Mi adorable problema (familia Allen 3) Seguir historia

cathbrook Catherine Brook

La experiencia debería haberle dicho a Lady Georgiana Birch que acercarse mucho a un Allen solo traía consecuencias negativas. No obstante, no pudo evitar sentirse atraída por aquel adorable hombre que parecía ser todo lo que una mujer deseaba, asi como no pudo evitar aceptar su ayuda en aquella situación que la acongojaba. El percanse: el hombre tenía una mala suerte contagiosa y facilidad para atraer los problemas. Lo peor era que una vez lo conoció, pareció haber sido víctima de un maleficio y le eran imposible zafarse de él. Su mala suerte llego hasta puntos inimaginables y terminó en situaciones que jamás pensó. Alec inconscientemente le mostraría un mundo que desconocía y terminaría envuelta en aquel sentimiento del que nunca fue participe: el amor. Solo que, ¿estaba dispuesta a dejar su tranquila vida de lado para embarcarse en su mundo? Era algo a tomar en cuenta, pero para su mala suerte, cortesía de él, no le dieron o opción de elegir.


Romance Histórico No para niños menores de 13.

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Capítulo 1

—¡Georgiana, tienes que casarte! ¡Georgiana, se te está acabando el tiempo! ¡Si sigues así, Georgiana, te quedarás soltera! —Se mofó la mujer sintiendo como su exasperación crecía por momentos—. ¡Georgiana! ¡Georgiana! ¡Georgiana! ¡¿Es que acaso madre no se sabe otro nombre?!

Lady Georgiana Birch pateó una de las piedras del jardín de Lady Darling importándole poco que sus delicadas zapatillas de baile se mancharan de tierra en el proceso. Estaba cansada, harta, hastiada y todos los sinónimos que se le pareciesen. Su madre no cesaba de repetirle lo poco que le quedaba para conseguirse un buen partido y ella ya estaba perdiendo la paciencia.

Desde joven había tenido claro que como dama de buena cuna, su deber era casarse con un caballero de respetable posición, tener hijos y ser feliz en la medida de lo posible. Había sido educada para ser la esposa perfecta y una dama de envidiable conducta. Las mejores institutrices consiguieron lograr que su carácter fuera aquel que un hombre buscara y encontrara interesante. Había aprendido todo lo que necesitaba para cumplir el deber para el que había nacido. Sabía perfectamente cual era su responsabilidad y por ello, que se lo recordasen a cada momento le empezaba a exasperar y, cabe acotar, que ella no era de las que perdía la paciencia con facilidad.

Si de algo podía enorgullecerse, era de su capacidad para mantener la calma en las situaciones más críticas, ni siquiera cuando una mujer medio loca arruinó su propuesta de matrimonio más aceptable, hace ya dos años, había perdido la calma; y se debe mencionar que gracias a esa mujer había terminado dentro de una fuente y tuvo inventar todo tipo de excusas para salir indemne del interrogatorio de sus padres.

También había mantenido la compostura cuando el loco hermano de esa mujer, arruinó, meses después, otra propuesta de matrimonio aceptable debido a un acontecimiento que prefería no recordar.

Sentándose en uno de los bancos del jardín, recordó la primera escena con una mueca y cierto lamento. Lord Conventry era y posiblemente sería, el mejor pretendiente que tuvo en sus tres temporadas en sociedad. Era el perfecto caballero inglés, educado, con principios morales claros, y sería en ese momento su esposo si aquella Allen no hubiera intervenido, y vaya que había intervenido. Georgiana no podía acusarla de haberla empujado o tirado a la fuente apropósito, claro que no, pero su solo apellido y presencia bastaba para justificar cualquier inconveniente que le sucediera a alguien cerca de ella y echarle la culpa; y es que se decía que los Allen estaba malditos y por eso siempre vivían en líos. Cosa que no debía ser mentira, ya que había sido otro Allen, el que había impedido su futuro matrimonio con el marques de Carisbrooke. No era el hombre que mas hubiera tomado en consideración, pero era un buen partido que había perdido, no tanto como Lord Conventry, pero un buen partido en fin.

