Flotando en mariposas Seguir historia

ange-espinoza Ange Espinoza

¿Un par de mariposas en el estómago? Aburrido. ¿Amar sin nunca ser correspondido? Cansador. ¿Vivir siendo constantemente traicionado? Prohibido. ¿Amar estando siempre escondidos? Digno de impostor. Alex ya está cansado de sufrir, él quiere un amor de verdad. Una persona a la que poder abrazar, besar, y entregarle toda esa abrumadora cantidad de amor que tiene dentro. Zack le va a enseñar que el amor es simple, y que se siente como estar flotando en mariposas.


LGBT+ No para niños menores de 13.

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I

Alex había tenido una vida muy desastrosa.

En ella reinaba el fracaso, y todo por los mismos motivos: el dinero y él como persona.

Quienes se le acercaban esperaban una recompensa debido a su firme lugar socio-económico, y esto terminó por convertirlo en un desconfiado. Desarrolló un trastorno de personalidad por dependencia, quería —o más bien necesitaba— que le dijesen qué hacer, ahora era parte de él complacer lo más posible. No quería ser dejado. No quería volver a ser abandonado y que su corazón fuera hecho pedazos una vez más, lo que le pareció más lógico fue eso, complacer. En todo. Él lo haría.

Tenía veinticuatro años y ya incluso había estado casado, y posteriormente también separado, por un matrimonio que —pese a parecerle de puro interés— aceptó. Su vida se volvió una asquerosa rutina que en verdad odiaba, y terminó por colmarse de un rencor que intentaba esconder. Quería que lo aceptaran como era, que lo sacaran a flote, pero sabía que al refugiarse en esa falsa personalidad sumisa algo como eso no podía pasar. Tenía que salir adelante, pero estaba tan infinitamente solo que si ya se sentía aislado, qué era lo que le esperaba al revelarse.

Se encerró en una burbuja y la gente por fuera intentaba ignorarlo, cuando en verdad le faltaba justamente lo contrario, que lo admitieran, que lo notaran y que lo ayudaran a dejar de estar ahí.

Estos pensamientos revoloteaban en el interior de su mente en el día a día, permanecían mientras obedecía, callaba y se torturaba con la cabeza gacha y asintiendo eternamente. El sentido de la vida era eso para él, agradar y tener alguien a su lado que tuviera presencia, que lo cuidara, e incluso si su interior le dijera que estaba equivocado, no le importaba. No conocía nada más aparte de eso, y con eso iba a quedarse. No se atrevía a salir de su zona de confort que cada vez se volvía más pequeña, porque tenía un miedo tan grande que lo envolvía y asfixiaba y lo único que veía como posible opción era aguantar. No tenía idea de hasta cuándo, ni tenía muy claro el porqué, pero entendía que cosas malas podrían ocurrir al intentar detenerse y que al mantenerse fuerte quizá al final valdría la pena el esfuerzo, es decir, tendría que acostumbrarse, ¿no? Llevaba su vida completa siendo así, después de todo.

Él les compraba lo que llegaran a querer, les daba lo que llegaran a pedir, era capaz de hacer locuras, pero no lograba sentir que el que seguía era distinto en algún sentido al anterior, a veces no podía percibir el cambio. Probó con chicas y chicos —aunque se inclinó finalmente por chicos—, de menor o mayor edad, intentó también con gente de más dinero que él, pero entonces se aprovechaban de su actitud, constantemente existía un punto de quiebre.

Hasta que un día, un mensaje de texto llegó a su teléfono móvil, de un número desconocido.

¿Sabes lo que dicen por ahí que necesitan los chicos bonitos con dinero?

Por alguna extraña razón le hizo gracia. Eso resultó ser, de una manera indirecta y paradójica, lo más directo que le habían dicho. Revisó y el emisor no tenía fotografía, seguramente no lo tenía registrado, le pareció curioso.

¿Qué?

Respondió, con una sonrisa ladeada y recostado sobre las mantas de un ligero color azul que tenía su cama.

A un guapo chico que resulté ser yo, dime cuándo nos juntamos.

Se rió. Fuerte, con ganas, y como no recordaba haberlo hecho.

Había terminado su relación hace un mes y aun sintiéndose frustrado por ello, su trastorno de la personalidad lo presionaba a encontrar pareja y él le llamó la atención en un cierto grado, así que finalmente, después de charlar un par de días, quedaron de reunirse. El chico tenía veintiún años y fue una de las mejores personas que conoció, era muy apuesto y muy querido por todos, lo trataba muy bien y aunque a veces pedía su espacio, como todo el mundo, siempre lo acompañaba. Ya no seguía en la burbuja, y ahora no seguía tampoco sintiéndose solo.

Llevaban seis meses conociéndose, cinco de noviazgo, y por fin sentía que tenía alguien que lo amaba.

Fue en una ocasión, que Alex quiso hacer algo más que solo abrazarse, cuando ese chico lo apartó, se levantó, y se fue, no sin antes mirarlo mientras negaba de forma reprochadora.

