Sombras en la noche Seguir historia

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[Primer libro] ❝¿Estarías dispuesto a entrar en el juego?❞ ©oncesoul 2015 Sombras en la noche. La lista negra. Parte 1.


Crimen No para niños menores de 13.

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Prólogo

Prefacio. La lista negra. Sombras en la noche. Parte I.


“Me recordaras por siglos”


San Petersburgo, 1993.


Elena se encontraba perdida. Todas aquellas ideas de que un juego les daría la libertad que tanto ansiaban no habían sido más que palabrería típica un cuento de hadas que parecía haber soñado.


Creía que todavía podía escapar, pero sabía perfectamente que ella no había sido la única que había intentado cambiar las reglas del juego.


Las solitarias calles de San Petersburgo se fueron fundiendo con la negrura de la noche conforme el alba las alcanzaba; tornando las luces en sombras, y la luz, en oscuridad. Las lágrimas de lluvia oscuras y silenciosas como la noche que se avecinaban comenzaron a caer progresivamente del cielo nocturno.


Las lágrimas de dolor y sufrimiento de Elena se fundieron con la lluvia nocturna. Sus labios, que temblaban de frío y terror, pugnaban por contener cualquier sonido que la pudiera descubrir, aunque no podía evitar dejar escapar algún que otro gemido lastimero. Apenas tenía fuerzas para levantarse, sentía las piernas y los brazos entumecidos por el frío de San Petersburgo. Tal vez esa sería una forma más digna de morir; congelada bajo la impotente sombra del Jinete de Bronce que se alzaba sobre la noche en todo su esplendor, imponiendo temor con su sola presencia. Su delgado jersey de cachemira estaba sucio, lleno de sangre y roto.


Con una respiración agitada y unas fuerzas que no tenía, consiguió apañárselas para incorporarse con la ayuda de la inmensa roca sobre la que descansaba El Jinete. Un rayo deslumbró el cielo cortándole la respiración a Elena ante el lugar donde había caído el rayo. Muy cerca. Demasiado.


Cayeron uno, dos, y tres rayos sucesivamente, iluminando el solitario parque en el que se encontraba ella, sola, solía repetirse a si misma durante la última hora. El viento comenzaba a soplar cada vez más con una fuerza con la que ella ya no poseía para enfrentarse a él. Necesitaba encontrar un lugar para pasar la noche, y rápido.


El sonido de varias hojas crujir la trajo de vuelta a la realidad de un sobresalto. Miró alrededor de su entorno, pero no había nada, ni nadie allí. Elena dio un paso hacía atrás temblorosa, temblando a través de la ligera y única prenda que mantenía. Miro de un lado a otro, dando vueltas alrededor del Jinete, sintiéndose observada, al mismo tiempo que sentía como si miles de alfileres se incrustaban en ella, traspasando sus barreras físicas. Llevaba más de cuatro días sin siquiera poder cerrar los ojos, huyendo de un lugar a otro, y el cansancio comenzaba a hacer mella en ella y en su condición física.


Inspiro y expiró profundamente varias veces tratando de mantener alejado el dolor, pero eso solo le provocó más dificultades al respirar. Le ardían los pulmones. 


Ya no le quedaba nada que perder. Otro rayo ilumino el cielo ennegrecido por la lluvia y la noche. Subió una mano para situársela sobre los ojos a modo de visera, a pesar de no haber ni un solo rayo de sol desde hacía la pasada hora y media hora. La lluvia iba en aumento y si no se daba prisa en buscar un refugio, moriría de todas maneras.


La lluvia nocturna en San Petersburgo era uno de los escenarios más impresionantes que hacía tiempo que no visualizaba. Hacía menos de un año que había abandonado todo lo que conocía para ir a Estados Unidos en busca de una nueva vida, algo distinto a lo que tenía allí, pero se había encontrado con una vida aún menos digna a la que tenía antes en San Petersburgo cuando su madre todavía vivía.


