Tus ojos son de dos colores Seguir historia

Javo Valderrama Javier Valderrama

En un planeta extraterrestre, donde sus habitantes están aún en el despertar del desarrollo consiente; una chica y su fiel animal compañero recorren un vasto desierto para regresar a casa.


Ciencia ficción Todo público.

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Tus ojos son de dos colores

No puedo parar de rascarme cada vez que una gota de sudor baja por mi cara o mi espalda, es esa molesta picazón que deja el camino que recorren, la que rompe mi concentración silenciosa. El sol siempre ha sido abrazador en época de sequía pero nunca pensé que fuese tanto. Quizás perdí la costumbre.

¿Hace cuanto que he estado vagando por las zonas frías? Los páramos de Fryve no están muy lejos, pero los cambios climáticos son drásticos, por eso cada tribu es tan distinta. Con costumbres diferentes, jerarquías diversas y sobre todo, rivalidades.

Con un golpe en mi cuello ahuyento a un mosquito de la sal, que me saca de mi cabeza. Veo que mi Tarem está cansado, su larga lengua está casi morada y necesita agua para poder seguir la larga marcha por este desierto, antes tan familiar para los dos y ahora tan ajeno.  Me dedica una mirada con brillo, se lo que significa, nos conocemos desde hace años. Me lo regaló mi padre cuando apenas tenía siete años, ese mismo día le puse nombre: “Harok”. Me ha acompañado desde entonces.

Quiero darle un respiro y me bajo de la montura, con su larga cabeza y grandes ojos me golpea suavemente uno de mis brazos. Quiere caricias y mientras caminamos a paso lento le doy en el gusto. Los Tarem son criaturas únicas, están por todos los territorios. Salvajes son algo esquivos, pero unidos a un jinete son sagaces, comprometidos y muy resistentes. A pesar de ser tan populares, no es común tener uno, son difíciles de cazar y han aprendido a esquivar las trampas.

Harok se adelanta, mis piernas no son tan largas por lo que comienzo a trotar para seguirle el paso hasta llegar al agua. No es un oasis, es solo un viejo pozo con agua para los viajeros que se puso durante las épocas de intercambio, antes de las grandes guerras de clanes. El agua no es fresca, pero bajo estas condiciones ninguno de los dos nos pondremos quisquillosos.

Mientras mi amigo llena sus estómagos con el preciado combustible yo me dedico a mirar el entorno, a mi lado derecho están las montañas nevadas, al izquierdo debería estar el mar, detrás los páramos fríos y frente a mí, mi aldea.

¿Qué dirán cuando me vean regresar? Seguramente uno de los ancianos dirá que es mi naturaleza, es parte de mí ser, ya que mis ojos son de dos colores. Recuerdo cuando me llevaron ante el consejo, aun era pequeña y le tenía pavor a los ancianos, arrugados, sucios y con ese aire a misticismo añejo, a maldición antigua, secretos arcanos mezclados con inciensos.

El más viejo de todos, con sus manos nudosas y uñas largas me agarró la cara y miró fijamente mis ojos. Podía ver la mugre en la comisura de sus parpados y tras unos segundos de asco, me dejó ir. Salimos de la tienda y solo mi madre entró. Pasaron años hasta que se me acercó y me dijo lo que ellos le comunicaron. La carga de mis ojos de dos colores. La naturaleza de mi doble destino, mi maldición y la de ellos.

Fui un paría, no me trataron mal, pero la gente evitaba involucrarse conmigo más de lo debido. Mis padres me mantuvieron en el hogar lo más que podían y así comencé a preguntarme que había más allá del seco desierto. Con el tiempo pude salir más y más, recorrimos muchos caminos junto a Harok, pero eso no calmaba mi curiosidad. Siempre había un horizonte más lejano que alcanzar.

Una mañana salimos a recorrer los confines del desierto, estábamos disfrutando del viento en nuestras caras hasta que vi a una caravana en la lejanía. Regresé lo más rápido que pude a la seguridad de mi aldea para avisarles a todos. Un visitante, un viajero; hace mucho tiempo que no se veía uno. La gente se escondía en sus chozas, algunos querían ver al visitante. Los ancianos se reunieron y nos obligaron a ser buenos anfitriones, como en el pasado.

La caravana no era muy grande, solo un grupo de viajeros. Me pidieron a mí que asistiera a los ancianos y otros adultos en los preparativos, fue así como lo conocí. Moreno, fuerte y de voz grave. Tras unos días con nosotros se comenzaron a preparar para seguir su marcha. Me fui con él. No me importó lo que dijesen los demás, seguramente culparían a mis ojos.

