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nochangomez Nochan Gomez

Ilargia, hogar de los hombres, el último bastión de la humanidad, está al borde del colapso. Hombres pálidos y bestias salidas de las leyendas amenazan con romper la frágil estabilidad en la que la humanidad aguarda adormecida. Y en su templo en la roca, un ser eterno, aquel que cuida de los hombres, comienza a mover los hilos para evitar la catástrofe. Los héroes de la humanidad han sido convocados. El caos no debe ganar. En una tierra condenada los sacrificios son necesarios, pero Brygard no está dispuesto a renunciar al amor. El nigromante será capaz de dar muerte al mismo destino si con ello salva a aquel que se ha adueñado de su corazón. Reseñas de lectores anónimos: “Increible!, me encanto tu forma de escribir. Nuevo fan :D” “Me encanta como escribes 😊😊” “Demasiado hermoso para ser verdad, si este capítulo me gustó, imagínate lo demás, un buen trabajo ❤” “Como todos estoy emocionada😄 amo esa forma en la que escribes 😉 seguire leyendo éste libro que se ve interesantísimo ❤😘” “No es el tipo de historia que leo pero me haz sorprendido...realmente escribes muy bien....asi que hare una excepción....” “Creí que sería muy buena la historia en sí, pero ya voy por el primer párrafo y me enamoré de tu forma de escribir. ❤❤❤” “Primer parrafo y ya es increible la forma de escribir😻, este libro promete!!❤️” “Wow que profundidad tiene esta historia me sorpredende me encanta !!” “Estoy maravillada, primer capítulo y ya amo completamente tu manera de escribir. Describes cada detalle con tanta delicadeza que de verdad te transporta al lugar. Maravilloso trabajo.”


Fantasía Medieval Sólo para mayores de 18. © Todos los derechos reservados.

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Prólogo: Bajo la mirada de la eternidad

Año 1996 de Ennar (381 del tercer guardián)

La roca lloraba.

Las lágrimas no cejaban, no abandonaban su búsqueda, y no flaqueaban en su odisea por encontrar en el interior de la tierra un hogar en el que cobijarse, un cuerpo al que pertenecer. Continuaban su camino, y en el descenso se desencadenaba aquella sinfonía goteante y sombría, y enervante en ocasiones. Los húmedos tañidos arremetían contra el silencio, lo provocaban, mientras este permanecía oculto y defendía su reino durante los instantes en que las gotas oscilaban hasta despeñarse. Los animales evitaban el lugar, se ponían nerviosos y no osaban acercarse al santuario. Y todo lo que se podía escuchar allí dentro eran los sollozos de la roca.

Frente a él, frente al vigía, caía una escalera de mármol que se extendía formando una serie de semicírculos concéntricos. A ambos lados, los extremos de los arcos se transformaban en rectos peldaños que se fundían con las abruptas paredes de roca, otorgando al ambiente un aire de imperfecta simetría. La superficie del suelo era como un cielo nuboso y muy tupido con pequeñas zonas grisáceas, como fragmentos plomizos que se dejan entrever tras un níveo y esmerilado velo.

De forma estudiada, bajó el primer escalón y era un salmón, ascendiendo por el río y luchando por alcanzar su meta. Las aguas del curso alto del Azurio envolvían con fuerza sus resplandecientes escamas, lo empujaban a favor de la corriente, alejándolo de su destino. No sentía el frío que manaba del fluido elemento. Al contrario, la temperatura le parecía sumamente agradable a pesar del fresco clima de las Montañas del lago. Y él era un ser obstinado, sentía una suerte de tozudez que irradiaba de su interior y lo guiaba. Algo le decía que si conseguía llegar al nacimiento del río ganaría, obtendría alguna clase de premio. Una respuesta a una pregunta que nunca había conseguido formular, pero que todos los seres se hacen en algún momento de su existencia. Quizás, solo quizás, sería eso lo que allí le aguardaba.

Bajó el segundo escalón y era un escorpión soberano. El calor del desierto baraní caía sobre él, se dispersaba por su anillado cuerpo, extendiéndose por la parte superior de su coraza, haciendo que brillara con ardor, plateada, casi blanca, como la superficie del mar al amanecer. Se movió un poco desgarrando la superficie de la arena con sus ocho patas articuladas, levantando las cuatro pinzas y el aguijón en alto, como si la calidez del polvo pudiera quemar sus delicadas extremidades ofensivas. Las montañosas dunas semejantes a behemoths dormidos se extendían hasta el horizonte, más allá de la línea que el sol deformaba con su hálito. Tendría que cruzar aquel distorsionado objetivo varias veces para encontrar una sombra en la que guarecerse. Pero también hallaría algunas presas, un modo de seguir luchando.

