Cuento corto
4
3598 VISITAS
Completado
tiempo de lectura
AA Compartir

El invitado a cenar

El timbre del horno resonó por toda la casa. Luisa detestaba el sonido que los diseñadores de electrodomésticos les colocaban, no solo era el horno, el microondas, la lavadora, la secadora, todos. Siempre seguían las mismas reglas, eran estrepitosos y más largos de lo que debían ser. A Luisa le gustaba el silencio y la música en volumen moderado, no esos ruidos que invadían el hogar y rompían armonías. Habían pasado unos veinte minutos desde que dejó la difícil receta de la abuela dentro para que se cocinara, ya la cocina se había impregnado con ese olor a canela y vainilla que tanto le gustaba. Ese aroma le hacía sentir que el tiempo no pasaba, que nada había cambiado, pero fuera de esas cuatro paredes sabía que eso no era cierto, las cosas habían cambiado, y mucho.

Desmoldó el pastel y comenzó a batir la clara de los huevos para hacer el merengue. Esa parte de la receta siempre había dividido a las personas: o te gustaba el merengue y te lo comías, o no te gustaba y lo dejabas de lado. A ella le encantaba el merengue, sentía que su firmeza era necesaria dentro de toda la suavidad que aportaba el bizcocho. Si la gente dejaba de lado el merengue, era porque no estaban dispuestos a aceptar la parte dura de la vida, era gente débil que solamente buscaba la tranquilidad sin sacrificios. Pero ella sabía que eso jamás lo iban a lograr, porque la tranquilidad, la estabilidad y la paz, se alcanza con sacrificios.

Terminó de colocar el merengue fresco y puso la torta en la heladera. Todo estaba listo para esa noche; la entrada, el plato principal y el postre. Todo iba a salir de maravilla, todo lo que ella podía controlar estaba bajo control, con la excepción de su único hijo. Incluso a su marido lo tenía bajo control, desde hace años lo castró sicológicamente transformándolo en un simple perro faldero, pero su hijo era diferente. La oveja negra, así lo habían apodado sus hermanas, las tías de Benjamín.

Desde pequeño había sido así, le gustaba hacer lo que los demás niños no hacían. Leía mucho, y eso al principio le encantaba a Luisa, pero tras varios libros comenzó a argumentar en contra de las decisiones más simples que ella tomaba, mientras que sus primos jugaban a la pelota y no contradecían nada. A los once años ella le había dicho a Benjamín que al crecer sería médico, pero él refutó diciendo que quería ser arqueólogo. ¿Cómo iba a ganar dinero siendo arqueólogo? ¿Qué mujer iba a querer comprometerse con un pobre arqueólogo?

Las cosas se pusieron más complicadas cuando llegó la pubertad. La adolescencia siempre había sido embrollada, era una etapa de cambios, de hormonas y rebeldía. Fue en ese momento en que se le ocurrió la brillante idea de estudiar arte. No hubo cómo hacerlo reconsiderar. Ingresó hace dos años a estudiar en una universidad tradicional que lograba apaciguar la vergüenza que ella sentía. Al menos era una casa de estudios conocida, respetada y con los valores que ella siempre quiso impregnar en su hijo pero, en el fondo, sabía que no iba a servir de nada. Benjamín siempre sería Benjamín, y eso quería decir: una caja de sorpresas incómodas.

Cuando se acercó a la habitación de su hijo para invitarlo a la cena, Luisa había esperado que él se negara por algún compromiso previo, como un trabajo en grupo, una presentación u otra actividad que lo sacara de la lista de imprevistos. Él nunca lo había dicho, pero ella sabía cuánto detestaba reunirse en familia, quizás hasta deseara haber nacido en otra familia del todo. Luisa, por su parte, hubiese deseado un descendiente que estuviera orgulloso de las costumbres familiares. No es que ella lo odiase, solo que era a veces demasiado distinto. Tras tocar la puerta y entrar, lo vio recostado en la cama con un libro, sus ojos no se despegaban de sus páginas por lo que ella carraspeó llamando su atención.

Su hijo era un hombre apuesto, no había duda de eso, pero su particular encanto atraía a personas tan peculiares como él. Siempre fue amigo de los marginados, de la gente a la que los demás miraban con extrañeza, por esa razón esa mirada se le fue traspasando poco a poco a él también. Luisa se detuvo un segundo para imaginar en su mente al Benjamín de una realidad paralela, una en la que estuviese estudiando medicina y despertase la admiración de todos a su alrededor. Una realidad distinta, donde tuviese las llaves del éxito y la felicidad a sus pies. ¿Podría el arte llevarlo a conocer la felicidad? Esa era una pregunta que solo el tiempo diría, y ella esperaba con fe a que fuese así. Al despabilarse y contarle Benjamín sobre la cena, salió sorprendida; él había accedido informándole, además, que iba a traer un invitado.

¿Quién será ese invitado?

No había caso alguno en intentar adivinar. Benjamín era un misterio para ella. En realidad, para todos en la familia. La lista de posibles candidatos era larga; desde compañeros de clase, una novia (al fin), uno de esos inmigrantes, un pordiosero al que le prometió comida, y más, las posibilidades eran infinitas. Lo único que Luisa pedía era una cena normal, agradable y tranquila, pero Benjamín era incapaz de darle ese regalo y sabía que fuese quien fuese el invitado que llegase iba a traer consigo polémica.

Luisa salió de la cocina y cruzó hacia el comedor. La mesa estaba impecablemente puesta para diez invitados. La vajilla y la cuchillería era fina –regalo de bodas que solamente utilizaba en ocasiones especiales como esta- Las servilletas fueron bordadas a mano por encargo, lo que las hacía únicas. La cristalería, originaria de Checoslovaquia, era otro de los orgullos de la anfitriona, su excepcional brillo la hacía relucir bajo cualquier fuente de luz, agregando un toque de fineza al más puro estilo de la realeza. La comida también tenía sus detalles, con productos orgánicos y de la más alta calidad. Ella misma se cercioró de aquello, eligiendo la materia prima en mercados seleccionados. Nada de presevantes o productos envasados.

