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A
Arturo Flores Vera


Estos cuentos, que son los dos primeros que publico, se desarrollan en un contexto antiguo y algo fantástico, con rasgos de aventuras.


Cuento Todo público.

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Cuentos Previos

                                                         Verde Ingente


No falto del agobio de los aguafiestas, tomaba lugar el ingreso de un conjunto de minúsculas extravagancias antropomórficas por el portal de las raíces y hongos provenientes de un mismo árbol, transportando enormes carretillas, proporcionalmente hablando, atiborradas de alimento; barriles deteriorados que dejaban rastros de líquidos raros en las piedras, coloreándolas; y un sinfín de hierbas llevadas por unos con mantas sujetas ellos; además, entonando alegremente melodías con un patetismo inusual, aunque perfectamente armonizadas con laudes y flautas diminutas. El sol mismo, si no junto a los todos entes inanimados que iluminaba, con sus últimos suspiros, opacado injustamente por el tiempo, agradecía la dicha y el gozo que tal espectáculo le ofrecía, llorando y maldiciéndose profundamente.

Y muy cierto es todo, ya que no tengo manera de negar que aquella escena tan extraña a mis ojos muy acostumbrados al humo negro ocurrió tal y como si no lo fuera. Mi propio criterio, al cual le tenía mucha fe, y mi incondicional esperanza en la veracidad de la ciencia ortodoxa hicieron que la cómoda y breve estancia que tuve ocultándome entre arbustos y otros objetos que por allí yacían, se tornara en un combate confuso y caótico entre emociones comunes y otras totalmente ajenas a mi persona. Asimismo, sin considerar el mal tiempo que en esos días era muy frecuente, el aura fácilmente advertible, y de un radio ridículamente extenso, que el evento aparentaba esparcir, a su vez causando raros tropismos, provocaba un misterioso sentimiento de angustia acompañado de una gran capacidad seductora sobre mí.

La música antiquísima prodigiosamente ejecutada era el talento por excelencia de estos seres, sin embargo, muchos de ellos (por no decir todos), en su afán de jactarse de sus extraordinarias habilidades, llegaban al punto de destrozar sus instrumentos e incluso dañar sus propios cuerpos; la violencia en su actuar pudo espantar a cualquiera. Aun así, mi compasión hipócrita y las risas silenciosas que mi maldad me suscitaba a tener, y que tengo el valor de reconocer, apaciguaron débilmente el conflicto ya mencionado que ocurría en el interior de mi cabeza. Y es que la actitud que supuse que tendrían, acorde a los relatos que conocía, no era ni la mínima parte del comportamiento que observé en aquellas criaturas ni en su extravagante cultura de la cual posteriormente me hice una vaga idea.

Pensé durante varios minutos, arrodillado sobre hojas muertas, en las probabilidades que podría tener de documentar mi experiencia con éxito: “¿Una fotografía? Sí…, si regreso a casa rápidamente es muy probable que al regresar sigan aquí, pero… ¿Y si no?”, “Tal vez, un dibujo a lápiz con alguna de las libretas en mi maleta. No, no, no… pensarían que estoy loco, aunque podría justificar una imaginación y creatividad bastante basta con esto. Sí…”. Tuve suerte de encontrar algunas hojas vacías; usaba las libretas para únicamente clases extensas de matemática.

Los bocetos imperfectos que realicé inútilmente me tomaron un poco más de diez minutos, sin embargo, en un momento dado, mi perfeccionismo desequilibrado se apoderó de mis pensamientos, apartando mi mirada del camino por donde estos hombrecillos bastante grises y sucios, vestidos con ropas humanas totalmente modificadas, estaban marchando. Un gran temor me bañó por completo cuando noté que las canciones de palabras desconocidas se desvanecían mientras más se adentraban en la oscuridad, porque ha de saberse que la noche había cubierto al país hacía ya rato. En ese momento de desesperación por perder de vista a mi grandioso descubrimiento, no hice más que retirar mi cabeza de la vegetación exuberante en la que me hallaba, a fin de divisar alguna señal de la comunidad que espiaba cuidadosamente; pero, después de una búsqueda minuciosa por mis alrededores, decidí que lo mejor sería seguir andando hasta encontrármela.

Así, trotando en silencio detrás de los árboles y recibiendo una ventada agridulce, sentí como el panorama artístico se reducía a un aislado y solitario punto de luz tenue en movimiento. Aceleré, pues, el paso, siempre sigiloso y oculto entre mis amigas las plantas, aunque eso no evitara que el sombrero se me cayese. Entonces, al llegar a mi destino y cerciorarme de que todo no era un producto de mi imaginación, rebosé de felicidad haciendo toda clase de ademanes como señal de ello, sin mencionar la gran sonrisa que gobernaba mi cara. Grande fue mi asombro al verlos casi completamente callados y mucho más tranquilos que en un principio, conversando mediante susurros ininteligibles y alzando antorchas improvisadas mientras tan solo uno de ellos, subido sobre una carretilla llena de cereales de extraños colores, tocaba suave y dulcemente una flauta de madera soltando algunas lágrimas.

