A la luz de las velas Seguir historia

mauromartinprimero1 Mauro Martin

En medio de lo que sería el mejor momento de su vida, Alondra conoce a Joan Stiller, un hábil y frío hombre de negocios, de quien se enamora profundamente e incluso hasta se casa. No obstante, justo en las primeras horas de su vida marital, la recién casada descubre algo que su esposo mantuvo en secreto por mucho tiempo, y tenía que ver con la forma de vida de éste antes de casarse con ella. Sintiéndose aterrada ante lo que iba a suceder si se atrevía a revelarlo, decide huir de él. Alondra no imaginaría lo que le esperaría en su desventurada aventura, allá en medio de la densa y agresiva nevada que predominaba casi por completo la mítica y gran ciudad de Nueva York. ¿Cuál será aquel secreto que su esposo le había guardado durante todo este tiempo? ¿Por qué decide huir de él? ¿Cuál será su siguiente destino? Conoce todo mi repertorio literario a través de la página de Harmony Creativa: www.harmonycreativa.tk Sé parte de nuestras redes sociales y entérate antes que nadie de las novedades que tenemos para ti: Facebook: https://www.facebook.com/HarmonyCreativa2 Twitter: http://www.twitter.com/HarmonyCreativa


Acción No para niños menores de 13. © 2009 - 2017 Mauro Martín Chicmul Chan. Derechos Reservados.

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Capítulo 1 / Una extraña en la casa

La siguiente historia toma lugar dentro de un lugar llamado Siracusa, situada en la parte casi más alta de la gran Nueva York.

Era víspera de Navidad y una gran tormenta de nieve azotaba por completo la ciudad. Eran las diez de la noche cuando Moisés se disponía a pasar la Nochebuena en completo solitario. Estaba a punto de ver su película favorita, cuando de repente escuchó un ruido extraño. Al parecer dicho ruido provenía justo desde la puerta principal. Algo extraño, pues él no esperaba a nadie. Ni siquiera los parientes irían a verlo esta Navidad, pues cada quien tuvo un itinerario propio que cumplir y ninguno se había dado a la tarea de hacer un espacio en la agenda para ir a ver a Moisés.

Aun así, el muchacho atendió a la puerta. Y, para su sorpresa, descubre a alguien tirado justo en la entrada de su casa. Su asombro no podía ser menos. No era nadie conocido, ni siquiera alguien que él mismo reconociera alguna vez. Además estaba inconsciente y cubierto de nieve.

¿Quién será acaso esa persona que se encontraba allí, y además en un estado terrible? ¿Acaso estará muerto?

Sin pensarlo demasiado, Moisés procedió a meter a aquella persona adentro, y mientras la estuvo cargando, sentía que sus brazos se le congelaban. No era para menos, aquel individuo estaba muy frío y además seguía sin responder. Lo acercó a la chimenea, con el fin de conseguir que logre recuperar la temperatura. Y a ver si respondía, dijera algo o por lo menos se moviera. Lo que sea, con tal de ver algún signo de vida en él.

La observó detenidamente. Y grande fue su sorpresa cuando vio que aquella persona era en realidad una mujer. Joven, como de su edad, pero en un estado terriblemente lamentable. Aquella chica estaba hecha casi un hielo viviente. Y por suerte seguía con vida. Inconsciente, pero con vida. Aunque, de no haber sido por aquel anorak gris grueso que traía puesto, tal vez no hubiese sobrevivido al clima hostil que azotaba aquella zona casi apartada de la ciudad.

Con el fin de hacer que la chica recupere poco a poco su temperatura (y vuelva en sí) más rápido, Moisés fue cubriéndola con algunos cobertores extraídos de su cama. Y tras un buen rato después, mientras él se encontraba viendo la película, la chica finalmente despertó.

— ¿Dónde estoy? —preguntó ella, intentando recobrar poco a poco la consciencia.

 

— Hasta que por fin despierta —dice Moisés al verla, mientras veía la película de Arnold Scharzenegger llamada El regalo prometido, sentado en el sillón que se hallaba frente a la chimenea—. Por favor, le pido no se levante. Estuvo inconsciente por un largo rato y conviene que descanse al menos por esta noche.

— ¿Quién es usted? ¿Y por qué estoy aquí? ¿Dónde estoy? —decía ella sintiéndose un poco desorientada. No sabía dónde estaba ni mucho menos con quién estaba hablando ahora mismo.

