El útil brazo negro de Ben Seguir historia

drunklycanthrope Alibel Rodriguez

Ben aprenderá a dejar de seguirle la corriente a sus amigos cuando deba trabajar para reparar el daño que le hizo a la familia Claraboya. Se hará amigo de Matilda, una extraña niña que no mueve los labios al hablar.


Cuento Todo público.

#estrafalario #absurdo #sobrenatural #punk #gótico
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El tomate maduro trazó una parábola ejemplar  hasta la cabeza de Matilda.

―¡Toma!

Los niños estallaron en carcajadas, y Matilda en llanto. Le cayó un trozo de pan, una papa sancochada y más frutas maduras. Los compañeros de clase se habían agrupado detrás de la cerca para fastidiarla. Otra vez.

En su carrera no notó a dónde iba y chocó con un niño un poco más pequeño que ella. Se le cayó una bolsa de papel, de donde salieron un puñado de piedras. El niño le miró confundido y de repente, envalentonado.

―¡Tú!

Matilda tuvo miedo. No era nuevo que le lanzaran cosas, pero no tenía ningún tipo de entusiasmo en averiguar cómo se sentía que le lanzaran piedras. Se levantó rápidamente para huir, y el niño le tomó del brazo. Ella gritó.

Él salió lanzado hacia atrás, rodando, confundido. La vio irse, y se rascó el chichón con los dedos que se habían puesto negros, y tardaría en darse cuenta que se ennegrecería hasta el codo.

La mano totalmente negra contra la de su padre, morena y llena de callos, hacían un raro contraste. Le acompañaba en lo que él llamaba ‘compras de hombre’. Iría a buscar municiones para su escopeta, bombillos, clavos, un repuesto para un taladro y aceite. Ben miraba el montón de opciones que había en cada tienda, y mientras su padre leía la lista, él veía la gente y los aparadores.

Le encantaba el pueblo de sus abuelos. Esas vacaciones había ido a la inauguración de la caramelería y el arcade. Había descubierto la hora exacta para colarse en el cine, qué debía decir para que le dejaran entrar en la parte de adultos de la tienda de videos y pudiera ver las carátulas de las películas, y cómo se sentía que una niña te besara la mejilla. Se rascó el codo negro, y al alzar la vista vio quién lo había puesto así.

La niña de cabello negro estaba de espaldas, con zapatos brillantes, un cintillo de tela y un vestido que parecían sacados de un libro de historia. Literalmente, pues eran grises como las fotos de la boda de sus abuelos. Una mujer con tacones muy altos con un vestido igualmente sobrio y antiguo le tomaba de la mano.

Ben sonrió maliciosamente, pensando qué hacerle. Angélica, la niña que le gustaba –una rubia totalmente diferente a la chica que veía- le había convencido de que Matilda estaba loca y pasaban cosas extrañas a su alrededor, y que era mala persona y se merecía todas las bromas que le hacían. Animales pequeños le huían, se caían o se movían cosas, y al cabo de un tiempo los sitios por donde ella pasaba se ennegrecían.

Matilda se separó de su madre para ver un aparador. Ben sabía que era su oportunidad, pidió a su padre permiso y se acercó a ella. ¿Algún chiste cruel? ¿o simplemente inventándose alguna mentira para hacerla sentir mal? Eso se lo ganaba por haber asustado a Angélica. Pero cuando estuvo frente a ella no se sintió con ganas de hacerlo, sin poder explicarse porqué, aunque ya había comenzado a abrir la boca.

―Hey.

Se paralizó al ver cómo una mano se posaba rápidamente en el hombro de ella. Era huesuda y pálida, pero no tenía muchos signos de vejez. Subió la mirada y se encontró a la dueña dl brazo. Tenía un rostro de finas facciones y labios muy, muy rojos.

―¿Qué deseas?-preguntó la mujer.

―Yo solamente iba a saludar…

―¿Eres amigo de mi hija?

―No. –respondió Matilda. Su madre miró la mano ennegrecida de él.

―Entonces no tiene sentido alguno.

Se volteó, llevándose gentilmente a la pequeña por el camino contrario dejándolo paralizado sin saber qué pensar, porque en ningún momento ninguna de las dos movió sus labios.

―¡Llegas tarde, Ben!

―La hubieras visto antes, estaba llorando.

Ben sentía que dos partes de su cerebro estuvieran en conflicto cuando estaba con Angélica. Ella decía cosas muy crueles y no solamente a Matilda, sino a otras chicas, que parecían querer esforzarse por pasar tiempo con ella. Se tocaba mucho el cabello, no le interesaban los autos ni las patinetas ni las canciones de rock, y hacía muchas cosas que, de haber hecho él y que le hubieran pillado, su madre le daría una buena lección. Y su padre, otra, por si acaso.

Pero por otra parte, sonreía de manera tan encantadora, se sentaba de manera tan bonita y movía el cabello con tanta gracia que no podía evitar estar de acuerdo con ella en todo, como un tonto. Y ese día estaba especialmente linda. Tenía una camisa blanca ceñida al cuerpo que mostraba su floreciente cuerpo de niña y unas bragas de jean rosadas también algo ceñidas.

Ben se rascó la nuca con los dedos negros, sin saber qué responderle a Angélica.

Jugaron por horas en el parque y en las viejas vías de los ferrocarriles. Hasta que vieron algo que a Ben le hizo quedarse pasmado de la impresión.

Un esqueleto vestido de sirvienta llevaba una cesta con pan fresco, frutas y frascos de mermelada. Angélica dejó de hacer lo que estaba haciendo, y el grupo entero se detuvo a ver, a esperar qué decidía hacer.

―Ella está con los Claraboya. ¿Es que para ser ellos tienen que ser todos raros?

Tomó una piedra y se la lanzó. No dio en el blanco, pero el esqueleto se volteó con indignación al ver la piedra rebotar contra su vestido.

Los demás niños imitaron la acción, curiosamente, se hacía muy difícil darle a un esqueleto, era demasiado delgado. Ben, en medio de las risas les imitó, y le dio directo en el hombro.

―¡TÚ!

Ben se volteó para correr y huir con sus compañeros de juego, pero alguien le hizo una zancadilla. Se golpeó la frente contra el suelo, y no se levantó, unos huesitos pequeños y duros le apretaban la oreja y le alzaron.

