.

- ¿Quién es usted? ¿Qué es lo que quiere? - preguntó tratando de ocultar su temor y parecer autoritario, lo cual no le sirvió de nada ya que su rostro había quedado más blanco que la harina por el susto que se acababa de llevar. 

El misterioso individuo no pronunció ni una palabra y avanzó a paso lento hacia Don Simón, se detuvo en seco a un metro de distancia de él y lo señaló con el dedo índice de su mano macilenta y huesuda y pronunció las siguientes palabras en tono amenazante. - Simón Cervantes, no creas que podrás continuar engañando a personas inocentes y aprovechándote de ellas. Un día de éstos te van a hacer pagar por todo lo que has hecho. - 

El usurero trató de fingir que no le había impresionado aquella advertencia. - ¿Ah sí? - preguntó sarcásticamente mientras se volteó hacia el mostrador. - Pues me gustaría saber quién sería capaz de.... - pero cuando volvió la vista hacia la entrada, aquel misterioso personaje ya no estaba ahí.

Al otro día, Don Simón continuó con sus ocupaciones como si nada hubiera sucedido. Por lo general acostumbraba cerrar su negocio a las diez de la noche pero como tenía algunos pendientes se quedó ahí hasta que el reloj marcó las doce. En cuanto el antiguo reloj de péndulo que tenía colgado en su pared (adquirido también gracias a uno de sus tantos "buenos negocios") terminó de tocar las doce campanadas; un hombre alto con lentes oscuros, sombrero de ala ancha, vestido con una gabardina negra, unos guantes negros y que llevaba un fino portafolio de piel del mismo color, entró a la tienda haciendo tintinear las campanillas. 

El usurero no acostumbraba recibir clientes a esa hora, pero no quiso decirle a aquél hombre que se marchara porque no podía desperdiciar una oportunidad de hacer un "buen negocio." El recién llegado observaba atentamente todo lo que había ahí en el local: desde instrumentos musicales de todas clases hasta un par de antiquísimas máquinas de escribir. 

Don Simón dejó lo que estaba haciendo y se acercó lentamente hacia el hombre de negro. - Buenas noches caballero ¿qué es lo que desea? - preguntó de manera exageradamente amable. 

El misterioso personaje volteó a verlo y le sonrió. - Buenas noches, verá, estaba buscando algo así... como una cadena de oro. - 

Al tipo mezquino le brillaron los ojos de emoción en cuanto escuchó eso e inmediatamente se colocó detrás del mostrador donde tenía las joyas en exhibición. 

- Pues verá... - dijo al mismo tiempo que sacaba de una cajita forrada con terciopelo rojo la cadenita que Doña Filomena había llevado a empeñar apenas el día anterior - ... aquí tengo esta, es de oro puro. - 

Su nuevo cliente tomó la cadena con sus dos manos y la analizaba detenidamente. - Es muy bonita. - 

- Ya lo creo que sí - contestó Don Simón ansioso. 

- Me gustaría llevármela ¿Cuánto quiere que le pague por ella? -

El codicioso individuo se quedó pensando en cuánto dinero podría sacarle a aquel extraño. - 1,200 pesos - respondió completamente seguro y decidido. 

El visitante seguía examinando la cadena mientras emitía una risilla socarrona. - ¿Me está pidiendo 1,200 pesos por una insignificante prenda de baño de oro? - preguntó mientras su sonrisa se transformaba en una estridente carcajada. 

Don Simón se quedó perplejo al escuchar eso. - ¡No! ¿Pero qué está diciendo? ¡Esa cadena es de oro puro! - 

El tipo del sombrero lo miró fijamente. - ¿De verdad? Eso no fue lo que le dijo a la anciana que se la trajo. - 

El usurero tragó en seco. - Mire caballero... ¡si no le interesa adquirir nada será mejor que se vaya de aquí! - 

- Tranquilícese - le respondió su interlocutor llevándose un dedo a los labios. - ¿Por qué supone que no tengo interés en comprar algo? - 

Se acercó hacia el mostrador y señaló un saquillo de tela color negro donde Diana había guardado todas las joyas que le había dejado a Don Simón. - Quisiera ver que es lo que hay ahí - y antes de que el otro pudiera decir algo, se adelantó agarró el saco y vació el contenido encima del mostrador. Tomó algunas de las joyas y después de revisarlas con detenimiento exclamó. - ¡Puras baratijas! - y las volvió a guardar. 

- ¡Se equivoca! - gritó Don Simón. - Ahí hay cosas muy valiosas, entre todo lo que hay ahí debe de haber como unos 10,000 pesos fácilmente. - 

El hombre inclinó su sombrero hacia adelante y cruzó los brazos. - No tengo suficiente dinero, pero si quiere puedo pagarle con... usted sabe... algunos favores - y volvió a soltar una carcajada malévola.

- ¡Es usted un demente! ¡Haga el favor de salir de mi tienda o llamaré a la policía! - 

- Mire... - contestó el extraño mientras tomaba su portafolio y lo abría y sacaba de ahí un revólver Magnum modelo Taurus 357 y se lo mostraba a Don Simón. - ¿Es hermoso, no cree? ¿Cuánto piensa que valga? - 

Al ambicioso de Don Simón se le pasó el enojo enseguida, pues pensó que tal vez ese tipo fuera un matón que quisiera deshacerse del arma por algún delito que hubiera cometido con ella, así que lo mejor sería que tomara sus precauciones. - Pues... - contestó dubitativo al mismo tiempo que se acercaba para verla mejor - ... claro que puedo darle algo, aunque no sería mucho. - 

- ¿Y dígame usted, cree que este revolver valdría un poco más si lo ocupo para deshacerme de un maldito usurero embustero, abusivo y sin escrúpulos? - preguntó al mismo tiempo que apuntaba con el arma a la cabeza de Don Simón. Después de eso sólo se escuchó un balazo que resonó en el aire y luego todo quedó sumido en la mas absoluta oscuridad y silencio. 

A la mañana siguiente, había un montón de curiosos afuera de la tienda entre los cuales estaban Doña Filomena, Diana y otros más a los cuales Don Simón había estafado antes; fueron a buscarlo porque en sus respectivas casas habían aparecido envueltas en paquetes todas las cosas que llevaron a empeñar con él. 

Y así fue como lo encontraron, tirado en el suelo con una herida de bala en el cráneo y al lado de su cadáver había un mensaje escrito con su propia sangre que decía: 

 "Tarde o temprano tendremos que pagar el precio por nuestras acciones"  

El Sicario de la Muerte.


30 de Enero de 2019 a las 21:00 0 Reporte Insertar 0
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