Su cabello rubio platino, normalmente limpio y reluciente, estaba lleno de barro, sangre y aceite de motor al igual que el resto de su elegante femenino cuerpo gracias a todas las medidas que había tenido que llevar a cabo para llegar hasta allí. Se sentía sucia, y no solo por la suciedad que la rodeaba. Se sentía sucia en cada poro de su piel. Lo siento, mi Señor, susurraba para si misma mirando al cielo, como si este pudiese oír sus disculpas y perdonar sus pecados.


Bajó la vista hacia sus diminutas manos destrozadas y finalmente un sollozo escapó de sus tiritones labios, desencadenando así, sucesivamente uno tras otro, una lluvia de gruesos lagrimones que arrastraban la suciedad de su rostro hasta caer en el suelo de piedra.


Entre hipidos y lamentos, no escuchó como alguien se acercaba a ella por la espalda. Una mano áspera y húmeda acalló sus llantos. Presa del pánico, Elena comenzó a temblar y a sacudirse fuertemente, como si pensara que así podría escapar de su asesino. No podía moverse. Estaba atrapada. De repente, sintió como el cansancio se hizo presa de su cuerpo, haciendo que su frágil cuerpo se desvaneciera de golpe sobre los duros brazos de su captor.



Frío. Tenía mucho frío.


Elena comenzó a temblar. Sentía el frío proveniente del suelo de mármol blanco bajo su fino jersey de cachemir, el cual había tenido tiempos mejores. Su pausada respiración se volvió más entrecortada y rápida cuando se encontró a si misma inmovilizada en el suelo llorando.


¿Dónde estaba? El eco lejano de campanadas dio a Elena la pista que necesitaba. Estaba en una iglesia. O catedral, no estaba segura.


Para cuando ya la borrosa vista de nuestra protagonista comenzó a aclararse, habían pasado ya varios minutos. Así, pudo ser capaz de comenzar a vislumbrar dos -todavía borrosas- extensas hileras de bancos que parecían no acabar en el final.


Varios pasos comenzaron a resonar a lo largo del pasillo central. Eran tranquilos y pausados. Como si no tuvieran ninguna prisa por llegar a su destino. Intentó abrir sus agrietados labios para pedir ayuda, pero las palabras parecían no querer escapar de su sedienta boca.


- Ayuda, ayuda … ¡Ayuda! - la anteriormente dulce e inocente voz de Elena había dado lugar a una más ronca y áspera que apenas podía salir de su cuerpo. Comenzó a removerse furiosa en el suelo - ¡Ayuda! ¡Ayu-! - un crujido tras ella la paralizó. Poco a poco y con apenas la poca fuerza que le quedaba en el cuerpo, comenzó suavemente a girar su cabeza tratando de arrastrar a su cuerpo también en el intento. Cuando vio una gran sombra parada a apenas unos metros en la oscuridad, intentó gritar con todas sus fuerzas. Lo intentó, pero solo salió un apenas audible gallo agudo.


Lo sabía, él estaba aquí. Esa cosa horrible había venido a por mi, pensó aterrorizada, tratando de aceptar su terrible destino, por fin pagaría por sus pecados. La sombra, comenzó a caminar pausadamente hacia ella. Conforme más avanzaba, nuestra protagonista trataba de arrastrarse por el suelo helado con movimientos limitados, dejando así un rastro uniforme de suciedad y humedad por dondequiera pasaba. Cuando la sombra estuvo más a la luz de las velas, ella pudo ver finalmente su rostro. Verlo de nuevo supuso un enorme para Elena. Era él. Había venido. Estaba aquí para salvarla.


- Magnus. Eres tu, ¿verdad? Soy yo, E-Elena, a-ayúdame, por favor - Elena comenzó a balbucear numerosas palabras irreconocibles hasta para el agudo oído de su captor. Sintió ganas de abrazarle, de decirle que todo estaba bien. Que todo saldría bien. Que la cogiera en brazos y que la llevase a un lugar donde nadie los pudiera encontrar. Pero no podía hacer eso. ¿Porqué Magnus estaba allí y no en Boston?