Respiró profundo y se volvió a relajar. Todo estaba listo y en orden. Solo quedaba arreglarse ella y, de paso, darle el visto bueno a la ropa que su marido había escogido. Luisa sabía que él estaba en la sala leyendo el periódico en su edición digital. Alberto era de esos hombres enchapados a la antigua, que no ayudan en la casa y que solo engordan mientras pierden pelo, pero era lo que se suponía que debía hacer. Luisa y Alberto eran aquellos que llaman machistas, pero vivían en armonía así y, por lo demás, era más cómodo. Las tareas estaban divididas, los roles asignados, al igual que las funciones. El machismo era orden, era estabilidad, era familia. Una guía a prueba de balas sobre cómo alcanzar la permanencia, con los sacrificios y pormenores que solo los que comían merengue sabían apreciar.

-Ya tenemos que comenzar a prepararnos -Le dijo Luisa a su regordete marido, quien no levantó la vista de su dispositivo portátil-. ¿Ya sabes lo que te vas a poner para hoy?

-Sí, el traje gris con la corbata azul -Al percibir por el rabillo del ojo que ella no se movía, se obligó a seguir conversando-. ¿Sabías que el gobierno acaba de aprobar una visa especial para los inmigrantes extraterrestres?

-¿Cómo así que una visa especial? -Alberto sabía que a Luisa no le gustaban nada los inmigrantes, menos los que no eran de este planeta. Si ya las cosas estaban complicadas aquí, dejar que los afuerinos ingresen a robarle el trabajo a los chilenos no era algo que ella apoyase–. Van a llegar más y más, y antes de que tú o yo nos demos cuenta, tendremos que irnos de nuestra propia casa.

Luisa suspiró. No todo estaba en orden, afuera había caos, todo gracias a esa utópica idea de que todos somos iguales. Luisa creía que no todos éramos iguales, Dios nos hizo distintos a todos por una razón y no se podía vivir en comunidad. Cada oveja con su pareja. Alberto, por su parte, pensaba lo mismo, pero su curiosidad era mayor y de alguna forma le intrigaba conocer aspectos de la vida de aquellos inmigrantes. Actualmente el planeta Tierra había establecido contacto con cuatro razas diferentes: Los T´srek, que son básicamente insectos gigantes; Wobernios y Mauranos, razas hermanas que habitan un mismo planeta cubierto en bosques y, por último, los Grises. Los extraterrestres que todos pensábamos que los ufólogos habían inventado. Estos últimos eran los que más intrigaban a Alberto, ya que de niño les había tenido terror pero, tras su acercamiento pacífico a la Tierra, habían intercambiado varios descubrimientos científicos que hoy en día salvaban vidas humanas.

Luisa ya estaba metida en la ducha cuando Alberto se puso de pie y se encaminó hacia la habitación matrimonial. Él no era un fanático de estos eventos sociales pero, en el fondo, le costaba reconocer que los disfrutaba. Tenía que hacerse el reacio, era parte de su rol como jefe de familia, aunque era un secreto a voces que él no era quien realmente mandaba, era Luisa. No le aproblemaba, ya tenía veintidós años de matrimonio jugando el mismo papel, pero había excepciones en que deseaba matar a su mujer. A Luisa le gustaba mostrarse pacífica ante los demás, pero en el grupo familiar todos sabían que era una histérica. Cuando Alberto manejaba en carretera camino a la playa, ella aprovechaba para gritar desesperada mientras subía los pies al tablero, como si él fuese un maniático al volante. A ojos de todos, Alberto era el mejor conductor de esa familia, siempre respetaba las reglas del tránsito, manejando en posición defensiva y con respeto. Para Luisa era demasiado bueno, por lo que debía recordarle quién estaba al mando. Era en esos momentos en los que le gustaría tomar un cuchillo y rebanarla en pedazos. Era una loca, maniática y controladora compulsiva, sin contar lo arribista, pero por alguna razón él la amaba.

Cuando ella salió de la ducha fue su turno. Con cuidadoso detalle había dejado el traje, la camisa y la corbata tendidos sobre la cama, para que Luisa decidiese por él si el atuendo era el adecuado o no mientras él se aseaba. Al salir vio que el traje era el azul y la corbata negra, la camisa blanca se mantuvo sin cambios. Como detalle, ella le había agregado calcetines a juego con la corbata. En tiempos pasados la habría besado, pero el amor evoluciona y, con éste, la forma de demostrarse cariño. A veces no era necesario siquiera decirlo, una mirada mientras Alberto se vestía le bastaba a ella para comunicar un mensaje que en los albores de la relación se decían pegajosamente cada cinco minutos.

-¿Dónde está Benjamín?- Le preguntó Alberto a su mujer, mientras ésta se terminaba de abrochar un collar de perlas que había heredado de una tía abuela.

-No sé, no me ha respondido los mensajes. No sé para qué tiene celular ese niño.

-Yo tampoco, pero ya está grande para que estemos detrás de él siempre - Alberto era el más entusiasta con la carrera artística de su hijo, jamás lo iba a decir, pero cuando era muy niño soñaba con ser actor, y ver en su hijo esa misma veta artística lo llenaba de un secreto orgullo del cual Luisa jamás sabría.

-Me preocupa que llegue bien vestido, y lo mismo su acompañante. ¿Tú crees que al fin traiga una novia?

-No creo. Benjamín es muy cerrado y no le gusta hablar de su vida privada, menos le va a gustar exponerla, pero la verdad es que no he pensado mucho en eso. Siempre que intento predecir los movimientos de nuestro hijo, él rompe todos los esquemas. Me di por vencido hace rato. ¿Me ayudas con la corbata?

Alberto se paró frente al espejo de cuerpo completo que estaba junto a la puerta del armario, Luisa se puso tras él y con cuidado le anudó la corbata. Su relación estaba lejos de ser perfecta, pero era estable y basada en el amor. Ambos confiaban el uno en el otro, a pesar de la crisis que casi los destruyó hace unos siete años atrás. El amor cambia, pero nadie te prepara para eso. Los libros, las películas, las historias e incluso las canciones románticas no hablaban de eso, de cómo la monotonía cotidiana a veces transmutaba el fulgor del amor en algo más firme, pero más frío. El sacrifico necesario para alcanzar la estabilidad. El merengue sobre el bizcocho. Ellos sobrevivieron la crisis, perdonaron los errores y hasta volvieron a dormir abrazados después de diez años. Hoy en día pasaban por una etapa similar a su noviazgo años antes del matrimonio, solo que basado en el silencio. Su vida sexual volvió a florecer entre risas íntimas y silenciosos encuentros. Ya no tenían ese febril golpe de amor juvenil, pero estaban bien así.

