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chriscarrieri cristina peralta

Ahren: El príncipe heredero del trono de los elfos blancos. Caleb: Un valiente pirata buscado en las cinco regiones. Haro: Un licántropo atrevido y falto de modales. Lo que los unirá sera una peligrosa aventura; pues un poderoso mal amenaza la paz de los reinos y el bienestar de sus habitantes. En este viaje hallarán mucho más de lo que en un principio buscaban, y muchas verdades les serán reveladas. Pero solo una antepondrá un nombre y un pensamiento "Eres tú"


Fantasía Épico Sólo para mayores de 18.

#romance #magia #yaoi
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Capítulo uno

Un suspiro, un repiqueteo, y otro suspiro más. Ahren podía jurar que no existía nada en los cinco reinos más aburrido que el día de las peticiones, en la corte, y junto a su bien amado padre. Nowgyn, su maestro y consejero real, le enviaba miradas serias y algo desaprobatorias de vez en vez, intentando con ellas que el heredero al trono se concentrara y aprendiera de su progenitor, pero bien sabía él mismo que esto no era tarea sencilla.

Allí, en la luminosa Ciudad de Avarum, los elfos blancos vivían en absoluta paz y sosiego. Poseedores de la antigua magia de sus antepasados, la llamada Satalay, de la cual habían hecho uso desde siempre, procurando el bienestar de sus ciudadanos y la armonía dentro y fuera de los límites de su pueblo.

Ahren era el único hijo de Isthar, el gran rey elfo que gobernaba las siete ciudades élficas que se distribuían en la segunda región. En la primera, habitaban los Attar, humanos sencillos sin poder ni origen sobrenatural; pero los más prolíficos de todas las regiones. En la tercera, los elfos negros, emparentados con ellos, pero completamente contrarios en sus pensamientos y acciones. La cuarta región albergaba al pueblo enano, de carácter hosco y rencilloso. Y por último, estaban los Brom, criaturas de diversas razas, algunas casi extintas,  eran los que residían en la quinta región, seres enigmáticos, fuertes y feroces, de carácter y moral ambigua. En un lejano pasado hubo una sexta región, pero de ella, al igual que de su rey, ya no se mencionaba ni el nombre; habían sido borrados de los manuscritos antiguos y extirpados de las mentes.

Poco después el gran soberano dio por terminada la sesión de ese día, y a sus últimas palabras les siguió un suspiro aliviado de su hijo, que le mereció una dura mirada suya. 

El joven príncipe salió del salón del trono a un paso algo ligero, intentando esquivar un regaño que sabía debía enfrentar, pero el cual prefería lo alcanzara un poco más tarde. Los pasillos del castillo estaban recubiertos en cristal, por lo tanto su imagen lo acompañó a cada paso. Se miró de soslayo viendo su reflejo, ese que contrastaba con el del resto de su raza. Los elfos blancos tenían cabellos rubios, la mayoría lo usaba largo, y ojos celestes, todos ellos, sin excepción alguna, salvo él. Su cabello era de un negro azabache muy intenso y le llegaba hasta la mitad de los muslos, sus ojos eran de un gris que parecía tornarse en plateado cuando alguna fuerte emoción brillaba en ellos. Su madre era la responsable de su singular aspecto, pues no era una elfa, era una  princesa attar. Una que al casarse con el rey elfo provocó un tumulto en ambas cortes, pues ninguna casta se mezclaba abiertamente, solo en amoríos ocultos que se escondían con recelo a la vista de todos. Pero su padre se enamoró de la joven princesa y pidió su mano, la que se le negó en un principio, pero luego le fue dada por el rey Rudolph, al saber que su hija había entregado su honra a su enamorado y ahora gestaba en su vientre un hijo suyo. Fue un escándalo y Ahren nació de el, con esas peculiaridades que a veces amaba y a veces llegaba a odiar.