―¡Au! ¡Aauch!

―¡NIÑO HORRIBLE! ¡MALPORTADO! ¡MALEDUCADO!

Y no pudo hacer nada, sino ser arrastrado por dos calles hasta llegar a la zona más vieja del pueblo, donde vivían los abuelos de Marco, de Edgar y el abuelo loco de Ámbar. Se detuvieron frente a una casa de césped tan seco que parecía paja, rejas de hierro negras, arbustos de rosas negras con hojas naranja, enredaderas amarillas y ocre trepando por las paredes negras de la casa, y caminaron por las piedras que llegaban al porche, negras y llenas de hojas amarillas.

―¡Suélteme!

―¡Tendrás que responder ante la señora Claraboya!

Al subir los escalones del porche las puertas elegantes de madera ennegrecida se abrieron sin que nadie las tocara. Las pisadas de un pie de puros huesos dentro de taconcitos era un sonido extraño y desagradable que resonaba en la sala, de suelo de mármol gris, llena de muebles muy elegantes y antiguos. El reflejo de un candelabro negro se proyectaba en el piso, y varias alfombras rojas adornaban el piso y recibían a los muebles, de patitas finas y largas. Le pareció que caminaron mucho, aunque a cualquier persona le parecería que cualquier distancia con unos dedos de hueso aplastándote el cartílago es una distancia demasiado larga.

―¡Señora! ¡Este niño me ha lanzado una piedra en la cabeza!

―¡Mentira!

―Silencio.

Ben alzó la mirada. Una mujer con un vestido negro muy largo estaba sentada frente a él. Se veía molesta y le miraba por sobre el libro que estaba leyendo, cuyo título rezaba Las muertes más memorables por guillotina y cómo evitarlas.

―¿Por qué le has hecho eso a Blanca?

Se dio cuenta que le preguntaba a él. Sus labios no se habían movido, y seguían igual de rojos que la última vez.

―Yo… Lo siento mucho.

―¿Entonces sabes que estuvo mal lo que hiciste?

―Sí. –dijo avergonzado.

―¿Lo hiciste porque te gusta esa chica Angélica?

Se sintió sonrojar. La presión en su oreja había disminuido y se apresuró a moverse con brusquedad para apartarse de la huesuda mano. ¿Cómo ella sabía eso?

―Sé muchas cosas.

―Ah.

―Tendrás que disculparte por eso.

Ben se volteó y miró al esqueleto a la cuenca de los ojos. Tenía las manos en la cintura, y sabía que le miraba con indignación.

―Lo siento mucho. No volverá a pasar. Estuvo mal lo que hice. –se volteó a ver a la elegante mujer, que había regresado la vista al libro.

―Y tendrás que pagar los daños.

―¿Qué daños?

―¿QUÉ DAÑOS? –repitió el esqueleto, y le mostró la grieta que había en el hueso del brazo.

―Oh. Pero… Yo no tengo dinero. Tendré que pedirle a mi padre que…

―Claro que no. Tú infringiste el daño y tú lo pagarás.

―¿Y qué va a hacer el niño, señora?

Ben se ofendió que le dijeran niño. Ya tenía once años y se sentía casi un adolescente.

―Humanizar a Matilda, claro está.

―¡Mi señora! El señor lo ha prohibido.

―Horacio no está en este mundo, Blanca. ¿Y Matilda?

―En su habitación.

―Bueno, no perdamos tiempo.

Blanca, el esqueleto, hizo una leve reverencia como simple respuesta.

La mujer dejó el libro en el mueble, se levantó con distinguida elegancia y guió a Ben por una escalera curva con alfombra roja que llevaba al piso de dormitorios. El pasillo tenía un tapete interminable y grueso, muebles pequeños con velas, cuadros y bustos de mármol que alzaron la ceja al verlo pasar. Llegaron a una puerta totalmente blanca. La señora pareció sorprendida porque no se abrió sola al postrarse allí frente a ella.

―¿Quién es?

―Tu madre.

―No, usted definitivamente no es un pino.

Ben se dio cuenta que era la puerta la que hablaba.

―Abre.

―No.

―Abre.-alzó la mano para tocar el pomo, cuando éste se abrió solo.

―Sí, sí, lo siento, sólo quería demostrar fidelidad ante mi espacio.

Ben entró dentro de la habitación tras la mujer. El suelo era de mármol gris oscuro, con alfombras gris claro, muebles totalmente blancos y un candelabro de cristal colgando del techo, que era negro y tenía pintadas las constelaciones. Matilda estaba en medio del cuarto sosteniendo unas manos manchadas de negro que no parecían pertenecer a nadie. Las manos bajaron y Matilda las soltó, y vio enojada a su madre. Tenía un vestido negro, pantimedias de líneas negras y blancas y un cintillo blanco en el largo cabello negro.

―Estoy ocupada.

―Ya te he dicho que eso no es permanente, la mancha desaparece. Escucha –Matilda se giró y miró a su madre con mucha atención-, este niño, uhm… ¿Cómo te llamas?

―Benjamin Cox.

―El señorito Cox te va a ayudar a ser un poco más humana, como su pago por haberle hecho daño premeditadamente a la señora Blanca.

―No quiero. –dijo, sin mover los labios.

―Pues así será.

Matilda curvó los labios hacia abajo y bajó las cejas, se cruzó de brazos y miró al suelo.

―Sí, madre.

Su madre sonrió complacida, y les dejó solos. Matilda le invitó a sentarse en un cojín frente a una mesa pequeña de café donde había un juego de porcelana blanca y pulcra. En torno a la mesa había varios cojines ocupados por pintorescos ocupantes. Una muñeca sin ojos, el peluche de un perro con una ardilla despedazada en la boca –de tela muy suave-, un jarrón negro con una tapa de acero, y vio cómo a su lado un cojín se hundía bajo el peso de algo que no veía –bueno, solamente podía verle las manos negras-. Matilda se sentó frente a él.

―¿Te llamas Benjamin?

―Sí… Eres extraña. –dijo con toda la honestidad posible. Tenía que sacarlo de su cabeza.

―¿Qué vas a enseñarme para ser más humana?

―¿Cómo?

