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Lavanda

Lavanda

Mi abuela tenía 13 años cuando hizo su primer jabón de lavanda. Vivimos en un pueblo en el que 2 de sus fronteras son plantaciones de lavanda y olas otras 2, de centeno. Lo único que se hacía en el pueblo eran productos de lavanda y pan de centeno, por lo menos hasta que llegó la imprenta, el negocio del calzado. Mi abuela tenía un fuerte resentimiento contra la fábrica de centeno, pues a causa de ella perdió a su primer amor. Tropezó en una de las plataformas y cayó a las máquinas mezcladoras, el resto es historia. Por esta y otras razones que nunca quiso contar, ella nunca se desplazó del quehacer de jabones. Al menos 3 veces a la semana se ponía a haceros. Se levantaba temprano para recoger la lavanda fresca, hacía 5 o 6 jabones, los cortaba en pequeños cuadrados siempre de la misma medida, los envolvía en plástico y los guardaba en un clóset pequeño en la esquina de la sala, debajo de la escalera.

No los vendía ni hacía nada con ellos. Decía que nos quería dejar jabones para generaciones. Que nunca más tendríamos que volver a comprar un jabón en toda la vida. Tardábamos en usar un jabón lo mismo que tardaba ella en hacer cien más. Alguna vez me puse a hacer jabones con ella, le ayudaba a moler las flores para incorporarlas a la mezcla, tomábamos chocolate con agua y hablábamos de la vida como la conocíamos.

A los dieciocho años de edad, mi abuela me compró un boleto del tren, y me fui a la ciudad en busca de oportunidades. No volví hasta 6 años más tarde, para la boda de mi prima Eneida. En todos esos años, no había vuelto a pensar en la lavanda, no había pensado en su aroma, ni en su color, ni en su forma ni en su textura.

Cuando llegué, una fuga de gas en la fábrica de centeno la había hecho explotar, llevándose consigo a uno de los más grades campos de lavanda. El pueblo entero estaba cubierto de polvo lila. El dulce olor a lavanda recorría las calles y se asentaba en los callejones. Del cielo caían partículas azuladas que no tenían forma de flor. Me acerqué al campo de lavanda, una gran nube morada. Lo recorrí entero con los ojos. Fue entonces cuando me senté junto al cadáver de mi abuela. Enterrado en pétalos de flores muertas. Hablé de la lavanda. Y de los jabones. Hablé de la ciudad y de los trenes. Hablé del chocolate y lo que le pasa cuando lo pones en agua. Hablé de las tormentas y de los amores perdidos. Hablé hasta que la boca se me secó, y entonces empecé a pensar qué pasaría cuando se acabaran los jabones de lavanda, los que mi abuela hacía dos o tres veces por semana, los que cortaba en cuadros pequeños, siempre de la misma medida, los que envolvía en plástico y guardaba en un clóset pequeño, en la esquina de la sala, debajo de la escalera.  

16 de Octubre de 2018 a las 00:26 3 Reporte Insertar 3
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Tarcisio Luna Tarcisio Luna
Lo volvía leer. Me gustaría seguir leyendo cuentos morados, llenos de lavanda, helados de lavanda, confites de lavandas, besos de lavanda. Será posible que la abuelita hiciera pompas de jabón de lavanda?
22 de Octubre de 2018 a las 17:03
Sr Snob Molinos Sr Snob Molinos
Me gustó mucho, no estoy seguro de a que huele lavanda pero pude sentir su olor leyendo este relato.
21 de Octubre de 2018 a las 21:12
Tarcisio Luna Tarcisio Luna
Lindo, simplemente lindo. Creo que lo volveré a leer una vez más.
21 de Octubre de 2018 a las 19:58
~

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