- Por fin te he encontrado nena, ¿Dónde está, Elena? ¿Dónde lo has escondido? - Magnus, con su alto porte y robustez, se acuclilló a su lado al mismo tiempo que comenzaba a llorar, arropándola entre sus fuertes brazos. Elena se sintió conmovida por su actuación. Magnus nunca lloraba, al menos no delante de ella. ¿Cómo Magnus podía haber cambiado tanto en los pocos meses que llevaban sin verse?

 

- ¿A quién Magnus? ¿A quién he escondido? - Elena decidió comenzar a seguirle el hilo, por lo menos hasta ser capaz de descubrir la razón por la que Magnus. Su querido Magnus, suspiró. ¿Estaría allí realmente por ella? ¿O era por aquel estúpido y maquiavélico juego al que había decido jugar, cegada de amor? Ese juego solo volvía miserable a quien osase entrar en él. ¿No era aquello lo que les había ocurrido a sus rivales?

 

Antes de entrar, no sabía donde se estaba metiendo, se encontraba perdida hasta que Magnus se hizo cargo de ella y la enamoró. Fue entonces cuando supo que había hecho un pacto con el diablo y que no sería tan fácil librarse de la sangre que corría por sus manos. Esta vez, su Señor no la perdonaría por sus pecados, como con su madre.

 

- ¿A quién va a ser, Elena? Ha sido por el golpe de la cabeza, ¿verdad? Parece que el golpe de la cabeza tiene peor pinta de lo que parece. ¿No lo recuerdas? ¿No recuerdas a nuestro bebé? - Magnus, arrodillado a su lado, empezó a palpar su cabeza con sus grandes manos, desesperado, hasta que Elena dio un fuerte respingo fruto del tacto de su gran áspera y helada mano sobre una herida abierta e infectada, por lo que parecía, en la cabeza. Magnus suspiró de alivio y unió ambas frentes. Respiraban agitadamente. Elena estaba desesperada. No sabía que creer.

 

- N-no. Magnus ¿teníamos un bebé? - decidió no mostrar sus sospechas e inquietudes ante él sobre el bebé - No-no lo recuerdo. So-solo recuerdo que e-estaba en la plaza del Senado, cuando alguien me cogió por detrás y me desmayé. Me he despertado aquí, asustada y sola. Pero ¿qué haces tu aquí, Magnus? - Elena ya había comenzado a incorporarse sobre si misma, tratando de recuperar paulatinamente las fuerzas y así también alejándose también de la unión que habían creado Magnus y ella.

 

- He venido a por ti y a por nuestro bebé. ¿En serio no sabes dónde esta, nena? Trata de recordar dónde lo viste por última vez. Tenemos que encontrarlo- Magnus, preocupado, le agarró de las manos y comenzó a calentarlas con su aliento y a frotarlas para darle calor. Elena hizo un gesto de alivio al sentir de nuevo sus dedos.

 

- No-no lo sé. No recuerdo te-tener ningún bebé - Elena volvió a estremecerse cuando los heladores ojos de Magnus hicieron contacto con los suyos por primera vez. Trató de desviar la mirada hacia otro lado, pero Magnus la agarró rápidamente de la barbilla y volvió a poner su mirada en ella. Su semblante había cambiado completamente. Ya no parecía el Magnus preocupado de hacía unos instantes. Su Magnus acababa de convertirse en una persona completamente distinta. ¿Cuándo había ocurrido aquello? Unió sus cejas, apretó la mandíbula. Una sonrisa sinestro amenazaba con surgir de sus labios. Aquellos ojos que tanto amor y devoción que una vez le mostraron acababan de revelarle la verdad.

