El poder de un Juramento Seguir historia

elbardo Brandon Lee Avila

" Todos los arcanistas sabemos tres cosas: Primero: Solo los juradores pueden hacer magia como la de las leyendas o cuentos de hadas. Segundo: Solo los juradores pueden encontrar las reliquias que guardan bestias mágicas. Tercero: Los juradores están prácticamente extintos. " Después de la muerte de su madre, Andrew y Gabriel han sido perseguidos repetidas veces por personajes misteriosos. Temiendo por su vida se han mantenido en constante movimiento, huyendo de un lado a otro valiéndose de sus habilidades y a la vez tratando de mantenerse inadvertidos. Un día gris, una voz desconocida irrumpe en su casa, les revela secretos e información sobre su pasado y sobre su posible futuro y les pide que lo acompañe. Ahora ellos deberán decidir que hacer y cómo lidiar con los constantes ataques que sufren sumergiéndose en una aventura donde son las piezas claves sin siquiera saberlo.


Fantasía Épico Todo público.

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PRÓLOGO


Era una noche fría y oscura, la luna brillaba difusa, escondida y cobijada por las heladas nubes nocturnas, las cuales danzaban con cariño unas con otras en un ligero vals. Las estrellas parecían descansar plácidamente y el frío abrazaba a todo el mundo tanto dentro como fuera de sus casas. Era una de esas noches en las que la calefacción era un regalo mayor de los dioses.

De rauda y veloz forma se desplazaban, no una sino tres personas por las sombras de la ciudad, cruzaban bloques enteros sin hacer más ruido que el viento; parecían buscar un lugar en específico pues, se detenían cada tanto a observar meticulosamente el panorama y, mientras miraban permanecían ocultos tras las sombras de los postes y los tejados. Evitaban a toda costa cualquier tipo de luz, como si esta tuviera un químico dañino, como si les causara repulsión, como si la odiaran, la evitaban, la luz no era su amiga esa noche.

Por un minuto, la luz lunar se mostró coqueta gracias a un ligero desplazamiento del nubarrón que la tapaba, para mala suerte, el rayo de luz cayó directamente sobre uno de ellos dejando ver pobremente como era su aspecto. Una capa azul oscura con adornos negros planos tapaban todo su cuerpo, sus manos y pies se escondían en el manto largo y azulado que le brindaba la misma, su rostro seguía siendo una incógnita pues, vestía una hermosa máscara dorada muy bien trabajada, con una nariz alargada y aguileña; orificios ovalados justo donde la boca y los ojos debían estar localizados y un montón de formas talladas alrededor de los bordes de los ojos y mentón, formas que desde la distancia parecían sutiles venas, eran raíces.

-No dejes que te vean- Una voz atrás de aquella persona se escuchó levemente, entre la negrura y el ligero brillo de la luz lunar, se escuchó lo suficientemente bajo para no ser considerado un susurro siquiera.

-Tranquilo Ge...

-No me llames así- Le interrumpió- Recuerda tu lugar, eres número 21, nuestros nombres no existen aquí en la hermandad. Posterior a esas palabras hizo un gesto con su mano derecha, un movimiento extraño, casi inteligible; alguien debía estar entrenado o sumamente concentrado para poder notar esos movimientos pues, no tenían estructura, o mejor dicho su estructura era caótica, natural, como si hubiese sido un simple movimiento aleatorio, un movimiento inconsciente; sin embargo, no lo era, era un mensaje.

-Cállense los dos, están haciendo mucho ruido- Dijo una tercera voz, dulce pero firme, como el sonido de una rama de abedul crujiendo con el viento del invierno. Hizo el gesto de callarse, seguido de una orden.