El completo desasosiego por el que mi alma se dañaba trágica e inevitablemente al pasar los años y el total aburrimiento que día a día me atormentaba, pareció erradicarse paulatinamente al conmoverme profundamente por la calidez hogareña que me otorgaba el acompañar, oculto detrás del verde ingente e irreal de la flora adyacente al camino pedregoso, a la comunidad jovial.

Aquella paz sin par en la tierra hubo de concluir al cabo de media hora, cuando llegaron al río que dividía esta parte del bosque con su otra mitad, aun más cercana a la famosísima Ciudad Central del Norte, donde estudiaron, según me han dicho, la mayoría de mis parientes. Ellos siguieron caminando, por supuesto, recogiendo objetos interesantes del suelo y guardándolos o en sus bolsas o en sus grandes sombreros graciosos, pero tuve que aceptar que mi observación había concluido; solo es posible cruzar el río, actualmente ya muy seco, por un puente de madera oscura cuya procedencia siempre ha sido desconocida. Si hubiera intentado pasar con ellos, hubieran sido capaces de verme con facilidad, y si acaso esperaba a que lo cruzasen, no solo se perderían en la oscuridad ellos. Aun así, quise hacer el intento de esperar a que pasaran para, en seguida, ir a su búsqueda. Por lo que me liberé de los arbustos con un poco de esfuerzo y caminé por el sendero a oscuras.

Aun así, no resolví controlar mi estupidez y la adrenalina, de manera que, al ignorar lo dificultoso que el sendero era, tropecé con una piedra torpemente, dando un golpe contra el suelo y liberando un alarido tan estruendoso que provocó la sorpresa del grupo, conque todos escaparon desesperadamente cargando con sus carretas y sus instrumentos hacia solo Dios sabe dónde.

Muy deprimido, asimilando los sucesos y abandonado por la luz pacífica de los pequeños hombres, caminé de regreso a la ciudad, la ciudad del humo negro, con la cabeza baja, limpiando mi sombrero y maldiciéndome profundamente.



Fin.





                                                           El Rey Vereore



Ya había estudiado, al subir por las escaleras de madera, siempre sujeto al parapeto, el dolor que le causaba pisar las piedras diminutas y puntiagudas dispersadas en el suelo mojado, así como el disgusto de saborear la mugre del aire; no obstante, no desistía en absoluto, al negarse, su entusiasmo, a marcharse con el capricho de un niño.

Tuvo que convencerse a si mismo de que las millones de astillas que se incrustaban en su palma y sus dedos débiles no generaban el dolor tan insoportable, pero lamentablemente necesario, que sufría. De saber el daño de aquel viaje, nunca hubiera pensado en traer consigo todos los libros que permanecían en su mochila, o la gigantesca lámpara que colgaba de dicha, cuyos metales rechinaban y le hacían perder la cordura paulatinamente.

No transcurrió más de media hora desde que su bolso se enganchara a una enorme piedra anaranjada y filosa, encajada horizontalmente en uno de los altísimos muros de la montaña, y terminara con una rasgadura alarmante en un costado, para que los archivos fantásticos y para muchos blasfemos que esta guardaba, cayeran al vacío neblinoso atravesado por misteriosas puntas verdosas. No obstante, el viejo aventurero no abandonaba su marcha espiralada.

Balbuceaba y pisaba fuertemente con la cabeza baja, rascando de vez en cuando sus largas barbas y acomodando sus sandalias, todo esto mientras una gran caída de lodo desde lo alto del monte era provocada por la lluvia torrencial que miles de males trae a la ciudad de Vereore a finales de octubre, acompañada del ruido onomatopéyico de aves aterradoramente grandes posadas sobre las partes más altas de la escalinata, cuyas apariencias se reducían al negro de una silueta simple.

El viejo no tenía ya edad para ese tipo de excursiones, por lo que no pudo reconocer el lodo antes de terminar bañado por él. Se quejó y maldijo hasta a sus más allegados por su incontrolable ira. Aun así, después de gritarle al cielo y golpearse contra el suelo por haber perdido sus libros, su linterna y, ahora, su misma dignidad, se calló. Hubo unos segundos de silencio por parte de él, y solo se limitó a cubrirse la cara con ambas manos hasta que un llanto silencioso en constante crecimiento fue oído inclusive por los pajarracos en la escalinata, permaneciendo tendido en las piedras, recibiendo el golpe cruel de las gotas del cielo.

Se levantó al cabo de cinco minutos, con dificultad, utilizando partes del muro de piedras de la montaña como impulso, y apoyo sus brazos sobre el parapeto (asimilando un balcón), para contemplar el vacío inmenso del bosque más conocido de Vereore, pueblo algo deprimente, pero tranquilo.

