Amor a primera vista Seguir historia

isela-reyes3051 Isela Reyes

Yeri sabe lo que le espera cuando su padre anuncia su compromiso. El problema es que ni siquiera lo ha visto, como puede esperar ser feliz, con un completo desconocido?


Romance Romance adulto joven No para niños menores de 13.

#Boda-Amor
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Prologó

Su mirada contempló el largo de su atuendo, era verdaderamente una pieza hermosa, hecho con las mejores telas y probablemente el más bello vestido de novia que aquel lugar hubiera visto. Su madre y tías estaban encantadas y ni mencionar a su hermana. Todas las mujeres, menos ella, desde luego.

Cogió un pequeño respiro, cerrando los ojos y pasando las manos por su vientre, donde los nervios comenzaban a provocarle ganas de volver el desayuno. Algo que definitivamente nadie vería con buenos ojos, sin embargo, ¿Qué podían saber ellos? No estaban en su lugar, no estaban a punto de casarse con un desconocido, porque sin importar todo lo escuchado sobre su persona, sería hasta ese día, al pie del altar, que vería por primera vez al hombre con el que estaba destinada a pasar el resto de su vida. Alguien que bien podría ser una mala persona. Presionó las palmas de las manos en su estómago, al recordar la expresión tormentosa y las lágrimas que su prima Catalina había derramado cuando quiso saber cómo iba su reciente matrimonio. No lo había expresado, pero le basto una mirada para entender lo infeliz que era y la impotencia bajo la cual se encontraba.

―Suelta ―ordenó su madre dando un golpecito en sus manos―. Vas a arrugarlo.

Miró a su madre, lucia radiante, los pendientes en sus orejas parecían pequeñas estrellas, pero no eran tan relucientes como sus ojos. Si, ella parecía tener más entusiasmo e ilusión.

―¿Le conoces? ―intentó de nuevo, poco había conseguido saber, ya que se suponía que una señorita no preguntaba por hombres, ni siquiera por aquel que había pedido su mano y arreglado un matrimonio. Todos hablaban sobre su fortuna y la buena posición de la que gozaría, pero ¿y el amor? ¿Y el romance? Ni siquiera una pequeña nota había recibido, ¿Cómo podría sentir anhelo por alguien que era una simple proyección sin rostro?

―De lejos ―murmuró distraídamente su madre, mientras continuaba revisando cada pequeña parte de su figura, comprobando que todo estuviera en orden. Su cabello había pasado la prueba, lo mismo que su rostro, aunque intuía que aquello se trataba más del deleite de jugar con los pequeños volantes de encaje que adornaban sus piernas―. Sabes que vive en la ciudad, es un hombre muy ocupado.

―Sigo diciendo que al menos debieron tener un pequeño tentempié antes de la boda o un paseo.

Quiso dar un rotundo “si”, apoyando la idea de su tía, pero la mirada que su madre disparó a su cuñada la persuadió al instante.

―No hay nada que temer.

―Claro que sí. Podría ser un viejo rabo verde.

―No lo es ―descartó su madre, tomando sus mejillas, dándoles un pequeño pellizco―. Estás pálida, cariño.

―Yo estaría igual.

―Calla. La estás poniendo nerviosa. ―Eso pareció hacer sentir culpable a su tía que rápidamente comenzó a desestimar todo lo dicho, no obstante, las semillas de las dudas estaban germinando en su mente. Y cuando un golpe en la puerta anunció la hora, casi pegó un salto.

Su padre estaba ahí, para llevarla hasta la entrada de la capilla, donde esperaban todos sus conocidos y aquel hombre.

―Es la hora ―anunció su padre, quien le dirigió una dura mirada.

Se obligó a componer su expresión y poner una sonrisa ensayada, que mostrara cortesía. Aceptando su brazo, se dejó guiar, suplicando internamente y luchando contra el impulso que tenia de huir.

La música acompañó su entrada al recinto sagrado, justo con los susurros de presentes, pero su atención estaba puesta en la figura, que se mantenía de espaldas. No parecía alguien mayor, aunque si debía ser más alto y robusto que su padre. La marcha fue casi un borrón, su corazón más inquieto que un pajarillo, las piernas amenazando con fallar. Su progenitor le dio una mirada significativa que le hizo poner más nerviosa.

Una buena hija es aquella que acata las ordenes de sus padres sin replicar o cuestionar, ya que ellos siempre buscaran lo mejor para ella.

Se sabía la frase de memoria, pero eso no había ocurrido con su prima. ¿Por qué debía ser así en su persona? No era una mala hija, nunca lo había sido, ni tampoco temido al matrimonio, algo tan natural y que a su edad debía ser, pero pensar que le esperaba algo igual o peor que a Catalina la tenía tan mortificada...

Su respiración se atoró en su pecho, cuando despacio él se giró, encontrando sus ojos. Era el hombre más apuesto que hubiera visto, varonil, un par de años mayor, pero no demasiados, parecía estar en la plenitud. Su porte denotaba clase. Su rostro sereno no reveló nada de su sentir, pero cuando sus manos se tocaron, una chispa le hizo buscar esos grandes ojos claros, que parecieron sonreír y encantarle.

Las palabras de su padre cayeron en oídos sordos, toda su atención volcada en él, que parecía tan interrogante como ella. Tomó su mano con firmeza, pero no había brusquedad en su toque y la hizo tomar lugar junto a él.

Su marido era el hombre más guapo que jamás hubiera visto, pero ¿Cómo sería su corazón? Aprendió a no fiarse de la belleza, Arthur era un hombre apuesto, que parecía tener aterrorizada a una mujer tan noble y amable como su prima. No tenía una garantía, todo lo contrario, las dudas se dispararon.

La llamada del sacerdote la hizo prestar atención y reservar su curiosidad para después. Debía parecer una boba, pero para alguien que no veía muchos hombres y menos tan apuestos, aquello le había tomado complementa por sorpresa.

Robando algunos vistazos, comprobó que su primera impresión no era errónea. Él era tan atractivo, que parecía alguna especie de ángel. Como el mismísimo Arcángel Miguel, que bien podría ser peor que un demonio… se censuró, prohibiendo a sus pensamientos ir en esa dirección, especialmente encontrándose en presencia de Dios.

La ceremonia pareció interminable, hasta que anunció la tan conocida frase “puede besar a la novia”, que le hizo consciente de que tras cruzar aquella puerta, estaría a su merced.

Como una muñeca, permitió que tomara su barbilla y depositara un pequeño beso en su mejilla. En la cercanía del acto observó sus ojos, no había malicia, más bien cierto aire travieso y curiosidad, acompañada por una apenas perceptible sonrisa que hizo volar su corazón.

―Dime, esposa mía, ¿crees en el amor a primera vista? ―su voz fue apenas un susurro audible entre la algarabía de los invitados―. Ahora creo. 

30 de Septiembre de 2018 a las 05:39 0 Reporte Insertar 0
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