No supo por qué pero las palabras no salieron de su boca y dejó que se marchara, como normalmente dejaba que las cosas sucedieran.

Quizá era un poco impulsivo y manipulable, bueno, era demasiado impulsivo y manipulable.

Pasó una semana después de aquel episodio, cuando Thomas, su novio, lo invitó a cenar. Sintió algo extraño en el ambiente, y sus manos comenzaron a temblar cuando subieron juntos a una limusina y se pusieron en camino hacia algún lugar.

Al llegar a un restaurante, lo vio sonreír, satisfecho. Todo estaba decorado de manera hermosa. Las mesas, grandes y de buena madera, tenían manteles exorbitantes de color vino, las flores y su aroma daban una bienvenida magnífica, los meseros eran amables y sonreían al mundo. La cena era su favorita, pero por alguna razón no tenía apetito.

—¿Sabes? Tengo algo que decirte... —dijo Thomas, mirándolo a los ojos.

Alex llenó sus pulmones y luego botó todo el aire acumulado, rápido y cerrando los ojos. Los abrió, dio el primer bocado, limpió su boca, y le devolvió la mirada.

—¿Qué ocurre? —dijo, y frunció los labios al tragar, dejando los servicios a los lados del plato.

—¿No quieres intentar adivinar? —Preguntó su pareja, sonriendo con extraña malicia.

—Bien... —Volvió a inhalar y exhalar como antes—. Quieres casarte, y yo no, eso ocurre.

Las personas comenzaron a darse miradas curiosas e incómodas.

—¿Qué dices, amor? ¿Cómo? ¿No te casarías conmigo? —Preguntó Thomas tan rápidamente que Alex no entendió a la perfección.

—Thomas, yo... ya me casé una vez. Sé ahora que una relación no se hace más estable por eso... ¡De todos modos, si quieres casarte, lo haremos! Pero... ¿tiene que ser ahora?

Una burlesca carcajada resonó por el lugar.

—¿Sabes lo que estás diciendo, tontito?—Subió la mano y abrió una diminuta caja, mostrándole el anillo con un gran diamante.

—¿Disculpa?

—Oye, ¿estás escuchándome? Vamos a casarnos, Alex.

Thomas hizo una señal y la música comenzó a sonar, la gente de las demás mesas, confundida, aplaudía, mientras Alex se mantenía preocupado mirando a quien acababa de rechazar sonriéndole nervioso, y notoriamente molesto.

—Ahora sí, ¿te casarías conmigo?

—Yo... no lo sé.

—¿Te casarías conmigo, sí o no?

—No —masculló, un poco más firme.

—¿Qué fue lo que dijiste?

—¡No, Thomas! —Gritó, explotando por primera vez en su vida, y sin querer, empujó la mesa de manera brusca, haciendo que la botella que contenía un caro vino se estrellara contra el piso estruendosamente.

La melodía se detuvo.

Se volteó para dirigirse a la puerta principal y salir del recinto de una vez, cuando sintió una fuerte presión en su muñeca izquierda.

—¡No te vas a ir, maldita sea! —Gritó Thomas, mostrándose violento, una sorpresa para Alex— ¡Nos vamos a casar, y voy a poder mejorar mi jodida reputación gracias a ti! ¿Entendiste? ¡Acá vas a quedarte, y voy a follarte si es lo que quieres, aunque me dé puto asco siquiera tocarte!

Alex sintió una fuerte punzada en su corazón, incluso mareándose por un momento, los meseros vieron esto y corrieron a la cocina a avisar cómo había resultado todo, para que el dueño pusiera orden en el lugar. Se sentó, mientras las lágrimas caían por sus mejillas, su respiración era irregular y no podía creer que todo eso estaba pasando.

Era su culpa, su maldita culpa, ¿tanto costaba decir que sí? No habría escuchado eso, y hubiera vivido feliz de vuelta en su burbuja, acompañado de Thomas. No solo, como estaba ahora.

Tenía ganas de gritar, y de golpear a Thomas, y de... de acabar con todo, de morir, de vivir, estaba ahogándose en sentimientos tan fuertes y envolvedores que jamás había sentido. Y en serio deseó, en serio deseó, estar en medio del mar flotando tranquilamente, y se aferró a ese pensamiento.

Estaba logrando tranquilizarse, cuando escuchó a todos murmurando. ¿Qué sucedía, se burlaban, sentían lástima? ¿Qué pasaba?


Miró por sobre su hombro, hacia la izquierda, que era a donde notó que se dirigían las miradas. Un chico alto estaba de pie ahí, altísimo, de hecho. Le calculó a simple vista más de un metro noventa, estaba cruzado de brazos, y supo de inmediato que era el dueño del restaurante.


Alex vio cómo el desconocido lo escaneaba desde donde estaba, y sintió un escalofrío recorrer su espina dorsal. Se paró, y se acercó, cabizbajo. Cuando estuvo lo suficientemente cerca, alzó nuevamente la mirada y entre sollozos poco claros, pidió perdón.