El timbre sonó. Luisa y Alberto se miraron y en silencio se dirigieron a la puerta. La primera invitada era doña Marcela; la octogenaria madre de Luisa que se rehusaba a vivir bajo los cuidados de una enfermera.

-Mamá -Luisa la abrazó y le besó la mejilla arrugada-. ¿Manejaste sola?

-Hola mi amor, hola Alberto. No, Ana me pasó a buscar. Está estacionando y viene. El tránsito fue un caos, no sé cómo Santiago puede tener tanta gente. Imagina que de mi departamento nos demoramos cuarenta minutos. Antes eran unos siete minutos a lo más.

Mientras Alberto se quedaba en la entrada de la puerta esperando por Ana, la vetusta Marcela entró sin bacilar. Conocía la casa de memoria y más aún estos rituales de las cenas. El primer detalle lo encontró sobre la mesa. Tomó una de las servilletas de tela y elogió a Luisa por el femenino y delicado bordado que le había puesto en una esquina. Un gesto así no lo había visto desde hace años, sentir que ese particular gusto por los detalles no se le había escapado a su hija la hizo sentirse más a gusto que nunca.

-No tengo la menor duda que hoy la pasaremos muy bien- Le dijo dirigiéndole una sonrisa a su hija mayor, la que aún conservaba ese aire enérgico que tenía desde niña.

Pocos segundos después entró Ana, la obesa hermana menor de Luisa, que siempre decía estar agotada de tantas cosas que tenía que hacer, cuando la realidad era que había dejado de trabajar hace más de quince años, hoy en día sobrevivía consumiendo el dinero que su vieja madre le asignaba. Para Alberto era un parásito, pero sabía que ese pensamiento tendría que llevárselo a la tumba; exponerlo no iba a terminar bien de ninguna forma. Luisa por su parte pensaba lo mismo, a pesar de ello, no estaba dispuesta a reconocerlo. Era su hermana, sangre de su sangre, y en su familia no había vagos.

-¿Y Benjamín? -Preguntó la ojerosa Ana mientras tomaba asiento en la sala de estar-. Apuesto a que ni siquiera los ayudó un poco con la preparación de la cena.

Ni Alberto o Luisa respondieron. Ana siempre tuvo la habilidad de comparar a Benjamín con sus primos. Tuvieron la oportunidad de detenerla hace años, cuando Benjamín era un niño formando sus primeras palabras, pero no lo hicieron. El apodo de oveja negra también salió de su factoría, hace unos seis años atrás, en una cena muy similar a esta. Alberto la recordaba con detalle, como de costumbre, se guardó las cosas en vez de decirlas, pero sabía que el bienestar familiar se lograba de esa forma. Al callar se ahorró una gran cantidad de discusiones que prefería evitar cobardemente, además de evadir tener que pedir disculpas por algo que no sentía que estuviese mal.

El timbre volvió a sonar.

Luisa abrió la puerta. Sin esperar invitación entró su otra hermana seguida por su marido y sus dos hijos. Astrid era la más fea de las tres. Ana era bastante bella de joven, ahora su obesidad y ojeras la hacían parecer mayor, pero en sus años mozos su belleza era reconocida por todos, aún así, Astrid era por lejos la menos agraciada y ella lo sabía, por esa razón siempre apuntó alto. Se casó con un hombre apuesto de ojos azules y pocos cojones, tuvo dos hijos a quienes les lavó el cerebro imponiéndole sus gustos y futuras profesiones desde que aprendieron a caminar. Se compró una casa en un sector privilegiado endeudándose por años, e hizo lo mismo con el automóvil. Para Alberto era una versión extremista de Luisa. Ambas eran arribistas, pero Astrid había afinado el arte a tal punto que se llevaba todos los galardones.

Los saludos fueron caóticos y extensos como de costumbre. Algunos se cruzaban en medio de dos abrazándose, otros repetían los besos por error; pero nada importaba. Estaban juntos y a todos les gustaba esa sensación de pertenencia que los unía, opiniones en común que formaban un punto de inflexión donde podían sentirse validados después de una larga semana en el mundo exterior. La manada estaba reunida de nuevo, como un grupo de cavernícolas en su cueva, comiendo alrededor del fuego. No importaba cuánto se peleasen, o las discusiones que pudiesen tener, incluso hasta cuánto se odiasen o se envidiasen en secreto; eran familia.

Luisa fue por copas con pisco sour artesanal a la cocina, tras cerrar la puerta sacó su celular en busca de un mensaje de Benjamín. Ella sentía el segundero del reloj retumbar en su oreja, exigiendo el tiempo perfecto para pasar a la cena y evitar silencios incómodos entre los invitados. El ritmo era muy importante en las cenas exitosas, era uno de los grandes secretos que se debía tener en cuenta. Luisa tomó el celular, pero no había mensaje. Enseguida tomó la bandeja con las copas y sirvió el pisco sour. Salió sonriendo como si todo estuviese bajo control. Todos los miembros de la familia eran mayores de dieciocho años, por lo que todos tomaron una copa. Se cruzaban miradas y esperaban que las palabras fluyeran para dar ese necesario brindis inicial.

El timbre irrumpió.

La cabeza de Luisa fue la primera en voltearse para luego ser seguida por los ojos de todos. Benjamín había llegado y con él traía a su misterioso invitado. Las apuestas imaginarias ya estaban hechas, ni hablar de las expectativas mudas que nadie se atrevía a manifestar. La tensión se sentía en el aire, electrificaba el ambiente hasta el punto de ponerle la piel de gallina a Astrid; que en secreto deseaba ver la cara de Alberto desmoronarse cuando supiera lo que era ya un secreto a voces. Benjamín era gay. Se cuchicheaba siempre entre ellos cuando Luisa y Alberto dejaban la habitación, se hablaba en voz alta cuando se iban de una cena temprano y se gritaba en silencio dentro de sus mentes cuando veían al Benjamín; marginado, sin novia, siempre solo. La oveja negra.