Me alié con él, fuimos felices viajando en la caravana y conociendo lo que los antiguos mercaderes veían. Vieja sabiduría que se perdía el día que el clan de fuego de Niäl se alzó. Fue una guerra cruel por ambición, como resultado todas las tribus dejaron el comercio. Se encerraron herméticamente durante generaciones. La misión de mi caravana era recuperar esa tradición, volver a unir a las tribus y reanudar el intercambio cultural a través de los productos que cada comunidad producía. La mayoría nos recibía con los brazos abiertos, pero encontramos obstáculos. Algunos no querían que las viejas costumbres volviesen. Tenían miedo. Cuando eso ocurría, nos movíamos rápido. Los sacábamos de nuestra ruta de comercio.

Mi pareja siempre me hablaba de su tribu, del lugar donde algún día nos asentaríamos a vivir en calma, con hijos. Al principio la idea me gustaba, era un cuento de hadas perfecto, pero mientras más conocía, más quería expandir mis horizontes, el cuento de hadas comenzó a perder ese brillo inicial. A pesar de eso, jamás se lo dije.

Comenzaron a proponerme poco a poco la ceremonia de unión. Me volvería una de ellos, parte del  nuevo clan de fuego y me uniría por siempre a mi compañero. Seríamos un solo vínculo ante todos los demás. La idea me gustaba, no lo niego, pero el horizonte desconocido siempre volvía a seducirme. Conocer lo desconocido, ver las tierras más allá. Eso hacía que mi piel se erizara.

Cuando les dije que abandonaría la caravana me miraron con expresión de sorpresa y algo más, ahora lo entiendo, pero en ese momento no. Era un orgullo herido. Mi compañero no se quiso despedir de mí. Comencé mi regreso a casa acompañada de mi fiel Tarem. Mientras más avanzábamos, más extrañaba a mi padre y madre. Deseaba verlos con locura. ¿Cómo reaccionaran cuando me vean de nuevo? Quizás siempre lo hayan esperado, ya que saben que soy cambiante. Una espora en el aire.

El suave golpeteo de Harok me sacó de mi cabeza. Tiendo a caer en remolinos de pensamientos, a veces nostálgicos, a veces ideas fantásticas de mis próximos viajes. Por eso cada vez que ya es hora de reaccionar Harok se encarga de sacarme de mi trance. Es hora de retomar el viaje.

Nos quedan solo algunas horas de sol, por lo que nos tocará acampar pronto. Una vez que las cantimploras están llenas seguimos a un ritmo pausado. Quiero que este tramo sea de disfrute. El calor no es tan intenso en las horas del atardecer, los colores naranja se extienden durante unas tres horas hasta dar paso al azul oscuro de la noche. La luz cálida me recuerda a mi infancia, cuando mi fiel amigo y yo comenzábamos a recorrer estos páramos. Nuevamente me pierdo en mi cabeza.

Elegimos un lugar plano para colocar la tienda. Cuando viajaba en la caravana no me permitían dormir con mi Tarem, ahora que estoy sola yo elijo que quiero y que no, así que los dos dormirnos muy cómodos juntos, como cuando era niña, a pesar de este placentero recuerdo, lo extraño, cuando sus cuatro brazos rodeaban todo mi torso. Es ese momento el que hacía que yo me sintiera ligada completamente a él, esa comunicación única, la intimidad perfecta. Supongo que no se puede tener todo en la vida.

La mañana siguiente continúanos desde temprano. No dormí bien, pero aun así quiero avanzar lo que más se pueda. Si no me equivoco ya estoy a solo un par de días de distancia. Mis ojos están constantemente en el horizonte, pero por cada paso mis ojos suben. Hay una estela de humo negro. Mi aldea.

¿Será una bienvenida? ¿Una señal de rechazo a mi llegada? Harok siente mi ansiedad y comienza a dar grandes zancadas, luego pasan a ser saltos largos, una mezcla entre correr y saltar. Deberíamos llegar un día antes ¿Hasta cuándo resistirá este ritmo?

Sus piernas fuertes comenzaron a tambalear y me bajé. Le di del agua de las reservas, pero no logro que su lengua recupere el color. Tengo un momento de dudas, mi ansiedad me empuja hacia mi destino, pero no puedo dejar a mi amigo solo. Siento los suaves cabezazos en mi espalda, al voltearme nos vemos directo a los ojos. Comprendo el mensaje.

Le doy lo que queda en mi cantimplora y comienzo a correr. Mis piernas son más fuertes de lo que creía. Tengo buen ritmo y ya estoy más acostumbrada al calor. El empujón que me dio Harok me ahorró un día y medio, con mi ritmo debería estar ahí pronto.

