The last demon hunter Seguir historia

lucadomina Luca Domina

Odiado por los demonios, temido por los hombres, y mirado con recelo por la iglesia. El último miembro de la orden de los cazadores de demonios, deberá iniciar su viaje final, junto a una joven sacerdotisa, para erradicar a los seres malignos.


Fantasía Épico Todo público.

#258 #acción #misterio #terror #caballeros #371
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Capitulum I

Un sudor helado le recorría el torso desnudo, pero no se detuvo, la tumba no se cavaría sola. Al terminar clavó la pala en la tierra reseca. Se despegó el cabello negro de la frente y elevó la mirada. La luz del sol apenas lograba penetrar el cielo plomizo. Desde hace semanas pensaba que llovería, pero nunca lo hizo. Contempló el cementerio y suspiró. Aunque era pequeño, rebosaba de lapidas de piedra y cruces de madera; solo Dios sabe cuántos hombres, mujeres y niños había enterrado en los últimos días, y aun tenía trabajo por delante. Su estómago rugió; las costillas se marcaban en la piel entre un mar de arrugas. No pensaba descansar hasta haber realizado sus labores. Se dispuso a tomar la pala, pero su cuerpo se paralizó de espanto…

A un par de pasos de distancia se hallaba la figura de un hombre envuelto en un manto negro. La capucha ocultaba el rostro entre las sombras, pero desde la oscuridad los ojos resplandecían como ascuas. Extendió un brazo, revelando una mano anciana, la cual solo era arrugas, piel y huesos, y señaló al sepulturero.

Con voz áspera promulgó. —­Es tiempo de despertar. La telaraña ha sido tejida y las moscas ignorantes no tardan en caer. —el sepulturero reconoció el dialecto, pero desconocía el significado de aquellas palabras.

El cielo oscureció de forma tormentosa sobre el cementerio. El viento sopló con furia, el suelo comenzó a vibrar, mientras algunas de las lapidas se desquebrajaban, y extraños murmullos llegaban a oídos del pobre hombre. De entre las tumbas brotó una niebla espesa y rojiza. Bajo las órdenes del desconocido, danzó por el suelo hasta rodear al sepulturero. Mientras sus pupilas se dilataban y las lágrimas surcaban sus mejillas, éste tembló sin poder hacer nada. La niebla reptó entre sus piernas, recorrió el pecho, y de manera violenta profanó su cuerpo a través de todos los orificios de la cara. Lo último que vislumbró fue el fulgor de una sonrisa macabra, antes de caer inconsciente.

Al despertar se hallaba tendido en el suelo; el cielo había regresado a su color plomizo habitual. Se llevó las manos a la cabeza, padecía una terrible jaqueca. Sintió un desagradable sabor en la boca. Se inclinó a un lado, y al escupir abrió los ojos aterrado; un pedazo de carne, cubierto de sangre, abandonó su boca. Al sentarse no pudo evitar gritar y retroceder arrastrándose; los cadáveres de dos mujeres, se hallaban frente a sus ojos; ambas tenían la garganta desgarrada. —¡Devóralas! — varias voces al unísono le hablaban al oído. Sacudió la cabeza de un lado a otro; se hallaba solo en medio del tumulto de tumbas; más allá de la precaria cerca de madera, que delimitaba el cementerio, tampoco observó a nadie. Se tapó la cara creyendo que se había vuelto loco; conocía a las mujeres, hija y esposa de un hombre al cual dio sepulcro días atrás. —¿Qué esperas? ¡Queremos más carne fresca! —las voces se pronunciaron con mayor fuerza. En ese momento comprendió que procedían del interior de su mente. Al cerrar los ojos grotescas imágenes lo invadieron. Se inclinó boca abajo y vomitó sin parar al comprender lo que había sucedido. Dominado por el pánico cavó dos tumbas y enterró a las mujeres; creyendo que lo culparían, se encerró en el cobertizo al otro extremo de la entrada y comenzó a rezar una y otra vez; solo Dios podía ayudarle…

Al atardecer dos guerreros procedentes del poblado llegaron al cementerio en búsqueda de las mujeres. Descubrieron la tierra regada de sangre y dos tumbas sin lápidas. Se acercaron al cobertizo ante un extraño murmullo. —¡Yo no lo hice, fue el Diablo! —gritó el sepulturero. Uno de los soldados trató de razonar con él, pero alguien o algo completamente diferente contestó. —¡Déjenos salir, tenemos hambre, los comeremos a todos! — la voz era desgarradora. Los guerreros cruzaron miradas; los ojos les brillaban. Ambos apretaron con firmeza las empuñaduras de sus espadas. Pronto caería la noche, y el confuso suceso se mezclaba con el temor natural que ejercía el lúgubre lugar a esas horas. Poco a poco retrocedieron sin dar la espalda a la puerta de madera y abandonaron el hogar de los muertos.