La primera en entrar en la habitación fue Luisa, con una sonrisa radiante que delataba lo catastrófico que había sido para ella abrir la puerta y ver el invitado sorpresa. Todos conocían esa mirada, lo que hacía que la hambrienta boca de los lobos morbosos babearan esperando polémica y algo de qué hablar durante las próximas semanas; pero era Alberto quien conocía de sobra esa mueca falsa que exageraba las facciones hasta volverlas irreconocibles. Tras ella entró Benjamín, con una sonrisa natural que delataba el intento de su madre.

– Familia, perdón por el retraso –Dijo con un dejo de felicidad en sus palabras. Intentaba contenerse pero parecía que se iba a desbordar–. Pero el tráfico estaba terrible. Les quiero presentar a alguien especial para mí. No habla mucho español, pero entiende bastante –Hizo un gesto para que el invitado entrase. La mueca de morbo se borró de la cara de todos. Frente a ellos estaba un T´srek de casi dos metros de alto, color verde como un melón tuna y una molesta similitud a una mantis religiosa–. Se llama T`slok.

Las bocas abiertas y el silencio fueron los aplausos que recibió aquella triunfal entrada. Los ojos estaban quietos mirando fijamente a la monstruosidad que estaba de pie frente a ellos.

– Vamos –Dijo Luisa–. No queremos causar una mala impresión en nuestro invitado. – La calidez de su madre sorprendió a Benjamín. Por el contrario, Alberto podía ver como ella ponía la integridad de la cena por sobre el escándalo que se estaba desarrollando.

– Hagamos un salud por nuestro invitado—Irrumpió Alberto alzando su copa llena de pisco sour. Luisa lo imitó, y en cosa de segundos, todos habían alzado ya sus copas–. Por nuestro invitado, para que conozca la calidez de esta familia y las bellezas que tiene este país.

Nadie respondió al salud con palabras, solo se tomaron las copas al seco. Para  T´slok el beber licor era una costumbre bastante extraña, comprendía que los seres gregarios disfrutasen de una cena juntos; ya que en su mundo también eran comunidades y solían hacer eventos similares, pero nunca se bebía en honor a alguien; menos un líquido que pudiera quitar la lucidez, más bien se ofrendaba con objetos creados por ellos mismos. El mundo humano era más llamativo de lo que alguna vez imaginó. Lo más similar a los mamíferos en su mundo, no eran más que criaturas poco evolucionadas que veían en expediciones al internarse en las densas selvas, acá habían alcanzado la cumbre de la evolución creando cosas artificiales a partir de fábricas o refinerías, no con resina natural u otro material fabricado por sus cuerpos. Por esa razón, el metal y el plástico eran materiales de lo más llamativos para el visitante.

Luisa invitó a todos a pasar a la mesa, pero nadie se atrevía a mover un músculo. Alberto fue quien dio el primer paso y los demás lo siguieron sin quitarle los ojos al extranjero. Sin un motivo real, imaginaban que si le daban la espalda, la mantis religiosa espacial iba a cortarles la cabeza con sus afilados brazos. A los ojos de T´slok, sus anfitriones se notaban extrañados con su presencia, pero no se lo tomaba personal, sabía que su visita al planeta Tierra iba a ser así, era un ser extraño en un mundo diferente. El choque cultural recién comenzaba, y la verdad, solo sentía curiosidad. Benjamín y su invitado fueron los últimos en tomar asiento. T´slok no podía acomodar bien su insectoide abdomen en la pequeña silla de madera, por lo que Benjamín tuvo que buscar un sillón puff que permitiese apoyar todo su cuerpo.

T´slok miró a Benjamín y este le sonrió, solo con eso sabía que le agradecía por todo el esfuerzo al aceptar las miradas curiosas, las sillas incómodas y lo que pudiese venir en el transcurso de la velada. Le encantaba eso de los seres humanos, el rango de expresiones que podían alcanzar con los músculos de la cara, cosa que su raza no tenía, debido a que se transmiten información y sentimientos utilizando sus antenas. Pero la sonrisa de Benjamín le gustaba más que todas las demás, poseía ese extraño encanto que le proyectaba una calma y usa sensación de pertenencia únicos. El primer recuerdo que tiene sobre Benjamín es esa cálida sonrisa al verlo, cuando la comitiva de recepción para los estudiantes de intercambio se acercó en el edificio del espaciopuerto. Al verla, sintió y recibió más información que cualquier antena transmisora de los T´srek.

Los platos fueron llegando de a dos. Luisa era reacia a recibir ayuda porque buscaba que sus invitados se sintieran cómodos, sobre todo después del sobresalto que Benjamín había creado al traer a ese insecto a la casa. De todas las razas, de todas las opciones posibles, tenía que ser esa. Un bicho gigante, compartiendo su mesa, en su casa. No sabía cómo doña Marcela no se había muerto ahí mismo de un infarto. Las esperanzas de Luisa estaban en que la cosa esa tuviese modales en la mesa, que pudiese comportarse como un humano civilizado. Recordó la dureza del merengue sobre la suavidad del bizcocho; pero esta vez la dureza no le gustaba para nada.

Una vez que los platos estaban servidos, los comensales olvidaron las precauciones y se dejaron llevar por los sabores que les ofrecía la excelente cocina de Luisa. Alberto, en cambio, no despegaba los ojos del extranjero. Sentía que su hijo lo había decepcionado, había depositado su fe en él, había creado la expectativa de que Benjamín iba a traer un Gris para que lo conociera y poder saciar sus dudas. No fue así. Nuevamente Benjamín iba por el camino incorrecto y, a pesar de que sabía lo errático que era él, siempre tuvo una sensación de que poseía un norte secreto, quizás incompresible para mentes como las de Luisa. Esa sensación era la base de su vínculo con su hijo, pero ahora se daba cuenta de lo equivocado que estaba, no había norte, no había una estructura secreta; solo caprichos basados en la necesidad de sentirse distinto y así destacar.

