Un último vaso de gin Seguir historia

hediwild Hedi Wild

1930 en alguna parte de Estados Unidos. El detective retirado, Víctor D'Angelo, decide quitarse la vida. Una serie de eventos, sumados a la gran depresión que azota al país lo conducen a tomar esta decisión. Con revólver en mano y a punto de apretar el gatillo, es interrumpido por un antiguo compañero que llama a su puerta, trayendo una noticia consigo. Han asesinado a la hermana de Víctor, dejando un mensaje para él grabado en la espalda de la chica. Tic, tac, detective El reloj avanza y la gente muere ¿Crees poder detenerme?


Suspenso/Misterio No para niños menores de 13.

#misterio #asesino #detective #mafia #378 #376 #años30 #grandepresión
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I - Bajo los ojos de Cristo

24 de octubre, 1930.

 

Sintió al Diablo detrás de ella y solo pudo pensar en correr.

Las calles estaban muy dañadas, había que esquivar pozos en cada pequeño trecho y con el intenso chaparrón que se había largado, hacían de su huida un objetivo imposible de lograr. Ella, sin embargo, no paraba de correr. Desesperada. Ansiosa. Temiendo a cada sombra proyectada en las paredes.

Al empezar el trayecto hacia la supervivencia, se había quitado los zapatos como pudo. Perfectos para lucir de pie, pésimos para el ejercicio involuntario. La cartera se le había caído y sus pertenecías se esparcieron por la solitaria calle. Ni siquiera llevó la mirada hacia atrás para reparar en ésta, solo podía pensar en correr y correr y correr. Pero…

¿Hacia dónde?

«La iglesia —pensó al instante, viendo la enorme cruz de madera alzándose sobre las demás edificaciones, casi tocando el cielo—. Si el demonio me busca, estaré a salvo en la iglesia».

Un pensamiento que solo los más puros creyentes y los moribundos pueden tener.

El sudor, la lluvia y las lágrimas se mezclaban. La carrera agarrotaba los músculos y dificultaba la respiración. Y la curiosidad era tan fuerte como la búsqueda por sobrevivir. «¿Aún me persigue?», «¿continúa detrás de mí?», «¿logré despistarlo?», eran las preguntas que se amontonaban en su mente, hostigándola. La necesidad de mirar y comprobar si todavía había alguien de quien huir, era poderosa. Tanto, que tuvo que clavar sus uñas en las palmas de sus manos para reprimir el deseo. Era preferible llegar a la iglesia con una falsa creencia de preocupación, que ni siquiera ser capaz de eso.

Las puertas de madera de La Casa de Dios, eran largas y robustas. Sería más adecuado llamar con el enorme aro de metal que colgaba de ésta, pero eso hubiera sido una pérdida de tiempo. Un tiempo que creía no poseer. Recurriendo a la fuerza que sus brazos y cuerpo esquelético apenas podían proporcionarle, abrió la puerta. No del todo. Lo suficiente para ingresar, lo máximo que era capaz de hacer.

Caminaba sobre las baldosas, fría las sentían sus pies descalzos. Miraba en diferentes direcciones buscando al Padre. Era muy tarde en la noche, no pensaba que habría alguien más ahí. Tal vez, no lo sabía muy bien. No era de esas mujeres que iba los domingos por la mañana a la misa y, para el Padre, que había aparecido a través de una puerta en uno de los costados del pequeño escenario ubicado debajo del cristo crucificado; resultó muy fácil darse cuenta qué tipo de mujer era Emily D´Angelo. Sus ropas provocadoras y acortadas, sus excesos de accesorios y exaltado maquillaje, ahora arruinado por el llanto y la lluvia; lo decían muy claramente.

Esa mujer era una prostituta.

El hombre lucía su camisa clerical y el alzacuello blanco, en perfectas condiciones, con elegancia. Caminaba con pasos lentos, provocando que sus movimientos transmitieran serenidad y paz. Justo lo contrario que reflejaba su rostro: una expresión de asco y rechazo al examinar la vestimenta y estado de Emily. Resultaba irónico como esa persona que desaprobaba la forma en que algunas mujeres se ganaban la vida, era de los primeros en buscar esa clase de compañía nocturna. El Padre era de esas que hablan y profesan elocuentes discursos, pero nunca los llevaban a la práctica personal. Y Emily lo sabía, porque, en más de una ocasión, ese hombre había sido un cliente más.

Claro que las calles tenían el mismo lema que el confesionario de esa iglesia: Lo revelado en ese lugar, ahí quedaba.

—¡Padre! Padre, por favor ayúdeme —suplicó Emily corriendo hacía el hombre y buscando cobijo en su abrazo.

—Tranquila, mi niña —respondió con voz cálida, acostumbrado a emplearla—. Cuéntame que ocurre.