El manto de la noche cubrió el cementerio y una implacable tormenta eléctrica se apoderó del cielo. El sepulturero seguía rezando sin parar al sentir que algo se revolvía en su interior. —¡Dios no me abandones! — pidió entre lágrimas. En ese momento, sus ojos se tornaron negros como el carbón, la piel palideció y se atiborró de supuraciones, y su alma le fue robada. Al ponerse de pie, ya no era un hombre, sino un demonio.

Arrancó la puerta de un manotazo. Al salir olfateó el aire y se relamió los labios; el olor a carne humana le llenaba de placer. Se dirigió hasta la entrada del cementerio; caminaba encorvado hacia delante y la saliva se le escapaba de la boca. Se detuvo en el inicio del sendero que descendía desde el cementerio, justo en la parte alta de una colina, hasta el poblado. La oscuridad no era un impedimento para sus ojos. Al ver los hogares a la distancia, se formó una sonrisa tan amplia en su boca que los labios se desgarraron. Se dispuso a avanzar, pero su instinto le retuvo. Entre el rugido de los truenos pudo escuchar el sonido de pisadas metálicas que se aproximaban. Sin disipar la sonrisa, se internó en la precaria necrópolis una vez más, perdiéndose en la oscuridad a la espera de su nueva presa.

Las pisadas se escuchaban cada vez más cercanas. Desde el sendero, surgió una silueta, la cual penetró en el cementerio sin vacilar. Con un lento caminar, llegó a unos veinticinco pasos del espectro. Éste lo observó, con la cabeza inclinada a un lado de manera atroz; la sonrisa permanecía inalterable. Frente a él, se hallaba un caballero en armadura. En su mano derecha empuñaba una gran espada, la cual cubría su filo con un vendaje amarillento, que descansaba en un hombro. Sus ojos, de un azul intenso, le miraba fijamente a través del yelmo. El demonio estaba agazapado listo para atacar, pero sus memorias de tiempos pasados, le advertían del peligro; el peto del caballero poseía un símbolo conocido.

Sin mediar palabra, alzó la espada apuntando al firmamento. La brisa se arremolinó alrededor de ésta, despojándola de las vendas. A pesar de que la luna se hallaba oculta, la hoja resplandeció. Al ver esto, la criatura encolerizó; entre maldiciones y blasfemias, se lanzó al ataque. Mientras avanzaba como un animal salvaje, descubrió que su presa no se movía; seguramente petrificada por el miedo. Envuelto por la excitación y el deseo de sangre, saltó sobre el caballero.

En un parpadeo, la hoja surcó el aire como un relámpago mientras ejecutaba un corte de izquierda a derecha, terminando el recorrido en el costado de la criatura. Ésta voló hasta desplomarse sobre una lápida. A los pies del caballero cayó un brazo amputado; se retorció como la cola de un lagarto, y de manera súbita, fue consumido por las llamas hasta ser solo cenizas. Por su parte, el demonio gruñía; con contorsiones antinaturales trataba de erguir su cuerpo. Sangre azul brotaba del miembro cercenado y de una mortal herida en sus costillas. Las pisadas metálicas se aproximaban. Tomó un fragmento de escombro y le arrojó; se escuchó algo parecido al sonido de una campana, pero los pasos no cesaron. El caballero marchaba con el amenazante resplandor de su espada. En ese momento, el espectro huyó arrastrándose, demostrando que hasta la maldad conoce el miedo. La marcha metálica le pisaba los talones; un poco más de tiempo y sus heridas sanarían. Sintió peso en su espalda, miró de reojo; se le borró la sonrisa. El caballero empuñó la espada con ambas manos y la clavó en el cráneo del demonio. El cuerpo se zarandeó por unos segundos hasta quedar helado. Retiró la espada; las manchas de sangre azul se evaporaban en la hoja. Una llamarada consumió el cuerpo. El viento elevó las brasas dándoles el aspecto de un enjambre de luciérnagas y luego se extinguieron.

Al terminar de vendar su espada, el caballero contempló el cielo; la tormenta desaparecía y la luna imponía su fulgor. La calma reinaba de nuevo en el cementerio y las almas descansaban en paz. A pesar de haber vencido, no se vanaglorió, apoyó el arma en su hombro y marchó de regreso; comprendía que aquel ser maligno era solo el principio.

Al pie de una lápida, y como si no pudiera ser visto, el encapuchado le observaba con brillo en sus ojos. —Eso es, continúa. Sigue luchando sin cesar. Te demostraré que la oscuridad jamás desaparece… —susurró antes de esfumarse sin dejar rastro.

6 de Enero de 2019 a las 05:19 2 Reporte Insertar 2
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Roberto Dario Roberto Dario
A mi sinceramente me gusto mucho. Leeré el segundo capitulo para saber que mas hay después de este gran capitulo.
11 de Julio de 2019 a las 02:26
Luca Domina Luca Domina
Todo comentario es más que bienvenido! La crítica es una gran ayuda para alguien que desea mejorar! Y muchas gracias por tomarse el tiempo de leer! Saludos!
20 de Mayo de 2019 a las 19:47
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