T´slok observaba fijamente su plato, todo se veía exótico. Posó sus ojos en los demás invitados buscando en ellos la forma correcta en la que probar aquella extraña gastronomía, a pesar de lo contentos que percibía a los otros, él no pudo dar el primer paso; lo que lo detenía no era el plato en sí, fueron los cubiertos. Sus extremidades no estaban diseñadas para soportar algo tan pequeño. Acercó sus enormes ojos verdes con pequeñas pupilas negras al metal. El material y el objeto lo llenaban de curiosidad, más aún imaginar cómo algo tan blando como la carne humana podía darle cualquier forma a los metales. Había estudiado los procesos y técnicas que tenían acá en la tierra para crear las estructuras artificiales que sostenían su civilización, pero verlo en vivo era otra cosa. Criaturas extraordinarias; pensó para su interior.

La mano de Benjamín sobre su duro y frío exoesqueleto lo hizo regresar a la cena. Con delicadeza posó una de sus antenas sobre la tibia cabeza de su anfitrión y le transmitió su dificultad para utilizar esos utensilios. Benjamín no respondió con ideas, tampoco con palabras, más bien con acciones. Acercó el plato de T´slok y cortó en trozos la carne de vacuno. Con la delicadeza que solo el cariño otorga y frente a los ojos de todos, Benjamín alimentó a su invitado, pasando trozo a trozo, cucharada tras cucharada. Luisa miraba todo con atención, intercambiando miradas con su esposo.

– Y… dime T´slok –Comenzó a decir Luisa con la voz temblorosa. El escándalo estaba escalando a niveles insospechados y tenía que hacer algo–. ¿Lo dije bien?

– Sí, mamá – Respondió Benjamín con una genuina sonrisa en la cara.

– ¿Cómo fue tu viaje a la Tierra? ¿Es muy cansador el viaje espacial? – Alberto estaba sorprendido con la pregunta que su esposa había formulado. Era la perfecta entrada a una conversación normal, entre dos desconocidos que se están por conocer. Era un genio en cuanto a relaciones sociales y estaba haciendo un excelente trabajo aplacando la marea que Benjamín estaba creando.

Los ojos de T´slok se posaron sobre Luisa, quien sintió un escalofrío bajar por su columna. Imaginaba esos pequeños puntos negros escrutándola, clavándose como estacas en carne tierna, fresca. Le otorgó muchos significados malignos a una simple mirada de atención.

– Él no puede responderte con palabras –Agregó Benjamín–. Tiene que acercarse y tocarte con sus antenas. Es la forma en la que se comunican. Sabe algo de español vocal, pero sabe mucho más de esta otra forma y lo pronuncia muy bien a través de la mente.

La sola idea de tenerlo en frente le ponía los pelos de punta a Luisa, ni hablar de acercarse más. ¿Qué estarían pensando los demás en este momento? Se preguntó la orgullosa mujer; enseguida comenzó a imaginar a sus hermanas disfrutando la situación, ya que siempre la habían envidiado. Cualquier cosa que le causara malestar, era bienestar para ellas.

T´slok fue el primero en ponerse de pie, mientras que Benjamín tomó de la mano a su madre y la llevó lentamente hacia el invitado. Mientras caminaban, Luisa sentía que todo se movía en cámara lenta, como si estuviese viviendo los últimos momentos de su vida antes de ser ofrendada ante un ser oscuro que la iba a devorar como sacrificio. Fue antes de que su hijo soltara su mano y la dejase frente a la aberración verde, que Benjamín le susurró en el oído “Gracias por hacer esto por mí, mamá”.

Anonadada e intentando ocultar los tiritones que su cuerpo le daba, Luisa sonrió ante T´slok de la forma más amena que pudo. El invitado la miró fijamente y acercó su cabeza triangular hacia ella. Sin poder moverse por el miedo, la asustada anfitriona no despegaba los ojos de las extrañas fauces que el extraterrestre iba acercando. De pronto, sintió algo peculiar en el pelo, una caricia que le daba cosquillas, y luego una espesa blancura la envolvió. Frente a ella solo estaba T´slok, el resto de la habitación se había desvanecido al entablar la conexión psíquica.

– Antes de comenzar –Habló el visitante en un excelente español y con una cálida y varonil voz–. Quisiera darte las gracias por recibirme en tu casa. Imagino que para ustedes debe ser tan particular, como lo es para mí.

Luisa asintió nerviosa.

– Probablemente esta forma de comunicación sea algo peculiar –Prosiguió T´slok con calidez–. Pero no te preocupes, sigues en tu casa, rodeada por los invitados. Con respecto a tu pregunta, debo decir que estuve en estado de sueño profundo durante su totalidad, por lo que no puedo decir que haya sido agotador.

Luisa no lograba más que sonreír idiotamente, de alguna forma no podía poner las palabras en su boca, no era lo mismo que al hablar en el mundo concreto. La mente funcionaba de otra forma y no podía darle al clavo. Se concentró un poco más y fue una sola letra la que logró escapar, como si fuese una tartamuda comenzó a disparar medias palabras, hasta que lo logró.

– Por… ¿Por qué? ¿Por qué viniste a la Tierra?

– Curiosidad. Cuando se hizo público el encuentro de su raza con la nuestra, no pudimos evitar quedarnos maravillados. Por alguna egocéntrica razón, nos imaginábamos que los demás habitantes de esta galaxia serían más como nosotros. Cuando logramos hacer contacto con los Wobernios y Mauranos estábamos interesados, pero cuando los vimos a ustedes, tan distintos, tan extraordinariamente diversos; nos quedamos sin palabras y llenos de curiosidad.

Luisa asentía de forma automática. Una respuesta pre grabada como las que tienen los hombres cuando no están escuchando a su pareja hablar. Su mente luchaba por procesar toda esta información, sobre T´slok, sobre la comunicación psíquica. No solo ingresaba información hablada, había algo más, un cosquilleo por todo el cuerpo que hacía que Luisa se sintiese una igual ante el extraño visitante, dejando de lado el exoesqueleto y la apariencia alienígena.

– Me disculparé de antemano –Prosiguió el verde visitante–. Siento que tiene algo más en mente, algo que le molesta sobremanera. ¿Quisiera decírmelo? No me mal interprete, solo quiero contestar todas sus preguntas.