―Mamá quiere que me quede aquí, aprendiendo en la escuela y trabajando en alguna oficina, teniendo hijos y esas cosas. ¿Qué tengo que hacer?

―Pues… no sé. Crecer, supongo.

―Pero no se siente bien.

Ben se puso la mano en la barbilla para pensar, mientras la mano negra –que se iba decolorando- tomaba la tetera, y le servía leche tibia en la tacita que tenía enfrente.

―Mi papá siempre dice que crecer es difícil. Más para la gente que no se adapta bien. La gente extraña.

―¿Por qué?

Ben se avergonzó. No sabía responderle eso, pero decidió ser lo más honesto que pudo.

―No sé. Pero… Eres muy extraña. Te pones vestidos que se ponía mi mamá. Y no mueves los labios.

―Es que no puedo hacer eso.

―Ah –lo aceptó sin más. Sabía que hay cosas que la gente no puede controlar-, bueno y casi no hablas. En el parque te quedas allí sin hacer nada.

―¿Cómo sabes todo eso si apenas tienes una semana aquí? No vives aquí, nunca te había visto.

―No, vengo de visita, mis abuelos viven aquí.

―¡Oh, claro, los señores Cox! La señora Cox siempre me da caramelos de cereza. Es difícil de creer que su nieto sea un malportado ignorante.

Ben se indignó, pero no se sentía con derecho de reclamarle nada. Miró la tetera posarse en el medio de la mesa tras servir leche en todas las tazas.

―¿Qué es?

―¿Cómo que qué es? Es mi prima Helena.

―¡Oh! Lo siento mucho, mucho gusto.

En algún punto a su derecha notó a alguien asintiendo con la cabeza. Aunque no podía verlo.

―Y gracias por servirme. –La cabeza volvió a asentir, más complacida. Matilda sonrió un poco a su vez.

―Parece que no eres tan malportado ni tan ignorante. ¿Es porque te juntas con ellos? ¿Con Angélica?

―Pues… son mis amigos.

―¿Qué hacen los amigos?

Ben tuvo que exprimirse el cerebro, responder algo tan obvio y cotidiano con palabras le costaba.

―Pues… salen juntos. Juegan. Ven películas, van al arcade, comen juntos, hacen pijamadas y se hacen retos.

―¿Pintan juntos?

―También… pero no solo porque lo haces, sino porque quieres. Mi mamá me obligaba a salir a jugar con un vecino, pero no por eso era mi amigo.

―Oh… Bueno, yo pinto con Helena, a veces.

―¿Y te gusta hacerlo?

―Me gusta mucho. ¿Quieres pintar?

Ben no quiso decir que no. El cojín a su lado volvió a su forma tras no tener peso encima. En un mueble de gavetas, la primera se abrió, y una cajita negra salió de allí y se posó en medio de la mesa, también un manojo de hojas blancas. Ben tomó un creyón de la caja –que estaba totalmente negro- pero pintaba de color verde, y poco a poco dibujó un auto convertible. Una hoja se posó frente al jarrón, en la mesa, y un creyón rojo comenzó a rayar algo en ella.

Alzó la mirada para ver lo que hacía Matilda y el otro lápiz que se movía solo a su lado. Matilda había hecho una de sus muñecas que estaba sobre el mueble, una que no tenía brazos. Miró el dibujo de su otra compañera, un cojín muy realista con una calavera tejida en él.

―¡Vaya!

―Siempre le he dicho a Helena que tiene talento.

―¿Por qué es invisible?

―No es invisible, tonto. Es un ser acorpóreo. No tiene cuerpo.

―Pero si el cojín se hunde…

―Es de espuma con memoria.

―¿Y dónde están sus manos? Hace rato las veía.

―Siguen allí, pero ya no las puedes ver.

―¿Y eso?

El creyón rojo sobre la mesa se movía furiosamente, y el jarrón se tambaleó hasta caerse, y rebotar de manera cómica.

―Es un alma en pena.

―¿Y qué dibuja?

―Creo que eso es sangre. Tal vez la extraña.

Ben pensaba que no tenía sentido, pero tal como no podía controlar cuándo llovería, sintió que tendría que aceptar ese tipo de cosas de ahora en adelante. Cuando, algún día, terminara de pagar por el daño del brazo de la señora Blanca.

Ben lanzó con su brazo negro la pelota, y encestó triunfalmente en el último segundo.

―¡Los cuervos de Walpole ganan con 21 puntos! ¡Han ganado!

Le despeinaron, empaparon en agua fría y recibió un beso en la mejilla de la capitana de animadoras. Se alejó del alboroto para saludar a Matilda, que al fin había accedido ir a ver el juego.

―¿Y bien?

―No pensé que sería tan divertido

―¿Sí?

―Mirar. El desear que anotaras

―Eso se llama fanatismo, creo.

―No me hables de grandes palabras, Benjamin.

Se rió. Ni siquiera su madre le llamaba Benjamin, pero ya estaba acostumbrado. Matilda era la chica más formal de toda la escuela, más formal incluso que el profesor de inglés, que era un verdadero inglés. La gente les miraba, para casi todos era incomprensible cómo un chico tan talentoso en los deportes como Ben Cox tuviera de amiga a Matilda Claraboya. Una chica que usaba vestidos con encaje y unas raras medias de rayas, y su inseparable cintillo blanco. Con un refresco flotando cerca de ella.

―Viniste, Helena.

El refresco hizo ruiditos de succión.

―Sí, ya sé que estás ahí. ¿Te gustó?

Un sonoro sllllrp le indicó que sí. Pero luego hizo muchos sllrrrrp intermitentes.

―¿Qué?

―Creo que quiere ir al baño. –Intervino Matilda.

Un slllllrp decidido fue la respuesta.

―Bueno, nos vemos en el estacionamiento.

Ben celebró junto a sus compañeros de equipo en los casilleros, hicieron bromas y los que apostaron por cuántos puntos ganarían se dedicaron a pagarse, y todos se arreglaban para reunirse con sus respectivas novias o ir al arcade a comer pizzas. Ben se puso una camiseta con el estampado de su banda favorita y se peinó. Ya era hora de cortarse el cabello, o eso le indicó su reflejo.

―¿Qué harás, Ben? ¿Vienes con nosotros?

―No, Marc, tengo que trabajar.

