Cuento corto
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Aunque mueras hoy.

Aunque tú mueras hoy, no importa. Si, a ti te lo digo hombre. Tenías diecisiete años. Caminaste esa tarde de regreso a casa cargando en tu mochila dos libros, un lápiz y una goma. Solo eso fue suficiente para tu asaltante. Viste el arma, la tuviste enfrente y te paralizaste. Tuviste miedo, y no te culpo, todo el mundo lo tendría. Pero el tipo disparó y ahora estas muerto como un fantasma en la tierra. Y pensar que al desgraciado se le cayo un pañuelo verde al suelo. Maldito asesino de mierda, que se fue a esconder con sus amigas con la excusa de que quería cambiar para mejor. 

Infeliz.

Pero bueno, no fue tu culpa. Justo en el momento en que caías al suelo, una mujer era asesinada por su marido. No fue difícil para los reporteros decidir que historia seria mas interesante. La gente ya está aburrida de ver la misma historia de siempre del hombre que mata a otro hombre. Ya no tiene gracia. Solo tienes que fijarte en el discurso de moda. “Una mujer es asesinada por día”, “Empoderamiento para la mujer”, “Amigas, unámonos contra el patriarcado.” Y por eso nadie te dio importancia. Vamos, que tu madre y tu hermana estaban en una manifestación por la vida de una mujer que no conocías, incluso el día después de que te asesinaron. En ningún momento se les pasó por la cabeza de que habías desaparecido. Dieron por hecho que estabas en la casa de algún amigo. No importaste ni un segundo.

Y sabes que es más irónico. El día que te mataron, llamaste a tu madre para pedirle que te lleve a casa. Pero ella no quiso. Dijo que tenía que retirar a tu hermana de su clase de ingles lo mas pronto posible por si le pasaba algo. Tu le dijiste que la esperabas en la escuela pero entonces ella dijo que no podría de todas formas porque tenía que ir a trabajar. Y además, te pregunto para que pedías que te lleven a casa:“Eres un hombre, ¿Qué te pueden hacer?”, te dijo, “Te defenderás si algo pasa. Que ya estas grandecito para que te lleven de un lugar a otro.”

Pero bueno, tu seguiste en la tierra después de tu asesinato. Aún sin vida y siendo solo un alma, decidiste buscar al tipo que te mato para hacerte respetar. Después de todo, los policías no te buscaron y nadie lucho por ti. Ni siquiera te mencionaron. Fuiste un número más entre todos los hombres asesinados. Y ni siquiera fuiste un número importante. Fuiste un seis. No fuiste ni un uno, o un cero, que son números que hacen que el decimal aumente, o fuiste un cinco para ser la media. Fuiste un numero seis. Demasiado pequeño para importar y demasiado grande como para que tenga gancho en una noticia.

Pero eso no importa. Tu te querías y por lo menos ibas a hacer respetar tu tiempo en vida. Pero que decepción, ¿no? El desgraciado estaba ondeando un pañuelo verde junto a tu madre y hermana en la manifestación. El tipo gritaba, “Maria, te extrañamos” y la muerta se llamaba Ariadna. Infeliz.

Les gritaste a tu madre y tu hermana que estabas muerto. Que tu asesino estaba a su lado. Que se alejaran o que recordaran su rostro. Pero no miraban. Eras un espectro. Ni siquiera podías hacer ruido. Eras un miserable recuerdo olvidado que nadie lloro.

¿Y entonces que tocaba? Tuviste dos opciones. Seguir intentándolo o rendirte. Pasaste a un lado de los televisores de una tienda y escuchaste por las noticias “Joven de diecisiete años muere por bala al corazón”. Te ilusionaste. Y como no, cuadraba contigo, joven de diecisiete años y años y joven. Pero te decepcionaste cuando la foto fue de una mujer. Y encima, había sido en tu barrio. Y no solo eso, la calle paralela donde te habían matado.

Te tiraste al suelo y quisiste meter la cabeza entre las rodillas para no escuchar más ese televisor. Pero te atravesaste la cabeza con tus manos fantasmales. Quisiste taparte los oídos, pero hicieras lo que hicieras, nada tapaba el sonido. Golpeaste el cristal, y se puso helado, pero no se rompió. Es más, debido a que lo tocaste, el vidrio se encarchó un poco, la jefa del negocio mandó a su empleado a limpiar el vidrio. Y ahora estaba más nítida que nunca la imagen.

No lloraste solo por que no tenias lágrimas. No te caíste al suelo solo por que lo atravesaste. Y la gente no te piso solo por que no existías para ella. Ni en ese momento, ni nunca.

Pero no te culpo hombre. Como tu hay muchos. Después de todo, si tu morías ese día, o cualquier otro, no importa.

21 de Enero de 2019 a las 00:41 0 Reporte Insertar 0
Fin

Conoce al autor

Robag Pencil of Simpleness Comi spaghetti a la bolognesa el día que decidí ser escritor. Hasta el día de hoy no me arrepiento de haber manchado un libro al hacerlo. Trato de ser el mejor escritor que puedo ser. Lo que es difícil teniendo en cuenta como está el panorama con tipos como Brandon Sanderson y Jim butcher haciendo sus obras de arte. De igual forma, yo quiero llegar a ser algo asi. Quiero vivir de mi arte. Y si algun dia lo logro, ese dia me sentiré realizado como persona.

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