—¡El Diablo! —exclamó—. ¡El Diablo me viene por mí!

La muchacha lo miró directo a los ojos y el Padre se asustó, parecían reflejar sinceridad. Sin embargo, luego de detenerse un momento en ellos, vio algo diferente. La mujer no estaba del todo en sus cabales. Tal vez alcohol o alguna droga. Lo que sea que creyó ver, no era real.

—Calmante, hija mía. Nadie viene detrás de ti —le aseguró el Padre—. Observa —le dijo, ayudándola a voltearse, los nervios la mantenían rígida, y mirar el sitio por donde había ingresado. La puerta aún seguía media abierta—. ¿Lo ves?

Emily asintió. Era verdad, no había nadie.

—Bien, ahora espera por aquí y volveré pronto con algo caliente para que bebas —dijo, llevándola hasta uno de los bancos de madera.

—Sí… Gracias… Padre —dijo con dificultad. La boca y el cuerpo le temblaban. Por el frío y la lluvia, pero sobre todo por el miedo.

—No es nada, estoy aquí para ti —afirmó, con una sonrisa…, pero…

¡Ahí estaba otra vez! Esas palabras amables saliendo de una boca que solo sentía asco, junto con esa mirada, esos ojos que solo profesaban desaprobación.

Emily se concentró en el Jesús de la cruz. La energía expulsada por el Padre la confundía. Prefería no concentrarse en ella. Tal vez sí en sus palabras.

No había nadie persiguiéndola. Ese hombre que la observó por la ventana del cabaret; ese mismo parado en la acera de enfrente cuando ella salió, ocultando su rostro bajo un sombrero y dejando que la lluvia empapara su saco… No era real. Incluso sus pisadas, esos que sintió, que escuchó acelerados mientras ella apretaba el paso, no eran reales. Nada de eso existió. Solo su estrés y, por insistencia de sus clientes, el alcohol consumido en abundancia esa noche.

«No había nadie. Mi perseguidor no era real. El Diablo no existe», se decía. Y con ese pensamiento, repetido una y otra vez en su cabeza, logró calmarse. Las piernas y manos que temblaban frenéticamente volvían poco a poco a su estado natural. Su respiración se normalizaba. Comenzó a olvidar la razón por la que estaba en esa iglesia. Al menos así fue, hasta percatarse del tiempo.

«¿Cuánto tiempo ha pasado ya?», se preguntó, mirando por donde había partido el clérigo. «Debería haber vuelto», pensó con firmeza.

Dudosa, pero de igual modo armándose de valor, se levantó del banco y caminó hacia la dirección que había seguido aquel hombre enviado por Dios, según decían.

Mientras estaba cada vez más cerca a lo que parecía ser una cocina, escuchaba una caldera chillar, como si gritara: «¡Por favor, sáquenme del fuego! ¡He terminado mi labor!» Sin embargo, nadie parecía tener intención de hacerlo.

—Padre ¿está ahí? —quiso saber, deseando que la respuesta le impidiera seguir avanzando. Nadie contestó. Sus pies no se detuvieron. Siguieron moviéndose por una curiosidad indescifrable. Luego temerosos y apoderados por un renovado pánico, dejaron de avanzar.

El Padre estaba inconsciente en el suelo, producto de un golpe fuerte en la cabeza.

Emily intentó gritar, pero una mano posándose en su boca, sin amabilidad o permiso, amortiguaron cualquier sonido. Casi de inmediato, sintió el filo de un cuchillo que le produjo un corte casi quirúrgico en su garganta, luego la sangre saliendo del tajo recién formado, humedeciendo la piel. Después nada.

Emily murió sin ser capaz de ver a su asesino y, mucho menos, escuchar las únicas palabras que le dedicó. Frías y envueltas en una locura despiadada.

—Entregarás un mensaje para mí, mujerzuela. Ahora solo me queda escribirlo.

16 de Octubre de 2018 a las 02:11 5 Reporte Insertar 6
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R. Crespo R. Crespo
Que interesante comienzo, me dejó con ganas de más. Ten por seguro que seguiré leyendo, ¿qué pasaría realmente en ese escenario? Que intriga...
27 de Enero de 2019 a las 07:14

  • Hedi Wild Hedi Wild
    Awww muchas gracias, me alegro que te haya gustado :) 28 de Enero de 2019 a las 22:27
María Thomas María Thomas
Wow, pobre. Ha iniciado muy bien. Por un momento pensé que el cura le iba a hacer algo malo. Maldito prejuicio. XD
4 de Noviembre de 2018 a las 14:16

  • Hedi Wild Hedi Wild
    Muchas gracias, María :) Y sobre el cura, todavía es pronto para decir que no le hizo nada jajajaj 6 de Noviembre de 2018 a las 20:22
  • María Thomas María Thomas
    :O 6 de Noviembre de 2018 a las 21:24
~

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