Intermitente Seguir historia

flor-vib412 Florencia Frezza

Hay un momento entre las doce y las cinco de la madrugada en el que el semáforo se pone en intermitente. Entonces todo cobra sentido.


Cuento Todo público.

#argentina #cuento #paranormal #intermitente #245 #semáforo
Cuento corto
2
1675 VISITAS
Completado
tiempo de lectura
AA Compartir

Intermitente

Rocío miraba desde aquel banquito en plaza 25 como Juan se apoyaba contra la columna en la parada del colectivo.

Camisita y zapatitos nuevos.

Pero en la cara no había nada de novedoso, la gente debería poder cambiar, sobre todo la posición de la boca. Ella sin dudas se la daría vuelta, así las comisuras mirarían al cielo y no al suelo.

Se vio las manos sucias y entre ellas los diez pesos que había conseguido esa mañana malabareando en el semáforo.

Lo miraba todos los días desde que había llegado a ese lugar. ¡Ah! Pero Juan no la miraba a ella. Porque a Juan no le movía un pelo la pendeja mugrienta que fluctuaba su presencia en función del rojo, amarillo y verde.

¿Si a él que le importaba? No, él no la veía, solamente se paraba y miraba la calle, sí, miraba la calle, miraba si pasaba el cole, miraba si tenía la sube. Juan no la veía y sin embargo Rocío sí, Rocío se quedaba ahí y lo observaba, con su pelo sucio, con sus ojos oscuros, zapateando constante sobre el asfalto. Porque había algo en él que la anclaba a ese lugar.

¿Qué estaría pensando? ¿Qué pensamientos le llenaban la cabeza esa noche?

Rojo.

Corrió y se tropezó casi aterrizando de cara en el cemento, las mejillas rojas. Una pelotita rodó hasta el otro lado de la calle junto a un panfleto mojado que decía “Los argentinos estamos cansados de inseguridad”.

¿Qué inseguridad? Si ella estaba bien, iba, volvía y no le pasaba nada, pero claro, si a ella ni las ganas de vivir le podían robar.

Miró indecisa desde unos pasos de distancia, la pelota bien en el cordón junto a él que ni se enteraba, un auricular en cada oreja y la vista perdida. Sostenía con fuerza una botellita transparente.

Le temblaban las piernas como si se estuviera congelando, en pleno enero ¡Que delirio! Sin embargo, se acercó lentamente, el tiempo del semáforo corriendo despreocupado, indiferente a que cuando se inclinó para tomarla, tuvo tanta suerte que otra de las pelotitas se le escapó de las manos y rebotó hasta golpearle los zapatos esos náuticos impecables que usaba.

Y él que parecía imperturbable, por primera vez se movió para quedarse mirando abajo un rato largo. Al final se agachó, la agarró y la guardó.

Rocío no dijo nada, no importa si no la miraba, si hacía como que ella no estaba. Sonrió satisfecha mientras volvía sobre sus pasos, ahora el acto tenía sólo dos pelotas. La iban a retar cuando llegara a casa, aunque esa noche podía no volver, otra vez, porque a decir verdad, ya no se acordaba el camino.

No recordaba muchas cosas.

Verde.

El colectivo pasó y ella lo miró irse desde su lugar de siempre, esta vez con una pelota menos entre las manos. No importa, sentía que no le hacía falta, total la plaza ya se había vaciado hacía rato, nadie la iba a ver y no obstante ella seguía ahí, esperando, aunque no sabía exactamente qué.

Subió la cabeza cuando vio el semáforo ponerse en intermitente, la luz amarilla prendiendo y apagando, el ruido lejano de los autos en el centro rompiendo el silencio. Que ganas de irse, pero no a casa, sólo de irse.

—Che morocha ¿Qué estás esperando? —El hombre que había estado durmiendo en el banco de al lado le había hablado, por primera vez— Ya te tendrías que ir apurando.

Lo miró y se encogió de hombros, ni ella sabía.

—No sé, no me acuerdo —contestó y lo miró cruzarse la calle para tomarse el siguiente colectivo que pasó.

Diez minutos más tarde la línea 15 se había parado en la esquina de enfrente, al otro lado de la calle un chico se tambaleaba sentado en el cordón de la vereda, la misma botellita trasparente pasaba de una mano a otra hasta caerse en un golpecito seco, las pastillitas blancas removiéndose en el interior.

Rocío achicó los ojos, miró con atención y levantándose acortó el camino paso tras paso sin sacarle la vista de encima al rubio ese que se medio acostaba en el suelo, la camisa arrugada y los zapatos manchados de barro. Que diferente.

—¿Por fin me viniste a buscar? —Él la miró y ella se congeló en el lugar antes de sentarse junto a él. La veía, la estaba mirando a ella.

—Perdón, —Sonrió— me había olvidado.

—Siempre te olvidás de todo vos —señaló agarrando la botella y posteriormente vaciándola por completo en su boca. La tomó con fuerza y la tiró lejos, haciéndola chochar contra un cartel de cerveza Santa Fe.

—Vos querías olvidarme —acusó mientras lo tomaba por los hombros y lo ayudaba a levantarse.

—No —negó—. Quería volver a verte.

—Yo siempre estuve acá. —Miró el semáforo— Vamos, que yo ya estoy yendo tarde.

Hay un espacio de tiempo entre las doce y las cinco de la madrugada en el que el semáforo se pone en intermitente y las almas tienen paso, a cambio tienen que pagar un boleto.

Una botellita vacía y una pelota perdida.


14 de Septiembre de 2018 a las 21:29 3 Reporte Insertar 7
Fin

Conoce al autor

Comenta algo

Publica!
Antonella Vecchietti Antonella Vecchietti
Me gustó mucho. Adoré tu forma de narrar, tan detallista y profunda. Algo pareció detenerse a mi alrededor mientras leía... Creo que tenés mucho talento. Éxitos
13 de Octubre de 2018 a las 12:10
Tania Santos Tania Santos
Excelente historia
6 de Octubre de 2018 a las 10:58
Yip Principal Yip Principal
Me encantó.
26 de Septiembre de 2018 a las 10:33
~