Nunca comprendió como alguien tan correcto como Lord Conventry pudo terminar casado con alguien así, una Allen, pero Georgiana no le guardaba rencor a la muchacha, al menos no del todo. Cualquiera que hubiera podido verlo se habría dado cuenta que la pareja se profesaba un infinito cariño y aunque ella en particular no era fiel creyente del amor eterno hacia alguien o alguna otra de esas tonterías románticas, no negaba que la pareja parecían ser felices juntos y ella hubiera sobrado en todo el asunto. No obstante, si podía culpar de algo a Angelique Allen, ahora condesa de Conventry, era de su situación actual. Su hermano y ella tenían la culpa de su situación actual.

No se podía decir que creyera en maleficios o supersticiones, pero definitivamente no podía negar que todos los que llevaban el apellido Allen eran problemas, escándalos y mala suerte andante. Como ya había podido comprobar, bastaban cinco minutos en su presencia para que la mala suerte que emanaban por cada poro se esparciera a los demás como si de una enfermedad se tratase, y en eso, y esos desafortunados incidentes de hace dos años, Georgiana justificaba su actual condición de soltería y la incapacidad de encontrar a alguien que satisficiera sus expectativas.

Vanidosa como cualquier dama de su posición, se sabía poseedora de una belleza atrayente y angelical. Si había tenido alguna duda de ello, en su primera temporada todos los hombres que se le acercaban se encargaron de confirmárselo. Lamentablemente perdió toda una temporada en una "relación" con Lord Conventry, sabiéndose segura de que sería su esposa, pero después de romper el no anunciado compromiso, tampoco creyó que el asunto le afectara tanto considerando todas las virtudes que poseía. Y no fue así. Consiguió a Lord Carisbrooke, pero no haberse presentado en su propuesta por aquel estúpido Allen y la dama que era ahora su esposa, tampoco ayudó mucho en su afectada reputación.

Por supuesto, con lo de Lord Conventry hubo rumores, como no haberlos cuando la sociedad casi los veía casados; pero ella pudo haber jurado ante cualquier entidad divina que conseguiría a alguien, no solo por su belleza, sino por su carácter afable y sus buenas maneras. Era todo lo que se esperaba de una dama ¡Era perfecta! Por ello no podía achacar su soltería a otra cosa que no fuera mala suerte contagiada por aquella criatura de apellido maldito.

Al principio, después de ese desastroso incidente de la fuente, Georgiana concentró su total atención en el marqués de Carisbrooke, que siempre la había pretendido y era la segunda opción más aceptable. No era viejo, poseía un título alto, aunque su reputación no era tan intachable como la de Lord Conventry, y tampoco era tan apuesto como este, no era un mal partido. Ella sabía que podían llevarse bien, pero lamentablemente, no tuvo oportunidad de comprobarlo. Después de ahí, su suerte se rodó colina abajo, junto con la larga lista de pretendientes que tenía. Los hombres la empezaron a considerar más fría de lo que ya la creían, y muchos no se le acercaban. Meses después murió su padre, y un largo año de luto la había llevado al olvido, le quitó un año de edad casadera, y la hizo más vieja y menos aceptable para los hombres que quedaban. A estas alturas, en su tercera temporada y con veintidós años de edad, había quedado casi rezagada, por lo que no estaba segura si debería aceptar la propuesta del hombre que llegaría en unos momentos, o simplemente seguir escuchando los reclamos de su madre por el resto de sus días.

El duque de Grafton, era el único hombre que había seguido pretendiéndola a pesar de todo. No era una mala persona, y su título era más que un incentivo para cualquiera, el problema radicaba en que tenía casi cuarenta años más que ella. Casarse con alguien pasado de edad nunca estuvo en sus planes, pero desesperada una podía reconsiderar cualquier cosa. Era el duque, o los reclamos de toda una vida de su madre. Su padre no hubiese dudado en comprometerla dadas las circunstancias, pero Dereck era más flexible al respecto. Para él, su hermana tenía el juicio suficiente para decidir con quien pasar el resto de sus días, y eso era algo que odiaba. Si la obligara a casarse, ella no estaría en ese dilema.