―¿Hoy también? –se quejó Marco. –No vas a ir al quince años de Angélica tampoco ¿no?

―¿Y cuánto te pagan?

―Lo suficiente como para no quejarme. -dijo cortante. Edgar no le caía bien, era problemático y chismoso.

―¿Y qué haces?

―Cosas, Edgar, cosas que no tienes que saber.

Algunos se rieron y fingieron intimidarse.

―¿Complacerla, tal vez? –Rieron más fuerte- ¿Por dónde? Porque por la boc-

Sin pensar golpeó a Edgar en todo el rostro. El chico se cayó al suelo, tumbó un banco donde alguien tenía su bolso abierto, y se golpeó la cabeza con un casillero. Ben se asustó de su propia reacción, pero al mismo tiempo no lamentaba del todo haberlo hecho. Se acercó a Edgar al verlo sostenerse la cabeza y comenzar a sollozar. Cuando el entrenador se asomó a ver qué pasaba.

―¡Ahí estás, Benjamin! Helena descubrió cómo se usa una máquina expendedora y se compró unos chicles bomba. Fue muy gracioso, no sabía que sabía hacer bombas de ese tamaño y… ¿Qué te ha pasado?

Ben no respondió. Pasó de largo hacia su bicicleta, le quitó el seguro y la sacó de los postes con violencia, haciendo que chocara y el metal vibrara con un ruido desagradable. Plantó con innecesaria fuerza la bicicleta en el piso y se quedó allí de pie sin mirarla. Muy distinta de su manera usual de invitarla a sentarse atrás y llevarla a su casa.

―¡Benjamin!

―¿QUÉ? –rugió.

Al voltearse a mirarla relajó el rostro –que estaba contraído de rabia-, dándose cuenta de que lo que hizo no estaba bien. Matilda se había puesto una mano en el pecho, y en algún lugar a su izquierda, Helena le miraba muy molesta.

―Lo siento –dijo al cabo de un rato.

Sintió el empujón de la mano invisible de Helena en su hombro.

―¡Dije que lo siento!

―¡Eres un idiota, un bruto!

―¡Lo siento, Matilda!

―¡No tienes porqué comportarte como ellos!

―¡Estaba molesto, maldita sea! Sólo vámonos…

―¿Y qué te pasa? ¿Por qué estabas?

―¡Me echaron del equipo! ¿Sí? Ya no importa. Vamos.

Le miró, esperando ver tristeza o lástima, pero estaba muy molesta.

―¡Pero si eres el mejor de todos ellos!

―Ya no.

―¿Qué pasó?

―Le dejé un ojo morado a Edgar.

Ben bajó la mirada, seguro de que no quería ver el rostro de su amiga.

―¿Por qué?

―Porque… Porque dijo algo horrible de ti.

―¡Bruto!

Ben se sintió sumamente ofendido, y le miró sin entender.

―¡Pero si te…!

―¿Y por eso crees que debería estar...? -movió las manos buscando la expresión. Era muy difícil ver a Matilda buscando palabras, parecía siempre tenerlas al alcance de las manos, a su total merced. Debía estar muy molesta para que eso pasara.

―¿Halagada? -aventuró él. Y de inmediato supo que no era la palabra que buscaba.

―¿¡Hiciste eso para que me sintiera halagada!? ¡Qué cumplido más estúpido! ¡Mandril!

―¡Que no! ¡No puedo dejar que vayan diciendo cosas sobre ti que...!

―¡No me importa lo que ellos digan! ¡Son un montón de perdedores, de cínicos, de plebe inútil!

Benjamin no recordaba qué significaba plebe, pero no importaba ahora.

―No iba a dejar que…

―¡Ahora no jugarás más por tu estupidez! ¡No necesito que me defiendas, Benjamin! Esa gente no me importa, envejecerán y morirán y sus almas tendrán la desdicha de reciclarse.

―¡Pero…!

―¡Y además me… HEY!

Vio cómo Matilda se alzó en el aire como si alguien la cargara, y así, flotando, se alejó de él con rapidez.

―¡Eh! ¡EH! ¡Espera!

Se montó en su bicicleta lo más rápido que pudo y pedaleó tras Matilda. La gente se hacía a un lado, más por temor a tropezar con ella y con Helena que por otra cosa, y dejaron espacio suficiente para que Ben pasara. Había alcanzado una velocidad peligrosa a la que ya no podía frenar con facilidad y se asustó al acercarse a la calle. Un auto vio a Matilda justo a tiempo para comenzar a frenar, pero no fue necesario, Matilda se elevó más en el aire, pasando por encima del deportivo y sus asustados tripulantes. Cuando Ben estaba comenzando a cansarse, vio la residencia Claraboya abrir sus puertas para dejar pasar a las chicas.

Dio un salto en la bicicleta y ésta subió los escalones al tiempo que la puerta se abría otra vez, dejándole entrar al recibidor y perseguir a Helena. Casi tropezó con Blanca, que chilló abriendo mucho la mandíbula, tanto por el miedo como por el ver las alfombras llenas de tierra.

Supo que Helena se volteó para mirarlo, y dio un brusco giro hacia el área de servicio de la casa. Nunca le habían dejado ir allí. Ben bajó la velocidad, giró el manubrio y se empujó con el pie en una pared para no perder tanto impulso en seguir a Helena. Los pasillos se fueron haciendo cada vez más oscuros, pero a la vez, multicolores. No lograba distinguir sino la voz de Matilda exigiendo que la soltara, o el movimiento de su cabello, y de repente, nada.

No paraba de pedalear, pensando que las había perdido. Había decenas de puertas que había pasado. El pasillo parecía no tener fin. Sintió que el suelo subía y bajaba, y de repente algo le hizo tropezar.  Cayó hacia el frente, protegiéndose la cabeza. Rodó un par de metros –o más- y se levantó aporreado y adolorido, lamentando no haber tenido casco ni rodilleras puestas.

―¿Helena?

El suelo, paredes y techo reflejaban los colores como el aceite. No tenía ni idea de dónde estaba.

―¿Matilda?

El nombre de la chica rebotó por todas partes, y el eco regresaba a él, con voz más cansada.

Una puerta camuflada en la pared se abrió, y de allí se asomó un esqueleto blanco. Ben se tapó los ojos.