Al terminar el recorrido Ahren entró en su habitación. Era espaciosa y por demás lujosa, pues su pueblo era el más rico entre los cinco existentes. Las paredes estaban forradas del más costoso terciopelo en tonos rojizos y negros, las cortinas eran de seda Amair, la más fina tela hilvanada por las hadas nocturnas. Estas caían con gracia sobre los amplios ventanales que abiertos de par en par dejaban entrar la luz del sol. Todo tipo de muebles decoraban su cuarto, tallados en cerezo y roble con las terminaciones en el mejor hierro forjado por las hábiles manos de los enanos.

Sin mucha elegancia el príncipe se dejó caer en el cobertor de hilo azul oscuro que cubría su amplia cama. Un pensamiento que debía convertirse prontamente en respuesta, le daba vueltas sin cesar en la cabeza. Tenía tres candidatas, de tres ciudades distintas en su reino; Aderthad- Alcar, Anduné y Bri-Beleg entre las que debía escoger a una para desposarse. Tres hijas de grandes señores, Elenmarie, Visina y Gerenise.

Ahren había tenido la oportunidad de conocer a cada una, y de todas, Gerenise, era la que podía decirse que más le agradaba, pero solo eso, una leve simpatía. Ninguna le inspiraba nada, en realidad las mujeres en general no lo hacían, y esa verdad que guardaba como un secreto comenzaba a inquietarle mas con cada día que transcurría. Pensando en esto su mente viajó a ese único momento en el cual atisbó lo que era la atracción física, ese día hacía ya dos años atrás.

Un séquito de Broms había luchado junto a su reino contra una avanzada de las tropas del ejército enano comandadas por Brok, su legendario guerrero. Estos habían sido bien pagados por su padre para llevar a cabo dicha tarea, y al culminarla en una aplastante victoria, habían viajado hasta el castillo real de Avarum para recibir con el pago, la consecuente honra. Eran hoscos, groseros y maldicientes. Sin tacto alguno, ni modales de ningún tipo. Se hacían llamar las bestias de Sina, nombre de la capital Brom, el cual les quedaba a la perfección. Eran teriántropos, es decir que cambiaban su forma humana a una  semi-animal. Su líder, el más vulgar e irreverente personaje que habían conocido alguna vez lo elfos, estaba sentado en la mesa dispuesta para ellos esa noche, en compañía de la familia real élfica, y de sus generales y políticos más influyentes. Se llamaba Haro, aunque todos lo conocían como el Lobo Rojo, pues en esto se convertía, en un hombre lobo inmenso de pelaje pardo, proclamado rojo por ser el color que dejaba como reguero a su paso.

Ahren le dirigía miradas nerviosas cada tanto. Sus formas de moverse y de interactuar lo escandalizaban, a la vez que lo atraían. Vociferaba y se carcajeaba estruendosamente, mientras atrapaba a las sorprendidas elfas que le servían de la cintura, murmurándoles propuestas, que a juzgar por el sonrojo de ellas, eran de carácter lascivo.

Haro, era alto, de un metro noventa aproximadamente. Tenía ojos negros, y cabello del mismo tono, el que llevaba  corto, al igual que su barba, la cual mesaba de tanto en tanto con sus manos grandes y fuertes,  tan iguales al resto de su cuerpo. Vestía una pesada armadura en bronce bruñido con una de las hombreras en forma de lobo y un cinto de cuero rojo en dos vueltas, el que sostenía un faldón rojo en medio de sus piernas. Se veía mortal y peligroso, y lo era, por eso su fama de invencible era plenamente conocida en las cinco regiones.

Ahren se despidió de los invitados a temprana hora en esa noche de festejo, a los que saludó con un gesto de su cabeza antes de encaminarse hacia los pasillos rumbo a su cuarto.

Caminaba lento mientras cavilaba en la extraña sensación que le recorría el cuerpo ante la varonil figura del guerrero Brom, cuando de pronto sintió una pesada mano sobre su hombro y una voz profunda que le hablaba detrás.

—¿Ya se retira, príncipe?

Él se volteó para enfrentar al que tuvo el atrevimiento de tocarlo sin su consentimiento, un acto completamente censurado en su reino, ya que era un príncipe del más alto linaje.

Era el lobo rojo.