Observó a los lejos y vio que el duque se acercaba, por lo que siguiendo las más estrictas normas de como debe actuar una dama, Georgiana trasformó su postura a una glácil y cambió cualquier expresión hostil de su rostro a una inescrutable con la misma facilidad de una actriz de Drury Lane. Todavía no sabía cual sería la respuesta que daría, pero primero tendría que escuchar la propuesta.

A pesar de que no había alentado al duque para avanzar, tampoco había cortado de raíz sus intentos, así que lo mínimo que se merecía el hombre era ser escuchado. Después, diría su respuesta sin pensarlo mucho, o terminaría corriendo de regreso a la mansión. Esperaba que pudiera salirle una respuesta espontánea, y anhelaba que esa respuesta fuera conveniente para su futuro o se arrepentiría de por vida.

El hombre empezó a acercarse más y Georgiana desvió la vista hacia unos arbustos, para dar la impresión de estar distraída. No debía dejar que él se percatase de que lo esperaba ansiosa o algo por el estilo.

Calculó mentalmente cuanto tardaría en llegar, y mientras esperaba, comenzó a tararear una canción para obligar a su mente a dejar de maquinar los pro y los contra de la unión, o del posible rechazo. Al duque debían faltarle al menos siete metros para llegar a ella, cuando sintió que alguien ponía sus manos en sus hombros desnudos, y susurraba en su oído.

—Sabía que vendrías.

Por instinto, Georgiana giró su cabeza pero no pudo distinguir el rostro del recién llegado porque unos labios se apoderaron de los suyos en el mismo instante en que su cuello se giró.

La sorpresa no la dejó reaccionara a tiempo y los labios del desconocido se movían sobre los suyos desorientándola a cada segundo que pasaba. Jamás había dejado que ninguno de sus pretendientes la besara y ahora un hombre robaba sin si permiso la castidad de sus labios, siendo quizás lo peor que el contacto no era desagradable como su madre siempre repetía. A medida que pasaba los segundos, algo dentro de ella le instó a responder, a probar, pero solo el sentido común desarrollado impidió que callera en la tentación.

"Esto no esta bien" le recordó su consciencia y solo entonces su cerebro se vio capaz de reaccionar y apartar con todas sus fuerzas al desconocido. El hombre parpadeó sorprendido, pero cuando sus ojos se encontraron, el desconcierto brilló en los de él.

—Dios—murmuró con voz atónita el hombre—yo...—pero no le dio tiempo a terminar, pues un carraspeo los hizo girar la cabeza.

Solo los más estrictos años de educación impidieron que Georgiana soltara un lamento en voz alta demostrando su tristeza ante la mala suerte ¡Se había olvidado de Lord Grafton!

"Otra propuesta arruinada no, por favor" rogó en silencio pidiendo al cielo clemencia. Eso no podía ser posible. Una era mala suerte, dos casualidad, pero una tercera propuesta arruinada significaría que había perdido el favor del Dios. Estuvo tentada de preguntar el nombre del desconocido por si resultaba ser un Allen, pero se contuvo, no era el mejor momento, ni la mejor conversación cuando tenía que salvar la situación.

—Lord Grafton, le aseguro que esto no es lo que parece.

Lord Grafton observó con sus dilatados ojos azules al desconocido y luego a ella. Su mirada reflejaba orgullo herido y decía lo poco que le creía. Ella miró al hombre esperando que intercediera a su favor, pero este solo fruncía el ceño y miraba alternativamente al duque y ella.

—Señor, le ruego que le explique a su excelencia que esto ha sido un malentendido.

Alec parpadeó para volver a la realidad. Diría que eran demasiadas cosas en un día, pero había estado en situaciones peores, así que debería estar acostumbrado. Observó los ojos de la mujer que había confundido con la viuda Adkins y vio el ruego en ellos. Por lo visto, acaba de interrumpir una cita amorosa, o una posible propuesta de matrimonio. Ya que la persona que tenía a su lado era Lady Georgiana Birch, incapaz de hacer algo indecoroso como salir sola a pasear al menos que fuera por motivos más severos, Alec supuso que era la segunda. Lo que lo había dejado atónito era que una mujer poseedora de semejante belleza fuera a casarse con un hombre que le triplicaba la edad. O puede que no fuera a casarse, es decir, bien podía haber negado la propuesta.