―¡WO! ¡Eh! ¡Tápese, señora!

―¿Señora? Niño insolente.

Ben abrió los ojos y entrevió el hueso de la pelvis, notando que era de hombre.

―¡Eso solo lo hace peor!

―¡Pero si estaba en mi casa! Sólo me asomé para buscar a mi gato.

―Ah, no he visto ningún gato… Pero estoy perdido. ¿Puede decirme dónde estoy?

―¿Cómo que dónde estás? Pues en el señor Claraboya. En su cabeza.

Ben le miró como si estuviera loco.

―¿Cómo que en su cabeza? La señora dijo que él está muerto.

La calavera casi perdió la mandíbula por la risa.

―¡Esa mujer! Seguramente dijo ‘ya no está con nosotros’ o ‘no está en este mundo’, teatralmente, como son todos ellos. Claro que no lo está, el señor Claraboya es un señor muy ocupado, que apagó todo menos su cabeza. Pero no está muerto. Si estuviera muerto, no podrías estar deambulando por sus cosas. ¿Y tú, cómo entraste?

Ben le contó lo que había pasado, desde que lo expulsaron del equipo y la persecución a Helena.

―Hm… Pues no lo sé. La señorita nunca había venido por aquí, pero eso solamente significa una cosa.

―¿Qué cosa?

―Que habrá boda pronto. ¡Y yo soy el juez! Tengo que prepararme.

―¿Cómo dice?

―¡Vamos! Que hay muchos preparativos por hacer. Pero tengo que vestirme primero, nadie tendrá el privilegio de verme los huesos.

Tras un rato de espera, el esqueleto salió vestido con una sotana negra. Ben se tropezaba a cada rato mientras su nuevo compañero le hablaba.

―¿Eres amigo de la señora?

―Soy amigo de Matilda. Y Helena.

―¡Ah, Helena! Encantadora muchacha, muy bien portada. Lástima que ya no viene por aquí.

―¿Helena, bien portada?

―Claro que sí. Recitaba en el coro, antes de que se fuera–dijo a la vez que Ben se chocó con algo duro y le raspó la nariz.―¿Y por qué te andas chocando con todo?

―No puedo ver nada… Todo es… Tiene ese color extraño.

―Ah, vaya, eso sí que es raro. Ya iba a comenzar a pensar que a los humanos vivos les gustaba andarse chocando con los árboles. Sigue mis pasos y así no chocas con nada ¿mejor?

Ben se lo agradeció, y caminó con él, preguntándose a cada momento cómo, y por qué Helena había arrastrado a Matilda hasta allí. Pero el juez no lo sabía, estaba más interesado en hablar a otros esqueletos que deambulaban por ahí, dándoles órdenes, preguntándoles sobre preparativos o simplemente echando piropos a las esqueletos de vestidos cortos que respondiendo las preguntas de Ben.

―Finalmente llegamos.

El juez miró al frente, obviamente impresionado y complacido. Otros esqueletos se movían aquí y allá, incluso flotando, haciendo… algo que Ben no entendía.

―¿A dónde?

―¿Es que eres cieg…? Ah, cierto. Bueno, estamos decorando la iglesia. Debe verse bien para los invitados y los novios.

―¿Quiénes son los novios?

―¡FERNANDA! ¿Qué se supone que estás haciendo? ¡Las rosas no pueden ser negras, se supone que es una boda!

Ben fue ignorado magistralmente por más de una hora, hasta que sintió una mano en su hombro y se volteó. No había nadie.

―¿Helena?

No tenía ni idea, y no hubo respuesta tampoco. No podía sentirla.

―Helena, no puedo ver nada. ¿Dónde estamos? ¿Por qué trajiste a Matilda aquí?

Sintió que la mano le tomaba de la muñeca y le halaba, y él le siguió, siendo guiado con mucho más cuidado que antes. No tropezó ni una vez. Subió unos cuantos peldaños –con mucho cuidado- y escuchó que una puerta se abría. Se lanzó dentro de la habitación que se presentó ante él, desesperado por ver su entorno y harto de estar ciego entre miles de colores acuosos y brillantes. Había una alfombra blanca y peluda, ventanas altas que llegaban hasta el techo de marcos blancos y adornados, paredes rosa y candelabros blancos, inmensos y llenos de piedras preciosas rojas y transparentes.

―¡Oh, suelo, hermoso suelo! ¡Quiero irme de aquí!

―No hubiera pasado nada si no te hubieras comportado como un estúpido.

Alzó la mirada al escuchar la voz de Matilda. Escucharla de verdad. Estaba sobre un escalón de mármol gris, donde varios esqueletos le peinaban y arreglaban. Ella con un gesto les apartó. Estaba deslumbrante. Tenía un vestido que mostraba sus hombros y gran parte de sus piernas, con medias altísimas de líneas horizontales muy finas y una liga rosada en el muslo, el único toque de color entre todo el blanco, aparte de sus labios color vino. Labios que estaban abiertos, y se movían, y le hablaban.

―¡Ahora mira lo que hiciste!

―¿Y-yo? ¿Tú estás…? Estás… ¿Por qué…? –se acordó de dejar de mirarle las piernas y prefirió mirarle el rostro. –Estás… -le tomó de los hombros- ¿TÚ ERES LA QUE TE CASAS?

―¡Y todo es tu culpa, estúpido mandril!

Las esqueletos los apartaron, escandalizadas.

―¡No se le ocurra tocar a la señorita!

―¡Helena, sáquelo de aquí!

Unas manos le alzaron con facilidad desde la espalda, cargándolo como un saco.

―¡EH! ¡Helena, espera!

Vio con desesperación cómo Matilda se ponía roja, cerraba los ojos y le gritaba, antes de caer en llanto.

―¡Todo es tu culpa!

Vio la puerta pesada cerrarse, y de algún modo, apretó la mano de Helena.

―¡Escucha! No entiendo nada. Ayúdame a… a… pues… a entender.

Helena no respondió, le llevó por ese mar interminable de colores aceitosos e indefinidos, hasta que escuchó una puerta abrirse, y la vio cerrarse frente a él. Estaba en otra habitación. Y ella le bajó.