—Sí, y disculpe pero su proceder no es adecuado, está prohibido tocar a cualquier integrante de la familia real, es casi un insulto—le increpó, pero luego se obligó a serenarse—... el que disculparé por creer que usted no está enterado sobre las tradiciones de mi pueblo.
El tono que Ahren usó era serio y un tanto áspero pero aun así Haro se rió.
—Lo siento, príncipe Ahren, perdone mi ignorancia, realmente no lo sabía. Aunque debo decir que no siento en mi culpa alguna. Si hay algún culpable es su impresionante belleza que nubla la razón y opaca la cordura.

El príncipe elfo levantó una ceja ante el halago del general, sin poder creerse lo atrevido que era este hombre.

—Yo... —intentó responder él sin hallar las palabras—. No tiene importancia, con su permiso, me retiro.

Ahren comenzó a avanzar de nuevo cuando sintió dos manos que lo tomaban desde atrás por la cintura y que en un segundo lo habían aprisionado entre el enorme cuerpo del lobo rojo y la pared vidriada, ahora delante de él.

—Pero... ¿Qué?... ¿Qué cree que hace? —le preguntó preso tanto del asombro, como de un creciente temor.

—Solo quería saber a qué huelen tus cabellos —le respondió Haro mientras se embebía de su aroma perdido en la curvatura de su cuello—. Hueles exquisito... seguramente sabes igual.

El príncipe se asustó al oír la voluptuosidad con la que le eran dedicadas esas palabras, y antes de que pudiera objetar algo, el guerrero lo volteó para mirarlo de frente con una expresión ávida, mientras lo mantenía aún acorralado.

—Eres hermoso, Ahren... Solo déjame probarte —murmuró, mirando su rostro y culminando en sus labios.

Y luego, imprevistamente sintió su boca devorando la suya. Era un beso avasallante y posesivo, hambriento y lujurioso. Un beso que lo hizo estremecerse en una sensación muy distante a la repugnancia y al rechazo.

La respuesta de su propio cuerpo atemorizó al elfo, quien usando todas sus fuerzas lo empujó por el pecho haciéndole retroceder solo un par de pasos, a eso se le sumó una bofetada bien puesta y sonora, una que dio de lleno en el rostro del descarado cambia formas, quién en vez de airarse, se rio y se sobó la mejilla mientras le hacía un último comentario.

—Te resistes, mi pequeña paloma. Pero tarde o temprano voy a tenerte... Cuando algo se me apetece tanto como tú no me detengo hasta conseguirlo.

Ahren lo miró con incredulidad y enfado antes de retirarse a paso veloz. Al llegar a su cuarto cerró la puerta con violencia.

¿Quién se creía ese idiota para tratarlo de esa manera? Era el próximo rey de los elfos blancos, no el juguete de una bestia cualquiera. Lo maldijo en un par de idiomas, pero no dio aviso a su padre, ni le contó a nadie lo ocurrido. Recién salían de una guerra y él no quería iniciar otra.

Estaba airado, se sentía ofendido y humillado, pero algo más también, y de ese algo daba testimonio para su vergüenza, su propio cuerpo.

Ahren volvió al presente. No había vuelto a ver a Haro y lo agradecía, aquello que sintió ese día aún lo turbaba. Respiró profundo y se dispuso a prepararse para un paseo por los jardines con su madre, la cual seguramente le hablaría de sus deberes como príncipe, recordándole que era necesaria su resolución sobre la que sería su prometida, pues sino su padre elegiría por él. Casi podía escucharla en su mente.

Se sentó en la cama aún con los ojos cerrados, pero cuando iba a impulsarse para ponerse en pie sintió una mano enorme que se cerraba sobre su boca y otra que cubría su nariz con una tela húmeda.

Todo empezó a darle vueltas y se sintió caer en una negrura profunda y sin fin, pero antes de perder la conciencia oyó una voz que le susurró al oído.

—No te resistas príncipe, te llevaré conmigo, y no hay nada que puedas hacer para evitarlo.

16 de Diciembre de 2018 a las 20:29 1 Reporte Insertar 2
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Javier Diaz Javier Diaz
Me encanta la trama, te seguiré leyendo...
20 de Enero de 2019 a las 11:54
~

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