—Señor...—insistió la dama obligándolo a volver a la realidad.

Preparó rápidamente una buena excusa y abrió la boca para aclararlo todo, pero Los Grafton se adelantó.

—Creo, Lady Georgiana, que he recapacitado mejor el asunto. No quiero interponerme entre usted y su...acompañante, por lo que ruego que me disculpa...

—Pero Lord Grafton—protestó la mujer—esto no ha sido más que un malentendido. Yo ni siquiera lo conozco. Señor por favor, aclare el asunto—instó mirando a Alec, presionándolo para que hablara-

Una persona normal hubiera visto la advertencia el sus ojos y se hubiera apresurado a hablar, pero Alec no lo hizo. Seguía sin poder creer que alguien así quisiera casarse con un viejo como el duque por muy alto que fuera el título. Por ello, y analizando los motivos que llevarían a la dama a al grado de desesperación para llegar tan lejos, no dijo nada de inmediato y el duque giró sobre sus talones diciendo.

—No se preocupe, Lady Georgiana, le doy mi palabra de honor que por mi parte, este asunto se mantendrá en la absoluta confidencialidad. Buenas noches.

Georgiana casi deja caer la mandíbula al piso cuando lo vio alejarse y no supo como mantuvo sus nervios bajo control. Eso en verdad no podía haber pasado. No podían haber arruinado la propuesta de un duque.

—¿Se puede saber que ha pasado? —lo encaró intentando moderar su tono de voz y mantenerse lo más calmada que pudiese—¿Tiene la mínima idea de lo que esto pudo haberle hecho a mi reputación? ¿Por qué no ha desmentido el malentendido? ¿Es consciente de que acaba de arruinarme un futuro como duquesa?

Que no estuviera segura de si aceptaría o no la propuesta, le restaba importancia a la situación. Bien podía haber dicho que sí, pero ahora lo sabría, y todo por culpa de él. Tenía que hacerlo sentir culpable.

—Lamento mucho todo esto—se disculpó con la vergüenza impregnada en su voz—la he confundido con alguien.

Lo que le faltaba, haber sido confundida con una amante o alguna esposa de faldas ligeras.

—¿Por qué no ha dicho nada? ¿Por qué no aclaró el asunto? —cuestionó cada vez más molesta.

"No pierdas la compostura, Georgiana, no pierdas la compostura" se repitió para poder mantenerse tranquila y no zarandearlo.

—¿En verdad pensaba casarse con ese hombre? ¿No puede conseguir un mejor partido que alguien de sesenta años?

"No pierdas la compostura, Georgiana, no pierdas la compostura"

¡Eso a él que le interesaba!

—Creo el la respuesta no es de su interés. Exijo saber el motivo por el que me ha condenado a buscar otro pretendiente.

El hombre pasó una nerviosa mano por sus castaños cabellos y le dirigió una sonrisa tan adorable, que ella le hubiera perdonado la ofensa de no ser grave el asunto. Era sorprendente como una simple curvatura de labios podía ser tan insignificante y a la vez expresar tanto. A Georgiana le recordaba a un niño que te sonreía para disculparse por una travesura, y tu no le podías decir que no porque era tan inocente...!Pero ese hombre no era inocente! Él sabía perfectamente lo que había hecho y también debía de ser consciente del efecto que la sonrisa causaba en las personas. Debía incluso de estar acostumbrado a meterse en problemas y ser perdonado por ellos. Solo que Georgiana no lo perdonaría, no lo perdonaría porque era la tercera vez que le arruinaban una propuesta, y aunque él no tuviera que ver con las demás, todos tenían un límite, incluso la dama de invierno, como la gente solía llamarla por su frialdad, tenía uno.

—¿Y bien? —instó al ver que no decía nada. No pensaba moverse de ahí hasta no obtener una explicación y una disculpa decente, poco le importaba que permanecer a solas con él fuera del todo incorrecto.

—Solo no he reaccionado a tiempo. En verdad, lamento la confusión, y el beso.

Georgiana se sonrojó al recordar el beso inesperado y usó todas sus fuerzas para no perder la calma y tratar el asunto con la importancia requerida. El hombre debería aprender a no andar besando a mujeres sin verles primero la cara.