Sé que el humo no es algo positivo. Me miento para no dejarme llevar por mis propias ideas. Se quienes son los causantes de todo esto, la cara de mi antiguo compañero me invade la cabeza una y otra vez. ¿Cómo no pudo aguantar la idea de mi partida? Esa necesidad de poseer a alguien no cabe en mí, yo no necesito eso, comprendo su felicidad viajando y jamás me habría opuesto. ¿Por qué su libertad es más importante que la mía? ¿Será porque mis ojos son de dos colores? ¿Será su naturaleza? ¿La naturaleza de la tribu de Niäl?

Puedo ver mi aldea, puedo ver las chozas chamuscadas, la tierra negra y comenzar a oler el hedor a carne quemada. No solo fue la aldea, también fueron las personas. Tengo que asumir lo inevitable. Están muertos, y no alcancé a despedirme de ellos. Por primera vez maldigo mis ojos, mi naturaleza, mi deseo de aventura. Todo es culpa mía.

¿Por qué no puedo seguir un ritmo normal? Vivir como lo hacían los demás, en comunidad, en equilibrio. Me siento egoísta, siempre buscando algo más allá, una tierra lejana en el horizonte, un nuevo límite. Aguanto mis lágrimas, quiero enterrarlos primero. Comienzo a caminar más lento, sé que no gano nada con correr ahora. Mi fiel Tarem me alcanza, su lengua ya tiene el color normal. Abrazo su largo cuello, mis lágrimas brotan sin control mientras que detrás de mí el humo negro continúa subiendo, el vínculo perfecto entre la tierra y lo que está más allá.

Me calmo. Harok guía mis pasos entre lo que queda, el olor ya no es problema, las lágrimas ya están secas. Seguimos los recuerdos y recorremos los senderos antes llenos de vida, hoy llenos de vacío. Siento que los fantasmas están frescos, los niños aún recorren las calles jugando, siento esa mirada de juicio silencioso que a veces me llegaba. Siento a los sabios agrupados, hablando sobre mí. Ecos de la vida, recuerdos que se los lleva el humo en ascenso.

En mi antigua choza están los cuerpos de mis padres, calcinados en medio de la zona común. ¿Sabrán que fue mi culpa? ¿Sabrán todo lo que me arrepiento? Con cuidado los muevo hacia afuera, cumplo con los ritos y les doy una sepultura digna. El silencio me invade ¿Qué hacer ahora?

Mi fiel amigo se voltea, lanza un leve graznido anunciando que no estamos solos. Estoy segura de que son ellos, él no se va a cansar hasta tenerme de vuelta. Soy su posesión, soy su objeto. De mis pertenencias saco un cuchillo curvo, me preparo. Sé cómo usarlo, jamás he actuado ante un igual de esta forma, pero tengo experiencia cazando. No quiero hacerles daño, pero si me obligan no tendré dudas en actuar. No quiero volverme un pájaro enjaulado.

Escucho el rose de los pies al caminar suavemente, sé que hay alguien ahí, es torpe. ¿Un señuelo quizás? No es el estilo de ellos, pero la ambición y desesperación pueden cambiarlo todo, tal como lo hicieron en el pasado. Los pasos se detienen, me acerco cuidadosamente y me lanzo. Atravieso el humo cada vez menos espeso y estiro mi brazo para dar la punzada. Por suerte fallo, es un niño. Con ojos fuertes me mira, retrocede un poco y mantiene su posición.

Dejo el cuchillo de lado y él sin pensarlo se lanza a mis brazos. Es muy pequeño para reconocerme, quizás solo tiene miedo. No habla, solo aprieta su cabeza contra mi pecho. No responde a mis preguntas, al parecer está solo. Somos los únicos sobrevivientes.

Nos abastecemos de agua, tomamos lo que nos sea útil. Otra tienda para dormir, algunas herramientas, carne seca. El chico se acerca a una de las chozas donde al parecer vivía. Tras unos minutos vuelve a salir sin nada en las manos. Quizás solo se quería despedir, o guardar una última imagen de lo que deja atrás para no olvidar jamás.

Se sube a Harok y comenzamos a caminar. Quiero ir más allá, alejarme de todo esto, y por fin seguir ese horizonte que siempre me ha llamado. No más viajes sin rumbo, ahora tengo uno y no lo dejare de lado. Quizás podamos asentarnos, quizás hay más solitarios como nosotros esperando construir algo nuevo, una tribu nueva. Antes de dejar la aldea atrás, el chico me mira y por primera vez escucho su voz. “Tus ojos son de dos colores. Me gusta”. Sonrío. El viaje debe continuar.

                                                            

Fin

7 de Noviembre de 2018 a las 18:52 1 Reporte Insertar 1
Fin

Conoce al autor

Javier Valderrama Estudie cine en chile, me desempeñé como guionista donde reafirmé mi pasión por escribir.

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El desierto siempre es muy visual.
15 de Marzo de 2019 a las 10:56
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