Luisa asintió nuevamente. Le estaban leyendo la mente y ella lo único que podía hacer era asentir. Por primera vez en años sentía que no podía ocultarle algo a un interlocutor. T´slok sabía que en su mente solo rondaba un tema, uno que le impedía seguir adelante y vivir de primera fuente todo lo que estaba ocurriendo. Se armó de valor y sin saber en qué tono decirlo, lo dijo.

– ¿Qué quieres tú de mi hijo? –Cerró los ojos, evitando ver el desastre que había dejado.

– Disculpe, pero no entiendo a qué se refiere. –Luisa abrió los ojos y logró sentir la perplejidad del invitado. Durante un segundo logró ver más allá de la figura que encontraba aterradora. La pregunta tendría que ser más directa, quizás evitar la diplomacia e ir al grano, pero pensarlo era más fácil que hacerlo, y las palabras volvieron a sentirse pesadas.

– Exactamente ¿Qué eres de mi hijo? – Las pequeñas pupilas negras de T´slok se abrieron el máximo de su capacidad. Luisa perdió el miedo y volvió a sentirse empoderada, como si tuviese a una cucaracha acorralada en la cocina.

– Me ha descubierto –La voz cálida daba paso a un tono avergonzado y Luisa sintió tristeza. Se extrañó al experimentar aquella sensación en su cuerpo. Hace solo unos segundos atrás, sabía con objetividad que el visitante sólo le causaba asco y terror, pero por alguna curiosa y desconocida razón, ella ahora empatizaba con él–. No sé cómo poner esto en palabras; más aún si están en español. Quizás le parezca ofensivo. No la podría culpar por pensar así, es una situación particular.

A pesar de que T´slok no había respondido la pregunta, Luisa ya sabía la respuesta. Dio un paso adelante y con cuidado le puso una mano encima. No sabía qué la impulsaba a hacerlo, tampoco sabía en qué momento los sentimientos adversos habían desaparecido, pero allí estaba, intentando apaciguar la tormenta que ella había gestado.

– Solo quiero saber si son buenas intenciones –Agregó Luisa, pero ya sabía que las intenciones eran buenas, sinceras y reales. Una reacción así solo podía venir de un sentimiento tan puro que causase temor al hablarlo. Se encontró intentando contener una sonrisa imposible de ocultar. Recordó esa nueva conexión que había revitalizado su matrimonio, aquélla que se creía perdida para siempre tras tantos años juntos. Reconocía que Benjamín era una piedra en el zapato en relación al orden y a lo moralmente aceptado, pero a pesar de eso, ella quería que fuese feliz, era en ese sentimiento en el que se enraizaba su incansable conflicto con él. Quizás haya un lugar en este vasto universo para alguien como Benjamín.

La conexión terminó de golpe. El espacio blanco y tranquilizador se disolvía ante los ojos de Luisa, para dar paso al living comedor de colores crema y decoración comprada en tiendas por departamento. La antes hogareña percepción que tenía de su hogar había cambiado, el lugar le parecía plástico, carente de vida. Una imitación mecánica de lo que significa un hogar. T´slok estaba frente a ella, pero sus ojos estaban posados en Alberto quien estaba de pie, con la cara roja y las venas del cuello marcadas. Instintivamente, Luisa miró a Benjamín, quien miraba con severidad a su padre.

– ¿Qué pasó? –Intervino Luisa, creyendo comprender en rasgos generales lo ocurrido–. ¿Alberto?

– Pensé que te estaba haciendo daño –Las palabras de Alberto tiritaban en el aire. Estaba nervioso, realmente asustado. Luisa no podía evitar sentirse feliz al ver que su marido se preocupase tanto por ella, pero también se sentía molesta, ya que pensaba en T´slok.

– No. Solo estábamos conversando. Quiero que todos se calmen. T´slok es nuestro invitado y hasta ahora no ha demostrado nada más que buenas intenciones.

Alberto intentó continuar la discusión pero una sola mirada de su esposa le bastó para dejar todo argumento detrás. El resto de la familia había permanecido como espectadores extasiados, como si estuviesen viendo un reality show repleto de situaciones jugosas de las cuales conversar durante la semana. Luisa se sentó en silencio y continuó comiendo, los demás la siguieron tímidamente en silencio. Benjamín se acercó a su invitado y lo llevó de regreso a la mesa. Alberto no pudo contenerse más y se fue a la cocina de golpe.

Tras cerrar la puerta que unía la cocina con el living comedor, el agitado anfitrión no encontraba qué hacer, se daba vueltas como un león enjaulado en la estrecha cocina. Se quedó mirando la ventana frente al lavamanos, luego se apoyó sobre la cocina encimera para pasar a sentarse en uno de los mesones. Siguió así hasta que entró Benjamín. Durante varios segundos no se dijeron nada, se miraron fijamente como lo hacen los pistoleros antes de un enfrentamiento en una película de vaqueros. Los ojos de Benjamín delataban tristeza, en cambio, los de su padre hablaban de molestia.

– ¡Por la mierda, Benjamín! ¿Qué estabas pensando cuando invitaste a esa cosa a la casa? – La molestia fue la primera en romper el silencio.

– Tiene nombre. –Benjamín adoptó una posición desafiante ante la imposibilidad de comprender a su padre, que ahora había cambiado completamente ante su hijo. Benjamín siempre vio a Alberto como una persona sabia que prefería guardar las palabras ante aquellos que no las iban a comprender. Ahora era solo un cobarde que acababa de explotar revelando sus verdaderos colores.

– ¿No entiendes lo importante que es esto para tu madre y para mí? Es su cena. No podías respetar eso, tenías que volverte el centro de atención, tenías que volver esta casa en tu maldito escenario para que todos te viesen. –Alberto comenzaba a alzar la voz, y justo cuando estaba a punto de estallar entró Luisa.

– Benjita –La voz de la dueña de casa era tranquilizadora, pero con una dureza inherente por debajo–. ¿Por qué no vas a la mesa? T´slok necesita tu ayuda para comer–. Benjamín comprendió el mensaje y los dejó solos.