Pidió perdón, y pidió perdón, y se desgastó pidiendo perdón.

Y de repente, sintió unos brazos rodeándolo. Increíblemente cálidos, y quiso quedarse ahí, porque en serio se sintió como... paz. Una paz abrazadora.

Escuchó cómo aquel chico que lo abrazaba, dijo que sacaran a Thomas del local de inmediato, todo el tiempo con el mentón apoyado en su cabeza, y abrazándolo, traspasándole cada vez más de aquella paz infinita. El chico besó luego su mejilla, y se fue.

Alex sintió dentro de él algo peor que cuando Thomas había pronunciado esas palabras tan crueles. Sintió que le habían arrebatado su paz, de una vez, sin consideración alguna, en cambio, su... ahora ex novio, no le había arrebatado más que la falsa paz que creía tener.

—Ten, pequeñín. Come un poco, calenté tu comida.

Alex en serio quiso pedirle un abrazo más, pero no se atrevió, ya había dicho que no a Thomas, ¿y ahora iba a ir por ahí pidiendo cosas?

—Gracias, pero no tengo hambre... Yo... No quiero molestar más, permiso.

Se iba a levantar cuando sintió al chico abrazándolo otra vez, y una fuerza que desconoció, un cierto... egoísmo —aunque solo para él algo como eso sería ser egoísta—, lo obligó a mantener ese abrazo. De todos modos, era la única muestra de "afecto" y de cero interés que había recibido quién sabe en cuánto tiempo.

—Hey, ¿Alex, no? —Sintió cómo Alex movía la cabeza asintiendo—. Mira... El amor es como unos pájaros, ¿está bien? Son pájaros que, sin estar enjaulados, deciden estar con otros por eso, porque se aman. —Aquel chico, dueño del restaurante, acariciaba lentamente el cabello del más bajo—. Deciden que otro pájaro será su compañero, manteniendo la libertad, porque se aman. No hay jaula. No la hay. ¿Entiendes? No hay ninguna obligación de estar juntos, no es un deber, es tu elección. Después de todo, es tu amor, tu corazón, no es el de nadie más.

Sintió un beso en su frente, y un escalofrío. ¿Qué pasaba con ese extraño? ¿Sería así de bueno con todas las personas, o lo estaba siendo con él por lástima? No supo la respuesta, solo... se volteó y devolvió el abrazo.

—Y tú... Como toda tu vida has pensado que estás en una jaula, viste sus barrotes, los confundiste con los que creíste tuyos y pensaste que quizá estaban enjaulados juntos. Destinados, ¿o me equivoco, pequeñín?

Alex no se contuvo, y solo... lloró. Lloró. Y por fin alguien, en toda la faz de la Tierra, lo aceptó con lágrimas. Lo aceptó triste.

—El amor es como... flotar en mariposas, pero mariposas que te hacen sentir seguro, al principio dudas de... cómo si son mariposas, pueden aguantar un sentimiento tan enorme, y se tambalean un poco, probablemente. Después, solo confías. Y flotas, Alex. Flotas en una enorme y abrumadora paz.

Alex se separó un poco, y rió bajito, no podía creer lo mal que había ido su día, y de los nervios, hizo un comentario que consideró estúpido:

—Adoro las mariposas —dijo, para luego por fin ver la tarjeta que tenía, con su nombre, aquel chico en su bolsillo izquierdo—, Zack.

—Te harán flotar algún día, pequeño Alex.

10 de Octubre de 2018 a las 23:22 2 Reporte Insertar 0
Continuará… Nuevo capítulo Todos los domingos.

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Ange Espinoza Me gustan las galletas

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Lesbianas Venezuela Lesbianas Venezuela
Me ha gustado bastante la historia, el título es bastante llamativo, por él, es que estoy acá leyéndote. Me gustaría que le arreglaras ciertos detalles de gramática y ortografía que tienes, sobre todo en las mayúsculas que debes colocar seguido de tres puntos. Describir un poco más las características de los personajes, porque sin eso, uno, no se identifica muy bien con ellos. Has escrito una frase, que de verdad me ha encantado es" “El amor es como unos pájaros, ¿Está bien? Son pájaros, que sin estar enjaulados, deciden estar con otros, por eso, por qué se aman.” Es un buen pasaje, con un detalle de corcondancia, pero gusta mucho. Por favor, no tomes a mal nada de lo que aquí te expongo. Ya que lo que te digo sólo lo hago para que mejores como escritor y puedas mejorar la historia y que obtengas más lectores. Cualquier cosa que necesites, la plataforma Inkspired y yo estamos a la orden. ¡Saludos!
11 de Marzo de 2019 a las 16:47

  • Ange Espinoza Ange Espinoza
    ¡Hola, mucho gusto! No, no me lo tomo a mal, pero no siempre después de los puntos suspensivos va mayúscula :P Además de eso, ¿qué error de gramática encontraste? Gracias por tu comentario. 11 de Marzo de 2019 a las 19:24
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