— Son muchas preguntas para ser respondidas a la vez. Usted está en mi casa, en una zona algo apartada de Siracusa. Debió haber caminado bastante como para haber llegado hasta aquí. Normalmente se suele andar por estas calles en auto o en troca. Y en cuanto a quién soy, me llamo Moisés y aquí vivo. Y con respecto al por qué está aquí es porque me la encontré tirada justo enfrente de la puerta principal. Andaba más fría que un muerto, y además estaba inconsciente. Así que decidí meterla y cubrirla hasta que recupere por lo menos la temperatura. Tiene suerte de estar viva.

— No puede ser… No puede ser… —decía ella, sintiéndose afligida por algo que sólo ella sabía—. Estaba casi convencida de que ya no seguía aquí en Nueva York. Y ahora… Y ahora…

— Tranquila, no se aflija, por favor. Intente conservar la calma.

— ¡No! ¿Es que no lo entiende? Me tengo que ir. No puedo quedarme aquí. Necesito irme de Nueva York. Necesito estar lo más alejada posible de aquí.

— Escuche—dijo él intentando tranquilizarla—. Temo que no será posible ir a ninguna parte. Está nevando a cántaros y es imposible transitar por la calle, aun en troca. Lo que le quiero pedir, en este momento, es que guarde la calma y escuche por un momento lo que le estoy diciendo, ¿de acuerdo?

La chica asintió.

— Como le decía, en este momento no es posible ir a la ciudad ni a ninguna otra parte. Además, por lo que he notado, usted no se siente bien ahora, se acaba de recuperar y yo le sugiero que descanse un poco. Ya sintió la frialdad del clima y casi se muere allá afuera. Guarde reposo al menos por esta noche y ya mañana veremos qué hacer. ¿Está de acuerdo?

— Sí —asintió la chica.

— ¿Cómo te llamas? —preguntó él estando frente a ella.

— Alondra —responde ella.

— Y bien, Alondra, ¿me podrías decir por qué quieres irte lejos? ¿Es por algo malo que cometiste?

— ¿Acaso eres policía o algo así?

— No. No soy policía ni algo así de parecido. Trabajo  en la Torre Azul de la ciudad. Me dedico a hacer labores de marketing, eso es todo. Es sólo que tu caso me llama la atención y quisiera ayudarte.

— Podrías ayudar dejándome ir.

— No lo entiendes, ¿verdad, Alondra? —, replica él un poco disgustado por la expresión de aquella chica —. El clima está de la chingada en este momento. No es posible salir a ninguna parte ahorita. Y precisamente ahora que estamos solos, quisiera que aprovechemos el tiempo en algo.

— ¿En algo? ¿Cómo en qué?—preguntaba ella un tanto desconfiada.

— Podrías contarme lo que te está pasando. ¿Qué te mueve querer irte de aquí? ¿Hay algo malo que cometiste? ¿Alguien te persigue? Confía en mí, criatura. Te prometo que no voy a hacerte daño. ¿Puedes hacerlo?

— Sí —asintió la chica—. Todo comenzó con...

— Espera —Moisés la interrumpe—, antes de que comiences, déjame ofrecerte algo para que entres en calor. ¿Sí?

Minutos después, Moisés le ofrece a Alondra algo de comida y un poco de café con leche y unas galletas, cosa que al principio ella no acepta, pero poco a poco termina ingiriéndolos, conforme va contando su historia. La verdad de los hechos, aquella posible razón por la cual ella se encontraba huyendo en este preciso momento. Una circunstancia de su vida que no la dejaba tranquila ni por un minuto.

— Bien. Empecemos por el principio. Me gustaría saber de entrada quién eres, a qué te dedicas, y, lo principal e importante, por qué quieres irte de Nueva York así sin más.

— Muy bien. Me llamo Alondra y me dedico a trabajar de sobrecargo en una aerolínea de renombre internacional. Me casé hace unas horas con un hombre, mismo que amo con todas mis fuerzas, pero ahora mismo deseo con esas mismas fuerzas no volver a verlo nunca jamás en mi vida.

— ¿Cómo es eso? ¿Te recién casaste de una persona a la que amas, y ahora mismo deseas huir de él? ¿Y es por eso que te quieres ir de aquí de Nueva York?

— Sí, es por eso. El motivo es algo difícil de explicar.

— Entonces cuéntamelo todo— decía él mientras  tomaba su taza de café con un par de galletas—. Déjame ayudarte de alguna manera, Alondra. Por favor.

— Está bien—contestaba ella respirando un poco de aire.

27 de Diciembre de 2018 a las 05:58 0 Reporte Insertar 1
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