Al voltearse no se encontró con la presencia de Helena, sino a Helena. Tenía un aspecto fantasmal. Su cabello era purpúreo, su piel, blanca como la leche. Era extremadamente delgada y se le notaban algunos huesos, y tenía un pobre vestido blanco lleno de agujeros, y unos zapatos sin tacón, blancos.

―¿Helena?

Ella sonrió tímidamente.

―Sí. Soy yo.

―¿Por qué aquí puedo…?

―¿Verme y escucharme? ¿Y ver a Matilda abrir la boca?

―Eso. Y no ver nada.

―Es que eres nuevo en la cabeza de mi tío y no te conoce. Pero en un rato podrás ver algo, tus ojos se acostumbrarán.

―¿Cómo es que eres tan fuerte si eres tan flaca? Te imaginaba pues… diferente.

Ella se encogió de hombros, con una pequeña sonrisa.

―¿Y cómo es eso que Matilda se casa? –explotó de repente.

―Fue hace mucho tiempo… Matilda dijo a mi tío que si llegaba a decepcionarse de los humanos tanto como se decepcionó con él, regresaría aquí a hacer lo que él quisiera. Estábamos pequeñas y fue una promesa estúpida. Pero en la familia son de cumplir promesas.

―¿Y de quién rayos se decepcionó? ¿De mí? –se llevó las manos a la cabeza- Oh, no… ¡Pero si solamente la estaba defendiendo! ¿Y por eso se va a casar?

―Bueno… Mi tío tiene un trato con mi padre. Yo estoy obligada a cumplir sus órdenes, sea cual sean, y mi orden fue traer a Matilda aquí cuando se decepcionara. Tuve que traerla. Lo siento, no era la idea arrastrarte.

―No entiendo. No entiendo nada. ¿Y al menos se casará con alguien que…?

―Ah, bueno. Se va a casar con mi hermano.

―¿Y eso por qué? –Ben sabía que no era justo que casaran a Matilda si ella no quería, pero no estaba molesto solamente por eso. Estaba iracundo. Quería gritarle a alguien.

―Mi hermano es Lord.

Ben alzó las manos.

―¿¡SÓLO ESO!?

―Pues sí.

―¡Eso es absurdo!

¿Un lord? ¿Y quién era ese tipo? ¿Es que se conocían acaso? Tal vez, eran familia. ¡Pero él la conocía desde hacía mucho tiempo y ella nunca habló de casarse con nadie!

Ben sin pensarlo le dio un golpe a la pared con su mano negra. Sintió una leve vibración en el brazo. Se miró la mano, y de inmediato tuvo una idea.

―¿Ben?

Abrió la puerta. Afuera, todo se veía con ese tono aceitoso multicolor. Tocó la pared con los nudillos, y en un radio de varios metros todo se coloreó y se puso nítido. El suelo era de madera, igual que las paredes cubiertas con un papel tapiz gris. Ben tocó la pared hasta que pudiera verse todo el espacio, tal como si hubiese lanzado un galón de pintura a su alrededor. Incluyendo techos y suelo, tocar con su brazo le permitía ver qué había allí.

―Claro… tocaste a Matilda, y por eso puedes escucharla. Tal vez, tocando…

―Puedo ver algunas cosas. ¿Dónde estamos?

―En la casa de invitados de la familia. Matilda está por ahí. Pero es de mala suerte ver a la novia antes de que se case.

―Eso es nada más para el novio…

―De todas formas, deberías arreglarte. Que la boda debería comenzar pronto.

―¿Pronto?

―En unas horas, sí.

Ben a regañadientes se puso un pantalón negro con líneas verticales grises, muy finas y elegantes, que le llevó un equeleto mayordomo. Un pañuelo rojo en el pecho y zapatos negros tan brillantes que parecían un espejo. Helena se había puesto un vestido color rosa viejo, muy anticuado y honestamente muy feo y recto. Se miró a sí misma, resignada.

―Todos los vestidos de damas de honor siempre son horribles.

Ben tomó a Helena del brazo mientras ella le guiaba. De vez en cuando tocaba una puerta, cerca o incluso una persona para poder ver alrededor con claridad. La iglesia no se veía entera para él, pero era de piedras grises con grandes vitrales blancos. Los bancos eran negros, y todos los esqueletos vestían de manera elegante.

―¡Todo el mundo está aquí!

―¿Benjamin?

―¿Señora?

Ben estaba asombrado de ver a la señora Claraboya allí. Tenía un elegante vestido plateado y se veía hastiada. También había movido los labios.

―No me digas… Tú eres el causante de todo esto.

―Yo ni siquiera sé qué está pasando, señora- dijo firme y respetuosamente.- Solo quiero sacar a Matilda de este embrollo.

―Tendrás que batirte en duelo para eso.

Iba a comentarle algo más, pero la música comenzó a sonar. Helena corrió a ponerse en su sitio y se acomodó un mechón de cabello tras las orejas. Un órgano tocaba la marcha nupcial sin que nadie pisara sus teclas. La señora Claraboya haló a Ben a uno de los bancos, detrás de una cabeza de hueso tocada con un feo sombrero morado. Se volteó al igual que todos los invitados, y miró con admiración a la novia.

Matilda tenía el maquillaje corrido en los ojos y los labios demasiado rosados, pero eso no quitaba que se veía muy bien. La cola del vestido estaba decorada con rosas, y tenía un ramo muy largo de rosas blancas en las manos. La señora le dio un codazo a Ben para que se quedara en su sitio cuando sintió su impulso de estirarse hacia ella. Ben daba golpecitos al banco frente a él, provocando que la calavera con el sombrero morado se moviera incómodamente a cada rato, pero eso le permitía ver lo que tenía alrededor. Aunque se encontraba lejos, podía ver a Matilda de pie en el altar, mirando a quien sea que estuviera frente a él, y el juez leyendo unas palabras aburridas.

―Voy a sacarla de aquí.

―No, espera el momento adecuado y…

―Si hay alguien que se oponga a…

―¡Ahora! ¡YA!

La señora lo empujó al pasillo, y Ben intentó recuperar el equilibrio a la mitad del mismo sin verse tan torpe. Alzó la mirada y se la sostuvo a Matilda, que se veía asustada.

―¡Yo!

―¿Tú… qué? –preguntó el juez.

―¡Pues que me opongo, mierda!