—¿Le hubiese tomado mucho tiempo verificar mi identidad? ¿O es de los que siempre actúa por impulso? Si hubiera sido casada, y hubiera sido mi marido el que nos descubriera, ¿Qué cree que había pasado?

Alec se sentía como un niño pequeño recibiendo una reprimenda bien merecida ¿Por qué siempre se encontraba en ese tipo de situaciones? La respuesta no debía ser muy difícil, era un Allen, y por ello, los atraía problemas como miel a las abejas. No obstante, en verdad nunca consideró verse en uno similar a ese. Acababa de arruinarle a ella una buena proposición de matrimonio y pudo poner en riesgo su reputación, sin embargo, no estaba del todo arrepentido. Sentía que ella no hubiera podido ser feliz con alguien tan mayor, estaba seguro de que podía encontrar a alguien más.

Como Alec no era de los que se guardaba las cosas para sí, le dijo.

—Sabe, creo que le he hecho un favor. Ustedes jamás congeniarían.

"No pierdas la compostura Georgiana, no pierdas la compostura"

¡¿Quién era él para decidir eso?!

—¿Cómo se atreve? Usted no es nadie para saber lo que me conviene.

—Puede que no, pero a simple vista se ve ¿Tan importante es para usted un título? ¿O no se cree capaz de atraer a un mejor partido?

"No pierdas la compostura Georgiana, no pierdas la compostura"

Para mala suerte de ella, la frase ya no estaba surtiendo tan buen efecto como antes, cada vez se le hacía más difícil mantenerse calma y ya ni la educación más estricta parecía querer imponerse.

—Puede que deseara casarme para enviudar rápido—dijo sin saber muy bien el motivo de la frase. Quizás solo hacerlo consciente del daño que suponía para ella la pérdida de la propuesta que no sabía si aceptaría.

Él negó con la cabeza.

—Usted no es ese tipo de persona—afirmó él, y a ella le sorprendió que lo dijera con convicción.

—¿Cómo puede estar tan seguro? No me conoce.

—Estoy seguro, eso es todo. Creo que más bien estaba desesperada ¿Cómo es que semejante ángel no pueda tener una mejor oferta de matrimonio?

De no haber estado acostumbrada a cumplidos en sus mejores años de sociedad, Georgiana se hubiera ruborizado como una adolescente, pero dado que ese era un asunto serio, no permitiría que nada la sacara del contexto, ni siquiera el hecho que alguien todavía la considerase bella y digna de pretendientes como ese hombre.

Ese hecho le hubiera dado esperanzas si no supusiera que lo hacía para salir indemne del asunto.

—A usted no debe interesarle mi vida, solo quiero que aclare todo con el duque.

—¿Piensa que creerá en mi palabra ahora?

Georgiana suspiró. No, no lo haría, era muy tarde.

—Váyase—pidió con todo el autocontrol que fue capaz de reunir. Deseaba quedarse sola un rato, no importaba que no fuera correcto, pero necesitaba aire fresco para poder recuperar el control de si misma y pensar una buena excusa para justificar a su madre que no se casaría con el duque.

Alec, presintiendo que la mujer no estaba del todo bien, se vio tentado de decir algo más, pero desistió sabiendo que quizás no era el mejor momento, y todo lo que dijera ella lo tomaría a mal. Así pues, giró sobre sus talones y empezó a caminar de regreso a la velada, hasta que recordó el motivo por el que había ido ahí. Molesto consigo mismo por haberlo olvidado, volvió a girar y dijo con tono esperanzado.

—¿No ha visto por acá a la viudad Adkins?

Georgiana, inmersa en su mundo, tardó diez segundos en comprender la pregunta, y otros diez segundos en atar los cabos. Cuando lo hizo, la rabia bullía en su interior y amenazaba con explotar con la misma fuerza que un volcán en erupción.

—¿La viuda Adkins? ¿Me ha confundido con la viuda Adkins?

Los puños apretados le demostraron a Alec que acaba de prodigarle una ofensa de la que no era consciente. No entendía porqué su reacción. Sí, la había confundido con la viuda Adkins ¿Qué tenía de malo? La viuda no era una mala persona, o alguien de escandalosa reputación para decir que la había confundido con una paria. No entendía la razón de su molestia..