Los tres se quedaron en silencio por unos minutos, escondidos en los brazos de las sombras nocturnas, ahí permanecieron: analizando, pensando, calculando y, una vez la luna se hubo escondido nuevamente avanzaron ágilmente por la calle. Sorprendentemente su caminar, al igual que antes, no era ruidoso, es más, sus pasos no se escuchaban en absoluto, una gota golpeando la acera se hubiera escuchado más fuerte; un auto a medio kilómetro, hubiera sobresalido más que esos pasos, sus pasos eran menos que susurros.

Una pequeña urbanización llena de casas blancas y amarillas se asomó recibiéndolos con un portón de unos cinco metros de altura, vestido en hierro y madera; adornado con tiras de metal dorado, patrones naturales y letras sobrepuestas que nombraban a la urbanización. No tardaron en trepar y eludirla con gracia. Habían viajado por días, debían de estar cansados, hambrientos e incluso puede que enfermos; pero, ellos no, ellos estaban juntos, con una expresión plana, con la fortaleza intacta, con una misión que cumplir.

Había basureros en la acera y sin embargo el lugar estaba un poco sucio; la calle era angosta y las casas tenían cercas lujosas, o eso parecía, la noche y las luces de los postes no hacían muy buen trabajo. El viento jugaba con una botella de plástico, un pedazo de cartón y unas hojas del periódico del día anterior; los hacía corretear, les daba un par de vueltas, los tiraba de sopetón al suelo y luego volvía a arrastrarlos de regreso.

-¿Seguro que viven aquí?- Preguntó 21. No tenía una expresión ni una tonalidad fija, al igual que antes eran menos que susurros; sin embargo, sus manos realizaban gestos, sutiles y resbaladizos.

-Shhh recuerda que ellos pueden escuchar el Korel - Respondió la otra persona - Según lo que nos dijeron, nuestro objetivo es aquella casa amarilla del medio, la que no tiene buzón de correo – Dijo solamente con gestos esta vez.

Entonces 21 y 12 ustedes vayan frontalmente y yo rodeare la casa- Indicó la con un baile impredecible a modo de seña con su mano derecha.

-Mala idea, alguno debe entrar por arriba, es seguro que las puertas están aseguradas, debe abrirse desde el interior - Respondió número 12 con un gesto distinto, uno más firme, no tan orgánico, no tan fluido.

Las tres misteriosas figuras encapuchadas se acercaron a la pequeña y blanquecina casa que por causa de la noche se tornaba de un color azul oscuro, como el del océano. La luna en su jugueteo con las nubes iluminaba la casa de cuando en cuando, en un ritmo interesante, cual olas en el mar, chocando entre sí, haciendo espuma. Avanzaron sin ruido, como flotando por el pasto, moviéndose por todo el patio previo a la puerta principal; una de las figuras hizo una pirueta silenciosa: con un salto se elevó lo suficiente para apoyar su mano en el alféizar de la ventana que los miraba directamente, inmediatamente y en cuestión de un segundo apoyo su pie derecho en la pared para darse un último impulso, en menos de dos segundos se encontraba en el tejado. Ahora buscaba la chimenea.

Todos estaban un poco tensos, con una determinación de hierro, como si el destino de sus padres estuviera en juego, una determinación que va más allá del amor propio pues, no podían echarlo a perder. Habían rastreado por meses a la persona con la que estaban a punto de toparse y si fallaban, muy seguramente sería su última misión dentro de la hermandad, o peor, lo último que harían en esa vida.

Un sonido seco y leve se percibió dentro de la casita, la puerta principal se abrió y detrás de esta una de las figuras con capucha y capa hacía señales para que los otros pasen. La noche era perfecta para ellos, el viento los apoyaba, el clima los ayudaba, todo estaba a su favor, principalmente el silencio.