Apretó con su mano negra uno de los bancos de la esperando que eso le dejase ver más allá. Y funcionó. Pudo ver incluso parte del techo, el órgano a un lado, siendo tocado por alguien como Helena, a quien no podía ver pero que claramente le miraba indignado, como todos los invitados. Y alguien frente a Matilda. Alguien que se acomodaba la corbata y daba unos pasos hacia él. Aunque no pudiera ver nada, y apenas intuir lo que hacía, Ben sabía que estaba muy, muy molesto. Hubo unos segundos en silencio que dejaron a Ben confundido.

―No te escucha.

―¿Cómo?

―No estoy hablando contigo, Ben. –dijo Matilda- No te escucha. La única manera es usarme de intérprete. –Hubo un silencio- Pues, qué mal. Ben, te está preguntando qué piensas hacer para impedirlo.

―Yo… -desvió la mirada involuntariamente en la señora Claraboya, que le miraba.- Quiero… ¿batirme en duelo?

Escuchó un gemido contenido de todos los esqueletos, sorprendidos y temerosos.

―Muy bien. Será con pistolas. El duelo consiste en… ¿Y cómo quieres que le diga lo que dices si te interrumpes a cada rato? Como decía. El duelo… ¡Explícalo tú entonces! ¡Simio irrespetuoso!

Un invitado sacó un maletín, donde había un par de pistolas de caoba con metal dorado. Eran armas de un solo disparo. Le dio una a Ben, y otra a la mano invisible.

―Se colocarán espalda con espalda. Darán tres pasos, y a mi señal, se voltearán y dispararán. ¿Entendido?

―¿Por qué tiene esto en una boda?

―Una boda es muy aburrida si no hay nadie batiéndose en duelo por la novia.

Ben sintió la mirada de su oponente en él. Intentó devolvérsela –porque no sabía dónde mirar exactamente- y asentir. Aunque de repente no se sentía tan seguro.

―Entendido.

La otra pistola subió. Y el esqueleto se aclaró la garganta.

―El señor le desea suerte. Dice que la necesitarás.

Ben abrió la boca, pero no supo qué decir. Se sentía nervioso, ridículo e incapaz. ¿En qué estaba pensando, en un duelo con un acorpóreo? Tal vez eran solamente acorpóreos fuera de la cabeza del señor Claraboya pero… Tenía que sacar a Matilda de allí. Pero eso de batirse en duelo por la novia…

Se colocó de espaldas, con la pistola en alto. Sintió los huesos y la espalda ancha del primo de Matilda en su nuca y sus hombros. Ya no había marcha atrás.

―¡Uno! ¡Dos! ¡Tres! –dieron los pasos, y cuando estaba comenzando a pensar, escuchó el -¡YA!

Se giró lo más rápido que pudo, e imitando lo que había visto en una película, se dejó caer. Apuntó hacia donde estaba más o menos la otra pistola y…

¡BAM!

La bala le rompió la camisa y el saco. Sintió el calor del metal cerca de la piel del brazo, pero nada más. En cambio, su bala había impactado en alguna parte. En alguna parte de alguien, para ser específicos. Notó la expresión de sorpresa en su contrincante. Su leve admiración hacia su contrincante. Su miedo.

Dios. Oh, Dios. ¿Y si lo había matado?

Se levantó, demasiado asustado, y se agachó para tocar al primo de Matilda y ver su estado. Al tocar su hombro todo su ser tomó color y nitidez. Era un hombre con un pequeño bigote, cabello corto y pestañas de un fuerte color rojo que contrastaban con su blanquísima piel. Sus ojos también eran rojos, e iba vestido elegantemente de color blanco, combinado con Matilda. Se sostenía el hombro.

―Muy astuto…  Admirable ¿señor…?

―Cox. Benjamin Cox –dijo él, ayudándole a levantarse.

―¿Te vas a casar con ella?

La pregunta le había descolocado. No es que le hubiera molestado precisamente casarse con Matilda, pero no se le hubiera ocurrido.

―¿Yo solamente… bueno… No puede ser feliz contigo. No te quiere.

―¿Y cómo estás tan seguro?

Ben alzó la mirada y se encontró con la de Matilda, que corría hacia él, y le rodeó con los brazos.

―¡Oh, Benjamin! ¡Benjamin! ¡Gracias!

―No quería decepcionarte, lo siento.

Matilda se separó de él y le miró como diciéndole “Por favor olvida todo el asunto”. Miró a la señora Claraboya y a Helena, que se acercaban. Alrededor, los esqueletos estaban dispersos, reían, lloraban, se pagaban apuestas o ayudaban al primo de Helena.

―No… No nos han presentado.  Mauricio Monedas.- dijo el primo de Helena, apretándole la mano con cuidado, pues su hombro comenzaba a sangrar.

―¿Estarás bien?

Justo en ese momento llegaron unos esqueletos paramédicos a atenderle. La señora Claraboya le tomó de la muñeca con fuerza antes de dejarlo ir.

― Mauricio, dile a tu madre que me devuelva mi vajilla de borde de oro. Que la estoy esperando desde que tienes seis años.

―Sí, señora- dijo Mauricio, acobardado por la presencia de ella.

―¿Nos vamos? Quiero que conozcas a mi marido, Benjamin.

 

Matilda le tomó de la mano negra. Ben se sintió mareado y desorientado, y cuando logró enfocar nuevamente los ojos, se vio sentado en una de las cabeceras de la mesa del comedor. Frente a él había un hombre de barba muy bien cuidada, vestido con un traje verde olivo y tomando de la mano a la señora Claraboya a su derecha. A su izquierda, estaba Matilda, aún vestida de blanco.

―El señor juez me dijo que enviaría tu bicicleta por correspondencia la próxima semana. Pues los domingos no trabaja el correo.

―No hay problema, señor… Se lo agradezco.

―¿Por qué crees que te mereces a mi hija, niño? No quería humanizarla, ustedes suelen ser impulsivos y tontos… Y muy difíciles de cambiarles de parecer.

―¿Quién? ¿Yo? ¡No! Yo… simplemente quería sacarla de allí.

El hombre relajó su expresión.

―Ah ¿sí?

―¡Claro! –dijo Ben, aireado. –El mundo es demasiado moderno como para casarse con gente que uno no quiere.