“Ah, la vastedad de la nada y la belleza de lo simple” pensó, justo antes de volver a su caminata, pero cuando su cuerpo estuvo a punto de dar la vuelta definitiva, vio como un objeto caía de su mochila hacia el filo de uno de los peldaños, siendo empujado levemente por la fuerza de la lluvia en dirección del abismo. Eso lo asombró grandemente, mas no tanto como el hecho de que fuera uno de sus escritos. Entonces, se lanzó con violencia para cubrirlo y evitar su deterioro, lo levantó y lo resguardo bajo su cabeza, tomando una posición jorobada e incómoda.

Dedicaría las siguientes horas a leer el libro delgado que tenía en sus manos, libro que contenía una gran cantidad de información que había recolectado hacía años en compañía de unos colegas que compartían su interés por la biología. Estas personas se habían fascinado tanto por la fauna de la ya mencionada Vereore, que no dudaron en realizar un viaje a cada rincón del misma: no tomaban descansos, pues cada una de las cosas que hallaban no hacían más que sorprenderlos.

Lamentablemente, muchos de ellos se vieron obligados a regresar a sus países por las enfermedades tan exóticas y de síntomas extraños que los bosques del pueblo que estudiaban les hiso padecer.

Esto llevó a que el viejo, quien era conocido por el nombre de Ghulion Azfarot, llevara a cabo sus investigaciones apartándose de la comunidad de Vereore y limitándose a vivir por varios años en la profundidad de sus bosques, sin embargo, seguía visitando sus plazas para obtener algunos productos de ciertas droguerías y mantener conversaciones con gente tan longeva como él.

El chubasco había cesado por fin. Azfarot leyó unas páginas rápidamente antes de volver su vista hacia la escalinata, pero en el camino que creía libre solo pudo escuchar el crujir de un objeto y como su pie se hundía por el interior caliente del mismo, además del hedor terrible que percibió al bajar la cara: eran los restos de uno de los pájaros enormes y oscuros que le escucharon llorar un rato atrás, que estaba abierto por la mitad, aun sangrando, como si un animal muchísimo más grande que él lo hubiera atacado.

El viejo retiró el pie y dio unos pasos atrás con espanto. Permaneció así mientras observaba al cadáver de la criatura y, con ayuda de unos trozos de madera desprendidos de la construcción, lo arrojó empujándolo desde lo alto de la montaña. Hecho esto, intentó recuperar el aliento a medida que subía y aceleraba el paso fuera de lo normal, algo mareado por la escena sanguinolenta de la que fue testigo.

Se secaron, completamente, las partículas de diversos sólidos que el lodo había arrastrado hasta dejarlas esparcidas sobre los escalones cuando el torrente de agua tomaba lugar, gracias al calor inmenso que apareció en un momento dado, al separarse las nubes oscuras. Estas, por la variedad que evidenciaban y los rayos solares que, al reflejar, lastimaban sus ojos, hicieron pensar a Ghulion que era probable que entre tantas pudiera hallar una con un valor considerable. Por eso no dejo de recoger cualquiera de las más grandes que se encontrara y guardarlas en sus bolsillos.

El viejo volvió a su lectura cuando consideró las piedras que obtuvo, suficientes. Repasó unas hojas acerca de la fisiología de algunas especies raras, sea de fauna o flora, y recordó con nostalgia los dibujos que unos de sus mejores amigos, además quien mejor dibujaba de los cinco, había realizado en cada capítulo, para casi cada página con mucho talento. Entonces, mientras seguía con los ojos pegados a los papeles, el ambiente se sintió modificado por alguna fuerza extraña y los sentimientos de nostalgia de Ghulion desaparecieron tan rápido como una vela se apaga. Luego, sintió como los sonidos agradables del bosque bajo la montaña que con tanta amabilidad apoyaban su lectura se esfumaron bruscamente y un frio colosal subió con lentitud desde sus pies hasta su cabeza, provocando un terror tan grande en Azfarot, que reaccionó aún más tarde que cuando el lodo le cayó encima. Temblaba demasiado y llegó al punto de inmovilizarse completamente, sintiendo un dolor que nunca había sentido en su larga vida, en los huesos y todo cuanto los rodea.

Intentó dar una pequeña vuelta antes de ser consumido por el helar extraordinario que la fuerza forastera le trajo al cuerpo, a la montaña y al bosque entero, peor la visión que a duras penas le quedaba solo le sirvió para aterrarlo por todo lo que aun tenia de vida, si es que no había muerto todavía; una bandada de las aves con formas demoníacas que escucharon su llanto se aproximaba desde el centro del sol ciclópeo, dejándole presenciar la repugnancia de sus siluetas singulares volando en armonía y la figura del grandioso e irreal Rey Vereore, impulsado sobre sus enormes alas y tan quieto como una roca, viéndole fijamente a través del único ojo que poseía y liberando rugidos silenciosos mientras le señalaba con un dedo; y es que Ghulion Azfarot, sin si quiera darse cuenta de tal obviedad, había llegado a la cima de la montaña que tanto temía y encontrado al mito, cuyos dibujos en sus archivos yacían.



Fin.


15 de Noviembre de 2018 a las 08:33 0 Reporte Insertar 0
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