 

Él no estaba aquí en su búsqueda. Él la había traído hasta aquí. Él la había secuestrado. Trató de pensar en todas aquellas ocasiones en las que había perdido la memoria en los últimos meses, despertándose cada vez en un lugar distinto, llena de magulladuras y heridas. La había drogado. Soltó un jadeo de sorpresa e intentó alejarse, pero Magnus la tenía agarrada con una fuerza sobrenatural.

 

- M-me me has estado drogando, todo este tiempo... ¿Por qué? ¿Qu-qué quieres de mi?- tras tanto removerse, Magnus decidió soltarla y se elevó sobre sus piernas, mostrándose en toda su altura.

 

Nuestra Elena, aún débil, ya fuese por el cansancio o por el efecto de la droga, intentó a retroceder, pero chocó con unas diminutas escaleras que se elevaban hacia el altar. Haciendo caso omiso de ellas, las sobrepasó y siguió gateando hacia atrás, sin apartar sus ojos de los suyos, como si estos estuvieran conectados de alguna manera. Aún así, nunca podría escapar de él. Magnus le pisaba los talones, literalmente, amenazándola con su simple presencia mientras que retrocedía de espaldas, hasta el que fuera su último aliento.

 

Elena finalmente chocó. Chocó con la fría, dura e inamovible piedra de la pared. Ahí fue cuando supo que estaba perdida. Ahí fue cuando supo que no volvería a ver más a su bebé. A su pequeña e inocente niña.

 

- Tanto tiempo, y ahora te das cuenta. - comenzó a reírse falsamente -  ¿Dónde demonios está el niño? Esa maldita criatura no existirá mientras yo siga con vida - gritó histérico mientras la agarró por el cuello, cortándole la respiración al instante. Elena alzó la vista hacia el rostro contraído de maldad de su amado e hizo lo que tenía que hacer. Gritó, gritó con las pocas fuerzas que le quedaban hasta que sus cuerdas vocales no dieron más de sí. Pero nadie acudió en su rescate.

 

- Nunca lo sabrás, nuestra niña estará y crecerá a salvo de los que fueron nuestros pecados - sintiendo que le faltaba poco para desvanecerse, apartó la vista de Magnus para mirar hacia la cruz con su Señor colgado sobre ella - Perdóneme padre… perdónenos, porque hemos pecado. - De repente, el diminuto cuerpo de nuestra protagonista comenzó a sacudirse por la falta de aire.

 

- Reza todo lo que quieras, zorra, pero nuestra ¿niña? Lo que sea, ha de morir. Ella es la que purgará por todos nuestros pecados. Aunque, si no lo hace ella sola, lo haréis las dos - el agarré de su cuello se intensificó. Elena ya sentía como apenas le llegaba el riego de sangre a la cabeza. Su respiración se volvía cada vez más agitada. El mareo se hizo presente, intensificándose a la vez que la presión en su cabeza por la falta de riego sanguíneo y oxígeno y su agarre incrementaba, haciéndola expulsar sus últimos alientos de vida.

 

- Ma-maldito… bastardo, morirás sin purgar tus pecados. Nunca verás a nuestra hija. La sangre de tus manos es mayor que la mía. Te perseguirá hasta que el Señor acabe contigo por tus pecados. Nuestra niña no nos salvará de nuestro castigo.

 

- Siempre creyente hasta el final. - sentenció Magnus irónico, acabando con un último apretón sobre su amoratado cuello la vida de aquella preciosa rusa. Sin más que poder ser capaz de expresar, Elena puso los ojos en blanco antes de desvanecerse en un sueño eterno.


Magnus, decidió que ya era suficiente, aquella mujer ya no supondría ningún problema. Le dio una última sacudida antes de lanzarla sobre el altar. Elena dio su último suspiro.

 

Tras echar una ultima mirada sobre aquel dulce cuerpo que le había seducido hacía más de un año, Magnus salió de aquella catedral, dispuesto a encontrar a aquella maldita niña, aunque aquello fuese lo último que hiciera con tal de acabar con su maldición.

25 de Enero de 2019 a las 23:59 0 Reporte Insertar 0
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