La casa estaba vacía, o mejor dicho, no estaba llena. Habían unos pocos muebles básicos en lo que parecía ser una sala común: un par de sofás grises con patrones romboides, tres sillas de madera ligeramente malgastadas, un amplio cuadro pintado en óleo donde se representaba un montón de árboles frutales con un estilo cubista extraño y un librero casi vacío. La chimenea estaba ahí en medio de esa sala triste, solitaria y abandonada. El piso era de madera café oscuro, esto hacia su trabajo más complicado; sin embargo, esas personas estaban bien entrenadas dejarse engañar por algo tan simple como unas cuantas tablas chirriantes era algo impensable para ellos, incluso las sombras podían envidiar la sutileza de sus movimientos.

Nuevamente, con esa lengua extraña, fluida y perspicaz que solo ellos entendían, hablaron para darse dirección en la investigación de aquel lugar. Se escurrían en busca de algo o de alguien, inspeccionando cada esquina y rincón, revisaron toda la casa, solo una habitación faltaba por ver, una única habitación que podía acabar con todo o iniciarlo todo. Procedieron tan cautelosamente como solo ellos podían ser, se aliviaron al notar que aquella mujer a la que tanto buscaban, estaba dormida, plácidamente inconsciente en una cama de madera marrón que con el juego de luces y sombras a veces parecía ocre.

Numero 12 sacó de entre las penumbras de su capa una pequeña bolsa, no más grande que una cartuchera y de esta tomó un pequeño frasco de cristal templado, un líquido de verde brillo fluía en su interior. Rápidamente agarró un hilo de aproximadamente quince centímetros de largo del mismo bolso y destapó el frasco con prisa. El corchó debió de generar un sonido, debió hacer ese ruido cómico que hace el vino cuando es destapado; pero, no esa noche, no hubo un top, pop o plop, simplemente profundo silencio, porque el silencio estaba con ellos. Introdujo el hilo en el líquido verde.

Con cautela y silenciosos como la penumbra, se acercaron a la mujer que dormía boca arriba. Su rostro reflejaba ternura, paz, alivio, como si el sueño fuese lo único que la protegiera de sus peripecias cotidianas. Era blanca, con el cabello negro, arrugas traicioneras que no escondían su edad, gritaban los cuarentas o un poco más, sus ojos estaban cerrados y sin embargo, parecía que en cualquier momento se abrirían para alertar a los intrusos de que no eran bienvenidos.

12 sostuvo el hilo y lo colocó verticalmente en dirección a la boca de la mujer. Despacio y suave una pequeña gota verde como el pasto se resbaló por el pedazo de tela hasta acariciar los labios de la mujer, un beso elegante, dulce y gentil. Fue perfecto no hubo reacción alguna.

A pesar de vestir las máscaras, era obvio que sentían un alivio tremendo, pues, la misión había sido exitosa, una cruzada por el bien de la hermandad, de sus vidas y sus sueños se acababa al fin. Meses de viajes, noches malas y lamentos, nada de eso importaba ya, ahora, todo estaba completo, era hora de largarse de ahí.

Numero 101 reaccionó velozmente, un gesto y luego un susurro, uno simple pero firme, la ventana que estaba cerrada con llave se abrió. Levantó con sutileza, sin hacer una pizca de ruido, saltó con una pirueta cayendo sobre la punta de sus pies que luego, en un acto profundamente coordinado se vio seguido de un rol, después de ella se le unió 12 y al final 21.

Una vez en el jardín, se desplazaron igual de sigilosos hasta salir de la vista de cualquier persona que pudiese estar observando. Se fundieron con las sombras y corrieron en dirección al centro de la ciudad.

Era una noche fría y oscura, una noche donde el silencio y las sombras se abrazaban en secreto, se mimaban y reinaban sobre todos, en especial sobre ellos. 

26 de Enero de 2019 a las 04:52 1 Reporte Insertar 9
Leer el siguiente capítulo CAPÍTULO 1: SER UN ABEDUL

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F. Ciamar F. Ciamar
La historia en si parece interesante, pero creo que la narracion da demasiados detalles y vuletas a cosas sin importancia...
18 de Mayo de 2019 a las 11:05
~

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