Georgiana no supo como se controló. Con una viuda, la había confundido con una viuda. En otras palabras, la había confundido con alguien que debía llevarle al menos cinco años ya tenía la apariencia de alguien mayor. Observó que él no parecía darse cuenta del motivo de su molestia y obligó, por milésima vez en esa noche, a mantener bajo control sus emociones.

—No la he visto—dijo respondiendo a la pregunta inicial—Váyase, por favor.

Alec asintió algo melancólico. Si ella no había ido, significaba que todo estaba definitivamente acabado. Debió haberlo supuesto, ella no dio ninguna muestra de querer algo serio, pero la esperanza era aquel sentimiento que no necesitaba mucho para florecer.

Comenzó a alejarse, pero a medio camino se detuvo y observó a lo lejos a la mujer que se sentaba en uno de los bancos. Era bonita, demasiado bonita y Alec se sintió bien por haber impedido semejante absurdo de boda. Podía conseguir a otra persona más adecuada. No comprendía porque su nivel de desesperación para llegar a aceptar a alguien tan mayor. No es que fuera extraño, el hombre era un duque, algo difícil de rechazar y los matrimonios de ese tipo eran comunes en sociedad. Sin embargo, él había escuchado hablar de Lady Georgiana, y no era del tipo de personas que ponía la desesperación por encima del futuro. Buscaba un buen partido como todas las demás debutantes, pero tenía suficiente cerebro para pensar bien las cosas.

Pocas eran las veces que Alec aparecía en bailes de sociedad, o prestaba atención a cotilleos, por lo que desconocía lo popular que era la mujer en ese momento, pero sin duda no debía ser grave su situación para llegar a esos extremos. Aún así, se sintió mal porque para ella el asunto era importante. Quizás debería redimirla...

Observó que tomaba una flor del pequeño jardín y empezaba a arrancar los pétalos como niña pequeña enfurruñada. La imagen se le tornó divertida y sin ser consciente, empezó a caminar otra vez hacia ella. Se acercó silenciosamente por detrás y escuchó como murmuraba.

—Me caso, no me caso—mientras arrancaba pétalos de la flor.

Él se mantuvo en silencio, y cuando ella llegó al último pétalo, soltó un suspiro resignado y dijo.

—Me caso.

—Ve, de todas formas se va a casar, significa que esto no le afectara tanto.

Al escuchar de nuevo la voz, Georgiana tuvo ganas de gritar de exasperación, pero solo se limitó a lanzar una mirada fulminante al que se atrevió a inmiscuirse en sus lamentos personales.

Sin esperar que dijera algo, Alec se sentó a su lado y le sonrió. Ella desvió la vista como si pretendiera ignorarlo, pero que el hombre se quedara ahí, solo observándola, le causó tanta incomodidad que no pudo evitar volver a verlo.

—¿Por qué sigue todavía aquí? Quiero estar sola.

—En verdad lo siento—se disculpó e nuevo, esta vez con más sinceridad que las otras veces. "Lo siento" eran palabra con la que los Allen estaban familiarizados, por lo que tendían a salir de forma inconsciente y a veces sin ningún sentimiento real—quiero ayudarlo.

—¿Cómo? ¿Se va a casar usted conmigo? —ironizó—El daño ya está hecho.

Alec negó con la cabeza negándose a ser pesimista.

—No, claro que no. Pero yo podría...—pensó un momento en la mejor manera de redimir el daño, y cuando se le ocurrió una, sus labios formaron una sonrisa—yo podría ayudarla a encontrar esposo.

Maravilloso. Ahora también trataba con un loco.

18 de Septiembre de 2018 a las 22:46 4 Reporte Insertar 104
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Altagracia Arias Altagracia Arias
Me gustó muy interesante
26 de Agosto de 2019 a las 18:36
Maria Jimenez Maria Jimenez
12 de Mayo de 2019 a las 13:34
Cessy Zu�iga Cessy Zu�iga
No se como leer los capitulos
19 de Diciembre de 2018 a las 11:59
Jessica S�enz Jessica S�enz
17 de Diciembre de 2018 a las 12:32
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