Bajó el tercer escalón y era un pino de corteza negra, allí, en el Bosque de los Suspiros, en una de las verdes y laberínticas frondosidades de Trail, al sur del Corte. El viento mecía su copa y lo acariciaba con suavidad, se deslizaba sobre la sombría piel de sus extremidades y hacía ondear los verdes y espinosos cabellos que lo cubrían. No podía ver en el sentido estricto de la palabra, pero tampoco estaba completamente ciego: tenía la capacidad de sentir. Reconocía las vibraciones, los roces sobre su agrietada corteza, los ecos que producían unas pisadas en la tierra sobre sus raíces. En esos momentos había un jabalí, pesado y ruidoso, trabajando en el suelo con su hocico, buscando algo con que alimentarse.

Bajó el cuarto escalón, y era el jabalí. Contempló el árbol con hastío, durante una fracción de segundo, y siguió con su labor.

Bajó el quinto escalón y era un Falco mino, como lo había llamado aquel erudito, uno de los descendientes del Fénix, según decían los cuentos. Ojos agudos de un amarillo brillante y el plumaje entre rojizo y azafranado, veteado de un carmesí apagado. Inconfundible. Era como un trozo de papel ardiendo, agitándose en una corriente de aire. Tan bello como un conjuro a los ojos de un niño, un placer para los sentidos, como el calor de una hoguera cercana en una noche fría. Allí arriba, era una estrella fugaz tan viva que ni el sol era capaz de eclipsar. Se decía que era la criatura que más alto ascendía, a excepción del Fénix, un ave que, en voz de muchos narradores de taberna, nacía del Sol y se fundía con él para dormir.

El halcón volaba majestuoso con sus puntiagudas alas, exhibiendo su cola en forma de arco, sujeto en el telón incorpóreo y fútil del cielo diurno, observando como una enorme extensión de tierra con forma de media luna se extendía a sus pies: Ilargia, el hogar de los desterrados, el último reducto de los hombres libres.

Bajó el sexto escalón, el último, y de pronto se convirtió un ser antropomórfico. Algún día quizás había sido un humano, con una vida y una familia, con una mujer y un hijo, un varón. ¿Quizás? En realidad, era harto probable, aunque él no lo sabría jamás. Eso no estaba en su memoria, ni estaba en sus manos la posibilidad de rememorar. Para aquel individuo todo su pasado como humano no era más que un “tal vez”, pues había perdido ya todo recuerdo de aquella época. Ahora solo permanecían en él vagos recortes de humanidad surgidos de la eternidad, como un olor que evoca la infancia, o como una canción que lleva asociada, más que un fragmento de memoria, una sutil sensación.

Y su cuerpo, el caparazón exterior, como una carga, como una prueba, solo un símbolo de su pasado. Dos piernas, dos brazos, un torso adornado con un río eterno letras y frases tatuadas en viremi, en el idioma del bosque, y franqueado por una casaca raída con el forro de lana de borrego; un semblante cubierto por una máscara de madera agrietada en los bordes; y sobre el cráneo, una corona de hierro, sin adornos, sin oro ni diamantes. Sin zafiros ni esmeraldas. No tenía carbúnculos, tampoco. Era sencilla, tan sencilla que ningún rey humano se atrevería a lucirla por temor al ridículo y al deshonor. Pero él no era rey, y apenas era humano, solo era un elegido, un protector, un vigilante, un enlace, aquel que únicamente debería intervenir cuando una de las razas pensantes estuviera en peligro… Y ante él se extendía Bialnia, la morada del cielo en la tierra, la puerta hacia el otro lado del espejo. El Vínculo. El Nexo.

Encima de su cabeza se había formado un techo de roca muy alto, completamente iluminado, como una bóveda dentada, amenazante, recubierta por biacolios, árboles inmaculados. Sin hojas, todo tronco, raíces y ramas, como una capa de líquenes gigantes y resplandecientes que bañaban el lugar con su blancuzca luz. Delante de él, las puertas de piedra, con las imágenes de los guardianes y cientos de minúsculas runas y hechizos, grabados por las manos de un hombre que llevaba ya cientos de años muerto. Los viejos cancerberos permanecían inamovibles, aguardando para juzgar, con su pétrea y penetrante mirada, a aquellos que eran dignos de atravesar aquellas frías estructuras. Detrás de ellas se extendía en un dormido silencio la escalinata de ascenso al templo, expectante, deseando arrancar los ecos a las pisadas de algún aventurero perdido.

Y detrás del vigilante estaba el santuario, y junto a su entrada, en lo alto de los seis pasos de mármol, había dos estatuas, dos tallas sin máscara, sin levita, sin corona. Otrora portaron los tres objetos y las marcas de tinta eterna surcaron sus cuerpos. Pero ya no. Como material constituyente únicamente piedra y un número casi infinito de experiencias. Simplemente se quedaron quietos un día y dejaron que su sucesor les quitara la chaqueta en primer lugar, a continuación la máscara y, después, tras una última exhalación, la corona, dejando que los negros tatuajes se evaporaran de su piel y surgieran en el nuevo guardián.

El protector cerró los ojos, y era un gato.

10 de Septiembre de 2018 a las 14:45 1 Reporte Insertar 5
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Abril Hernandez Abril Hernandez
Quiero encontrar la historia en pfd
27 de Enero de 2019 a las 14:18
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