– Te estaba defendiendo. –Agregó el esposo, intentando justificar la escena que había creado.

– No tenías qué. Ya te dije que T´slok no me estaba haciendo nada, solo hablábamos. Deberías hacer lo mismo.

– ¿Qué?

– Deberías intentar hablar con él también. ¿Sabes por qué está acá? –Esa pregunta parecía estar fuera de toda lógica. ¿Qué importaba la razón de su visita? Para Alberto daba igual si era una simple visita turística o el primer paso a una invasión a gran escala. Lo quería fuera de su casa, y a Benjamín también.

– ¿De qué estás hablando? ¿Te lavó el cerebro?

– Hazlo por nuestro hijo. Dale una oportunidad. –Se adelantó a su marido, quien comenzaba a poner cara de pregunta–. Cuando me acerqué estaba aterrada, decidida a oponerme a cualquier tipo de contacto posible con él, pero Benjamín me dio las gracias ¿Y sabes qué me pasó? Me sentí una buena madre, por primera vez en años. Tú deberías hacer lo mismo. Por alguna razón que no racionalizo, convertimos a nuestro hijo en un enemigo, solo porque no era como queríamos. –Alberto estaba callado, su cuerpo había renunciado a toda tensión y estaba sin ningún muro, ninguna armadura–. No es como lo imaginamos y nos decepcionamos, volvimos a nuestro propio hijo un ser a quien sentíamos molesto. ¿Qué clase de padres hemos sido? Ese niño, nuestro niño; está a punto de salir al mundo y formar su propia familia, volar lejos de acá y nosotros no nos hemos dado cuenta que es nuestra única oportunidad de salvar el lazo que tenemos con él, que por lo demás es bastante débil.

– ¿Qué va a decir el resto?

– A la mierda el resto, Alberto, por dios. Es nuestro hijo.

Las palabras soeces no eran parte del repertorio coloquial de Luisa, no las usaba nunca, pero esta vez sí. Para el perplejo hombre solo significaban una cosa, el visitante la había cambiado, de una forma u otra. Al hacer la conexión se había introducido en la cabeza de su mujer y había jugado con sus neuronas hasta convertirla en un títere. Le debió hacer lo mismo a Benjamín, jugar con su cerebro e ideas hasta transformarlo en el primer títere. Tenía que hacer algo por ella y por su hijo, tenía que detener al invasor.

– No creo que te des cuenta de lo que estás diciendo. Pero voy a sacar a ese insecto de nuestra casa, después veré como arreglarte. –Luisa lo detuvo agarrándole un brazo cuando él se dispuso a salir de la cocina.

– Alberto, entiende que no me ha lavado el cerebro. Esta no es una historia de conspiración alienígena.

– ¿Qué es entonces? Explícamelo porque yo no logro entender que está pasando.

– Nuestro hijo nos está presentando a alguien importante para él. Quiere apoyo, y se lo merece.

Alberto guardó silencio. Luisa simplemente lo miró y le acarició la barbilla suavemente mientras lo miraba a los ojos. La teoría de conspiración se derrumbaba en su mente. Todo comenzaba a cobrar un sentido inexplicable y con ella nacía un pequeño sentimiento que le carcomía el pecho. Luisa salió de la cocina, no sin antes tomar su postre; Alberto quedó solo. Sentía un peso entre las costillas que le impedía respirar normalmente, ese nuevo sentimiento creció con rapidez, apoderándose de todo su cuerpo. Cerró los ojos y lo reconoció como culpa; la culpa de no haber sido un buen padre. ¿Podrá ser capaz de salir allí, frente a todos y apoyar a su hijo? ¿De redimirse?

Tomó aire y salió al living comedor.

Astrid estaba tranquila sentada frente a T´slok, mientras este posaba sus antenas en la cabeza de la hermana de Luisa, los demás asistentes estaban alrededor con sonrisas en la cara. Alberto tuvo que contener el impulso de lanzarse a detener la comunicación. Benjamín estaba sonriendo, pero esa felicidad palideció al ver a su padre. Alberto volvió a sentir el lapidario peso de la culpa. Luisa tenía razón, como siempre lo solía hacer. El invitado retiró sus antenas y Astrid se puso de pie. Estaba feliz y les hablaba a los demás sobre lo peculiar del contacto, de lo pacífico que se siente y de lo interesante que era el extranjero. Los demás se veían ansiosos por tomar su turno y probar esta nueva forma de comunicarse. Luisa preguntó quien más quería probar, fue Alberto quien se adelantó a todos. Benjamín lo miraba sorprendido y una pequeña sonrisa se dibujó en su rostro.

Alberto tomó asiento nervioso, no tiritaba, pero sus músculos se contraían con fuerza, lo mismo le pasaba a sus dientes con los que luchaba por no hacer rechinar. El sudor frío comenzó a recorrer tímidamente su frente, llenando con pequeñas gotas las arrugas que se esforzaban por no contraerse y adoptar una mueca de disgusto. T´slok acercó su pequeña cabeza y fijó los ojos en el aterrado hombre. No hubo tiempo de reaccionar, todo se cubrió de una densa y espesa capa blanca. Solo estaban ellos dos, frente a frente.

– Es un placer poder conversar con usted. –Los músculos se mantenían firmes ante la calidez de la voz que proyectaba el invitado–. Comprendo que esto es raro al comienzo, pero si gusta decir algo, solo debe pensar en hablar. Quizás al comienzo cueste sacar las palabras, pero se irá haciendo más fácil.

– ¿Dónde estamos? –Las palabras fluyeron sorprendiendo a T´slok.

– Es una imagen que yo he creado para facilitar la comunicación, si no le agrada puedo cambiarla. –Alberto se sorprendió al ver la blancura que iba tomando forma con rapidez, hasta convertirse en el living comedor de su propia casa–. ¿Está mejor así? –Alberto solo pudo vocalizar su sorpresa. Sentía un cosquilleo por todo el cuerpo, pero no le importaba, quería ver más.

