Black Rose Seguir historia

vbokthersa Valentine Bókthersa

Ángel es un chico que ha perdido a su amor. Ernesto fue un chico que nunca declaró su amor. Basta apenas una noche para declaraciones, y unos minutos para que sus almas se junten en el más allá.


LGBT+ No para niños menores de 13.

#díademuertos #gay #cuento
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Capítulo único

Black Rose
VBokthersa


Todas las familias tenían muertos.


Ángel no era una familia por sí mismo, pero tenía muertos.


La familia de Gustavo, ese chico que se había vuelto el apoyo de Ángel durante el último año, también tenía muertos, por supuesto y precisamente por eso era que se lo llevaban de tour por todos los cementerios donde tenía ancestros enterrados, desde el primero hasta el tres de noviembre.


Pero ese no era el punto. El punto era que Ángel también tenía muertos. Particularmente uno, el que le importaba.


Ernesto se había ido hacía dos años y alguito. Era su segundo día de muertos, apenas. En el primero, Ángel no había podido ir. Simplemente no pudo salir de su casa, ni ese día, ni los cinco meses siguientes. Pero ese año, las cosas serían diferentes.


Estuvo haciendo los preparativos desde el mes de mayo. No era que hubiera mucho que preparar, pero quería conseguir algo que sabía, le costaría un ojo de la cara: una rosa negra auténtica.


De alguna forma se las arregló para conseguir aquella rosa, mediante unos amigos. Se la habían entregado en una maseta, así que tuvo que aprender a cuidarla hasta el dos de noviembre, cuando se embarcó en su aventura hacia la tumba de Ernesto.


Salió de su casa por la tarde y se encaminó a la ciudad donde estaba enterrado su amigo. Vestía de luto riguroso. Claro que él siempre vestía de negro, pero esta vez ni siquiera su camiseta tenía algún estampado.


Llegó a Ahuachapán cerca del atardecer. Pidió un mototaxi y fue hasta el cementerio municipal. Entró poco antes de que cerraran. Buscó la tumba de Ernesto, que era un pequeño mausoleo familiar. Nada muy llamativo, ni costoso; apenas cuatro paredes y una puerta de vidrio esmerilado, que no dejaba ver hacia adentro, donde se encontraban las lápidas.


Abrió la puerta con la llave que le dio Cristina, la tía de su amigo, y cerró tras de sí. El espacio era muy reducido, pero había suficiente para estar de pie y sentarse.


Se quedó dentro del mausoleo y colocó la flor frente a la lápida de Ernesto, antes de besarla, con permiso de los ancestros de su muertito, por supuesto.


Sacó de su mochila una botella de aguardiente barata y se sentó en el suelo para beber. Miró la lápida de Ernesto y volvió a besarla, antes de disculparse con el resto de lápidas, en voz bajita.


Mientras el calor del licor subía, también lo hacía el volumen de su voz y el tono de las confesiones hacia Ernesto. Le decía lo mucho que lo amaba, desde hacía tanto tiempo, y que incluso habría deseado morir con él; que de hecho, había intentado suicidarse varias veces, hasta que Gustavo lo convenció de buscar ayuda profesional para su depresión.


Y hablando de Gustavo, también le dijo que él le andaba hablando desde hacía ya algunos años, que nunca le había hecho caso porque su corazón ya le pertenecía al mismo Ernesto y que no podía serle infiel a ese sentimiento.


Habló con Ernesto durante algunas horas, intercalando sus palabras con besos sobre su lápida, sorbos arrebatados de aguardiente y disculpas atropelladas hacia el resto de los muertos, familiares de Ernesto. Ellos no tenían la culpa de que un culero depresivo se hubiera enamorado del último muertito de la familia.


Poco antes de la media noche, lo venció el sueño. El mausoleo era pequeño, pero podía estar sentado, así que terminó dormido, encogido sobre sí mismo, en una posición incómoda y con medio Muñeco en el suelo, cosa que nunca le importó.


Nunca supo cuánto durmió, pero sí que fue lo suficiente para soñar.


Soñó con el sonido de la guitarra de Ernesto y luego, su desafinada voz cantando un suave Ahora que está todo en silencio... y que la calma me besa el corazón... os quiero, decir adiós...


Ángel se incorporó en ese instante y, sin importarle nada, localizó la figura de su amado y corrió hasta él. Lo abrazó y Ernesto dejó de tocar. Lo sujetó de los hombros, antes de recorrer el pálido rostro de Ángel con sus pulgares, haciéndole un suave cariño y enjuagando sus lágrimas. Besó su frente y se alejó un poco para volver a tocar.


Reinició la canción, con su voz desafinada y su guitarra magistral.


Terminó Desde mi cielo y se acercó a Ángel. Lo abrazó con fuerza, volvió a secarle las lágrimas y depositó un nuevo beso, esta vez en sus labios. Aquello se sentía muy cálido, real e intenso.


—Lito, perdón por ser tan pendejo y abandonarte así. Nunca debí dejarte, Lito. Yo también te amo. Te dedico esta canción enterita, que vos sabés cuánto me gusta. Siempre me gustó, por lo pinche triste que es y pues ahora te la dedico. Sabés que siempre te voy a cuidar —acarició su cabello. Ángel estaba paralizado, simplemente escuchando—. Algún día lo vas a entender todo, Lito. Pero mirá, para mientras, yo sé que me querés, que me amás como yo te amo, pero ahorita no podemos estar juntos. Yo te voy a esperar aquí, hasta que me alcancés, espero que en muchísimos años. Mientras, podrías darle una oportunidad a Gustavo, o a otro hombre o a otra mujer que te quiera así, bien, que te ame. Por el momento, yo sé que Gustavo te ama, te ha amado desde bachillerato, siempre se le notó. Deberías darle un chance. Y ahora me tengo que ir, Lito, ya se está acabando el día de muertos y con eso, mi permiso de hablar con vos. Me tengo que regresar. No te preocupés por mí, estoy bien. No se te olvide, la canción que te dedico lo dice todo.


Ernesto apartó el cabello de Ángel de su rostro, acarició sus pómulos con los pulgares y le dio un último beso de despedida, antes de que su figura comenzara a desvanecerse rápidamente. Ángel trató de hablar y retenerlo, pero no pudo.


Despertó. Tenía los audífonos puestos, no recordaba en qué momento se los colocó. Su mp3 estaba sonando. Al parecer, tenía en modo repetición Desde mi cielo. Sonrió de forma triste.


—Esos ya son delirios. No vuelvo a hartarme esa mierda. El Muñeco es bien bajero —comentó para sí.


Miró la hora en su celular. Apenas era media noche, marcaban las cero horas con dos minutos. Se levantó, se disculpó con la familia de Ernesto y con él, antes de salir del mausoleo.


El viento frío envolvió su cuerpo. Aún se sentía ligeramente ebrio, pero logró saltar la reja para salir del cementerio. Terminó la noche en un parque y se regresó hacia Santa Ana en el primer bus de la madrugada. Se sentía crudo, desvelado y con la sensación de haber tenido un sueño mágico. Quería creer que Ernesto lo había visitado realmente, aunque eso fuera en contra de toda lógica.


Lo que él no sabía era que, dentro de aproximadamente un año, podría comprenderlo todo y despejarse incluso la duda de que si aquella aparición en sueños y el mensaje que le extendió, había sido real o no.


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4 de Noviembre de 2018 a las 18:12 0 Reporte Insertar 0
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