El secreto Seguir historia

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Sofie Groenvaldt


Tras más de diez años viviendo y estudiando en el extranjero, la hija pequeña de los Gámez Acedo regresa a su Madrid natal. A pesar de haber sido alejada de su familia durante años, Viviana es una adolescente que ama a su padre por encima de todo y no le guarda ningún tipo de rencor por lo que hizo. La carta que recibió, obteniendo al fin el permiso para volver a su lado y otorgándole el perdón por un acto que no cometió, la hacen estar pendiente de él en todo momento. Pero el hecho de no recordar a sus vecinos, todos los momentos de la niñez que vivió en la capital, a su gran amigo de la infancia, tenerle un miedo atroz a la sangre y a no querer saber nada del resto de la familia, hacen saltar todas las alarmas. ¿Por qué está tan cambiada?¿Desde cuándo odia la sangre?¿No deseaba convertirse en médico?¿Acaso ha olvidado a su mejor amigo y la promesa que ambos se hicieron?¿Cuál es el motivo real sobre ese miedo irracional al escuchar el mínimo ruido?¿Ya no le provoca nada su dulce favorito?


Drama Todo público.

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Raíces

Sentada en uno de los viejos bancos de la estación central de Zúrich, una adolescente movía hacia adelante y hacia atrás los pies, mientras contemplaba con alegría sus nuevas botas de color granate y esperaba el tren que la llevaría de vuelta a su Madrid natal.
Tras pasar toda su infancia y parte de la adolescencia estudiando en varios internados internacionales, finalmente, volvería a reunirse con su familia.
─ Señorita Gámez ─comentó una voz grave─, el vagón ya está acondicionado a su gusto y han terminado de subir todo el equipaje ─expresó, de forma rápida y clara.
Ella volteó levemente su cabeza, con gracia, y levantó una ceja. Se quedó mirando al hombre canoso que tenía enfrente durante unos instantes, mientras se toqueteaba uno de los mechones del flequillo e intentaba buscar las palabras más adecuadas.
                                                                            ...                                        
Aquella fría mañana de diciembre, no alteró los planes que querían llevar a cabo una de las familias más pudientes de la capital. Antes incluso de que los primeros destellos de luz empezaran a iluminar el cielo, Mario, el señor de la casa, ya andaba trasteando con multitud de objetos.                
    
─ Primero, se terminará de limpiar y de pintar el cuarto ─empezó a explicar de forma pausada─. Luego, se montarán los muebles, colocándolos en el lugar que especifiqué días atrás. ¿De acuerdo?
Todo el personal asintió, hizo una pequeña reverencia y se marchó a hacer sus respectivas tareas.
 ─ Padre ─Una voz le hizo atender y sonreír.
     ─se giró y separó los brazos─ Buenos días David ─se dirigió hacia él─, ¿qué haces despierto?
     ─ Sus órdenes me desvelaron ─respondió, mientras se frotaba los ojos, bostezaba y se dejaba abrazar─. ¿Vuelve a estar de lleno en los preparativos?
Mario afirmó con la cabeza. Segundos después, se distanció un par de metros. El joven le siguió, casi instintivamente.
─ Llegará dentro de unos días ─comentó─ y aún queda mucho por hacer.
    ─ Todo quedará genial ─David depositó la mano encima del hombro de su padre. No pudo evitar reír al ver el nefasto intento que su progenitor estaba haciendo para enmascarar el nerviosismo que se había instalado en su cuerpo.  
     ─ Deja de burlarte y ve a desayunar. No quiero que tu abuela saque ese caracter endemoniado. Sería capaz de mantenerlo durante todo el día. ─puso los ojos en blanco al imaginarlo, provocando una nueva y sonora carcajada en su hijo.
                                                                        ...                                                                                                
Javier contemplaba en silencio el ir y venir de los transeúntes desde la ventana de su habitación. Cada cinco minutos, debía pasar la manga del jersey por el cristal debido al gran contraste entre ambos lugares.
Estaba tan absorto en sus pensamientos, que ni tan siquiera escuchó que golpeaban la puerta. La persona que se encontraba detrás de ésta, al no obtener respuesta, abrió:                                             
     ─ Cariño, ¿va todo bien?
     ─giró sobre sí mismo─ ¡Madre! ─sonrió y se acercó.        
     ─ ¿Ocurre algo? ─preguntó ella.         
     ─ No ─respondió con gran rapidez.                                  
     ─ ¿Seguro? ─inquirió─. Llevas unos días muy pensativo... ─se acarició el dedo anular de su mano izquierda─ ¿Es por ella ─dijo al fin.      
      El joven le lanzó una fulminante mirada. Se veía visiblemente tenso e irritado.  
     ─su madre vaciló durante unos instantes, pero prosiguió─ Sí te apetece ir a la estación...  
     ─ ¿Para qué? ─le interrumpió─ No se me ha perdido nada allí.            
      Javier cogió su abrigo, le dio un beso en la mejilla y sonrió:         
     ─ Me voy. Llego tarde a la fábrica.
Salió de la habitación y caminó por un oscuro pasillo empapelado. Giró y se agarró a la barandilla de las escaleras. Al llegar abajo, se encontró con un hombre alto y corpulento; tanto su pelo como las cejas, de un rubio muy claro, se habían empezado a manchar de canas. Las enormes y gruesas gafas que utilizaba, apenas dejaban entrever el color de sus ojos. Cuando vio al muchacho dejó las cajas que cargaba en brazos.                        
     ─ Buenos días ─musitó.                                             
     ─Javier le miró fijamente─ Buenos días ─respondió al fin.        
     ─ Abrígate ─y añadió─. No te entretengas en un bar después de trabajar. Derechito a casa y sin gastar una perra.
El chico suspiró; acto seguido, se colocó la bufanda, abrió la puerta y se marchó. 
En el interior de la casa, su padre, Guillermo March, volvió a coger las cajas y miró hacia arriba. Al final de las escaleras, se encontraba su mujer.     
   ─ ¿Qué? ─preguntó, ante la mirada de desaprobación de Estefanía.                
   ─ ¡No podéis seguir así! ─gritó─ ¡Hay que solucionar las diferencias! ─bajaba las escaleras agarrándose la falda para no pisar el dobladillo y caer─ ¡Lleváis meses así!¡Esto es insufrible!                 
   ─ Dejaré de ser autoritario cuando empiece a madurar ─contestó.         
   ─ ¡Tiene diecisiete años!¡Es un crío!¡Y aún así se desvive para ayudarnos económicamente
   ─tomó una leve pausa─ ¿No es suficiente?                       
   ─Guillermo se giró─ No.                         
   ─Es por la promesa... ─Cuchicheó entre dientes.    
   ─la miró con furia─ A pesar de todo, él sigue creyendo que terminarán estando juntos ─espetó una sonora risa─. ¡Pobre incrédulo!      
    ─ Todavía hay esperanza ─respondió pausadamente.   
    ─ Nuestro hijo es el único que la mantiene viva ─alzó una ceja─. ¿Cuántas cartas ha recibido durante este año y medio?
Estefanía no pudo rebatirle nada; simplemente se limitó a observar como su marido desaparecía tras las viejas puertas de madera que daban al despacho.
                                                                 Continuará...                                             


22 de Diciembre de 2018 a las 15:27 0 Reporte Insertar 0
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