– ¿Cómo es tu planeta? –Alberto estaba intrigado, su espíritu curioso volvía a despertarse tras años de sueño en el mundo de la adultez. El living comedor comenzó a transmutarse para dar forma a la inmensidad del espacio, frente a ellos se acercó flotando una esfera verdosa con tintes amarillos. El planeta natal de los T´srek. Las imágenes nuevamente se transformaron, ahora estaban en un denso bosque con gruesos árboles, tan gruesos que parecían edificios. Tras unos segundos de atención, Alberto logró darse cuenta que en realidad eran edificios donde habitaban los T´srek y que no eran árboles, si no que estructuras creadas con una especie de compuesto natural.

– Nosotros los hacemos. –Argumentó T´slok al entusiasmado Alberto–. Cada clan construye y mantiene su propio panal, en él hacemos la totalidad de nuestra vida, por lo que salimos solamente para comerciar entre nosotros. Todos tienen especialidades distintas, mi clan produce alimentos dulces, por ejemplo.

– Todo luce muy pacífico. ¿Cómo es por dentro tu hogar?

Esta vez las imágenes no cambiaron. El bosque y los hogares de resina natural se mantuvieron al ritmo del suave viento que los mecía con pereza.

– No creo que le agrade. No es como sus hogares, tan luminosos, tan pulcros. –El cosquilleo que recorría el cuerpo de Alberto se detuvo–. Siento que quizás la visión que tiene usted de mí cambie, somos distintos, pero no malos. Es solo que nuestra forma de vida es distinta. Cuando llegué a la Tierra me sorprendió lo artificial que lucía todo, sentí repulsión al ver cómo la naturaleza, el polvo, las esporas no cubrían el planeta. Cómo ustedes arrasaban para poder poblar. Todo cambió cuando hice el primer contacto para comunicarme.

– ¿Fue Benjamín?

– Así es. Él cambió la forma en la que los percibí, logré ver más allá y comprendí sus virtudes y límites como especie. No tienen las resinas que nosotros producimos, su aplicación al desarrollo fue distinta. Me sentí maravillado por sus logros, por lo diferentes que eran.

– ¿Amas a mi hijo? –La pregunta llegó sin previo aviso, sin una preparación adecuada, pero no era dura. Era la de un padre queriendo saber si su hijo iba a estar en buenas manos.

– Creo que sí. Me siento cómodo y feliz cuando estoy a su lado. Su sonrisa ilumina mi vivencia aquí. Sé que esto va a ser raro para ustedes, también lo va a ser para los míos, pero quiero que entiendan que solo quiero lo mejor–. El cosquilleo regresó con más intensidad, los ojos de Alberto se abrieron y pudo percibir a su interlocutor de una forma distinta.

– Creo que estoy listo –. Añadió Alberto– pero antes de terminar la conexión, quiero pedirte disculpas. Fui muy grosero, pero tenía miedo. No sé si eso justifica algo, pero es la verdad, pero no se lo digas a nadie –. Alberto forjó una sonrisa picaresca. Por primera vez sentía que hablaba sin una barrera, sin un límite impuesto por él mismo. El invitado a cenar le hizo saber que lo comprendía, y tras una pausa afable, la conexión se detuvo. El familiar living comedor regresó a decorar la visión ocular. Los demás invitados se disputaron el siguiente turno para probar la peculiar forma de comunicación, mientras que Alberto se alejó en silencio, necesitaba un espacio solitario para reflexionar sobre lo vivido, pero en su camino se cruzó Benjamín quien lo abrazó con fuerza. La culpa se había ido, dando paso una satisfacción que lo llenó de energía.

Tras su solitaria hora de reflexión, Alberto dejó su habitación para volver a la cena. El bizcocho coronado con el macizo merengue estaba repartido en platos, algunos aún tenían pedazos a medio comer, otros solo las migas delatando la pasada presencia de un trozo de postre en ellos. El ambiente nunca había sido tan alegre. La tradición familiar dictaba que tras la cena se jugasen algunos juegos clásicos. Cuando Alberto llegó, estaban jugando a “Adivina la película” en el living. Había risas, sonrisas, incluso Luisa relucía una energía radiante que lo hacían estar embobado, como si fuese la primera vez que la veía. Benjamín irradiaba felicidad, nunca había visto así a su hijo, proyectaba entereza y vitalidad. Quizás no se había equivocado con él, tal vez sí era un visionario centrado, que sin importar los obstáculos siguió adelante hasta lograr cambiar la mente de sus familiares. Se sintió orgulloso.

Las horas pasaron y fue el momento de comenzar a despedirse. Uno a uno los visitantes fueron dejando la casa, hasta que solo quedaron los cuatro: Alberto, Luisa, Benjamín y T´slok. Sin palabras de por medio, sin ninguna coordinación previa, ordenaron las cosas que quedaban, había una energía distinta en la casa, una especie de brisa fresca que le daba otro aspecto completamente distinto al hogar; era paz y Luisa la percibió, una paz real, no como la que estaba acostumbrada a tener cuando estaba sola, una artificial, sin alma. Esta era distinta. Observó a su hijo y vio a un hombre, con metas claras y con el coraje suficiente para llevarlas a cabo, enseguida observó a su esposo, vio en él un padre de verdad, con la fortaleza necesaria para defender a su familia. Una vez que terminaron de limpiar y organizar, Benjamín se despidió y fue a dejar a T´slok al complejo habitacional que el Estado les había proporcionado. Luisa los miró por la ventana mientras se marchaban. Recordó el bizcocho y el merengue, la suavidad y la dureza, el contraste perfecto. Al comienzo no le había gustado pero ahora sí le gustaba la dureza del merengue, era necesaria y con ella había una nueva forma de ver la dulzura que le seguía. Benjamín y su invitado se detuvieron, se miraron, sonrieron. Benjamín le besó el costado de la cara. Luisa no podía estar más feliz, su hijo era un hombre de verdad.

                                                                   Fin

16 de Enero de 2019 a las 21:56 4 Reporte Insertar 6
Fin

Conoce al autor

Javier Valderrama Estudie cine en chile, me desempeñé como guionista donde reafirmé mi pasión por escribir.

Comenta algo

Publica!
cV conrado Valderrama
Felicitaciones, me encantó, sigue asi
18 de Mayo de 2019 a las 12:51
Flavia M. Flavia M.
¡Me encantó!
5 de Febrero de 2019 a las 08:56

~