Matilda se puso la mano en el rostro, como siempre que Ben decía una tontería –o decía algo correcto con palabras demasiado vulgares para su gusto-, pero su padre se rió sonoramente.

―He tomado una siesta muy larga y creo que ha valido la pena. Es cierto que son impulsivos y no piensan mucho… pero es admirable cuando se vuelven aún más impulsivos y tontos por las relaciones que los unen. Te lo agradezco. La has salvado de ser infeliz. Eso ha saldado todas tus deudas, y ahora yo te debo una. –Se rió y miró a su esposa.- Me encanta este chico. Si no hay planes, improvisa.

―¿Pero por qué ella tenía que casarse? Eso es muy… medieval.

―No es medieval, Benjamin, tonto… -explicaba Matilda, sin mover los labios de nuevo- Se hace para preservar tradiciones y estatus. Mi primo segundo es Lord. Mi padre es tetradimensional. Podíamos tener hijos poderosos.

―¿Estás defendiendo eso?

―No. Pero se sigue haciendo por una razón. Aunque yo no quería.

―Es hora de comer.-dijo la señora Claraboya, con los labios firmemente sellados.

La flota entera de esqueletos que atendían la casa Claraboya llegaron con bandejas y bandejas de comida y bebidas. Ben estaba impresionado, nunca había visto tanta comida junta, ni siquiera en nochebuena con su familia.

―Hay que aprovechar el banquete de bodas ¿No?

Pavo morado, una fuente de puré de papas con salsa roja, vegetales coloreados de negro, chuletas de cerdo blancas, jugo de frutas rojas, vino, cerveza negra y pinchos de cerezas achocolatadas. El señor Claraboya era muy hablador, se rascaba el bigote y aplaudía casi cualquier cosa que Ben dijera, y casi no le dejó comer tranquilo por tanto que hablaron.

―Me gusta este chico. Es activo. No demasiado musculoso, y no tiene el cerebro tan lleno.

―Es el mejor amigo de Matilda, querido.

―Ya veo. ¿Y tú, qué piensas, hija?

Ella interrumpió su comida para mirarle.

―Que tienes razón. No es demasiado musculoso y no tiene el cerebro tan lleno.

―¡Eh! Que los estoy escuchando.

El señor Claraboya se sostuvo la barriga por la risa. Después de la comida lo llevó aparte a un despacho, y le hizo tantas preguntas que no salió de allí sino hasta las nueve de la noche.

―Ben, sé que eres muy amigo de Matilda pero… esto es demasiado. Es muy tarde. ¿Ya cenaste? ¿Es que son novios? ¿Y tu bicicleta? ¿Qué tienes en el brazo?

Ben pensó que eran demasiadas preguntas juntas, aunque comprendía la preocupación de su madre. Había estado todo el día afuera sin avisar. Se miró el brazo blanco donde ahora había una línea roja, producto del roce de la bala. Le dijo que había sido un raspón, pero la mirada de su madre le indicaba que no le creía nada, y como era un chico demasiado bueno, terminó contándole todo. Ella tenía los ojos muy abiertos. Le interrumpió una vez para llamar a su esposo a que escuchara la historia también. Ahora ambos le miraban, sorprendidos y casi sin creerle.

―¿Y ahora qué harás?

―¿Yo? Pues asesorar al señor Claraboya en asuntos de los humanos. Está interesado en invertir en pozos petroleros. Y en enchufes.

―¿Seguirás trabajando para ellos? ¿No es demasiado, querido? –dijo su madre, desviando la mirada tras Ben, hablando a su esposo.

Ben no cambió la expresión, demasiado curioso para ver qué había visto su madre tras él. Se volteó, y notó un par de cartas atadas en un cordón, evidentemente ya abiertas y vueltas a guardar.

―Yo creo que Ben se lo ha ganado, es un chico bien portado y se merece la oportunidad de llegar lejos en la vida. Si el señor Claraboya quiere hacerlo su ayudante empresarial, pues yo digo que no es mala idea aceptarle la oferta. Ben ya es grande, es su decisión.

―¡Tiene catorce años, Daniel!

―Sí, pero ya es un hombrecito.

Ben no les escuchaba nada. El sobre tenía una carta de aceptación en una universidad, un vale y un certificado sellado y firmado por el juez esqueleto de la cabeza del señor Claraboya, que decía en el título “Deuda saldada.” Miró el vale a contraluz, y leyó claramente las palabras “Usar para cualquier favor imposible. O un Lamborghini.”

―¿Dónde estabas Ben? ¿Y esa máquina?

Había pasado un par de semanas desde que nadie veía a Ben o a Matilda. Hablaban de que finalmente habían huido a otro pueblo a ser raros juntos, ignorando al par de chicas que le enviaban chocolates en San Valentín a Ben, y al chico que jugaba ajedrez y que dejaba pobres flores de plástico en el casillero de Matilda. El rumor corría desde que susodicho chico dijo que los había visto besándose en las canchas. Un túnel horrible y negro se había abierto en el aire, y una mano cadavérica y muerta había arrancado algo de Matilda, su cintillo blanco, y luego se había ido como si nada hubiera pasado. A partir de allí, habían dejado de ir a la escuela.

 Por supuesto, ver a Ben llegar en un Lamborghini blanco no era algo que los alumnos ni profesores podían ignorar.

Saludó a sus amigos y anotó sus números en un modernísimo teléfono portátil que sacó de la guantera, para mantenerse en contacto. Aparte de los lentes oscuros y su flameante vehículo, se veía y actuaba como siempre. Unas botas negras, pantalones marrones con muchos bolsillos, una camisa sin mangas de su banda favorita, el cabello rubio cortado como una cresta floja sin gelatina, su llamativo brazo negro apoyado en la cintura y un guardapelo de plata medio abierto, con la fotografía de Matilda dentro. No parecía un hombre de negocios.

―Simplemente asesorando a mi suegro. –respondió, despreocupado y feliz.

28 de Octubre de 2018 a las 00:05 0 Reporte Insertar 1
Fin

Conoce al autor

Alibel Rodriguez Arquitecto. Escritora e ilustradora no profesional. Me gusta crear historias, personajes y lugares. Me gustan las arañas de patas muy largas y tener las uñas cortas. No me gusta el comunismo, las vainitas ni bailar.

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